Sala de ensayo
Andrés BelloAndrés Bello: razón, educación y política
Reflexiones acerca del ciudadano
y la civilización

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La relación que un creador sostiene con su obra
y, por ello, la obra misma,
se encuentran afectadas por el sistema de relaciones sociales
en las cuales se realiza la creación como acto de comunicación.
Pierre Bordieau

Entender la creación literaria como un producto, o mejor, una consecuencia de las circunstancias socio-políticas en las que se produce, supone una puerta abierta que nos permite atisbar en su sentido, más allá del fenómeno estético, acercándonos desde nuevas perspectivas al “acto de comunicación” que la escritura comporta.

Pierre Bordieau plantea, parafraseándolo, que el poder es el eje que traspasa todas las esferas de la vida social, lo cual se revela de forma particular en el ámbito discursivo. Dicha propuesta resulta particularmente clara en muchos de los textos de los letrados hispanoamericanos de finales del siglo XVIII y del siglo XIX, dado que en ellos se observa claramente la intención didáctica, casi siempre presentada con una tendencia moralizante, que encierra la necesidad de civilizar al hombre para acercarlo al progreso supuesto en las grandes civilizaciones europeas.

En este ensayo nos acercamos a algunos planteamientos de Andrés Bello, como muestra de un discurso que se propone la instauración y permanencia del régimen político republicano, que en algunos textos afirma abiertamente: “Los gobiernos republicanos no son sino los representantes a la vez y los agentes de la voluntad nacional” (Bello, s/f a: 159), desde los actos creador y educativo; siguiendo para ello algunos de los planteamientos expuestos por Pierre Bordieau (1967) en su ensayo Campo intelectual y proyecto creador.

Andrés Bello ha sido clasificado tradicionalmente como neoclasicista y también se le ha atribuido un carácter prerromántico. Nuestro interés se centrará, a efectos de esta lectura, en su cualidad de neoclasicista para poder comprender, desde esta corriente, una parte del pensamiento político-educativo del bardo. Enrique Anderson Imbert (1967: 184) señala al respecto que

Los temas políticos de la literatura neoclásica fueron, pues, los del liberalismo [entendido éste como “lo propio del hombre libre”]. El liberalismo fue la expresión política de una voluntad de dignificar al hombre que, en el fondo, implicaba la fe en que el hombre era dignificable. (...). Los intelectuales se sentían responsables de la libertad y el progreso de la sociedad americana. Gracias al liberalismo pudieron los poetas, maestros, escritores, oradores, dar sentido ideal a una revolución y a una independencia que estallaron antes que las colonias estuvieran preparadas.

La expresión artística durante el neoclasicismo, en Hispanoamérica, respondió fundamentalmente a una necesidad social y moral, tal como se evidencia en la cita anterior; es así que toda la obra del polígrafo tiene como fin último mejorar las condiciones en las que vivía el hombre americano, tanto en su educación personal, como en los aspectos tocantes a su vida en el colectivo, dadas las realidades que han resultado de los sucesivos enfrentamientos emancipadores y el consiguiente abandono general de América, consecuencia también de las guerras.

Este afán humanístico se dibuja en las formas de la enseñanza, tanto en el acto artístico, como en el acto político de proponer y trazar planes educativos e incluso legislativos, que funcionan como herramientas esenciales para consolidar el proyecto político fundacional de la República, enmarcado unas veces en la espesura de una naturaleza que se presenta generosa, y otras tras el velo del bien común y la felicidad, pues “en las sociedades recién emancipadas escribir era una práctica racionalizadora, autorizada por el proyecto de consolidación estatal” (Ramos, J., 2003: 62).

Así, dejar en el testimonio escrito las posibles iniciativas y propuestas para la afirmación del proyecto político supone también sentar las directrices primarias de las que los gobernantes futuros pudieren partir en su tarea. El espíritu que anima la obra de Andrés Bello es un aliento cargado de amor por el progreso del colectivo, que se construye desde la consolidación de una República ideal, integrada por ciudadanos que ejerzan sus deberes y derechos con respecto al Estado y a ellos mismos; en este sentido apunta Rafael Gutiérrez Girardot (2001:76):

Su obra variada y voluminosa no está consagrada a proponer una reforma de la sociedad, sino a asegurar las primeras conquistas de la Independencia, es decir, a configurar en la vida cultural, política y social de Hispanoamérica la racionalidad que movió a los Libertadores para evitar que el belicismo que como secuela dejó la Guerra emancipadora degenerara en “heroísmo anárquico” militar.

