
Mirco Ferri
Pienso que todos tenemos algo de voyeuristas, aunque tal vez lo hago para justificarme. Lo cierto es que mi vecino de enfrente ha logrado desafiar mi imaginación, ya que todos los días me asomo a verlo, siendo rara la vez que me defraude su actuación. Pasó una vez que el vecino desapareció por algunos días, y entonces pensé que se lo habían llevado. Puedo decir que llegué a extrañarlo. Pero al poco tiempo apareció, con su misma desconcertante actitud.
Muchas dudas me embargan: ¿de qué vive?, ¿quién cuida de él?, pero lo cierto es que el vecino vive únicamente acompañado por sus alucinaciones, o por lo menos eso parece.
Quizás algún día logre descubrir el misterio que rodea a mi extraño personaje. Por ahora, deberé contentarme con imaginar su vida, y con observar, cual mirón, sus extrañas evoluciones.
Hace algún tiempo decidí pasear por mi primer vecindario. A pesar de estar situado en un sitio bastante céntrico, no había tenido la oportunidad de volver a él, aunque la nostalgia me solicitaba esta visita desde mucho atrás. Este reencuentro se me antojaba como rejuvenecedor, como si tuviera la extraña virtud de devolver el tiempo y regresarme a mi infancia.
A medida que me acercaba, sentía que me embargaba una especie de ansia. Era algo así como el regreso al hogar, un hogar que fue bondadoso con nosotros y el cual abandonamos irreflexivamente, en pos de experiencias nuevas, sin tomar en cuenta lo que se dejaba atrás. Por supuesto que no esperaba encontrar ninguna cara conocida, ya que mi ausencia se prolongaba por más de veinte años; pero sí anhelaba renovar el contacto con las calles y casas que de alguna manera se habían alojado en mi memoria y contribuyeron a formar mi modo de ser, algo nostálgico y retraído.
Ya llegaba: en la esquina, un grupo de muchachos estaban reunidos en un extraño conciliábulo. Están jugando metras, pensé, ya que eso era lo que yo podría estar haciendo, a su edad y en esa actitud. Pues no, pequé de inocente: los muchachitos estaban muy ocupados sorbiendo los vapores emanados de un pote de pegamento, y ni siquiera se molestaron en ocultar su actividad. Yo, por mi parte, cambié de acera, sin querer darle mucha importancia al asunto. Ese detalle no empañaría mi retorno a la infancia.
Apurando el paso, me acercaba al edificio en donde había vivido: en mi memoria era alto, imponente, casi podría decir que señorial, rodeado de amables quinticas que le servían de marco y resaltaban su grandeza. Duro fue el encontronazo con la realidad: el edificio, que realmente contaba con escasos cinco pisos, estaba en el peor estado de abandono, y las casas que lo circundaban se habían convertido en talleres mecánicos o en comercios de la más variada índole. Las pocas personas que deambulaban por la calle no me recordaban a aquellas que habitaban mis recuerdos; de alguna manera parecía gente venida a menos, que indolentemente mostraba su indigencia. No hace falta decir que ya la desilusión me había tomado, pero decidí seguir adelante. En algún lugar encontraría algo que no hubiera cambiado, que justificaría mi excursión.
Decidí dirigirme al final de la calle, en donde seguramente seguiría estando la mansión de la hacienda que era antiguamente el vecindario. Esa casa, que por lo inaccesible y majestuosa nos hacía soñar a los pequeños con cuentos de capa y espada o de aparecidos, que a pesar de estar vedada para nosotros sintió alguna vez las incursiones de nuestra pandilla por sus prados, buscando los mangos que generosamente brindaban sus añejas matas, tendría el don de retrotraerme a mi infancia, cosa que ya se me estaba volviendo algo así como una obsesión. La antigua construcción coronaba una pequeña colina, sembrada de césped que los jardineros mantenían el mejor estado de verdor; un sencillo letrero clavado en una estaca anunciaba el nombre de la estancia. Todos estos detalles estaban presentes en mi memoria, y quería confrontarlos con la realidad.
Llegué, al fin. Aunque lo mejor sería no haberlo hecho. Un monstruoso conjunto de edificios usurpaba el lugar que antaño había sido de la casa. La colina había sido arrasada, y del jardín no quedaba la más remota traza. El afán urbanista y la búsqueda incesante del lucro se encargaron de destruir el entorno de mi infancia.
A partir de ese momento, tomé una decisión. De ahora en adelante, efectuaré estos paseos utilizando los jirones de recuerdos que están desparramados por mi memoria, sin salir de casa. Será menos doloroso.
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