Al escritor los lectores lo perciben (e incluso se hacen sus propios juicios y prejuicios de valor) desde afuera, no obstante el escritor con su trabajo de escritura intenta verse desde dentro y muy rara vez tiene en mente a los lectores. Escribir es una aventura en la que el azar y los malentendidos se dan la mano.
En una ocasión me invitaron a la Feria Internacional del Libro organizada por la Universidad de Carabobo, para un foro y compartir podio con los poetas Luis Alberto Angulo y Reynaldo Pérez So. El tema era: “Tras la huella del periodismo cultural en Carabobo”. Aunque estaba algo movido de la foto acepté. Más que impulsor de suplementos culturales en mis inicios en eso de la “escribidera” (la palabreja fue acuñada por mi madre al verme clavado por horas delante de una máquina de escribir golpeando las teclas) fui el rechazado permanente de dichos suplementos y ante tal perspectiva con otros amigos decidimos conformar un grupo literario y luego editar una revista iconoclasta con pelos y señales.1
En el foro tanto los poetas como yo tratamos de ceñirnos al tema en cuestión, pero en el ciclo de preguntas nos relajamos un poco y se ventilaron algunas peripecias que hice cuando vagueaba y trataba de aprender el oficio de la escritura. Por ejemplo, que un día llegué a un recital poético y me quité los zapatos para colocarlos, a la vista del público, en la mesa donde los ilustres poetas esperaban turno para leer. Como es lógico al público asistente todo eso parecía divertirle. Por mi parte no traté de justificarme y eso de los zapatos de alguna manera era sencillamente otro gesto para rechazar ese medio literario cómodo y cerrado que se regodeaba en esa conformidad ególatra traducida en recital poético.
Al comenzar a escribir uno no se fija parámetros, ni se plantea metas. Uno va como pisando en un terreno resbaladizo tratando de avanzar con poca preparación; claro, hay una buena porción de lecturas, algunos mínimos conocimientos sobre el lenguaje y mucha rabia juvenil entremezclada con esa ignorancia de la que escribió Stevenson: “La juventud es una edad totalmente experimental. La esencia y el encanto de esa época ajetreada y deliciosa residen tanto en la ignorancia de uno mismo como en la ignorancia de la vida”.
Cuando el escritor hace un balance sobre su trabajo de escritura por lo general los saldos en rojo de las decepciones a veces abruman. Muchas veces no se está a la altura de las exigencias de la literatura. La escritora Zadie Smith ha escrito: “Un ebanista con oficio hace buenos muebles, y un zapatero con oficio arregla bien los zapatos, pero los escritores con oficio rara vez escriben buenos libros y casi nunca grandes obras”. Con el transcurrir del tiempo uno aprende algo en eso de confrontar las palabras y poco a poco avanza en eso del oficio de escribir. Se aprenden algunos trucos, uno hace algunas trampas para escribir alguna página que valga la pena. Por supuesto uno quiere escribir con brillantez e inteligencia para convertir las palabras en arte. A veces lo que uno aspira está por encima de las posibilidades personales y uno hace lo que puede. Muchos se quedan en el chapuceo más atroz y otros siguen con insistencia trabajando en esa madera del lenguaje tratando de que dé alguna flor meritoria. Stevenson escribió: “El hábito y la práctica afilan los talentos; la perseverancia resulta menos desagradable, y con el paso del tiempo es incluso bien acogida; por vaga que sea la inclinación (si es genuina) se convierte, practicada con asiduidad, en una pasión absorbente”.
A veces me digo que escribir es una manera de buscar un mejor ángulo para ver el mundo desde una mirada más limpia. Escribir es un proceso de eliminación. Desechas prejuicios voceados desde el poder religioso y político. Arrojas a la basura todo ese lenguaje encorsetado en formulas, clichés, refranes y lugares comunes. Lanzas por el drenaje verdades publicitarias, mentiras históricas y leyendas urbanas de racismo, intolerancia y violencia. Escribir es quedarse con todo aquello donde el espíritu todavía respira, donde el sueño vuela como un papagayo y la imaginación siempre está dispuesta a ubicarnos en ese sitio en el cual todo es posible gracias a la belleza de una metáfora que se abre paso en la tierra árida de la realidad de todos los días. Escribir es tratar de encontrar la poesía como posibilidad de vida. El lenguaje utilizado como última trinchera del alma.
Se dice, no sin cierta pomposidad engreída, que la literatura de alguna manera incide en la vida, y esta es la gran lección de libros como la Biblia o el Quijote. No sin razón Zadie Smith escribió: “La mala escritura no hace nada, no cambia nada, no educa ninguna emoción, no reconecta ningún circuito interior”. Uno se esfuerza en escribir lo mejor posible para encender las chispas del circuito interno del lector, de zarandearle la sangre y el espíritu. De algún modo uno quiere incidir en la realidad que nos rodea para que sea menos dura y para que tenga esa magia de la metáfora escrita. Zadie Smith dice que si cualquiera se pasa la mañana leyendo a Chéjov, en la tarde, paseando por el vecindario, el mundo se vuelve chejoviano, y yo también lo creo: el mundo se vuelve literatura, se trasmuta en esa parábola, en esa poética singular que todo buen lector escribe a cada tanto.
Quizá cuando comencé a escribir lo hice desde el juego desfachatado, luego comprendí que la escritura comporta un riesgo creativo apremiante, pero he tratado de no perder ese sentido del juego y de ese gesto contestatario ya implícito dentro de la escritura. Además Robert Louis Stevenson lo escribió con innegable tino: “La ejecución de un libro, de una escultura, de una sonata deben emprenderse con la insensata buena fe y el espíritu incansable de un niño que juega. ¿Merece la pena? Siempre que al artista se le ocurre hacerse esta pregunta, ampara una respuesta negativa. No se le ocurre al niño que juega a los piratas en un sillón del comedor, ni tampoco al cazador que rastrea su presa; la ingenuidad de aquél y el ardor de éste debieran fundirse en el corazón del artista”.
La literatura es un compartir con la gente que lee y con otros escritores que también están inmersos en un trabajo con las palabras, que de alguna manera tratan de escribir bien, que siguen con perseverancia martillando esa hojalata del lenguaje para sacarle alguna chispa que ilumine nuestro mundo un tanto opaco y gris. Algunos ya hemos fracasado de antemano, pero que no digan que no hice lo posible, que no comenten que sólo me quité los zapatos en un gesto de rebeldía para decirle a unos poetas que la literatura era algo más sutil y embarazoso, algo más sencillamente complejo, que la literatura encierra una magia menos mundana y que muchas veces para escribir son más necesarias las habilidades del corazón que las relaciones públicas, que las palabras mueren de aburrimiento y desidia cuando los escritores (y también los lectores) son incompetentes, cuando el escritor no entiende las posibilidades de las palabras para reescribirlo todo con cierta dosis de belleza.
En el segundo número, a los 200 ejemplares de la revista, a un dibujo de una mujer desnuda le encolamos cabellos reales que obtuvimos en una peluquería.