La estructura del universo es una criatura tierna y
umbría que nada a través de los corazones. Pero Rosa no pensaba en eso
todavía, sino que se ajustaba las hebillas del peto y dejaba que su instinto la
guiara como una luciérnaga en un jardín húmedo. Niña de piel blanca y
pequeñez engañosa... he ahí una rosa tupida cuyos pétalos se apelmazan y
retuercen hasta formar el órgano centrífugo de su propia fuerza vital. Así,
sentada en la piedra del puerto que la vio nacer, se concentraba en intuiciones
repentinas cuyo impulso a ella misma le asustaban, tendiéndole caminos que la
alejaban de su patria cómplice, pero que reconfortaban su imaginación.
Largamente entrenada, oliendo la espuma del océano, llenándose las manos de
crestas blancas, surcos de restos de oleaje, navíos inmóviles o entusiastas
como amantes aquejados de fiebre.
Qué vieja era su ciudad. Qué de movimientos,
cuántas acciones y milagros pequeños, cuántas desazones, causas y olvidos,
lluvias y soles; cuántas niñas distintas.
Uno intuye lo que será a dentelladas que se
maltragan y luego no lo recuerda y va echando adelante como si la vida fuera una
digestión lenta. Cuánta gente, cuántas sonrisas, cuánta muerte.
Así, mucho tiempo después ella iba a navegar
también, cruzaría el mar y uniría los puntos equidistantes de su vida. Ahora
sólo tenía corta edad, una lid infantil con sus entrañas y un fantasma
nocturno: la imagen de un muchacho moreno que la pretendía en sueños y
desaparecía en el fondo. En el fondo de un mar ferozmente azul.
Las ventanas atacando de luz y un comedor recién
pintado. La familia de Rosa es mucha y el vocerío y la melancolía a partes
iguales sirven la comida sobre una mantelería remendada. Huele a hierba lenta,
a vino espeso y a casa grande.
Rosa está guapa, su cabello castaño se riza con
pereza y cae sobre los hombros espontáneamente. Su mapa, por primera vez, ha
creado resquicios en la realidad: amigo de su padre, un joven cuya tez refleja
el cedro y el aceite, ha sido invitado a comer y sonríe con benevolencia.
¿En qué alma no queda impreso el miedo a
encontrar? Pero Rosa no sabe. No sabe que ha soñado con él. No conoce la
vocación profética de sus sueños. Una mezcla de juventudes y la mano que nos
venda los ojos, especulando en el corazón.
Una cierta pasión por el trabajo la caracterizó
después, cuando la vida ya había cubierto sus etapas naturales y ella había
reído, sufrido y remontado la cuesta inconsciente de los avatares accidentales.
Tomó las riendas y se fraguó un destino: quería tener un pequeño imperio
financiero en algún lugar cerca del mar donde lucir sus aptitudes ejecutivas;
pero también quería algo más y más extraño. Quería que fuera un escenario
de sabores, una estampa de consecución de perfecciones y precisiones, que el
lugar fuera armonioso y tranquilo, que el dinero fuera como el premio a una
hermosa yegua que ha corrido impecablemente en una carrera local. Que el trato
fuera delicado y atento. Que el grado de salinidad fuera el justo, que el aire
oliera bien. Que el negocio consistiera en haber creado un espacio inusual de
hogar, donde los afectos fueran matices del ritmo horario y los parentescos,
funciones de la creatividad. Por esa razón de su imaginación, que estableció
un vínculo inaudito entre el agua de mar, el amor de su vida y una compañía
de quehaceres rentables y entrañables al mismo tiempo, Rosa se aventuró en la
herida que infecta: realidad y misión, proyecto y angustia, duda y necesidad.
Él también se dedicaba a los negocios. También
navegaba y se mecía en esa adicción. Suspiraba por alcanzar el éxito, por
operar correctamente con contactos y tratos.
Y también lo hacía regido por una dirección casi
moral. Una suerte de orgullo piadoso que le nacía.
Periferia de la ética profesional, los humildes
tienen que invertir en causas posibles.
Se entenderá mejor lo que sucedió a Rosa, si les
digo que ha habido otros hombres, pues ella se dedicó a coleccionar réplicas
de su amado durante una época de su vida. Morenos penetrantes que torcían
raíces y la engañaban como espejismos en la sequedad. Que la dañaban. Tardó
años en darse cuenta del impacto de aquel primer moreno que la derivaba a una
galería de bellos monstruos que se le parecían. Detuvo el paso: finalmente no
eran más que defectos de la memoria. “Son sólo una copia, yo amo el original”,
se dijo. Rosa sólo podría entregarse a él. Hoy aún lo espera.
De nada serviría que yo hubiera citado el nombre de
esas ciudades que ha ido visitando y que son el error y el ensayo de su Casa.
Lisboa, Marsella, Barcelona... todas ellas conocen
el nombre íntimo de esa Rosa. Cualquiera de ellas puede sufrir un día el
horadar de su asta, como la espina definitiva en el tallo completo. De nada
serviría que yo supiera el final de su ruta, ni si el moreno auténtico la
reconocerá algún día.
Pues ese es el secreto de todo aquello que es
irremediablemente singular. Sólo hay un ejemplar. No puede duplicarse. Aunque
hubiera miles de Rosas Andrade, cientos de niñas Rosa, millones de puertos en
el Mediterráneo, millares de sueños especiales; aunque haya un sinfín de
amores presentidos...
De nada serviría que yo revelara a Rosa dónde esta
su Casa y cómo es.
Le diría: “Mira, tu casa existe. Combina madera,
piedra y metal. Está cerca del puerto. Es grande, Rosa, muy grande. Está
cerrada a cal y canto y aparece tu nombre en la fachada principal. Dice Casa
de Rosa Andrade en letras estampadas, en un cartelito ligeramente inclinado,
al lado de una verja blanca. Todavía no tiene llave, ni título de propiedad.
Llamas, y no te abre nadie. Pero existe y es tu casa, y es tal como tú la has
fabricado”.
Si yo le dijera a Rosa que esa casa existe, sé
cuál sería su respuesta.
Mordaz y seria a la vez, me contestaría: “Ya lo
sé. Pero es sólo una copia. Yo amo el original”.