Andrés Bello estaba comprometido profundamente con las labores política y educativa, pues la tarea fundamental del momento era, justamente, plantearse el propiciamiento de circunstancias que favorecieran el desarrollo progresivo de la sociedad, conjugando a los diversos actores sociales que, como resultado de la emancipación, habían quedado en una aparente “igualdad de condiciones”, aunque los usos sociales acostumbrados y las “clasificaciones” raciales continuaran tan intactas como durante el periodo anterior a la Independencia.

En tales circunstancias la edificación de la República tuvo que ser planteada de acuerdo con los estratos sociales, existentes como valores que permeaban profundamente el inconsciente cultural (Bordieau, 1967: 136) de esa sociedad. En el caso de los planteamientos del bardo no se trata simplemente de la expresión de un pensamiento afirmado en una pose elitista, más bien sus propuestas se nutren esencialmente de la idea de aprovechar los recursos humanos, económicos e intelectuales al máximo, tomando en cuenta las necesidades de cada poblador; por ello apunta en uno de sus textos que,

No todos los hombres han de tener igual educación, aunque es preciso que todos tengan alguna, porque cada uno tiene distinto modo de contribuir a la felicidad común. Cualquiera que sea la igualdad que establezcan las instituciones políticas, hay sin embargo en todos los pueblos una desigualdad, no diremos jerárquica (que nunca puede existir entre republicanos, sobre todo en la participación de los derechos públicos), pero una desigualdad de condición, una desigualdad de necesidades, una desigualdad de método de vida. A estas diferencias es preciso que se amolde la educación para el logro de los interesantes fines a los que se aplica. (Bello, s/f a: 160)

El fragmento anterior también demuestra la clara intención de fomentar el establecimiento de una conciencia cívica, una voluntad quizá incipiente, pero muy evidente, esbozada desde la desigualdad, pero tendiente al fin general de la educación como herramienta fundamental para la construcción de la República, pues por medio de la instrucción los habitantes podrían adquirir conciencia de su rol ciudadano, de sus deberes y sus derechos, en el nuevo orden político.

Cuando se piensa en este proyecto educativo, es preciso asumir que hablamos de un pueblo acostumbrado al dominio unilateral de los emisarios de la Corona, provenientes de España; habituados a vivir bajo un “paternalismo” permanente, en estratos fijos de clasificación racial, bajo reglas de dominación, privilegios o exclusión, según el grupo al que se pertenecía, dependientes siempre de las noticias y tendencias importadas de la patria madre, que está siendo sometido a un cambio drástico y radical en el interior del orden social y la política que dirige sus pasos hacia el porvenir. Zenaida Guánchez de M. (2005: 65) apunta, a propósito de este tipo de eventos sociales que,

entre el momento de la ruptura política y lo que podríamos identificar como la disolución total del régimen político anterior, hasta llegar al establecimiento y consolidación del nuevo orden político, resulta difícil determinar lógica y temporalmente la secuencia de fases o intervalos en función de los cuales se desarrollaría la dinámica de desestructuración (desinstitucionalización) de las viejas relaciones (relaciones de poder, económicas, jurídico-políticas y sociales) y de estructuración (institucionalización) de las nuevas relaciones.

De acuerdo a lo anterior es más sencillo comprender la insistencia de Bello en adecuar la educación al nivel de cada estrato de la población, pues en las condiciones postindependentistas no resultaba viable plantear proyectos que pudieran provocar un caos social aun mayor; más bien se trataba de hacer que los individuos comprendieran poco a poco las nuevas circunstancias y su rol en ellas.

La Independencia, en sus comienzos, fue una búsqueda de poder y aumento de privilegios del pequeño grupo social que representaba el estamento dominante, que había sido agraviado por la corona española, al no cumplir ésta sus acuerdos con los colonos; acerca de este asunto señala Pino Iturrieta (1999: 31) que:

La revolución se legitima por el perjuicio causado a un grupo de vasallos, quienes corren el riesgo de perder prerrogativas tan importantes como el gobierno doméstico, los títulos nobiliarios, la posesión de la tierra, el control de los indígenas y la administración de justicia.

