Llamo a la línea férrea al ocaso;
los resplandores de la ciudad rebotan lejos.
Una enseñanza de neones aligera su carga.
La voz de ningún amigo se aproxima.
En mi cama olvidada han explotado unos poemas;
el cielo no se aclara más y penetra en el violeta
y los lampos pronuncian sus músicas
que desean el pronto ingreso de la oscuridad.
2
El reflejo del gran faro de la locomotora
reverbera sobre los árboles que se mueven
en procura de libertad.
La soledad departe conmigo sus nulas evocaciones;
desde algún telégrafo se envía un mensaje
que puede ser equívoco y falto de sueño.
No tengo videncias ni para el alcohol
ni para los cigarros.
Una llovizna se apunta en mi agenda personal
y yo la tomo como parte de una elegía inconclusa.
3
La ciudad se descarrila en sus suburbios
y las lecciones de las luces sobreviven con naturalidad.
En la claridad de las lámparas cansadas
se realiza un simulacro de matrimonio:
la novia lleva largo traje blanco
y el novio viste como un delincuente menor.
(Un vientecillo se cuela
por debajo de la maquinaria del tren
y frota sobre los hierros oxidados
el recuerdo de su paso por orillas marinas
y bosques que se llenaban cual jeringas).
4
La infancia se fue en un tren
y con ella partieron recuerdos verdes,
pedazos crocantes de sol
y las primeras estrellas estampadas sobre un cuaderno.
Mis ojos quieren volver a encontrarse
con los ojos de los pasajeros anónimos
para juntos levantar un monumento
a las brisas y a la palidez de la tierra.
5
Siempre la ciudad
se abre con el ímpetu del tren
y no importa si algún mes trae
brumas u olores de tristezas.
Todo eso no es más que esterilidad
y una sombra aprensiva en los techos.
6
La vida transita mejor en tren
y el amor se acomoda en los asientos
y sobran manos que lo acaricien
y en un abrir de puertas que se movilizan
la vaguedad de briznas de hierbas
se incrusta en las pupilas que nada esperan
y si hay arena para un posible túmulo
se recoge en los bolsillos con remiendos.
7
Las pobres cerillas tiemblan al encenderse
y mientras traquetea el tren
se vislumbran murallas que pudieran ser hospicios
y nada parecería semejante a lo dejado atrás
y la mezcla de los sentimientos se pondría
en discusión y el rumor de la disputa se acrecería.
8
Dentro de los vagones a veces florece la paz
y los cuerpos no se desencantan
ni blasfeman, más bien se hunden
en jardines evocados cuyos espacios
son parte del entorno del cielo
y desde allí parten las palpitaciones
hasta que se libran de sus males
y devienen en divinas guitarras
que procuran el poder de los licores
para preñar a las horas con constancia.
9
Algún alma se asocia
con las prolongadas ilusiones
y los deseos no languidecen,
pues mutan los temporales presidios
en hojas rientes y feraces.
10
El tren es un breve hotel amueblado
y a saltos ruge con prestancia de león
y los milagros de su humareda
se condensan en un solo color múltiple
que se angosta si no lo nutre la montaña.
11
Las razones del ferrocarril se plantan
con sus ruedas de hierro y arden
con la vehemencia de las especias.
Otros frutos desconocidos acuden a las bocas
y luego regresan por sus promesas,
aunque un inesperado canal
puede borrar el compás
de la distancia que se acorta apenas.
12
El tren se desborda en amaneceres.
Presto entorna la imagen indivisible.
Su existencia entera se elucida
en las lejanías que tratan de devorarlo.
El seguimiento resulta implacable.
¿Qué palabras preferiría para ser descrito
en el desplazamiento por analogía?
13
No tolera ninguna mutilación el tren
y su hechura es la consagración de lo perdurable.
La medida de su muerte no se precisa
y en alguna interrupción el curso de su exactitud
interviene para que la trayectoria no flaquee.
En su rostro tiznado se resisten
los secretos a envejecer y llorar.
¿Acaso las noches no evacuan sus números
en su fortaleza de carga
y la báscula no defiende sus tendones de coraje?
14
La locomotora se cingla en los desfiladeros
y siente que las piedras sangran de desesperación.
En una linterna van las hesitaciones
y las memorias y el total de la plenitud.
Su armazón se cohesiona con los sustos
y sus costados asumen los compromisos
y las notas de los rieles se cuelgan
de la honestidad de su panza de pantera.
15
En un vasto espacio de espejismo puro
el tren disuelve con su presencia
la soledumbre de los ecos
y admite que las yerbas no son nada dóciles.
La conveniencia no cambia
y los más precisos intervalos se atienen
a su repertorio de rumores fluviales
y en las visiones de los guardagujas
reparte ejemplos que enfebrecen
la desmesura de las cavidades
por donde se extravían los rodantes hierros.
16
En la estación el tren intenta un descanso
y en un hotel anexo lanzo mis huesos
a una cama ardiente
que ya anuncia los ángulos matinales
con gotas de rocío en las ventanas.
Por largo rato el hollín
deja escuchar su clamor
entre las traviesas que se alargan con recóndita audacia.
17
En la madrugada el tren se mueve de nuevo
y el dolor de la luna menguante se remonta
hasta el firmamento que trota
y una sentencia de aguarrás
cancela su deuda con la aurora.
La miseria de algunos sitios
atiende a las regalías de los muros
y los juramentos reclaman sus danzas
en las palmas tristes
de los halos que descienden.
18
El tren se resigna e implora
un hecho afortunado.
El pitazo de la locomotora
resuena con pardo desencanto
y un frío no se esfuma
a pesar de los deslices de las horas.
19
Mi sombra y la del tren
se enredan entre las chispas
y ambas son capaces de batallar y retornar
al lugar de sus perdidas afinidades.
El tren herido suelta su savia gruesa
que se transforma en insomnio de abandono.
Los puentes intentan abolir
el azar del rumor intrépido del tren
y sólo logran un golpe mecánico
en la retina que observa el jamás.
La esencia de la ruta se desarrolla
y se libra en profundidad
y calma la imprevisión de la libertad.
20
Del norte al sur el tren avanza
en un naufragio de cristales
y el ruido de los paisajes
atrae la oferta de los templos que se alejan.
La evasión de los tiempos
fluye en la orden para sobrevivir
y las huellas sobre el ámbito terrestre
se colman con las fragancias de la aquiescencia.
La esperanza se torna violenta;
el polvo del itinerario se traba
y la jornada adviene con un terrible escozor.
21
En el minuto final
el tren alcanza el peldaño de la hibridación
y las vacuidades del crepúsculo
se sumergen dentro de los carbones encendidos
y secundan a los martillos
en sus aspavientos que sustentan los afanes
elongados de la jornada que no cesó de clamar.