Letralia, Tierra de Letras
Año IX • Nº 113
30 de agosto de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Dos relatos
Déborah Puig-Pey Stiefel

Usura

"Past all expressing...".
El Mercader de Venecia,
W. Shakespeare.

Era un hombre huesudo y le llamaban Midas. Había estudiado en la universidad, en París, se dice, pues alguien creyó haber evocado allí su presencia ínfima. Pero de eso hacía ya mucho tiempo y no se podía estar seguro.

Nadie retenía ningún rasgo de su vida, ni un solo detalle cierto de su extraña identidad; toda información sobre su persona se desvanecía en el aire como una nebulosa vacía.

Le reconocían por algunos fragmentos de su conducta. Por titubeos en el caminar, por retales de su mirada, señales ambiguas que emitían sus manos cuando alguno debía negociar con él. No parecía andar entre la gente.

Al hecho curioso de no dejarse fijar en memoria alguna, se unía su aspecto de caricatura, su espalda doblada, los trapos viejos que usaba para vestir. La boca apretada, la marca indómita que su oficio dejaba traslucir y que Midas no podía eludir, ni disimular. No hay nada que domestique, ni empolve, ni dulcifique el rastro inequívoco que deja un usurero al pasar.

Por esas cosas le reconocían y casi por nada más.

Yo le conocí a través de un documento, cuando Midas ya llevaba muerto más de un siglo. Creo que al principio tuve la misma impresión que sus contemporáneos. Cualquiera que fuera la forma en que toparas con él, su existencia era sólo un dato y aquellos que le habían tratado personalmente no tuvieron mayor conciencia de que se moviera en una realidad corporal. No le conocieron mejor que yo, que le compadecí en el siglo veinte, cuando descubrí su historia en los viejos archivos de un notario escrupuloso y decimonónico que también hacía mucho que estaba muerto.

Midas nació el veinticuatro de julio de mil setecientos ochenta y cinco, en una familia rica, antigua y nada extravagante, en una casa que ya no existe, en una ciudad que no importa nombrar. Por lo que yo sé, pues él lo dejó dicho, creció cómodo y rodeado de gente. Jamás estuvo solo ni descuidado, ningún oscuro episodio le marcó.

Nada apuró su infancia ni le condujo a su infierno ningún pecado anterior. Tuvo un padre que fue todo estruendo y vitalidad; corpulento, amable, paternal, fue un jugador listo y un fructífero negociante que supo multiplicar la fortuna heredada.

Tampoco podía reprochar nada a su madre. Dulce y equilibrada, excepto por el empeño que puso en enseñarle a contar y en inculcarle precisiones aritméticas. Filosofía de un orden material y espiritual, para el niño no era más que una obligación educativa. Pero luego se transformó en juego, después degeneró en vicio, y finalmente se convirtió en una obsesión absurda y desesperante.

Mientras eso no sucedió, Midas fue, más o menos, una persona. Creció, viajó y tuvo amigos. Nunca se enamoró. Destacó por su inteligencia, por cierta timidez viscosa y por su destreza en materias contables. Justo empezó a ser un sujeto extraño cuando quedó solo en la vieja casa de sus padres: entonces aumentó su manía de calcularlo todo.

Se entregó, sin dominio ni descanso, a secuencias interminables de posibles beneficios, a balances e inventarios, a infinitas sartas de números y anaqueles de libros de cuentas.

Se convirtió en prestamista. Desangró a sus vecinos implacablemente y les tentó cuando los veía pobres y desesperados; se perdió en el vértigo de la avaricia. Y años más tarde, cuando se preguntó a la gente por su paradero, se supo que había cultivado aquel triste don: en lo que concernía a su presencia, a su humanidad, nada suficiente podía ser recordado. Ni el color de sus ojos, ni su estilo de voz, ni el tono de su familia. Ni si le habían visto a las tres caminando deprisa, o si estuvo o no estuvo en tal lugar u ocasión.

Sólo le recordaban por el daño que había hecho y porque después se arrepintió. Su verdadera existencia se materializaba en consecuencias. Dejaba sus huellas en los dramas de sus deudores y en el alivio de otros cuyas deudas perdonó.

Quizás fue la comprensión de este hecho lo que dio un giro a sus obsesiones.

Un día, tal como sólo puede hacerse una vez en la vida, Midas trazó en ella un ecuador infranqueable, dejando al otro lado todo su pasado. Renunció mentalmente a seguir siendo el que había sido, borró los años felices de su infancia y deseó limpiar su alma del dolor y la vergüenza de los de su madurez. Algo, en su mismo delirio, le había hecho comprender: la esencia de su pecado era horrible. Tenía que devolver, restituir la riqueza de la que se había apropiado. Reparar el daño, borrar el crimen, consagrarse a la devolución de todo lo robado.

