Vista sin pasión, la calle Rives Condes no era más que dos hileras de casas paralelas coronadas por el rojo sucio de los tejados. La calle en sí no alcanzaba ni siquiera los ciento cincuenta metros, longitud exigida por la alcaldía para financiar el pavimento en ese tramo que sólo comunicaba con el exterior del pueblo; esa no fue la primera vez que Byan creyó descubrir una gran ventaja donde los otros se negaban a ver algo que meritara algún interés. Gordon Byan no era lo que la gente consideraba una figura atractiva, el escepticismo que exigían los riesgos de su oficio se le notaba sin trabajo en los gestos repentinos de la cara, pero ni eso, ni las manos largas y calmas de los hombres que reflexionan sus inversiones, hubieran bastado para atisbar los misterios de su carácter. El primer día de su estancia en el pueblo se había desplazado para revisar con sus propios ojos lo que venía buscando. Estuvo durante más de una hora caminando la calle Rives Condes de un costado al otro bajo la mirada inquieta de la florista. Algunos segundos antes de partir echó una ojeada al terreno. La tarde siguiente regresó a consultar con otros amigos lo que pensaba (algunos de ellos habían perdido dinero intentando remodelar un acuario abandonado que Byan había querido convertir en una clínica); ninguno estuvo de acuerdo. Byan descubrió una vez más un excelente signo en esas opiniones contrarias a sus deseos. Los que lo esperaban al día siguiente lo vieron llegar dos meses después acompañado por un arquitecto; venía con los planos en las manos y escoltado por los encargados de contratar las brigadas de obreros.
En dos semanas tomaron las medidas pertinentes, se concedieron los permisos y se llevó a cabo la compra. El penúltimo día del mes el cuadrado de cemento que ocupaba el espacio destinado a las fundaciones tenía el aspecto de una convicción inamovible. Gordon Byan reunió algunos vecinos de la calle para hacerles el elogio de la calma que parecía nacer en esa esquina, y les informó allí mismo que iba a construir un hotel pequeño de espaldas a la costa. Ni la falta de pavimento en ese tramo que bordeaba el pueblo ni la escasez de animación nocturna logró mermar su entusiasmo. En varios días alzaron los andamios, un lunes depositaron los materiales en plena calle, y antes de ese viernes ya habían traído las barrigas de acero donde batieron sin tregua las mezclas necesarias para no detener un solo segundo el levantamiento de los muros. La florista logró sin dificultades que el alcalde le concediera un permiso de venta a doscientos metros de los remolinos de polvo que generaban los trabajos. Durante seis o siete meses sólo se escucharon los regaños de los plomeros, los gritos de los albañiles y las burlas de los obreros a espaldas del arquitecto. Algunos vecinos tuvieron que variar momentáneamente el rumbo de sus paseos para evitar las virutas de madera que despedía la sierra, pero los trabajos avanzaron hasta el último día con un ritmo desconocido hasta entonces en el pueblo. Los que esperaban ver a la esposa de Byan para la inauguración del hotel, no lograron disimular la sorpresa cuando lo vieron destapar el champaña acompañado por algunos amigos que intentaban disimular con sonrisas nerviosas los riesgos de la inversión. Byan tomó esa misma noche una cinta metrada para medir la calle; ciento cincuenta y dos metros de largo. Suficientes para obtener los fondos de la alcaldía y tirar el pavimento.
Los amigos, los colegas y los que lo trataban menos, lo sabían capaz de asegurar la animación nocturna de ese pequeño hotel, pero la noche nunca fue el motivo que lo había impulsado a comprar el terreno. Lo único que le había interesado a Gordon Byan desde la primera vez que vio ese pedazo de pueblo, a juzgar por los comentarios que le escucharon después, fue el color cobre que creyó ver en la reverberación de la tarde. Ante la hipótesis de que la tarde era la misma en todas las calles, Byan no demoraba su respuesta; si la tarde fuera la misma en todas partes se hubiera limitado a pagar la mitad del precio por los terrenos que se encontraban al otro lado del pueblo. Los vecinos que hubieran preferido vivir en cualquier otra calle no comprendieron el motivo de la elección. Byan los entendía, tenía ante sí el espectáculo de una tarde que esos peatones atropellaban con la pupila cubierta por el sedimento de lo cotidiano, es necesario no haber vivido nunca en un sitio para poder verlo todo. Únicamente por eso muchos continuaban mirándolo con una confianza moderada los primeros tiempos. Cuando lo veían en el hall del hotel lo saludaban desde la calle, pero en el tono de la voz podía sentirse el afecto prudente que provocan las personas con un nombre feo, remoto, incompatible con la confianza. Samanda Calatrava era uno de esos nombres.
