Sala de ensayo
El papel del intelectual en América Latina
en la era de la globalización
Comparte este contenido con tus amigos

Estrategias de ocultamiento

Callar resulta criminal en épocas oscuras.
Bertold Brech

¿Dónde están los intelectuales en América Latina? Nuestra América actual sigue víctima de la carencia de unas voces propias, personales, testigos verdaderos y válidos, que denuncien una vez y otra vez y otra vez, la condición de masa muda, amorfa, acrítica e inconsciente, en que ha permanecido durante muchos siglos, sin que parezca posible que los llamados portavoces de la intelectualidad, quieran y sean capaces de rescatarla de ese estado. El continente sigue flagelado, anómico, aterido a complejos tercermundistas. Nuestros países siguen con la rodilla hincada en la tierra, entregando pleitesías a los viejos amos. Nuestra apoplejía tiene el tamaño de nuestra tristeza. Continuamos engañados con espejos y sonajeros para impúberes. Los paraísos prometidos se han infartado por la deuda externa, la corrupción política y la violencia, sin posibilidades de redención. La expoliación e imposición del salvajismo tributario a favor de la banca mundial, nos está dejando sin agua, sin minerales, sin aire... Por momentos, la poesía y la lírica popular parecen una mueca trágica y fétida para los apátridas y guardianes del poder. El robo descarado de los recursos naturales de los indígenas, el hambre de los negros de Haití, la miseria de los mineros de Bolivia, la tragedia financiera de Argentina, el atraso del Perú, el caos y la carrera armamentista de Venezuela, las favelas y el sida del Brasil, la contaminación de Chile y México, la violencia de Colombia y la ignorancia de la clase dirigente de Panamá, no le importan a nadie. Menos interesan la inestabilidad política de Nicaragua, la pobreza de El Salvador y la ilegitimidad del gobierno de Ecuador. Mientras la Comunidad Económica Europea edifica una sola Constitución, como expresión inequívoca de unidad, América Latina acrecienta su debilidad como si estuviera pagando una condena. No hay muchos progresos desde nuestra declaratoria de independencia. La desesperanza, el suicidio, el analfabetismo, la falta de oportunidades, el exilio interno y externo, la pobreza absoluta, el genocidio indígena y el terror impuesto a los campesinos, estructuran un eje ontológico en América Latina. Seguidos desplazados de todo, de lo mínimo. Nuestra mirada sigue absorta en los espejos de la ilusión. Estados Unidos sigue como un pavo real y nuestros gobiernos se arrodillan cada vez más, mientras en el interior de sus países preconizan, como filipichines, la defensa de la soberanía. El último acto de la tragedia de cinco largos siglos, es la firma del Tratado de Libre Comercio. América Latina necesita y merece un destino de grandeza y no de abyección. Nuestros intelectuales se han mantenido en cómodas dispensas burocráticas, esperando jubilaciones y canonjías del poder. No han querido asumir su papel, su condición, su ethos. Nunca se han articulado con los conflictos sociales y económicos de las mayorías. Han jugado con las cartas de la traición. Pareciera que la indigencia en las calles no existiera, que el desplazamiento campesino fuera una fábula, que la emigración y exilio por hambre y falta de oportunidades a Europa fuera un filosofema; que la marginalidad y la podredumbre que alimentan la literatura urbana fueran una elucubración metafísica y epistemológica.

Sin etiquetamientos nihilistas ni existencialistas, sin ahondar en contenidos políticos y filosóficos de la antigua Grecia o la Europa de Voltaire, Lamartine, Henry Lévy y Émile Zolá; sin recordar el caso Dreyfus, creo en el concepto de intelectual, creo en los intelectuales. La presencia de un humanismo entre nosotros es real, pero ha sido opacada por la indiferencia y la irresponsabilidad histórica y social de nuestros intelectuales. Tenemos intelectuales como Gerardo Molina, José Martí y Juan Montalvo, entre otros defensores de nuestra identidad. Pero la apatía general es abrumadora, paralizante. Prima el interés particular y no el general. La mirada egoísta sobre la mirada social. Ese silencio cómplice es parte de la colonización que nos aflige. Prometeo sigue encadenado a su propia tragedia. La intelectualidad del continente tiene la obligación de integrarse a la historia, y de asumir su responsabilidad frente al mundo, como lo escribió Jean Paul Sartre: “El intelectual no puede aislarse de la sociedad, ni la sociedad podrá explicarse sin él”. Debe ser un testimonio de su tiempo y, más que eso, debe ser una aportación al progreso de la democracia y la libertad. No es desde una posición de empleómano donde se generan los grandes debates sobre el humanismo y el compromiso del intelectual. No es en la postración por décadas esperando una mesada jubilatoria como se les rinde homenaje a los episodios determinantes de la historia. No se puede renunciar al poder contestatario, no se puede claudicar en el ejercicio de las ideas. El intelectual debe ser un productor de sociedad, un ser independiente, un testigo excepcional. Nuestra intelectualidad sufre esclerosis, catalepsia, desmemoria crónica. Basta observar el papel de nuestras universidades. Sus profesores se limitaron, como intelectuales reaccionarios, a dictar clases fementidas, en espera de una jubilación y otros privilegios hijos del sindicalismo educativo. Su contribución social y política se quedó en los pasillos de las rectorías y las elecciones universitarias a cargos directivos. La presencia de “esa intelectualidad”, mucha de ella formada en el extranjero, con los recursos sabáticos del Estado, no supera las cafeterías claustrales. Esa actitud mediocre es parte esencial del derrumbe total de América Latina. No hay simposios y congresos que aglutinen pensamiento y generen controversias nacionales y continentales, no hay producción seriada de revistas, libros y periódicos que inciten la reflexión literaria y filosófica; no hay presencia de la inteligencia en los grandes medios de comunicación hablados y escritos, no hay concurrencia de pensadores europeos y norteamericanos en sus aulas. En síntesis, sólo medra la reproducción de un sistema acrítico, como profundización del malestar en la cultura. Nuestras universidades se convirtieron en multiplicadoras de tecnocracia, apuntaladas en lo económico y financiero por diplomados, algunos de los cuales enseñan la importancia del aire en la respiración. Es la indigencia elevada a categoría educativa y cognoscitiva. La garrulería. La conciencia comprada.

