Letras
Libertador

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Después de los tambores pusieron una música que a nadie le gustaba. No recuerdo la hora, pero supongo que fue luego de las tres, porque a las tres es cuando usualmente ponen tambores y las mujeres se quitan los zapatos, levantan sus vestidos y se creen negras. Siempre me gustó verlas así, alzando los hombros y con mirada de leona, una mirada que podría ser agresiva, pero que en realidad es otro artificio de seducción. Los hombres, en cambio, sólo nos destemplamos la corbata, porque sabemos que de un momento a otro vamos a ser arrastrados hasta el centro de los círculos donde estas fieras bailan. Y entonces sí, abrimos los brazos y rugimos, perseguimos y bailamos, sin tocar a la hembra, aunque queriendo tocarla, pero si se toca ya no estamos bailando tambores, al menos no como lo bailan en Choroní o en Barlovento, los negros y las panteras de verdad. (Nosotros somos los domados por la ciudad.) Después de los tambores pusieron aquella música terrible. Nos están botando, escuché que alguien decía. Seguramente yo también lo dije, o algo parecido, y todos los de la mesa lo celebramos, porque ya a esa hora todo vale y sólo los sobrios se lo pasan mal. Eran tonadas de los ochenta, pero de lo peor de los ochenta. Puras canciones gringas que nadie conocía, seguro que ni siquiera el de la miniteca, dijo alguno en nuestra mesa, y todos subimos las copas o los vasos y seguimos hablando de la pésima música y de lo bueno que estuvieron los pasapalos y el chupe. Afuera la noche se hacía más clara, hasta que en algún momento apagaron las luces. Para ese entonces la música había dejado de sonar y en la sala sólo quedaban dos mesas con otros pocos invitados y los mesoneros, que parecían zombis yendo de aquí para allá, recogiendo y plegando los manteles, cubiertos, las sillas y las mesas.

No recuerdo quién o cuándo, pero en determinado momento alguien comenzó a hablar de política. Pero no a hablar. Sus palabras parecían más bien un reto, como si el sólo pronunciarlas significara que pronto se entablaría en un duelo, cosas de balas y vaqueros. Barbaridades. El alcohol, por supuesto, tenía mucho que ver con el tono y las lentísimas maniobras del retador, igual que el sueño y lo incómodo que a esa hora resultaba la formalidad de las ropas. Pronto hubo gritos y amenazas, pero al final todos se calmaron y Rodrigo tuvo la excelente idea de que nos fuéramos de allí a comernos unas arepas en la avenida Río de Janeiro o en la Calle del hambre, también en Las Mercedes. Estamos cerca, dijo, desde aquí son unos diez, quince minutos, ahora que no hay tráfico. Eran casi las siete de la mañana, las calles estaban vacías y un domingo a esa hora el aire es siempre limpio, porque baja de la montaña y se queda atrapado entre el Ávila y las colinas del sur. Sobre el valle, propiamente.

En el corolla de Rodrigo partimos él, Carlota, Alejandra y yo. Fuimos los últimos en llegar a la arepera porque nos desviamos en la Libertador para despertar a las putas que siempre se quedan dormidas tiradas en la acera o entre las bolsas de basura. Rodrigo fue el de la idea, y todos sabemos que en su guantera ahorra un arsenal de fuertes y otras monedas para ocasiones de esa índole y para los desfiles militares, cuando las lanza desde la azotea del edificio donde vive su amigo Nelson, cerca de Los Próceres, del otro lado de la autopista. A más de uno le habrá hecho daño, supongo, pero también es cierto que las putas de la Libertador nunca escarmientan.

Llegué a casa al mediodía. Mamá estaba cocinando y el olor a condimentos, a cebolla friéndose, me dio náuseas. Nos saludamos de lejos. Hola mamá, pero no entendí lo que me respondió. No quería que me dijera nada por el olor a whisky y a cigarrillo. Ya sobre mi cama sentí cómo la habitación comenzaba a dar vueltas, acelerando, y cómo la noche se repetía en imágenes intermitentes, tan cerca y tan lejos del descanso, del sueño. Saqué la pierna izquierda de entre las sábanas y la puse sobre la alfombra, la planta firme contra el suelo. Las vueltas no cesaron, pero al menos dejaron de ser tan bruscas. El ancla había funcionado.

Me levanté con una llamada de Rodrigo. Cuando tranqué vi la hora, eran las diez o casi las diez. Tenía media hora antes de que él llegara y saliéramos a rodar por ahí y recorrer un poco la ciudad. Por supuesto, regresamos a la Libertador. Podemos ir a algún sitio a probar suerte, dijo, o podemos irnos por lo seguro, igualito se gasta plata invitándole tragos a las chamas. Accedí, más que todo por curiosidad. Luego de leer tantas memorias y novelas donde los protagonistas visitaban burdeles y calles prohibidas, como el Jirón Huatica de La Victoria peruana, donde estaba la Pies Dorados de Vargas Llosa, era lo menos que podía hacer. Sobre la acera, de vuelta en la Libertador, estaban las muchachas, casi todas fumando, con las manos sobre la cintura o batiendo la cartera, como si estuvieran espantando moscas. Vestidos plateados, faldas verdes, pelucas rojas, carteras, botas y chales de todos los colores. No preguntaban nada, se acercaban a la ventanilla del auto y asomaban su cabeza hasta que también sus senos o lo que fuera que tuvieran sobre el busto quedaran también ocupando el espacio del copiloto, sin importar que yo estuviera allí, intoxicado por el perfume a levadura, aunque obviamente levadura no podía ser. Así, supongo, es que tienen que ser las putas, agresivas, asesinas, irresponsables. Rodrigo hizo un gesto con la cabeza que no comprendí. Ellas, porque ya para entonces dos se habían concretado y tomaban turnos en la vitrina del corolla, sí que lo entendieron y esperaron a que mi amigo abriera los seguros de la parte de atrás. En ese momento mi corazón empezó a tumbar con fuerza, tanto que podía escuchar el palpitar en mis oídos, por encima de la música del carro y las cornetas de la calle.