¿Calatrava? Samanda Calatrava, repitió la mujer que había reservado una habitación por una semana. Había pensado alojarse en uno de los hoteles que daban hacia la plaza central del pueblo, pero decidió buscar algo más cercano al mar y le habían indicado esa dirección. Pasó dos días sentada en la terraza que daba a la playa diminuta y el tercero, buscando un poco más de soledad, optó por sentarse en la terraza de la fachada frente a la calle recién pavimentada. Byan se encontraba por unos días en un pueblo cercano. Cuando regresó, la sorpresa de verla allí sentada fue como el saludo afectuoso de un ser ajeno que nos conoce. Era la primera persona que desdeñaba la imagen soporífera del mar que adormilaba a los clientes en la terraza del fondo por el cobre del sol que cubría la terraza de este lado. Mateo Medioevo, el barman, le informó que había llegado dos días antes. Samanda Calatrava hubiera podido pasar una semana de reposo entre las dos terrazas del hotel, las calles que la incitaban a averiguar novedades diminutas detrás de las esquinas, las cantinas donde hablaban en alta voz y los parques pespunteados de abuelos tranquilos que se levantaban de los bancos con aires de filósofos cansados. Ya le habían dicho que en la esquina de esa calle la florista intimidaba a los clientes para obligarlos a comprar los ramos de begonias. Pero la noche en el pueblo no era tan calma, y salió del hotel a buscar en algunas horas de baile el cansancio que requiere el cuerpo para un sueño perfecto. En el hotel también hubiera podido encontrar un lugar para bailar, pero prefería reservar ese espacio para las tardes. Aunque eso implicara perder varios tragos de baile a cambio de dos martinis reposados, Gordon Byan hubiera estado de acuerdo con un cliente que parecía compartir las razones de su elec
ción para el emplazamiento del hotel. Uno de esos espacios de danza donde se andaba de noche para sacudirse aquel tiempo estancado en los músculos se llamaba Barth’s Dancing Bar. Muchos de los que frecuentaban el bar dos, y hasta tres veces por semana, venían de un pueblo cercano, sin costas y con calles carentes de movimiento. Entre los que buscaban esas ráfagas de viento que todavía conservaban, se decía, el olor a mar en la intimidad más recóndita de los bares, se encontraba Pascal Talenti. Allí lo encontró Samanda.
El impacto de su rostro extremadamente inquieto no era una sorpresa. Cualquiera hubiera podido compartir con él una noche, un viaje, tal vez más (una veinteañera insegura no hubiera dudado en aceptarle matrimonio inmediatamente). Sin embargo, que su fina figura y aire de juego maduro provocara aquel evento no era fácil preverlo en esa época. Sucedió lo de casi siempre en esos casos. Hablaron mucho y de cualquier cosa para demostrarse mutuamente en aquella dedicación minuciosa una prueba irrefutable de la atracción que cada uno sentía por el otro. Si a Samanda le hubieran preguntado más tarde en qué consistió todo aquello, hubiera dicho que llegar al Barth’s Dancing Bar y verlo sentado en una mesa ya era un pretexto para la alegría. Hubiera podido resumir lo que pasó como una etapa marcada por un sentimiento de ligereza y de miedo satisfecho. Hubiera enumerado tal vez sus actos; hubo caricias, hubo filmes con parques, hubo mimos que se regalaban en los bordes discretos de las avenidas, besos en la arena marcados por un hondo sabor a sal que las parejas jóvenes se perdonan con placer, o la primera vez que habían hecho el amor con una ansiedad que ninguno logró esconderse. Samanda creyó conveniente prolongar su estancia una semana para no acorralar con la falta de tiempo el trote manso de aquellas horas profundas ni perturbar los días de aquel amor sin apuros, desconocido.
