Durante la madrugada del pasado 14 de junio murió en Santiago de Chile la escritora Stella Díaz Varín, de 79 años, víctima de un paro respiratorio consecuencia de un cáncer de mama.
La Sociedad de Escritores de Chile realizó en su honor una ceremonia de despedida el jueves 15, tras el velorio realizado en la Casa del Escritor. Los restos de “La Colorina", como era conocida Díaz Varín, fueron sepultados el viernes 16 en el Parque del Recuerdo de la capital sureña.
Claudia Donoso, amiga de la poeta, actualmente trabaja en un proyecto sobre la autora: Stella extragaláctica, que acaba de ser favorecido por el Fondo del Libro. Donoso cuenta que en los últimos días estuvieron muy juntas, y que fue ella quien la llevó al centro asistencial el pasado lunes, cuando su salud empeoró. Su sistemática resistencia a tratarse médicamente era también un acto de rebeldía consciente. La periodista explica que, tras la rigidez del mito, había una mujer extremadamente sensible, fina en sus percepciones, y tremendamente lúcida.
“Se habla mucho de la cosa bohemia de la Stella, que lo ha sido, pero esa es la parte caricaturesca. Era una persona extremadamente seria. Además tenía una capacidad de lectura asombrosa”, dice Donoso de la escritora a la que Sergio Gómez calificara de “la Bukowski chilena”.
Actualmente, además de Stella intergaláctica —un libro articulado en torno a las artes culinarias de Díaz Varín, y a las conversaciones que en su cocina se generaban—, un grupo de realizadores jóvenes preparan un documental sobre la escritora, llamado La Colorina. Su influjo entre las generaciones nuevas, y su entendimiento con ellos, era parte de la comunión en el inconformismo.
Nacida en La Serena, el 11 de agosto de 1926, Stella Díaz Varín concentró en su obra, la poesía, el ser mujer y su historia. El 1 de mayo de 1947 llegó a Santiago para estudiar medicina y especializarse en psiquiatría, pero rápidamente se integró a la Alianza de Intelectuales de Chile —dirigida por Pablo Neruda— y a la mítica bohemia del bar El Bosco, donde estrechó lazos con destacados y variados autores. Desde Alejandro Jodorowsky a Jorge Teillier, pasando por Enrique Lihn, Mariano Latorre, Luis Oyarzún y José Donoso, entre muchos más.
En ese período comenzó a colaborar en diarios como El Siglo, Extra, La Opinión y La Hora —de este último fue despedida por escribir un artículo acerca de los árboles de la Alameda—; al mismo tiempo que participó en diversas actividades de la Sociedad de Escritores de Chile.
Compañero en la generación del ‘50, Lafourcade cree que la escritora fue una incomparable poeta en estado salvaje. “Stella vivió un ensueño en que la mitad era poético y la otra el frenesí vital, el poder de la noche con mucha fuerza. Animó la gran tertulia nocturna de los años ‘40, ‘50 y ‘60. Era la última en retirarse a su dormitorio”, recuerda.
Descrita por José Miguel Varas como una “bellísima colorina rebelde de piel láctea que frecuentaba los bares con Enrique Lihn y Jodorowsky”, era el amor platónico de casi toda la generación del ‘50, y Alejando Jodorowsky la ha denominado su “mujer cumbre”.
“Yo soy mi propio escudero y creo que hay que ir a la pelea. Yo creo que hay que morirse peleando”, decía Díaz Varín en una entrevista reciente que le hiciera Donoso. Díscola desde la lucidez, protagonizó enconadas polémicas con escritores de su tiempo, entre ellas, una pelea a golpes con Enrique Lafourcade.
Lafourcade recuerda la anécdota: “Una vez escribí un artículo en que le sugería cosas serias como cuidar su salud y su relación con otras personas porque era una colorina llameante. La respuesta de ella fue ofrecerme puñetes y yo dejé de ir a la SECH por precaución vital. Siempre decía que tenía una derecha de la que no se paraba nadie, era una mujer de combos tomar. Se malgastó de algún modo y el talento que tenía lo dispersó a los cuatro vientos”.
En 1949, alentada por sus amigos poetas y por el visionario editor Domingo Morales Ramos publica su primer libro, Razón de mi ser. Los poemas de este volumen reflejan la vitalidad y fuerza de la poeta, mediante imágenes sugeridas con un lenguaje subterráneo que nunca abandonó el reconocimiento de la condición femenina, y que evidencian la relación inherente entre vida y creación.
Aunque fue reconocida tardíamente por una pequeña parte de la crítica especializada, su poesía marcó nuevos rumbos en la creación poética chilena. Fue incluida en numerosas antologías, entre las que destacan Poesía nueva de Chile (1953); La mujer en la poesía chilena (1963); y Atlas de la poesía chilena (1958).
Entre sus obras destacan Sinfonía del hombre fósil y otros poemas (Salamandra, 1953), Tiempo, medida imaginaria (Atacama, 1959), Los dones previsibles (Cuarto Propio, 1992), La Arenera (1993) y De cuerpo presente (1999).
Fuentes: El Mostrador • La Nación (Chile)