Letras
La casa de Rosa Andrade
Déborah Puig-Pey Stiefel

¡Ciudad mía, mi amor, blanca mía! ¡ah, esbelta,
óyeme! Óyeme y un alma te infundirá mi soplo
(Ezra Pound, N.Y.)

La estructura del universo es una criatura tierna y umbría que nada a través de los corazones. Pero Rosa no pensaba en eso todavía, sino que se ajustaba las hebillas del peto y dejaba que su instinto la guiara como una luciérnaga en un jardín húmedo. Niña de piel blanca y pequeñez engañosa... he ahí una rosa tupida cuyos pétalos se apelmazan y retuercen hasta formar el órgano centrífugo de su propia fuerza vital. Así, sentada en la piedra del puerto que la vio nacer, se concentraba en intuiciones repentinas cuyo impulso a ella misma le asustaban, tendiéndole caminos que la alejaban de su patria cómplice, pero que reconfortaban su imaginación. Largamente entrenada, oliendo la espuma del océano, llenándose las manos de crestas blancas, surcos de restos de oleaje, navíos inmóviles o entusiastas como amantes aquejados de fiebre.

Qué vieja era su ciudad. Qué de movimientos, cuántas acciones y milagros pequeños, cuántas desazones, causas y olvidos, lluvias y soles; cuántas niñas distintas.

Uno intuye lo que será a dentelladas que se maltragan y luego no lo recuerda y va echando adelante como si la vida fuera una digestión lenta. Cuánta gente, cuántas sonrisas, cuánta muerte.

Así, mucho tiempo después ella iba a navegar también, cruzaría el mar y uniría los puntos equidistantes de su vida. Ahora sólo tenía corta edad, una lid infantil con sus entrañas y un fantasma nocturno: la imagen de un muchacho moreno que la pretendía en sueños y desaparecía en el fondo. En el fondo de un mar ferozmente azul.

 

Las ventanas atacando de luz y un comedor recién pintado. La familia de Rosa es mucha y el vocerío y la melancolía a partes iguales sirven la comida sobre una mantelería remendada. Huele a hierba lenta, a vino espeso y a casa grande.

Rosa está guapa, su cabello castaño se riza con pereza y cae sobre los hombros espontáneamente. Su mapa, por primera vez, ha creado resquicios en la realidad: amigo de su padre, un joven cuya tez refleja el cedro y el aceite, ha sido invitado a comer y sonríe con benevolencia.

¿En qué alma no queda impreso el miedo a encontrar? Pero Rosa no sabe. No sabe que ha soñado con él. No conoce la vocación profética de sus sueños. Una mezcla de juventudes y la mano que nos venda los ojos, especulando en el corazón.

 

Una cierta pasión por el trabajo la caracterizó después, cuando la vida ya había cubierto sus etapas naturales y ella había reído, sufrido y remontado la cuesta inconsciente de los avatares accidentales. Tomó las riendas y se fraguó un destino: quería tener un pequeño imperio financiero en algún lugar cerca del mar donde lucir sus aptitudes ejecutivas; pero también quería algo más y más extraño. Quería que fuera un escenario de sabores, una estampa de consecución de perfecciones y precisiones, que el lugar fuera armonioso y tranquilo, que el dinero fuera como el premio a una hermosa yegua que ha corrido impecablemente en una carrera local. Que el trato fuera delicado y atento. Que el grado de salinidad fuera el justo, que el aire oliera bien. Que el negocio consistiera en haber creado un espacio inusual de hogar, donde los afectos fueran matices del ritmo horario y los parentescos, funciones de la creatividad. Por esa razón de su imaginación, que estableció un vínculo inaudito entre el agua de mar, el amor de su vida y una compañía de quehaceres rentables y entrañables al mismo tiempo, Rosa se aventuró en la herida que infecta: realidad y misión, proyecto y angustia, duda y necesidad.

Él también se dedicaba a los negocios. También navegaba y se mecía en esa adicción. Suspiraba por alcanzar el éxito, por operar correctamente con contactos y tratos.

Y también lo hacía regido por una dirección casi moral. Una suerte de orgullo piadoso que le nacía.

Periferia de la ética profesional, los humildes tienen que invertir en causas posibles.

Se entenderá mejor lo que sucedió a Rosa, si les digo que ha habido otros hombres, pues ella se dedicó a coleccionar réplicas de su amado durante una época de su vida. Morenos penetrantes que torcían raíces y la engañaban como espejismos en la sequedad. Que la dañaban. Tardó años en darse cuenta del impacto de aquel primer moreno que la derivaba a una galería de bellos monstruos que se le parecían. Detuvo el paso: finalmente no eran más que defectos de la memoria. “Son sólo una copia, yo amo el original”, se dijo. Rosa sólo podría entregarse a él. Hoy aún lo espera.

De nada serviría que yo hubiera citado el nombre de esas ciudades que ha ido visitando y que son el error y el ensayo de su Casa.

Lisboa, Marsella, Barcelona... todas ellas conocen el nombre íntimo de esa Rosa. Cualquiera de ellas puede sufrir un día el horadar de su asta, como la espina definitiva en el tallo completo. De nada serviría que yo supiera el final de su ruta, ni si el moreno auténtico la reconocerá algún día.

Pues ese es el secreto de todo aquello que es irremediablemente singular. Sólo hay un ejemplar. No puede duplicarse. Aunque hubiera miles de Rosas Andrade, cientos de niñas Rosa, millones de puertos en el Mediterráneo, millares de sueños especiales; aunque haya un sinfín de amores presentidos...

 

De nada serviría que yo revelara a Rosa dónde esta su Casa y cómo es.

Le diría: “Mira, tu casa existe. Combina madera, piedra y metal. Está cerca del puerto. Es grande, Rosa, muy grande. Está cerrada a cal y canto y aparece tu nombre en la fachada principal. Dice Casa de Rosa Andrade en letras estampadas, en un cartelito ligeramente inclinado, al lado de una verja blanca. Todavía no tiene llave, ni título de propiedad. Llamas, y no te abre nadie. Pero existe y es tu casa, y es tal como tú la has fabricado”.

Si yo le dijera a Rosa que esa casa existe, sé cuál sería su respuesta.

Mordaz y seria a la vez, me contestaría: “Ya lo sé. Pero es sólo una copia. Yo amo el original”.