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“Araña”, Odilon Redon (1881)Las arañas

La leyenda mayor desea exaltar y gratificar el órgano de ataque de las arañas, su punto de terror y las molestias que causa. De paso, colgar a sus colonias de la pulpa de la miel y la vida.

Las arañas provocan pequeñas muertes que son placenteras. Las víctimas se debaten entre espasmos, minúsculas olas suspensas del vacío.

Succionan las arañas hasta su propio vitalismo. Se desnudan, tiemblan y su voluntad se torna granito. Nada les causa más aversión que sentir que las vigilan.

Algunas arañas buscan refugio dentro de las oquedades. Los pájaros no pueden encontrarlas y ellas eternizan las burlas y dejan alargar las patas.

Exponen las arañas su arte de cacería desde el primer momento de su nacimiento. Conocen a la perfección el trazado de las redes, el más mínimo temblor sobre ellas y los dispositivos del aprisionamiento.

Las arañas necesitan conocer cada día el olor de la muerte. Necesitan ver cómo los exiguos volátiles se derrumban al interior de las telas y pierden color y consistencia en cuestión de instantes.

(Dicen los aracnólogos que ellas suelen extraviarse por el exceso de trabajo, pero que luego retoman el rumbo después de una larga siesta o de un viaje, sin propósito, por los alrededores.)

Estas criaturas, damas o señoras o viudas de la acechanza, montan su tinglado, ya entre rocas, al borde de los precipicios; ya bajo la sombra de arbustos, a la vera de los caminos, muy cerca del tránsito de las patas de las bestias. Ciertamente, estas criaturas, ni se agitan, ni gastan su tiempo en banalidades. Lo suyo es materia de previsión y evidencia al detalle.

A su manera itinerante de vivir le corresponde un signo que denuncia su fragilidad. Ellas deben inventarse cambios en sus figuras para parecer agradables a los invitados casuales a sus festines.

Las arañas muestran una especial distinción frente al dolor. Se dice que sólo el fuego espontáneo de la madera puede desvirtuar su carácter frío y adusto.

En las bocas de las arañas se manifiesta la ilusión del eterno recomenzar. Su gloria está supeditada a la calidad de protoplasma que extraigan.

Las arañas saben que en todo momento marchan hacia su propia destrucción. No son capaces de evitarla y si pudieran, no lo intentarían.

Con imágenes falsas, señuelos atávicos, atraen las arañas a insectos que las adoran. Libélulas, cigarras o mariposas caen en las redes y súbitamente el espejismo se desvanece. Se inicia, entonces, el ritual de la pérdida de las formas originales y la digestión acompasada.

Parece que las arañas no fenecen longevas. Ellas se autodestruyen cuando se percatan que su juventud es el sinónimo de lo efímero. Se cubren los rostros con los detritos o con el légamo a su alcance o con cenizas y quedan petrificadas para uso y beneficio de templos en miniatura.