El secreto de esta novela quizás se encuentre en la libido que he puesto en
sus páginas. El vienés estaría asintiendo con su cabeza detrás del diván de
la palabra, muy probablemente, en una orilla del Danubio azul, donde los fluidos
y las carnes corren por parejo. Paraíso perdido es todo lo que tengo para ti,
amigo lector, uno más, yo, como tú, en las blandas miradas moluscas del amor,
en el claustro de la memoria, época de homenajes, ciudades que te pisan los
talones al alba y sueñan contigo, escombros, tránsito, no es bolero, pero
cómo se le parece la vida a un sacristán que no te toma en cuenta en su
rosario, pero sí te pasa la bolsa de la limosna con su sonrisa hereje, la que a
veces está detrás de la palabra. Verdugos claveteando el cielo y la tierra,
porque ninguna atmósfera es buena, cuando falta la libertad. Dejen pasar el
ataúd, que todo lo demás, le pertenece a la poesía.
No seamos incautos, se escribe con la yema de los dedos para tocar el
corazón.
Sigo escribiendo esta narración desde las ruinas de la palabra y
convicciones, como todo lo nuevo que se distrae en el oficio, el gozo, el dolor,
la mixtura de lo invocado e inefable, y que vulnera un andamio invisible que no
lo sostiene. Nada más ciega que la escritura real, el espejo que la atrae y
recrea, pero también deforma e ignora., cuando no somete.
Los despojos suelen ser tan físicamente deseables, más auténticos,
absolutamente apropiados para inventariar un futuro, que el presente que cree
estar evangelizando desde la miseria. Un abecedario plural, con pesadas vocales,
sin compromiso con la a ni la z, menos los paréntesis atrofiados de deseos
incumplidos, o los veloces, impávidos relojes de arena por el silencio y la
muda huella que dejan en sus intervalos. Hay dientes sobre una piel delicada,
que sabe resistir para el goce, y encontrar en el filo del hacha, la madera de
su propia embarcación o tumba. Toda partida tiene un regreso, tarde o temprano,
como la palabra que te dejo amigo lector, y sólo a ti se te devolverá por
placer o propia imprudencia tuya, al decodificarla a tus riesgos y entero
arbitrio, como yo te aconsejaría si estuviera en tu lugar. Revisa, rastrea, da
vueltas, olfatea, busca el gato y la liebre, sepáralos, y digiérelos por
parte, porque no puede sobrarte un ojo.
El secreto no está en la oreja, ni en la velocidad, tampoco en el sabor,
tejado o bosque dirás, pero no: en las siete vidas que debiera tener una
novela, como el poema, resistir además el desprecio de los escaparates, del
bastardo, oportunista marketing, que asolea las nalgas y enseña el cuero
cabelludo de alguna trama truculenta, de andamiaje prefabricado, construcción
ligera para el viento.
No pocas cerraduras han sido violadas, y no puede ser de otra manera. Como
pulsar sin sentir la pequeña vibración, la morada final, donde yace el placer
y el dolor. Es difícil restar una coma o querer dificultar los sentidos al
lector, cuando éste ganará la partida en solitario haciendo su propia
historia. Intento, sin mucha esperanza, convertirme en su cómplice hasta donde
pueda, o él me lo permita, tribunal supremo de estas páginas finales,
desprendidas de lo que todo nos ficciona.
La novela tiene una costura, pero es también un vaso lleno de viento, de
agua comunicante, desfondada, que escurre y se estanca, una atmósfera
polvorosa, la fertilidad árida, secreta del desierto, una construcción
relativamente transparente que se traspasa así misma.
Miro hacia, busco en un horizonte cuadrado, y algo siempre queda fuera del
paisaje cuando el lenguaje no se ajusta a sus propósitos, deslindarse de y toda
responsabilidad carnal, física, aunque la novela no pone oído a ninguna otra
música que no sean los compases de su propio acordeón, lo que lleva dentro, le
pertenece, la sostiene, y la sobrevive al río que le impone su cauce interior,
como si ella no llevara suficiente agua bajo el puente del lenguaje.