Pero supo que no bastaba con perdonar las deudas y repartir su fortuna, pues ¿qué era, en realidad, lo que ilegítimamente acumulaba en sus cuentas?

¿Dinero?

No. No era dinero. Era tiempo.

El tiempo de la vida que los demás gastaban en deberle a él. Tiempo vendido a un alto interés, tiempo y sangre, tiempo y traición, tiempo y descrédito. Su deuda no era sólo con los hombres. Era una deuda monstruosa que había contraído con Dios y que crecía con el paso del tiempo, que se doblaba por sí misma, se expandía, se multiplicaba, igual que el dinero que prestaba.

Un día de sol festivo —un día limpio de verano— despejado y dulce como el perdón, Midas desapareció tras dejar una declaración estrafalaria, escrita de su puño y letra, en casa del notario. Zanjaba las deudas, lo regalaba todo. Con lenguaje frío y un estilo testamentario, contaba su triste vida de usurero consumado. Añadía algunas notas biográficas (sin extenderse, sabía que nadie lo iba a recordar después) explicaba el cómo y el cuándo de su revelación y se comprometía a una misión de locos.

Pretendía acumular tres años de tiempo no vivido, para regalarlo. Tres años era el plazo en que hubiera recuperado el dinero de los préstamos que tenía pendientes. Desde ese instante, quedaban liquidados para siempre. Por una inversión descabellada, pero lógica, saldaría su magnífica deuda con Dios, no sólo renunciando a los beneficios de esos años futuros, sino dejándolos de vivir. Prometía volver con ese montante acumulado para cumplir con una ley sagrada que había transgredido. Ya no iba a cobrar, año tras año, gota a gota, el caudal de la vida de sus desgraciados clientes, sino que iba a donar su propio tiempo —disponible, intacto, redimido— tal como lo entregaba la Naturaleza para que se viviera sin interrupción, ni deudas, ni intereses.

El notario se quedó atónito. Jamás había oído nada parecido. Pensó que aquellos despropósitos mejor hubieran ido a parar a manos del sacerdote, mucho más hábiles en detectar mixtificaciones teológicas. O que bien podría haberlos recibido el médico, seguro de que un caso de especulación mental tan excepcional hubiera hecho saltar de alegría a su inflamable corazón científico.

Pero una mezcla de ética profesional y miedo íntimo impulsó al notario a tomarse en serio las pretensiones de Midas. No sólo legitimó aquel documento, sino que lo guardó toda la vida en una carpeta azul marino en la que también se hallaba un somero informe de las pesquisas que efectuó, inútilmente, para encontrar al pobre Midas, quien no volvió a aparecer, ni pasados los tres años, ni nunca más.

Allí, de una forma helada que me impresionó, se explica escuetamente cómo Midas fue buscado. Se interrogó a la gente de su ciudad (que fue la beneficiaria de su gran fortuna) se preguntó a los estupefactos deudores que había perdonado, se entrevistó a alguno al que le sonaba haber sido su amigo y condiscípulo, y se indagó en otras ciudades, hasta haber agotado todos los posibles rincones.

Un tiempo después, en una de esas ciudades, algunos vieron deambular a un hombre, cuyas señas no alcanzaban a precisar, que decía haber pasado tres años intentando regalar tres años, de tal forma infausta que su regalo imposible había crecido a un interés del cien por cien durante ese mismo plazo y que entonces debía encomendarse a la penosa tarea de regalar seis años de su tiempo no vivido, malgastado en intentar regalarlo.

Vagaba aterrorizado y argüía que tenía una deuda que crecía y crecía, que si no lograba saldar con vida, él moriría y la deuda no dejaría de crecer. El terror de Midas obedecía a su razonamiento de que lo que hay después de la muerte es precisamente tiempo no vivido. Tiempo que se acumularía para siempre, sin que nadie pudiera rescatarlo del infinito, que sería la garantía de un vagar fantasmal, agónico y culpable para toda la eternidad.

Para él que, más allá aun del más allá, sería un espectro incluso entre los espectros.

Pasó mucho tiempo y nada más se supo de Midas. El notario murió. Su moral legalista le impidió dejar cerrados algunos casos irresueltos y ordenó en su testamento que se conservaran decenas de carpetas azules, hasta que esos casos llegaran a algún tipo de término. Es por eso por lo que hoy he podido quemar la carpeta de Midas.

La casa del notario es ahora mi casa, una de esas casas que se caen de viejas, pero que uno compra por no se sabe qué razón del corazón. La he pagado cara, a causa de otra sinrazón, compitiendo con una inmobiliaria especializada en lofting. Yo misma he pintado las habitaciones y he descubierto y saneado ese curioso archivo compuesto de una treintena de expedientes raros entre los que se encontraba el del prestamista loco.

