Un viaje es una unidad múltiple: paradoja del traslado que nos conduce a un sitio donde permanecemos estáticos. El viaje también se construye y se forma con la memoria anticipada que revela la continuidad del trayecto hasta el infinito movible. En el viaje, el territorio, la vastedad del espacio, se interioriza para ir demarcando estancias y abreviaturas. La impronta del viaje figura en cada paso que damos, en cada avance que logramos.
El viaje constituye una necesidad para embutir a nuestros sentidos en las oquedades de los paisajes. Mientras marchamos no podemos ignorar los túmulos, las cuestas, las curvas pobladas de árboles, los cauces secos de quebradas o ríos, las rocas que nos avistan de improviso con sus rostros de extrema severidad.
En un itinerario, la imaginación se moldea con el viento y las etapas del recorrido, imperceptiblemente, alcanzan una inusual fascinación gracias a la exploración que realiza la mente. Las vistas pasan de la cotidianidad al esplendor, de la fatiga a la exultación. El movimiento de los cuerpos se perfecciona con la adecuación a la cadencia del transporte.
Subrepticiamente durante el viaje ocurre una singular peregrinación del espíritu a través de la geografía que se altera, se desordena y modifica lo mensurable de sus tópicos para continuar fomentando otra escena en el lugar de las dificultades y los peligros.
Durante el viaje sufrimos alteraciones y disrupciones en la percepción. De pronto, intuimos que nos desplazamos en un viaje interior que riega por doquier sus huellas y sus causas como una repetición de las equivalencias de la subversión de la topografía. A la realidad se le restan factores para completarlos y agrandarlos con frondas y declives traidos desde el fondo de los recuerdos.
En un viaje se le puede ordenar al paisaje que cambie a voluntad. Más tarde se le identifica con la alegoría que nos distancia del avatar humano y la desarmonía de los instintos en el periplo contrario. En un pálpito de las coordenadas también laten las lomas y los senderos, los rebaños y los pájaros peticionarios.
Todo viaje comienza en el cerebro y desde allí se decide la partida y su problemática, las originalidades del equipaje y las exigencias del orden de llegada. Los diálogos (o los monólogos) que mediarán en el transcurso del trayecto indispensable se establecen al pie de las definiciones mismas. Partir hacia la lejanía con la tirantez de las nubes sobre la entrada de la naturaleza.
Conforme se avanza en el camino se hace imperativo ir traduciendo lo que ingresa por los sentidos y obtener una primera versión de los kilómetros dejados atrás. Luego continuar hacia adelante y reivindicar las rutas más adecuadas para que el viaje no se transforme en una ambivalencia y termine, lamentablemente, en una fuga.
El desplazamiento puede afirmar, así mismo, la ausencia de bocanadas de humo como alfabeto en las corrientes del aire. En los trayectos nos desposeemos para intentar gobernar las rutas que nos atienden y procuramos ser tributarios de los ejes que confirman los destinos.
El fin, transitorio, del viaje es como una casa que nos protege con su piel que se agita. La tierra se afirma gracias a nuestros pies y se desplaza por una dimensión que no figura en los mapas. Nos abandonamos en la estancia para exultarnos en medio de un arrebato síquico. Volátiles, modificamos a discreción a los otros actores de la jornada.
En el lugar que nos ocupa, nuestra ganada libertad auspicia una transformación de los sentidos. Encontramos nuestro centro en la vertiente oblicua del devenir interior.
El viaje, entonces, impone otro viaje que puede llegar a ser progresivo o circular, donde sus votos nos impregnan de lo áspero de inimaginables escaladas. Las frondas se remueven con nuestro aliento y en una plausible etapa pugnamos por cumplir con el embrollo de las encrucijadas. Las orillas de los caminos se confiesan ante la laxitud de los horarios sin lectura.
Las respuestas menos contrastantes saltan para afrontar la realidad de nuestro solipsismo. El cuerpo nos pesa lo debido y en un ritmo de marchas y contramarchas la distancia se torna breve cuando encuentra el sinónimo apropiado para designar a una villa o aldea perdida.
Aun con la brújula en el bolsillo, la experiencia del viaje nunca resume el referente de los accidentes del terreno. Con una mirada que va y viene y recorre el amplio entorno, el viaje respeta lo incompleto del misterio que se constata bajo la ensoñación de las horas pisoteadas.
Sobre una planicie el vértigo de los grises se posesiona de nuestra mirada y nos redondea para que seamos muros de tierra con esperanzas de la carne. El esplendor de la poca luz se potencia hasta alcanzar una consigna que alerta a las posibles lloviznas. La esencialidad de las piedras se pone en entredicho porque los pasajes se atribulan al sentir la ambigüedad de las metas.
Las dentaduras de las montañas intimidan a medias; la profundidad de los canales no despierta la curiosidad prevista; las grietas del suelo se reconducen hasta el origen de los trazos en la connotación pictórica.
Los viajantes prestan sus figuras para que se disuelvan en el sopor mendicante del ocaso. Las cabelleras le reportan a la tierra parte de su fermento de memoria y leyenda. Los paisajes se pierden al extremar los consejos para su percepción. La sabiduría de lo telúrico vaga entre las direcciones y las estaciones como un enigma que no apaga la sed.
En la cotidianidad del viaje se recomponen los fragmentos de iniciales sorpresas, cansancios y torpezas de la andanza. Los contrastes terrestres se intensifican con la audacia de nuestras botas. Desaparecen los tránsitos desérticos y el clima entra en campaña para suplir a las respuestas tardías del sol y sus elementos conversos.
El viaje encuentra su alternancia en el espectáculo de dinamismo y universo en el borde de nuestros talones cansados.