En todo quehacer existen clásicos, y en buena hora, modelos, recetas, y es
básico ponerle atención para no tropezarse en la piedra del error grueso, y
avanzar en el camino ya andado, aunque con pasos propios en un terreno
igualmente desconocido, pero a sabiendas que se encontrará con liebres,
urracas, zorros, hienas, culebras, torcazas, luciérnagas instructoras, uno que
otro tigre, búhos que no miran a los ojos, todos parte del paisaje, pero
también con la señal de los perros de Sancho.
Se cabalga a veces de noche, de día, pero sólo la palabra supera el
silencio, y es bestia de su propia carga.
La novela ha sido escrita, hasta lo que en fecha va, desde un cuarto
manchego, árido, lleno de libros, plagado de páginas ajenas hábilmente
selladas para un crimen personal sobre la página en blanco, la cama, las
paredes, letras húmedas, visitado por largos aguaceros tropicales que arrastran
con el pudor, las decencias y los olvidos, los miro pasar por la ventana como si
no lloviera, una novela sin tiempo, como un río, detenida en el eco provincial
que las aguas propician, porque siento que la ciudad fue ejecutada hace 500
años atrás. Todo es tránsito en el país del tránsito.
La cabeza del conquistador sigue rodando hace siglos y yo veo pasar la mía,
que me hace señas, alegre, muy divertida.
Dejo que la espalda oriente mis sueños y volteo cuando siento que el viento
Norte y el viento Sur están jugando una partida de ajedrez para entretener a
Este y Oeste, cruzados de brazos esperando resultados muy largos de esperar, con
cara de tablas, porque es más saludable un empate entre el Norte y el Sur, que
una guerra entre abismos que no se conocen. Silbar juntos es un gran adelanto,
además un ejercicio de equilibrio, que genera buen humor, y da pie para un buen
mate.
La narración es un ejercicio largo, tan espontáneo como calculado, lleno de
pequeños resortes, página que el lector toma, es para dar unos pequeños
brincos, sentirse inquieto, saber que la cosa no es como parece o uno quisiera,
y es mucho mejor el tal vez, que la certeza equivocada, en el camino de bruces,
donde está esperándonos la misma piedra del camino, con un precipicio
distinto.
El juego consiste en tropezar y seguir, hasta la próxima piedra, que no
rodará hasta tu pie, sino tú la buscarás para tropezar, como si no la vieras.
Efectivamente no la vez, y vendrán otras, como en la novela, el texto, los
personajes, las esquinas a doblar sin nada en la bolsa, un camino sólo largo,
bifurcado, seguirás, después convertido en lector, tus piedras, rutas,
tendrás las tuyas, te lo aseguro. Toda buena intención está empedrada de
piedras, camino al infierno, donde la palabra arderá en sus propias llamas.
La prosa, como la vida, a la que se debe, aunque no sea su intención, está
contaminada, y hay vidas que además hacen la excepción, se convierten en su
propio relato, y de sus contaminaciones florece una historia, paisajes íntimos
desflorados en la palabra, porque ambas están para lo mismo, florecer y
marchitarse.
Que sean otros, no tú, lee, los que digan, locas o locos, que la novela es
un saco vacío que tocó fondo, porque no somos más que un puñado de historias
a punto de ser contadas, y llevamos como partida de nacimiento... Érase una
vez.
La novela es un espacio infinito, el límite lo tiene el lector, que puede
concluir en la primeras diez páginas o al término de la obra, y más allá en
el tiempo.
No todos son Cervantes en la novela, como la clásica que salió de las manos
del Manco de Lepanto para ser impresa desde un inició infinitamente, el Harry
Potter de hace 400 años, pero en el clásico sentido de la supervivencia en la
memoria del lector y los siglos, porque Quijotes y Sanchos, somos todos. Potter,
es la infancia de la imaginación, esa que se mide en la pantalla chica.