Su historia me conmovió tanto que no pude tolerar leerla bajo esa forma de acta o instancia, disimulada la silueta de un recuerdo que de por sí se escapa, camuflada la complejidad de la usura y enterrada la conciencia de ese pecado.

Por esa razón he escrito este cuento.

He creado un espacio de tiempo invisible, sintético, o invivible. He escrito la historia de Midas con la esperanza de que, cada vez que alguien la lea, un poquito de su tiempo no vivido haya sido redimido y regalado y su deuda vaya disminuyendo, poco a poco, deducidas así pequeñas cantidades de la suma que se acumula en el infinito.

Hasta que un día esa deuda se haya saldado y Midas descanse en paz, del todo olvidado.

 

La "Agenda Kronos" cambió la Historia

Nadie podía sospecharlo entonces, cuando ese utensilio de apariencia inofensiva, tapas de piel sintética, separadores de plástico y anillitas de metal, se puso de moda rabiosa en el mundo entero. No es que tuviera nada especial. De hecho, no era ni siquiera original, era un "remake" de modelos antiguos, como los que antaño habían poblado las mesas de tantas oficinas anodinas, con sus hojas ribeteadas en rojo y un horrendo soporte para empotrarlas. La "Agenda Kronos" era un modelo de bolsillo.

Tampoco es que fuera un objeto bonito. Se descosían las costuras del lomo y llevaba siempre, en la contracubierta, la descolorida reproducción de una obra pictórica que se malograba con la sobreimpresión "Kronos, Agenda Anual".

Así que no era un objeto bonito. Bien mirado, era horroroso; nunca nadie pudo explicarse, inteligiblemente, cuál fue la causa de su éxito.

Fue un acierto, parece ser, fabricar ejemplares distintos. Algo así como agendas con sorpresa.

El año, claro está, era el mismo para todos, pero en cada página, flotando bajo una fecha encarnada, se leían pequeñas frases, pedacitos de sabiduría variopinta, refranes populares, fragmentos del ingenio de algún autor. Sentencias que habían convulsionado al mundo, o lo habían destrozado o divertido, trocitos de la Biblia, del Corán, del Capital, antiguos proverbios chinos, anécdotas de Chesterton, pensamientos de Santo Tomás, máximas feministas, recetas milenarias, poemas indios...Todo lo que el mundo había pensado lo llevaba impreso la "Agenda Kronos", despedazado en cientos de volúmenes diferentes, desplegando en un inmenso abanico de hojitas de papel el esfuerzo brutal que siglos y siglos habían sufrido para entender algo de algo y poder decir algo sobre algo.

La gente se aficionó a esta agenda. Mejor aun, la compró desesperadamente, la usó con furia metódica, la intercambió, la regaló, esperó anhelante al año siguiente las nuevas frases que deparase una nueva agenda. Y fue extraño y milagroso. El mundo, como hechizado por una corriente de organización, se aplicaba en asumir y practicar la parte de saber colectivo que había tocado a cada uno, en cada agenda, cada día.

Naturalmente, los saberes eran contradictorios. Pero eso fue lo que nos salvó. El ávido banquero, un martes de octubre, gracias a una frase de Engels u otra de San Agustín, juraba ascetismo o vendía sus préstamos a precio de saldo. El hombre sesudo aprendía los tesoros de la frivolidad. El político obsesivo hacía votos de silencio. El tímido asténico tomaba la filosofía de un magnate. Sacando un poco aquí, poniendo un poco allá, paulatina y misteriosamente, todo fue equilibrándose de tal modo que hoy en día ya no hay exceso, ni dogma, ni dominio que dure más de un día en ninguna parte. No somos ya ni demasiado ricos, ni demasiado pobres, ni creyentes ni descreídos, ni pusilánimes, ni extremistas, ni siquiera moderados. Ha surgido el milagro de la verdadera individualidad donde cada cual, en este océano magnífico, paraíso de la relatividad y del todo-es-según-se-mire, sabe mostrarse cauto y distinguido a la hora de ordenar su agenda y su vida.

Hoy conocemos tres verdades. Que mientras queden trocitos de cosas dichas, viviremos en el mundo que no pudieron conseguir todas las revoluciones de la Historia. Que todas las revoluciones de la Historia, convenientemente troceadas, impresas y mezcladas, funcionan.

Y que el cuadro reproducido en nuestras agendas, que no es otro que "Saturno comiéndose a sus hijos", fue aceptado invariablemente sin rechistar: sabíamos, en el fondo, que al Tiempo hay que darle algo de carnaza. Algo mitológico y siniestro con que entretenerlo, para que nos deje en paz.

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 20 de septiembre de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes