Mi nariz es muy interesante. Me gusta mucho porque parece un pene. Ustedes dos están desde hace rato paradas allí observándola (u observándolo). Atrévanse a tocarla y sentirán cómo un corrientazo les recorre la columna vertebral y les estalla entre las nalgas. Vamos, ¿qué esperan? No creo que las arredre mi cabeza calva que, por lo demás, es provocativa, lustrosa y tan pulida y suave. No me digan que no las excita: lo veo en el temblor incesante de vuestros labios. Podemos escondernos detrás de esta pantalla y nadie se dará cuenta de mi temporal ausencia. Mientras una de ustedes me acaricia la calva y esboza dibujos obscenos sobre ella, la otra puede besarme la nariz y hacer que las aletas se hinchen hasta que exploten en un frenesí que nos inunde a los tres de felicidad, gozo y humedad. ¡Ya basta de titubeos! El tiempo apremia y los deseos también. ¡Upa! El aguijoneo es nuestra ocasión y nuestra pasión. ¡Decidíos de una vez!
2
Ubérrimo soy y mis recursos seminales y eróticos son infinitos. Soy intrínsecamente urbano y mi sonrisa insta a tus ubres a descubrirse ante mí. ¡Ajá! Has comenzado a sudar y te has ruborizado y posas tus manos sobre tu vientre. Sé que esperaste hasta que no hubiera nadie aquí para acercarte a admirarme y para darle rienda suelta a tus fantasías. ¿Te impresiona el aspecto salaz de la punta de mi nariz? Lo he advertido, pues entreabriste tus labios con fruición y lentitud. Con seguridad también tus labios mayores y menores acompasaron el movimiento y ahora están húmedos como las valvas de una ostra a la deriva. ¿Qué piensas hacer? Escapar no es la solución y tampoco eso es lo que tú más quieres. Puedes otorgarme un beso con disimulo y yo refrenaré el grito, te lo prometo, mas debes darme tu palabra de que volverás cada tarde mientras yo permanezca aquí y me harás estremecer con el cálido contacto de tus encarnados belfos sobre mi unívoca protuberancia.
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¿Pueden ustedes decirme por qué han regresado? Yo no ignoro la respuesta, pero quiero escucharla de vuestras propias bocas. Sí, mi tierna y acogedora mirada las ha perforado, les ha prodigado un placer que no conocían y ahora vienen por más. Este es el momento de pincharme el rostro, halarme las orejas y espolearme con ganas. Están en su derecho de cuquearme, de azuzarme, de avivar mis carnes faciales... Un ménage à trois como éste es la urdimbre que trabaja para enredarnos en la más artística intriga heroica de que se tenga noticia. Estamos los tres en ascuas y nuestro fuego carece de virtualidad: es muy real, quemante, excesivamente abrasante. ¡Engresquémonos cuanto antes y apaguemos el visor para quedar a oscuras! y luego, a tientas, masajearnos, ensalivarnos, mordisquearnos con el arrebato de un encuentro fortuito, pero necesario por lo vital de su alumbramiento.
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Eso es lo que no deseo que ocurra: una niña que huye porque le parece extraño mi comportamiento y mi vocabulario. Me agradas tú porque permaneces imperturbable —en apariencia— y tal actitud refuerza en mí el acicate de masturbarme por ti, joven quinceañera que fija su mirada sobre mis gestos de varonil procacidad, y me atrevo a afirmar que ya tú estás madura y que tu vestimenta de muchacha no es más que un disfraz para pasar desapercibida y no excitar a hombres tontos y a mozalbetes que se escupen las manos. Te invito a estrechar tus pechos contra mi semblante goloso y a identificarnos con la magia electrónica que hará trepidar nuestras neuronas. ¡Tira adelante! ¡Anda! ¡Asédiame, atácame y báñame con la primigenia leche destinada a aguzar aun más mis sentidos! De estos achuchones y estrujones emergerá la sublime escena que ralentizará la virtualidad de nuestro encuentro.