Lo imperdonable, fue el tahúr Blas Robles, editor de Cervantes, que lo
esquilmó, como si hubiese leído y entendido la obra antes de salir a la luz
pública, una y otra vez, no sólo en España, con sus primeras seis o siete
ediciones, sino por Europa.
No todos pueden escribir con la mano del Manco de Lepanto, y en una reciente
Feria Centroamericana del Libro en Panamá, pude comprobarlo, cuando me detuve a
escuchar una entrevista de Gabriel García Márquez, nuestro clásico
latinoamericano moderno, donde cuenta la historia de Cien Años de Soledad,
que había leído impresa. Su construcción, es la historia de toda gran obra
surgida desde el fondo de la miseria económica, y desde luego, del talento y la
magia, porque no es suficiente ser pobre para escribir.
Mil 500 dólares, dicen, vale hoy la primera edición argentina de Cien
años de soledad, porque salió con un error de portada. La tuve entre mis
manos, de mi propiedad, ya no sé si la perdí o la regalé
García Márquez empeñó todo para escribir ese gran sueño de Macondo,
menos la imaginación. Cuando la dejó en el correo, enviada por etapas a Buenos
Aires, su mujer, Mercedes, puso la lápida verbal que requiere toda obra y acto
demencial: “lo único que falta es que sea una mala novela”. Con esa
mágica bendición, llena de ansiedad y fracaso anticipado, Macondo partió
hacia un naufragio feliz y real por los tiempos hasta nuestros días.
Cada texto, pareciera, tiene su propio horóscopo, corre, en suma su suerte,
la que estaba escrita, no por la mano del autor, sino por quien dicta de
antemano la historia. Yo, para entrar en materia personal, dejé que la
protagonista co-escribiera, a veces la plagio descaradamente, le pido, le exijo
finalmente cuando demora en dar sus respuestas, y quizás no debiera ser tan
infidente y revelar mi principal fuente, pero una novela debe arreglárselas por
su cuenta, corregirse asimisma, saber donde pisa, y nunca salir a la calle sin
antes haber peinado cada hebra de su contenido, palabra por palabra.
Reconozco un abuso deliberado en apropiarse, sobre todo, compartir la
historia con un protagonista de la novela, someterla a su espejo, hacerla
cómplice, revelarle su yo si es necesario, compartir el dolor y el gozo,
atravesarse con ella en un mar de paréntesis, bajo el paragua dorado del
silencio, porque no hay mayor abandono que el silencio compartido, pero en
complicidad.
Hay novelas, historias, que sólo son un gran deseo, las escribes, para que
se cumplan los sueños y las realidades al mismo tiempo. La realidad sigue
siendo insuperable ficcionadora de todas las ficciones, suéñala, y verás,
como llega a realizarse. Un espacio inmenso, la novela para licuar, ganarle una
partida ala realidad posible y al futuro, es un doble riesgo, como caminar al
revés frente a un precipicio en buenas cuentas, pero con la idea de transformar
todo en una triple victoria, si el autor llega a saber que alguien se subió al
espejo y echo a volar entre las ramas de un árbol y regresó sin novedad a su
nido.
El ejercicio de la novela te enseña a disputarle un poco de tiempo al
tiempo, a sabiendas de lo inútil, pero forma parte de la complicidad, y de su
pérdida aceptada de antemano, y el libro no es más que un relevo dentro de los
millones de corredores de fondo. Ya no recuerdo quien me pasó a mí La
Odisea, La Divina Comedia, Hamlet, El Quijote, Cien años de Soledad, Rayuela,
Ficciones, Pedro Paramo, Residencia en La Tierra, y quien fue el último que
los recibió de mis manos.
Tantos corredores como palabras, senderos que se bifurcan, público a ambos
lados, la palabra puede sudar, no se agota, persevera, tiene todos los recursos
de la imaginación y los pone al servicio del escritor, como si su vida fuera un
saco sin fondo, subsidiado el futuro por palabras que turnan el fracaso con la
esperanza, que asimilan confesiones rutinarias, incandescentes eslabones
perdidos, gruesos leños que no dejan ver el bosque, y aun así, el fuego es
posible, porque lo purifica todo desde las entrañas.