A Talenti le pasaba lo mismo; encontrar a una persona que había llegado desde una ciudad lejana en un pueblo que no siempre frecuentaba le parecía un eslabón confuso del azar. Con frecuencia tuvo la impresión de estar tocando con la palma de la mano una coincidencia, algo inexplicable, como ella misma en aquel rincón de bailes mirándolo con sus grandes ojos aquella tarde calurosa. Ambos habían creído ver en ese rebote de pupilas un intercambio que se parecía al amor. El cuidado con el que trataron ese contacto pareció darles la razón. Samanda Calatrava prefirió no llevarlo al hotel para reservar un sitio tranquilo donde poder pensar en él. Talenti sabía que ella estaba en el hotel, pero nunca se le ocurrió ir a buscarla. No quería comenzar a cerrar los intersticios invisibles de la realidad, a llavear con besos llegadas imprevistas que más tarde terminan por provocar gestos retenidos y sorpresas inoportunas. Quería que Samanda fuera lo más libre posible, entre otras cosas porque consideraba un lujo tener una relación de ese tipo en aquella región del país. El verdadero lujo no se ve; Gordon Byan hubiera estado de acuerdo con él, pero nunca se conocieron. Byan no salía casi del hotel y Talenti no se atrevió nunca a franquear el umbral de la libertad de su amante. Pascal Talenti era lo que las mujeres llaman un hombre maravilloso, no porque tuviera esas cualidades, u otras, sino porque los defectos y las virtudes de Talenti estaban perfectamente matizados por la habilidosa virilidad que practicaba en el amor. Talenti ignoraba muchas de sus virtudes, y el efecto de esa ligereza duplicaba su encanto. A veces él la esperaba en la playa. Hablaban de cualquier cosa; del pasado, del presente, de los nombres que circulaban en la ciudad. En cualquier otra ciudad del mundo ninguno de esos nombres les hubiera parecido inusual
, pero ese pueblo de espaldas al país, y frente a un continente remoto de donde no llegaba nada, parecía estar lejos del mundo entero.
Y en realidad lo estaba, por eso la noticia de la intervención de la nación en la guerra les llegó a los dos como un mazazo. Talenti entró en su casa aquella tarde y encontró el papel que lo implicaba de un solo golpe en un conflicto que apenas conocía. Samanda Calatrava recibió la noticia con un gesto de desconfianza. No quiso dejarse atrapar por la mística en un momento donde la realidad parecía llevárselo todo, pero era difícil no ver allí una premonición. Dos días más tarde Talenti se enteró de que estaba movilizado únicamente por seis meses en un campamento en el interior del país y eso pareció despejar los miedos. Hay ciertos defectos en el cuerpo que pueden salvarnos de una guerra sin perder el amor de una mujer imprevista en un pueblo vecino al nuestro. Samanda prefirió cartearse desde su casa sin volver a verlo durante ese tiempo. Regresaría al cabo de seis meses. Talenti estuvo de acuerdo porque le pareció que debían encontrarse en el mismo lugar que los reunió, como si el azar pudiera proyectarse; los adioses abruptos pueden excitar la credulidad de los hombres enamorados. Samanda Calatrava no dejó escapar ese detalle, eso la reconcilió más tarde con su obstinación. Se despidieron con gestos cortos para simular una calma que ya había desaparecido con la noticia. Samanda se quedó sentada dos días en la playa sin saber qué hacer. En una sola tarde había logrado repasar los acontecimientos de sus últimos días como una manada de caballos agitados. El tercer día partió de regreso. Es difícil saber los obstáculos que impidieron la llegada de las cartas, lo que pensaron ambos durante esa separación terriblemente silenciosa, la renuncia a buscarse fuera de ese territorio primero como si de todo aquello sólo
hubiera quedado una superstición común. Samanda regresó tras los seis meses previstos por el médico de la sección militar que había firmado los documentos. Byan la vio entrar esa tarde en el portal del hotel y recordó la única persona que había descubierto la tarde que reposaba a los pies de la fachada. Habían pasado seis meses con dos días. Pascal Talenti no regresó esa semana, ni la siguiente. Samanda no se preocupó por esa advertencia, había heredado de su familia un orden que preveía oscuramente el borde de todas las cosas. Las cosas deben tener un borde, y Samanda Calatrava no creyó que su decisión debía escapar a esa regla.