Sin embargo, los hechos no se redujeron a lo expuesto en la cita anterior, pues, durante el discurrir de los acontecimientos, los otros grupos sociales de menorrango social, aunque mayoritarios en cuanto al número de pobladores, se fueron integrando en la lucha independentista, en la búsqueda de libertad, entendida ésta como el aumento de beneficios sociales, de derechos, de oportunidades, de un espacio real como seres humanos dentro de la comunidad.

Esto significó un viraje decisivo en el sentido, objeto y alcance de la revolución, pues ya no era la búsqueda solitaria de una minoría ambiciosa, sino que se transformó en la expresión de las necesidades y deseos de la masa popular; sin embargo, la lucha armada no fue suficiente para lograr los objetivos buscados con las guerras independentistas, los próceres artífices del plan libertador entendían que la parte más dura de la lucha era re-educar al pueblo liberado y apuntalar las bases económicas que permitieran la subsistencia y evolución de la economía de la República, y es que el giro de las circunstancias así lo exigía; por ello el Libertador escribe: “el que no sabe escribir, ni paga contribución, ni tiene oficio conocido, no es ciudadano” (citado por Guánchez de Méndez, Z., 2005: 76). Estaba claro que aquellos que antes habían sido sometidos debían aprender una serie de roles, obligaciones y derechos que antes sólo los colonos habían practicado, con las reservas que su condición de vasallos imponía.

En este sentido, el llamado hecho a los soldados a deponer las armas y retornar a la vida campesina, planteado en la “Silva a la agricultura de la zona tórrida”, encierra la intención de iniciar la construcción de una civilidad fundamentada en el trabajo. Se trata de afianzar al Estado naciente, desde la reconstitución de una economía diezmada grandemente por las recientes circunstancias bélicas que dominaban la escena nacional; más adelante volveremos sobre este punto.

El ciudadano, como lo denomina Bolívar, es la base de la República naciente, se trata de un hombre que participa de la actividad económica y que tiene alguna instrucción, al menos elemental; sin embargo sabemos que el habitante de la Venezuela recién emancipada no está preparado para asumir este nuevo rol social, por lo que el proceso de re-educación es necesario, diríamos urgente, ya que los acontecimientos políticos así lo requieren.

En sus propuestas, Bello asume la construcción del ciudadano sobre la presuposición de la inclinación al progreso, propia del hombre, lo cual “humaniza” grandemente las conveniencias políticas que motivan la empresa educativa, de dimensiones tan amplias como las que alcanzó el proceso bélico, pues con ella se le da vida a los “fines elevados” que justifican a los gobiernos republicanos:

El carácter distintivo del hombre es la susceptibilidad de mejora progresiva. La educación, que enriquece su espíritu con ideas, y adorna su corazón con virtudes, es un medio eficaz de promover sus progresos; (...). Si bajo todo gobierno hay igual necesidad de educarse, porque cualquiera que sea el sistema político de una nación, sus individuos tienen deberes que cumplir respecto de ella, respecto de sus familias y respecto de ellos mismos. (Bello, A., s/f a: 159)

Por lo tanto, el bienestar de los sujetos en un nuevo estado político es esencial para el afianzamiento de éste, especialmente en un territorio por reconstruir. La educación, aunada al trabajo, según los letrados del momento, es la vía más expedita para llegar a la felicidad; sin embargo, sumado a la incapacidad política de los habitantes del país, hay que tomar en cuenta que “después de la Independencia, Venezuela carecía de los elementos capaces de permitir el arranque de un proyecto de modernización a través de la industria” (Pino I., E., 2003: 52).

Así, una sociedad cuya economía se apoya en el sistema feudalista, junto a una fuerte tendencia al uso y comercio de esclavos no podía estar al par de los acontecimientos que estaban gestándose en Europa, por lo que con poca mano de obra, sin capacidades técnicas, la única posibilidad de acercarse al “progreso” era rescatar el precario sistema productivo que había sostenido a los colonos y sustentar el proceso de educación de los ciudadanos; añadiendo a la dura tarea de orientar a la sociedad hacia el objetivo más complejo de consolidación de la transición, otro factor resaltante que impedía el progreso y dificultaba las otras actividades pues afectaba la tranquilidad general:

la arrogancia, la presunción y la incapacidad de la mayor parte de los militares que habían combatido en las guerras de Independencia se traducían en una gestión del poder que, mientras demagógicamente se escondía bajo un radicalismo liberal, en la realidad se inclinaban siempre más hacia aventuras dictatoriales. Los militares, terminada la guerra, no podían y no sabían pensar en el “Nuevo Estado” (Scocozza, A., 1989: 185-186).

