Es difícil describir la devastación que hemos visto por la televisión chilena, de la geografía que uno ha recorrido en la adolescencia y juventud, aquellos veranos espléndidos y tiempos memorables. La tierra sureña, el Sur, donde Chile se reparte entre el mar, su gente y los sueños que siempre superarán a los propios sueños.
Según un lingüista, la palabra “boom” surge de la más exhaustiva angustia que un estilista de la escritura (¿o sería un exégeta?, ¡anyway!) puso en boca de un poeta desconocido para endilgarle luego demasiadas razones por no haber pasado del primer verso. El mejor amigo del poeta se inclinó sobre el postre idiomático y subrayó todos los “ti” que encontró. La suprema ficción surgió ese día y un clima propenso a textos más largos se insinuó en las notas colocadas al margen.
Dejé el libro. Lo dejé agónico una mañana y al día siguiente ya era cadáver. Lo dejé morir mientras imaginaba la cara de Miguel Serrano Larraz en Valencia, Venezuela, una noche de confesiones y lecturas nerviosas. Imaginé la radiografía —o tomografía— de la portada y me deshice bajo el calor de estas horas de octubre. Convertida la imagen en polvo cósmico, regresé a Órbita (Editorial Candaya, Barcelona, España, marzo de 2009) y vacilé. Ya me había consumido 174 páginas. Volví a dejarlo, materia insepulta, sobre la mesa que orbita alrededor de varios tomos que esperan la visita de quien esto rasguña.
Todo lo que yo quería era comerme un plato de “fish and chips”. Luego de tres días en Londres y medio harto del pantagruélico “English breakfast” (que el hotel incluía en su infame costo por noche), le dije a Martín, el jefe de botones, muy español y muy agradable, “no puedo irme sin comerme un pescado con papas fritas...” y él, como quien sabe, me dijo, “el mejor lugar es Simpson, por Picadilly Circus, cerca al Támesis”.
Después de meses de suspirar en la ventana, una noche la princesa desapareció. Se deshizo en suspiros. Aunque la vieron con un hombre en el puerto, en la corte todavía se aferran a la versión de los suspiros.
Terminaba el último año del bachillerato y como cierre final asistió todo el alumnado a una clase magistral con un físico-matemático. Vestía con cierto desaliñado esmero: chaqueta de paño, sin corbata y pantalón de vestir. Tenía aire de genio desplanchado. Luego de las presentaciones de rigor, el físico tuvo un rato en silencio. Se paseaba delante de la pizarra como caminando por sus pensamientos. Todos en aquel salón estábamos a la expectativa de lo que diría aquel singular personaje.
Como corresponde a un artista y pensador que constantemente merodeaba el tema de la muerte, Bergman tuvo siempre muy presente la suya propia. Ya en el año 1995, el cineasta sueco escribió su testamento, legalmente certificado por dos testigos: toda su herencia: sus propiedades, sus muebles y objetos privados, los archivos con todo el material cinematográfico; todo debería subastarse al mejor postor. El dinero acumulado se repartiría luego, por partes iguales, entre sus nueve hijos. Como él mismo lo expresaría, “sin peleas, sin discusiones, sin sentimentalismos”. Nada para sus ex mujeres, sus demás familiares, ni para los amigos. Todo debería venderse y pasar sin intermediarios a manos de los hijos.
La aventura literaria de James Thompson se puede leer de dos maneras diferentes, la rápida y la lenta, la lenta es la que invariablemente no suele comentarse casi nunca de ningún escritor mientras que la rápida acapara el interés general y hace soñar despiertos a los incautos, léase autores noveles, que suponen que basta con un libro para situarse en el Olimpo literario; nada más falso, amigos.
La Fundación Futuro, a través de la Revista Ventanal, dio a conocer los resultados de la encuesta Lo Mejor de Chile, donde se buscaba reconocer las cosas maravillosas que tiene nuestro país, haciendo un alto en los problemas, el estrés y las preocupaciones diarias. Diez mil personas eligieron los patrimonios culturales chilenos.