Moscas capturadas en flagrante. Moscas aventadas por el mal tiempo. Moscas enganchadas como cebo para las hembras. Moscas aflojadas y dadivosas. Moscas vestidas de blanco para el vaso de leche. Moscas insertas en los sueños y en las hendeduras oníricas. Moscas de alguaciles y soplones de barrio. Moscas picadas en su carne no neutra. Moscas chispeando sobre las monedas. Moscas detrás de los cagajones. Moscas fisgonas y llenas de fragancias de alcobas adúlteras. Moscas poco transparentes y repentinamente salaces.
1
La condesa posa para el pintor famoso de mujeres nobles. Ella está parada y su brazo derecho descansa sobre un gabinete. El brazo izquierdo cae a su antojo a lo largo del flanco del cuerpo. Ha sido maquillada y peinada con notable desgano. En su rostro se manifiesta el disgusto o la contrariedad de estar allí como obligada y el talle del vestido le aprieta y la hace sudar. Está al borde de la desesperación. Su fealdad se nota aún más. Trata de moverse un poco, pero el pintor, miope, le dice que no lo haga. De pronto, una mosca de desmesurado tamaño, negra y peluda, se detiene en la sien izquierda de la condesa. Ella tuerce la boca en un ademán de asco y trata de ahuyentar al insecto contrayendo repetidamente los músculos de la cara. Recibe la recriminación del pintor: debe permanecer quieta. La mosca se restriega las patas y vibran sus alas. Esto le produce a la condesa picazón y angustia. El pintor no ve a la mosca y vuelve a amonestar a la condesa: tiene que tener paciencia, la sesión de hoy está a punto de concluir.
Ahora la mosca frota sus patas traseras sobre la epidermis facial de la dama. La condesa no logra retener más las lágrimas y éstas fluyen con disimulo, dándole a su rostro un inefable brillo.
Al pintor se le ilumina la mirada. Acelera el trabajo y a media tarde finaliza el retrato: la condesa luce magnífica, lozana, y le resalta de modo excepcional un lunar grande en la sien izquierda que a último minuto descubrió el pintor.
2
La crónica refería que a una santa, con nombre de flor de jardín, le gustaba divertirse con los mosquitos (mal llamados zancudos) que merodeaban cerca de su reclusorio. Pero la verdad es que la santa pasaba las horas jugando con un enjambre de moscas engolosinadas con su belleza. Otra versión asegura que las moscas acudían hasta ella no tanto por su hermosura —que sí la tenía—, sino por los hedores que se desprendían de su humanidad.
La santa sólo se ocupaba de su espíritu y su eficaz limpieza. El aseo del cuerpo no era asunto suyo, ya que resultaba una tarea despreciable, ruin e intrascendente. De eso se ocupaban las benditas moscas. El Creador tuvo que haber pensado para ellas ese oficio.
A las moscas y a la santa se las veía a diario tomando el sol muy de mañana. Ella se echaba sobre las losas del jardín y se tapaba la cara con un bendecido sudario. Luego abría las piernas para que salieran todos los malos olores desde el fondo de las largas enaguas. Las moscas organizaban una fiesta y se emborrachaban con todas las secreciones de la santa. Se cuenta que un coro de aleluyas se esparcía sin límites por el ámbito floral
3
El loco tenía una larga y poblada barba. Usaba sombrero tirolés raído que era dueño de toda la mugre del mundo. Cuando el orate quería atraer a las moscas robaba de la iglesia alguna flor de muerto y la encajaba en uno de los huecos del sombrero. Después se sentaba a las puertas de la iglesia y a los pocos minutos su sombrero estaba coronado de moscas. El loco comenzaba a imprecar y a maldecir y, de inmediato, le llovían monedas, billetes y más flores. Él se reía a carcajadas y mostraba sus dientes sucios y cariados. Las moscas se le trepaban a los labios y el loco casi se las comía.