Hablar, por ejemplo, de los periódicos y diarios nacionales, es ahondar el abismo intelectual. Carecemos de magazines literarios y filosóficos. Ya no hay ejercicio del pensamiento. Las grandes crónicas, lo más cercano del periodismo a la buena literatura, desaparecieron. Las recetas de cocina reemplazaron a la intelligentsia; la etiqueta y el glamour, a los géneros literarios. Todo se convirtió en una simple reproducción de la estructura del establecimiento. Por su parte, las grandes cadenas de radio y televisión se dedicaron al dopaje, al más infame intento de estupidización colectiva, a partir, sobre todo, de comentaristas de circo y novelones. La intelectualidad continental no tiene radio ni televisión. Es otra de sus grandes carencias.

Un continente donde abundan las organizaciones cristianas dirigidas en su mayoría por estafadores y malabaristas, donde en cada provincia se impone la teoría crística de la resignación y el perdón, debe preocupar a los intelectuales. La multiplicación de hermenéuticas religiosas y sectas en América Latina, significa que caminamos hacia un mayor oscurantismo, hacia una mayor opresión. Tanto silencio no es ético. El resurgimiento de la Europa de las dos postguerras estuvo estrechamente ligado al trabajo de los intelectuales. La reforma, la ilustración y la revolución francesa fueron también obra de la intelectualidad. La independencia americana, la de 1810, fue otro logro de la intelligentsia. Hoy, esa intelligentsia, esa intelectualidad, es muda; y lo más preocupante, alguna de ella es parte activa, a través de revistas y medios de comunicación, de la opresión social y política de nuestros pueblos. El ejercicio del pensamiento, de las ideas, de la filosofía, de la literatura, no puede claudicar en un continente, menos en países como Colombia, donde la pretendida izquierda, la insurreccional, confundió la ideología del humanismo, del homo humanus, con el terrorismo y el acto criminal. Su carácter es absolutamente disolvente, fundamentado en la acción directa cuyo principal motor es la violencia, como en cualquier fascismo. Desde luego que “esa izquierda” tiene también sus intelectuales, fascistas por supuesto, de la misma manera que el fascismo alemán tuvo a Ernst Jünger, destacado precursor, autor del ensayo El trabajador, publicado en 1932.

El movimiento insurreccional colombiano está tratando de hacer una revolución sin doctrina, sin ideología, imponiendo la propaganda sobre la verdad, la mentira sobre la realidad, los negocios ilícitos sobre las reivindicaciones sociales, políticas, culturales y económicas. De manera que en esta nueva era de la globalización, en esta “ausencia de patria”, como dijo en otro momento histórico Martín Heidegger, los intelectuales tendrán que reivindicar la existencia del continente americano. ¿Soy un intelectual? Desde luego que sí. Si el intelectual se define como el hombre académicamente educado y que trabaja en profesiones liberales, soy un intelectual y asumo de manera responsable el deber de no callar, de no ser cómplice, de alejarme de protoconceptos suprasensibles, para estar en el acá y no en el “más allá”.