Tomar un libro en las manos es jugar con fuego, el primer paso para quemarse.
Si eso no ocurriera, es que el libro o la historia, se hicieron polvo, antes de
ser ceniza. Polvo enamorado, es otra cosa poeta, no me sonetee la vida, ni la
prosa de esa manera. Una mano clavetea el otro cajón en una sucesión de
ataúdes, así como en el poema, un cuerpo asoma, la prosa, también se revive
en el cadáver exquisito que van dejando otros, en este inútil campo de batalla
donde siempre gana la muerte.
Nos deja, a veces, el ripio de las palabras, la contaminación, la epidemia
de una semilla nueva, la más difícil de erradicar, crece desértica,
inaugural, con el desdén de la presencia real, física, de lo que ya esta
allí.
Sin el impulso devastador del deseo, tiempo mágico de una sola cuerda, no
hay novela, por más carrusel que sintamos rondarnos, o el duende de Federico.
Esto tiene duende, decían de los cantaores en Andalucía, expresión que según
García Lorca, viene de los pies a la cabeza, de manera inexplicable, el
espíritu de la tierra, que es muy diferente, en opinión suya del demonio
teológico de la duda, ni con el diablo católico, destructor y poco
inteligente. El duende del que hablo, enfatiza el genial andaluz, oscuro,
estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol
y sal, que lo arañó indignado el día que bebió la cicuta, y del otro
melancólico demonillo de Descartes, pequeño como almendra verde.
No hay huella frente al muro, sino lo traspasamos con nuestras palabras. Si
el duende gitano lorquiano, flamenco, nos acompaña, las ciudades que nos
habiten serán algo más que paisajes, columnas, los personajes que pugnen por
aclarar sus vidas, contarlas a su manera, las dirán con una mayor magia, que
credibilidad y serán rescatados por el lector, Hasta la infamia, tiene
oportunidades en la vida, al menos de ser escuchada.
Cuando escribo la palabra muro, pienso en silencio, no sé, pero más bien en
Juan Rulfo, quien tan quedamente escribió con visión poética desde la
violencia regional del México profundo hacia lo universal. Y hoy, tanto
bestseller para nada, o más bien, para el instante, que mañana es olvido.
El texto es algo privado mientras está en nuestras manos, aunque la materia
prima se haya obtenido de la memoria, de los fuegos artificiales de una Nación,
del horror, del mal olor de unos sueños podridos, perros de un mundo canne, que
termina mordiéndose su propia cola tal y como la historia registra una y otra
vez, para compasión del dolor y puesta en vitrina de la ignominia, ese salto
triple al infierno.
Esta novela, cuyo nombre no puedo acordarme, a veces se coagula en la página
cuando se adentra en el Reino de Chile, fértil dolorosa memoria de horrores y
espantos, abecedario de una sola bellaca L, de difícil superación de retenes y
bandos en la nocturnidad del Estado de Sitio, donde el mudo zorzal, gorrión
cabizbajo de alas se golpea en las paredes del atardecer y se cuela sangrante
por el agujero del pecho de todo un pueblo.
Se untó de tinta negra la ciudad, paredes, el cielo (no era smog), el
asfalto sólo enmarcaba lo ya retratado en el paisaje, y se llenó de alfileres
como en un mal sueño el porvenir, porque el presente era pisoteado cada día
La atmósfera previa del desencanto, el vacío, la nada, imposible de
olvidar, Santiago del Nuevo Extremo, o de extremo en extremo, el último
extremo, o estremecido de punta a cabo, de Arica a Magallanes, extremo de fin de
mundo, doble extremo. Quien se extrema, a sus extremos se atiene, y la historia,
tarde o temprano, recoge los escombros, aunque algunos hayan mandado a poner
frente a su casa circular el cadáver de su enemigo. Santiago es esa bocanada de
humo en la penumbra, autónoma en el terror, la ciudad con una sola cabeza,
circular, en el propio veneno que produce, la cola que se muerde.