Con las monedas y billetes el loco compraba frascos de miel. Se dirigía cantando al cementerio y allí se desnudaba tras las tumbas. Se untaba la miel por todo el cuerpo y emprendía una carrera por entre las sepulturas. Al quedar agotado se sentaba y comenzaba a contar las moscas que se le habían pegado a la piel. Su inventario era uno de sus secretos más defendidos.
4
En los ojos de las moscas se centuplicó el rostro cadavérico de Rasputín con su color de penicillium. Pero en los ojos cerrados del muerto se debatía una angustia por la cercanía de los aborrecidos insectos. Algo del temido magnetismo del monje aún permanecía en las comisuras de sus labios que se notaban rojos.
Las moscas estaban tentadas por la morbidez púrpura de los labios, mas temían acercarse. El rostro del monje maldito se reproducía con cada sacudida de las alas de las moscas. En sus ojos ya no cabía aquella cinta sinfín de cabezas desgreñadas. De un momento a otro, el cadáver de Rasputín abriría los ojos y de sus pupilas brotaría el fuego que abrasaría a las moscas.
Las moscas fueron cayendo, unas tras otras, encima del rostro tieso del monje, a quien no le fue necesario usar su póstumo poder, porque las moscas se habían puesto a mirarse entre sí y quedaron fulminadas.
5
El regimiento de soldados con mascarillas desfilaba por la avenida principal de la ciudad vacía. Recién había lloviznado y el piso reflejaba las botas militares con su lustre desvaído. Los soldados avanzaban decididos, sin saber hacia dónde ni por qué. La ciudad hedía, apestaba, moría gangrenada.
Los soldados vestían largas guerreras y ridículos sombreros de explorador. Marchaban insonoros. La ciudad había sido vaciada y casi había sido exterminado el silencio.
Al desembocar en un cruce de calles, los soldados aminoraron la marcha. Frente a ellos estaban desparramadas miríadas de moscas tendidas sobre el pavimento. Formaban una artística alfombra. Los soldados decidieron acelerar la marcha y pisotearon a las moscas. La ciudad hirvió de pestilencia y los soldados ganaron su postrera batalla.
6
Llegamos a la destartalada casa acosados por un temporal de todos los demonios. Empujamos la puerta y vimos a la anciana que nos esperaba. Cansinamente nos condujo a la habitación y ahí, sobre la cama, estaba el tratado más vivo de teratología que hubiéramos visto nunca antes. Aquello era una cabeza enorme y el resto del cuerpo reducido a expresión mínima. El cuarto apestaba a orines rancios y las moscas en todo momento aterrizaban encima de la cabeza monstruosa y la atormentaban. La anciana, sin mucha convicción, manoteaba a las moscas, dizque para alejarlas, y sólo conseguía atraer a un número aún mayor de insectos que arribaban de no se sabía dónde y la anciana explicaba que ese combate entre moscas y agrandada cabeza ya duraba largos años y que ella harta estaba y deseaba que de una vez por todas diluviara e inundara la casa y el cuarto y a la cabeza para que las moscas desaparecieran y ella, al fin, pudiera descansar irrevocablemente en paz.
7
La carnicería quedaba exactamente frente a la iglesia. Mi mamá me mandaba algunas tardes a comprar pulpa negra o huesos para la sopa. Me gustaba entrar en la carnicería y contemplar los grandes trozos de carne colgados de ganchos de hierro. La sangre goteaba con suma lentitud y siempre había moscas a la caza del rojo líquido. Yo las ojeaba curioso y notaba que las moscas se aficionaban pronto a la sangre. Don José me descubría mientras fisgoneaba a las moscas y me atendía para que me marchase enseguida.
Salía de la carnicería con el pedazo de carne envuelto en papel periódico. Cruzaba la plaza y entraba en la iglesia. Me dirigía directamente adonde estaba un señor también colgado de unos ganchos, quien sangraba copiosamente y nunca descubrí más de tres moscas posadas sobre aquellas llagas y jamás encontré la causa de la preferencia de las moscas por la despedazada carne del establecimiento de Don José y la falta casi absoluta de interés por ese cuerpo sanguinolento, con una corona de espinas en la cabeza, que decía con su mirada que anhelaba que lo chuparan las moscas.