Un año es un periodo muy largo y muy corto. La tontería de dos naciones renuentes a ceder un pedazo de terreno en la frontera puede prolongarse durante siglos. Un odio profundo puede tomarnos varios años, o un día completo. Un segundo puede cambiar el rumbo de lo cotidiano y hacernos perder el norte de la costumbre. Si Samanda Calatrava hubiera comentado su decisión de esperar un año entero a Pascal Talenti, a muchos les hubiera parecido demasiado tiempo. Pero Samanda estaba convencida de que, para ciertas cosas (el proyecto de compartir con un hombre algo más allá de varios días, años tal vez) vale la pena invertir ese tramo que mide doce meses en el presente y sin embargo termina por perderse como un hilo invisible en los recovecos de la memoria. Mateo Medioevo no hubiera estado de acuerdo, la memoria era la única cualidad que había decidido al propietario del hotel para contratarlo en el bar. Un hombre correcto que sabe vender tragos en el bar de un hotel no era difícil encontrarlo en el pueblo, pero la memoria elocuente de Mateo Medioevo retenía a los habituales a la barra como un puñado de náufragos agarrados al madero de su salvación. Los primeros días que pasó en el hotel Samanda los aprovechó para enviar algunas cartas que informaran de su nuevo paradero. Subía de vez en cuando a su cuarto para buscar algo olvidado. Tal vez bajaba de nuevo para almorzar. No siempre subía en la tarde. Cuando lo hacía, Mateo la veía entrar en el hall y pedirle con un gesto silencioso que le llevara un martini a la terraza. Ése fue el inicio. Las dos primeras semanas todavía se movía entre el hotel, la playa y algunas compras que le hacían cruzar la plaza central hacia el otro lado del pueblo. A partir de la tercera, los paseos no superaban las tiendas fronterizas al barrio y al final del primer mes era raro ver
la aventurarse mas allá de la boutique regenteada por la voz sonora de la florista.
Comenzado el segundo mes, cualquiera hubiera creído que sólo se desplazaba entre la habitación y la terraza. Algunos vecinos del barrio creyeron al principio que se trataba de otra veraneante que llegaba buscando la tranquilidad de aquel pueblo desconocido. Cuando la vieron sentada todas las mañanas y todas las tardes en la terraza que daba a la calle, no comprendieron de qué se trataba. Un hotel pequeño es un lugar de paso donde todo gira y, apenas aparecen, las personas se pierden de nuevo cuando termina la estación de verano o la de invierno, pero en ningún caso un sitio para permanecer en él. Gordon Byan hubiera dicho que los razonamientos de ese género eran impensables en una ciudad, porque opinaba que el pavimento nos inclina a caminar de una manera diferente que facilita la reflexión; las personas piensan con la ligereza o con la dificultad con la que caminan. Hubiera sido capaz de concluir el asunto explicando que, a pesar de la calle recién pavimentada, todavía los vecinos arrastraban en su andar los signos atávicos de una marcha anterior a la construcción del hotel. A Byan no le escaseaba ese tipo de ideas, pero nunca tuvo la ocasión de proponerlas a los vecinos para justificar aquella conducta ambigua. Si Samanda hubiera comentado con alguien la causa de su presencia, probablemente hubiera encontrado la conformidad satisfecha de esos sitios, pero evitó confesarle a nadie lo que creía saber; que Pascal Talenti aparecería un día, por esa misma tarde llena de cobres densos, bajando la calle bajo los lentos rafagazos de viento que refrescaban inesperadamente la terraza. Casi siempre asociamos el amor a la persecución, a la búsqueda, a la tensión; hay muy pocas personas capaces de encontrar la pasión en los eventos discretos. Al inicio, ese error parecía implicar una ventaja para Samanda. No le llevó mucho t
iempo descubrir que la terraza era un lugar perfecto para intentar reconciliar los disturbios del tiempo. Byan hubiera estado de acuerdo una vez más.