El Tratado de Libre Comercio en los términos planteados por Estados Unidos nos hará perder aun más la memoria, las ciudades incas y los avances astronómicos y desarrollos científicos de los aztecas. Quedaremos convertidos en un mercado cautivo para productos agrícolas y artículos a bajo precio, sin conciencia histórica, sin memoria colectiva. La intelectualidad tiene una alta cuota de responsabilidad. El interés público y la verdad no están en su dossier. Lo que importa es el olvido del ser, la negación de sí mismo, el vacío absoluto, la tartamudez y, en conclusión, la complicidad con el subdesarrollo, la dependencia, el desarraigo y la vida sin patria. Nuestros intelectuales no se arriesgan, no proponen, no apuestan a la vida. Permanecen anestesiados por el aroma de la vida muelle y sin luchas. América reclama la presencia de los intelectuales, no de idiotas útiles como los Vargas Llosa, Apuleyo y Montaner. América pide a gritos hombres libres que digan la verdad, que orienten, que reinventen nuestra realidad desde nuestra historia. No necesitamos intelectuales que se arrodillen ante Castro, que callen sus crímenes y encarcelamientos masivos por delitos de opinión, que camuflen su aterradora dictadura con propaganda de izquierda. América no puede seguir con una interpretación mitopoiética de la realidad cubana. El intelectual tiene que decir la verdad sobre Cuba, defender a su pueblo, como tiene que decir la verdad sobre la violencia colombiana: la que aturde, la que alimenta desesperanzas. ¿Dónde están los intelectuales en América Latina? La retórica colombiana se quedó hablando de Baldomero Sanín Cano, el profesor Luis López de Mesa y Hernando Valencia Goelkel. ¿Cuántas universidades tiene Colombia? ¿Cuántas facultades de filosofía, sociología, antropología, artes y literatura? ¿Dejaremos sacar todos nuestros recursos naturales para Europa y Estados Unidos? ¿Entregaremos a las futuras generaciones un desierto de hambre y desarraigo? ¿Cuántas facultades hay de medio ambiente? ¿Dónde están los intelectuales? ¿Cuáles son las propuestas de los intelectuales que formaron estas universidades frente a nuestra tragedia? Habrá que escribir una nueva “Carta sobre el humanismo” en América Latina, volviendo a Heidegger. Los intereses de nuestra realidad son opuestos a los de nuestra intelectualidad; sin duda, existe un conflicto de intereses. Los falsos intelectuales, los “perros guardianes” de que habla PaulNizan, los enemigos del intelectual auténtico, ameritan un juicio de alcance histórico. Un verdadero intelectual fue Jean Paul Sartre, hay que reconocerlo. Su grandeza intelectual estuvo en su independencia, en su posición de izquierdista crítico y en su distanciamiento de ortodoxias como la del Partido Comunista Francés con su Iglesia y su biblia. Lo que tuvo valor para Sartre fue el interés público, la sociedad de la segunda posguerra, nunca un partido político como causa única y excluyente de otras formas del pensamiento. La caída del Muro de Berlín, el derrumbe de la URSS, el fin por corrupción del sistema comunista albanés, el fracaso del sandinismo que insiste en imponer como caudillo a Daniel Ortega y los tanques chinos disparando contra los universitarios congregados en la Plaza de Tiananmen, indican que la democracia como participación social, inclusión, justicia y libertad, es nuestro destino. Hasta ahora, sólo hemos conocido sistemas maquiavélicos, dictaduras militares horrorosas como las del Cono Sur, democracias platónicas y estructuras excluyentes dinamizadas por la corrupción. América Latina no sabe aún qué es Democracia. Afirma Sartre: “Los intelectuales no son solamente el resultado de una decisión, sino un producto histórico y social, en el sentido en que surgen ante aquellas realidades desgarradoras que vive una sociedad y que expresan sus contradicciones. El papel activo que debe jugar el intelectual consiste, así, en no ser solamente producto de la sociedad, sino también, en ser productor de sociedad. El intelectual tiene la misión de referirse a la totalidad de lo que ha visto desde su particular punto de vista, que corresponde a su lugar de inserción en el mundo”. No se trata, pues, de clasificaciones: intelectual clásico, intelectual nuevo, intelectual reaccionario, intelectual orgánico. Se trata solamente de ser un testigo de su tiempo, como participación en la desgarradora realidad de América Latina. Asumir esa condición no significa el anhelo de la implantación en América Latina de un modelo, de un paradigma. Tomo de Sartre sus apreciaciones sobre el intelectual, de la misma manera que podría hacerlo de Umberto Eco, el francés Luis Althusser o el italiano Antonio Gramsci. Sartre pensaba que “su deber como intelectual era pensar sin ninguna restricción, incluso a riesgo de cometer errores”. ¿Cuál es el papel del intelectual en América Latina en la era de la globalización? Derribar estatuas, quitar máscaras, estar al servicio del interés público, decir la verdad, vivir una práxica política de la honestidad con nuestros pueblos. El intelectual debe articularse hoy más que nunca a la actividad política, a los partidos políticos; pero en un acompañamiento altamente crítico y autocrítico. La pasividad ya no es posible. Lo posible es la participación, la construcción social y societal. En una América Latina sin liderazgos, el intelectual tiene que asumirse en una práctica política real. Controvertir el Tratado de Libre Comercio, por ejemplo, conlleva una seria participación y una juiciosa actitud intelectual. El escritor, el poeta, el filósofo, el sociólogo, el humanista, tienen que afrontar su condición de intelectual a favor de la sociedad. No es ni será jamás una equivocación filosófica ni política asumirse, apropiarse como intelectual en la sociedad. Lo detestable es renunciar a la capacidad contestataria, al ejercicio de las ideas, aceptando la propia indigencia mental y trasvasando la anomia social. La utopía no ha sido posible, sigue siendo el sueño inalcanzable de nuestros precursores. ¿Dónde están los intelectuales en América Latina en la era de la globalización?