8
Nunca nadie supo cuántas colecciones de moscas iban, junto con los pasajeros, en aquel cochambroso autobús que marchaba dando tumbos por el desierto. Al fondo del autobús, un grupo de pasajeros cantaba acompañado por instrumentos de percusión y viento. Las moscas danzaban al compás de la contagiosa música y luego descendían sobre los rostros de los viajantes más sudados o penetraban a las bocas abiertas de aquellos que dormían y roncaban. El calor era sofocante, pero no se podía ni siquiera entreabrir las ventanas, porque de inmediato ingresaban las innumerables moscas que viajaban pegadas a los vidrios.
El conductor del autobús era el personaje a quien más moscas se le adherían al cuerpo. No se molestaba por ello. Más bien parecía disfrutar de la situación.
El autobús de las moscas se internó profundamente en el desierto y cuando atravesó el siguiente poblado, ningún aldeano fue capaz de reconocer los rostros de los pasajeros de tantas moscas que los ocultaban.
9
El moribundo llevaba varios días transitando el borde de la extinción. Parecía que un universo de moscas verdes había invadido su habitación y lo importunaban a cada instante, impidiéndole marcharse con la tranquilidad deseada. Las fuerzas le abandonaban y cuando ya creía que iba a penetrar al lado oscuro, las moscas verdes lo halaban y lo hacían regresar del abismo. Desesperado, el moribundo mascullaba maldiciones para ahuyentar a las moscas, pero únicamente lograba que ellas se lanzaran en picada contra su tez demacrada, cubierta de legañas.
Sacó el último resto de energía el moribundo e invocó al Diablo para que se lo llevara a su reino. El Diablo se apareció desnudo y se sentó en un lado de la cama. Sus grandes alas se balanceaban armoniosamente. Traía un violín. De inmediato comenzó a interpretar “Los trucos del mal”. El moribundo empezó a experimentar una suave placidez y cerró los ojos. No vio cómo las moscas caían al piso, muertas o desmayadas.
A punto de finalizar la melodía, el Diablo pulsó con destreza las cuerdas del violín y una bruma negra envolvió todo el perímetro de la habitación. Al poco rato la bruma se disipó y encima de la cama sólo quedó el bosquejo de una figura humana formada por los cadáveres de incontables moscas.
10
Por un estúpido accidente la mosca cayó dentro del vaso de leche. Entonces perdió la oportunidad de crear su ideal de excelente voladora sin percances. Lo primero que hizo cuando pudo salir del vaso fue insuflarse de ludibrio y esperar a que todos sus sentidos se compaginaran con su ansiedad. Ella produjo su mejor manifestación para que ningún otro insecto volador pudiera despreciarla. De una cosa estaba segura: nunca se volvería a acercar al líquido secretado por las ubres de las vacas.
La mosca mostró indulgencia por sí misma y pretendió que sus semejantes la aplaudieran por cualquier insignificante acción que realizara. Afortunadamente, el invierno llegó más temprano de lo normal y la mosca debió refugiarse en una oscura buhardilla, a la espera de mejores tiempos.
Mientras permaneció encerrada en la buhardilla, la mosca se tornó industriosa y comenzó a cumplir una dieta estricta.
Retornó la primavera y los campos se alegraron a través de sus flores. La mosca sintió ganas de bromear y volar. Vio a los rayos del sol entrando por una ventanuca abierta de la buhardilla. Miró la posibilidad de una vida nueva afuera y emprendió vuelo. Pero no se percató de la telaraña extendida de extremo a extremo de la ventanuca.
Al tiempo que la araña avanzaba lentamente hacia la mosca, ésta rememoró el dulce sabor de la leche del vaso y quiso estar de nuevo allí.