La lucha no terminó con la liberación del yugo español, como se puede ver en el fragmento anterior, pues se prolongó en búsquedas personales de poder, en disputas bélicas de carácter intestino, que diezmaron todavía más a la población y que dificultaron seriamente el restablecimiento de la paz y el desarrollo del nuevo orden republicano que tenía como premisa moral la igualdad de todos los habitantes del país. A la luz de estas evidencias se hace prístino el sentido de las frases expuestas por Bello (1985: 42, 47) en su “Silva a la agricultura de la zona tórrida”:

¿por qué ilusión funesta
aquellos que Fortuna hizo señores
de tan dichosa tierra pingüe y varia,
al cuidado la abandonan
y a la fe mercenaria
las patrias heredades,
y en el ciego tumulto se aprisionan
de míseras ciudades,
do la ambición proterva
sopla la llama de civiles bandos,
o al patriotismo la desidia enerva...

Asaz de nuestros padres malhadados
expïamos la bárbara conquista.
¿Cuántas doquier la vista
no asombran erizadas soledades,
do cultos campos fueron, do ciudades?
De muertes, proscripciones,
suplicios, orfandades,
¿quién contará la pavorosa suma?

Los versos citados ilustran la devastación de la tierra, pero también exhiben la ambición inhumana que impulsa a la belicosidad, la búsqueda del poder personal por medio de la fuerza y la opresión. Tomando en cuenta este panorama terrible, Andrés Bello formula sus planteamientos educativos desde la consecución de la felicidad, tanto individual como colectiva; en este sentido, la totalidad de sus textos está destinada a fomentar la educación de los americanos, inclusive los poéticos, que exaltan la obra de los grandes próceres caídos, acercándola al ideal de la areté griega, a los grandes héroes homéricos, mitificándolos como ejemplos inmortales de la virtud. Sobre este tópico destacamos especialmente el poema “Alocución a la poesía”.

Desde la práctica poética, el bardo toma el ideal virgiliano de la Eneida, con el que incita a la vuelta a la vida campesina, elevándola hasta transformarla en la forma de vida más deseable y fecunda, pues “el campo idílico y la vida sencilla del ‘labriego’ constituían la garantía de paz, el fundamento moral de ella, que había sido destruida por la codicia reinante en las ciudades” (Gutiérrez G., R., 2001: 77), además de representar el medio más viable para recuperar el sistema económico de la nación.

La letra, expresada en estas realidades convulsas, determina el camino a seguir, organiza el ambiente caótico resultante de las guerras, traza el camino potencial que representa la posibilidad de ayudar a salir al pueblo de la barbarie y señala un camino a la paz,entendiendo esta afirmación partiendo de la posición directiva del letrado que habla desde el poder, ya que “en ese periodo anterior a la consolidación y autonomización de los Estados nacionales, las letras eran la política” (Ramos, J., 2003: 63).

El culto a la letra se asoma en toda su significación si observamos lo que se necesita para ser considerado ciudadano: saber escribir. En efecto, los próceres que idearon el proceso de independencia eran letrados, letrados que supieron aprovechar las circunstancias según fueron evolucionando, que se fueron planteando soluciones apropiadas a la magnitud de las dificultades que las empresas que llevaban a cabo suponían.

Podría afirmarse que, después de los héroes militares, América tuvo héroes de la cultura, que no lucharon más que con la pluma; quizá entre ellos debamos destacar a Simón Rodríguez, el primero en plantear los proyectos de educación masiva que, además creemos, es el antecedente americano de Bello y de Bolívar; a este respecto, sin embargo, pensamos que Bello asumió este proyecto de forma racional y sistemática, tanto que llegó a ejecutarlo en Chile, tanto que en toda su obra se percibe la orientación didáctica, incluso moralista del discurso.