Pitón sin paraíso, nuestra generación, al borde del Mapocho, busca la
libertad en los picnic de los parques y cumpleaños, se arrancan los ojos los
muchachos frente a los grandes cristales de la petite histoire, la ciudad
se colgó de un gancho de carnicería, y el matarife en su turno al turno de
todos los ofendidos, rasgando vestiduras grises y pasando por la parrilla a
medio mundo.
La ciudad, la historia, la vida cotidiana, el horror, no puede pasar por la
ventana sin que nadie se espante y tome alguna nota. Cuando la memoria llega a
ser un estorbo, ya sabemos que clase de personas y país tenemos, y por qué la
solidaridad, ética, los valores, derechos humanos, y sobre todo, la justicia,
el puntal democrático más injusto, terminan extraviados en el limbo de la
injusticia real. Una novela es también memoria de su tiempo, testimonio,
registro, homenaje a lo que ve y recrea, regar el bosque sin complejo, pero no
de dejar ver el árbol.
Una novela, vicio mayor de la expresión verbal escrita —me convenció la
propia escritura—, puede llevar de todo, hasta un puñado de paréntesis bien
dichos o mejor escritos. Me declaro absolutamente neófito de esta manera de
escritura prolongada, ociosa, espaciosa, morona, totalizadora, absorbente,
clasificable en el tipo ascensor, que sube y baja, hasta encontrar el piso. La
novela tiene la gracia que no le preocupa la originalidad, como género, hoy en
manos de sastres, farmacéuticos y villanos, verdaderos, algunos Jack
Destripadores de las partes del texto.
Un ejercicio diario, sin tiempo, para ganarle al tiempo.
La novela somos nosotros mismos. No hay regla. Quizás marketing más que
oficio y temas. Después de Rayuela, Cien años de soledad, La vida breve,
Pedro Páramo, Los pasos perdidos, Paradiso, El siglo de las luces, Los
cachorros, Ficciones, Borges, Jorge Amado y el paraguayo Augusto Roa Bastos,
muy poco bajo los puentes de la narrativa, más bien pirotecnia de escaparate.
No es fácil, desde luego, hacer una verónica entre estos mancos de América
latina. El demonio de la velocidad, la inmediatez, la ficción de la imagen,
pervierte casi todo. Lo más rescatable, Ricardo Piglia, un argentino que
escribe sin concesiones, como debe ser. La chatarra aunque se vista de seda,
mona se queda, como la palabra vitrina.
Yo, debo terminar este proyecto, que ya suma 8.300 líneas, un ejercicio
personal, iniciado el 15 de agosto del 2002, pero quienes no vivimos de la
literatura, cabalgamos en las distintas aguas de la sobrevivencia, para vivir, y
no todo es literatura, y menos ficción. La novela tiene un tiempo, y es su
tiempo, y no otro, ni el de la impaciencia, de quienes me dicen cuándo,
cuándo, como si soplar botellas no requiere también de un pulso. No soy
novelista, pero mis impacientes posibles lectores, me piden soplar botella con
la boca cerrada. Momento les digo, estoy trabajando. No hay otra alternativa,
con duende, con todo. Hecho mano a lo que encuentro a mano, contra vía, apelo
desde el dinosaurio a la mariposa, para llenar un saco roto.
¿Qué otra alternativa queda, me pregunto, para arrancarle unos cuantos
sueños a la realidad? Se cuenta, en ocasiones, con un pobre libreto, muy
inferior a la realidad, y a veces, se tiene suerte, y la historia viene amarrada
a un sueño mayor que a la realidad, a una ficción que es su propia realidad, o
a un juego entre ambas, como suele ocurrir cuando la literatura busca su
verdadero cauce. Son varias las escaleras las que conducen a Babel, y aun así
quedamos a mitad de camino. Un Arca ya no es suficiente para enfrentar el
diluvio y salvar la literatura, la poesía, especialmente, la prosa que no se
deja manosear por la prisa. He llegado tarde, pero voy llegando.