Llegamos a un motel que no conocía. Habíamos subido por el camino hacia la Colonia Tovar, dejando atrás Caracas, y en una de esas callecitas se metió Rodrigo, girando brusco e hiriendo seriamente mi equilibrio. Atrás las muchachas reían. Yo no las escuchaba, pero veía sus dientes amarillos en los espejos, sus bocas demasiado rojas diciéndose secretos y señalando, entre otras cosas, el celular de Rodrigo, el aparato de música del carro, las cornetas envenenadas que estaban atrás y que gritaban una música electrónica que parecía haber venido desde el futuro. O al menos eso llegué a pensar, en uno de mis delirios. Motel Cinco Estrellas. Así se llamaba, Motel Cinco Estrellas. Una buena broma, sin duda. Me imagino la cantidad de mujeres engañadas que esperaban otra cosa de ese nombre. Pero las que venían con nosotros sí que sabían. Al bajarse saludaron al viejo que cuidada los carros y le silbaron a un perro sarnoso que no les hizo caso y siguió mordiéndose el cuerpo. Luego caminaron hasta el pasillo que daba a todas las habitaciones y se sentaron sobre un murito, donde el techo se apoyaba con barandas. Nunca paraban de hablar, y se trataban con una fraternidad casi inadecuada, que a veces me intrigaba más allá de sus cuerpos para alquilar.

Rodrigo se acercó hasta que sus ojos rojos parpadeaban muy cerca de mi cara. Hablaba casi gritando, sordo aún por el zumbido que la música tan alta nos había estacionado en los oídos. Si no gritaba, es cierto, yo no hubiera podido escuchar lo que decía. Su aliento olía a cerveza, igual que el mío, supuse. Parece mentira, dijo, pero esta es la primera vez que vengo a este sitio. Te gusta el nombre, no. Sí, tiene su gracia, pero me cuesta creer que no hayas venido nunca antes, si llegamos derechito, sin perdernos. Rodrigo se quedó callado, pero se le veía la emoción en la cara. Hace cuánto que nada, le pregunté. Bueno, desde que terminé con Carla, hace como tres semanas, respondió. Y tú. Un poquito más, le dije. Tengo una mala y una buena noticia, me dijo de pronto. Dime. La mala es que no tengo gorro. Coño, eso es grave, dije. La buena es que me sabe a bola. Coño, eso es peor. Nos reímos. Él abrió su chaqueta y buscó en uno de los bolsillos. Encontró lo que parecía ser una cigarrera, pero que en realidad era demasiado pequeña para ser una cigarrera. Quieres, me preguntó. Yo me quedé callado mientras él abría la cajita y sacaba con la llave más larga del llavero un montoncito de polvo. No, dije, sabes que yo no le meto a esa mierda. Él pareció no escucharme y acercó la llave hasta uno de sus orificios nasales. Respiró hondo, tapándose con un dedo el otro orificio. Luego repitió el procedimiento, pero para ese entonces yo ya no estaba ahí, a su lado, pero me lo dijo luego, con esa simpatía que le sobreviene con la coca. Apreté los puños y decidí que de regreso pediría un taxi, aunque me costara doscientos mil bolívares.

Por fin entramos. Rodrigo se encargó de pagar los dos cuartos (yo no tenía efectivo y no aceptaban tarjeta). Hacia el aire liviano de la noche lanzamos una moneda, para ver a quién le tocaba cuál. Rodrigo ganó y escogió a Ginger, así que a mí me esperaban unas horas húmedas con Treici (ella misma, orgullosa, me dijo cómo se deletreaba su nombre). Al entrar en la habitación sonreí. No estaba contento, pero la cama sobria y Treici sonriendo sobre ella, el olor a humo viejo, las sábanas quemadas y la luz cansada, todo me recordaba a Bukowski, a su cruda poesía. Me protegí un poco antes de regresar la mirada a la muchacha, ahora en ropa interior y llamándome con el índice y su uña postiza. En ese momento pensé en Pies Dorados, en la señora Bovary, en Lolita, en Bola de Cebo. Pensé en todas las adúlteras francesas, italianas, rusas y norteamericanas de las que había leído. Fue así que lo supe: no pasaría nada con Treici y más nunca vería a Rodrigo. Pero sobre todo aprendí que ya nunca molestaría a las putas sin pasado de la Libertador, porque no se sabe en qué libro uno pueda conseguírselas.