El polígrafo asumió la configuración del proyecto desde la necesidad urgente de la consolidación de la república, partiendo de una educación planteada según las necesidades de los diferentes estamentos sociales, dado que esto suponía una puerta abierta a la difusión de los principios en los que se fundamentaba el nuevo orden político, para llegar de manera eficiente a todos los individuos.

La formación planteada por el bardo no sólo apunta al conocimiento de las materias básicas, necesarias para lograr una cultura general mediana, y las que sirven para el desarrollo de la vida cotidiana, pues también propone la formación política de los individuos, por medio del estudio de la Constitución:

Mas, si por no ser de primera necesidad estos ramos de enseñanza se pueden omitir [se refiere a la astronomía y a la geografía, además de la historia universal] en los primeros tiempos de nuestra formación social, no es posible que suceda otro tanto con el conocimiento de los deberes y derechos políticos. Regidos por un sistema popular representativo, forma parte cada uno de ese pueblo en quien reside la soberbia, y muy difícil o imposible es conducirse con acierto en esta posición social, si se ignora lo que podemos exigir, y lo que puede exigir de nosotros la sociedad. El estudio de la Constitución debe, por consiguiente, formar una parte integrante de la educación general (...), para ponerse al cabo de la organización del cuerpo político al que pertenecemos (Bello, s/f a: 163).

Arriba se pone de relieve la firme intención de hacer valederas las bases en las que se afirman los sistemas republicanos, en los que todos los ciudadanos permanecen al mismo nivel, en un sistema de igualdad social y libertad, sin dejar de destacar que dicha condición sólo puede ser provista por medio del aprendizaje.

Este proyecto político-educativo, compartido con el Libertador en sus cimientos conceptuales, tiene la propiedad de incluir a todos los pobladores, sin desmedro de su procedencia social, pues se ofrece la enseñanza necesaria para ascender a la categoría de ciudadano, de acuerdo a las necesidades de cada uno.

Si bien es cierto que la propuesta bolivariana de elecciones populares, expuesta en la Constitución de Bolivia, limita a los electores a un diez por ciento de cada comunidad, un diezmo que sospechosamente presenta las características de la clase dominante en el sistema anterior, ese diezmo debía ser escogido, a su vez, por el consenso de los habitantes de la comunidad. En efecto, dicha condición no se da por razones caprichosas, es el resultado de las circunstancias educativas deplorables y la desorientación social en las que la mayor parte de la población se encontraba sumida.

En estas formas de proceder se devela la ejecución paulatina del proceso de transición de un régimen al otro, teniendo en cuenta a la libertad “contrapuesta, por una parte a la docilidad servil que lo recibe todo sin examen, y por otra a la desarreglada licencia que se rebela contra la autoridad de la razón y contra los más nobles y puros instintos del corazón” (Bello, s/f b: 172).

Profundamente humana, la concepción de la libertad, enmarcada en el plan político revolucionario, dan cuenta del deseo de superación de las circunstancias sociales que reinaban sobre los hombres que vivieron en la colonia, sin importar su raza o el status social que poseían.

Enfocado desde una perspectiva sistemática y organizada, el proyecto educativo de Bello muestra la importancia y valor de la instrucción, no sólo para afianzar los cambios políticos, sino también para llegar a la felicidad del colectivo, que parte de la felicidad individual, y que son la muestra más elocuente del progreso general de la patria.

 

Referencias bibliográficas

  • Anderson Imbert, Enrique (1967). Historia de la literatura hispanoamericana I. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Bello, Andrés (1985). Obra literaria. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
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  • Bordieau, Pierre (1967). “Campo intelectual y proyecto creador”. En: Berbut, Marc (1967). Problemas del estructuralismo. México: Siglo XXI. (Pp. 135-182).
  • Guánchez de Méndez, Zenaida (2005). “Simón Rodríguez, la Constitución de 1826 y el Proyecto de Educación Popular”. En: Pedagogía. Vol. XXVI. Nº 75. Enero-abril de 2005. Caracas: UCV [Pp. 63-103].
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  • Pino Iturrieta, Elías (1999). Nueva lectura de la Carta de Jamaica. Caracas: Monte Ávila.
    (2003). Las ideas de los primeros venezolanos. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello.
  • Scocozza, Antonio (1989). Filosofía, política y derecho en Andrés Bello. Caracas: La Casa de Bello.
  • Ramos, Julio (2003). Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX. México: Fondo de Cultura Económica.