No faltaron consejeros que intentaron convencer a Gordon Byan para inyectar inversiones que permitirían animar el hotel durante la tarde, abrir un dancing diurno al costado del hotel y traer clientes que regresaban temprano a casa, pero estaban dispuestos a bailar, a gastar y a divertirse al final del mediodía. Esos especuladores ignoraban totalmente su carácter, y tuvieron que conformarse con criticarlo en reuniones lejanas, contar con tono de burla sus extravagantes nociones de lo rentable y sus tropiezos para explicar cómo se compran cosas que pueden pagarse pero no pueden tenerse. Byan estuvo ajeno a esas discusiones. Los bailes interminables, la agitación nocturna provocada por la bebida, las mujeres fáciles que rebuscaban en la sombra de sus carteras los utensilios para iluminar los atractivos del rostro le permitían rechazar esas ofertas para pagarse el cobre de una tarde distinta frente al portal erguido en la fachada del hotel. Samanda Calatrava parecía apoyarlo en silencio en una de esas mesas cuando comenzó el tercer mes. A ningún propietario se le ocurre molestar a una mujer sentada en el portal de su hotel con el pretexto de compartir ciertos gustos. Pero Byan había construido un hotel en una calle ininteresante, había rechazado ofertas y se había negado a ganar un poco más de dinero para mantener ventajas que los otros eran incapaces de ver. Desde las primeras palabras que intercambió con Samanda (disculpas, invitación y martini previos) se percató sin esfuerzo de la firmeza tranquila de su huésped. Eso elevó su curiosidad, pero temió que tomaran su inquietud por una invasión y prefirió darle las gracias por haber aceptado la invitación y retirarse sin más preguntas. A partir de ese momento se limitó a saludarla todas las mañanas cuando llegaba al hotel. Ni en esa ocasión, ni después, s
upo a qué se debía su estancia, esa forma de sentarse, como si la espera fuese la condición natural del ser humano y los hombres que entraban y salían del hotel no fuesen más que las protuberancias del tiempo. Los vecinos del barrio lo percibieron. En una calle tan poco transitada no costaba mucho hacerse notar, y aquella forma de ostentosa inmovilidad se fue convirtiendo poco a poco en una señal que imantaba las inquietudes del barrio, una presencia insoslayable para los pescadores que regresaban en la mañana y una referencia para los paseantes que partían en la tarde. Ya nadie osaba sentarse en la mesa que ocupaba Samanda en la terraza.
Los desplazamientos que desfogaban aquella pasión intacta se habían fijado a mediado del cuarto mes y no eran más de tres; por la mañana se sentaba en la mesa y ordenaba algunas cartas que echaba en el buzón del hotel, subía a su habitación y bajaba a almorzar. Más tarde daba un paseo de algunos minutos en la calle y regresaba a repetir su martini hasta el comienzo de la noche, casi nunca se acostaba temprano. Únicamente el movimiento que genera en el interior la convicción intocable de la espera puede someterse a esa disciplina sin caer en los pantanales del tedio. Los visitantes que se alojaban en el hotel no podían evitar verla sentada en las tardes, y afirmaban en el bar que aquella tranquilidad espantosa terminaba por inquietarlos. Algunos salían en la mañana hacia la playa, regresaban en la tarde para salir de nuevo, volvían a entrar en la noche, la saludaban. Pero subían las escaleras con la impresión de precisar una voluntad enorme para esquivar el aburrimiento que parece arrimarse por momentos a todos los actos de la vida, y terminaban por sospechar en esa presencia la demostración de que no hace falta moverse para ser feliz. Uno de ellos se sentó en la terraza para imitarla, pero terminó por desplazarse hacia el fondo perdiéndose en el horizonte que le proponía el mar del otro lado del hotel. Muchos vecinos le dedicaban todavía un simple movimiento de mano cuando pasaban. Samanda Calatrava era una mujer amable, no se le hubiera ocurrido negar un saludo a ninguno de los vecinos que alzaban la mirada hacia la terraza sin poder creerlo, pero bastaba acercársele un poco para hallar en el rincón escogido por ella el territorio de un evento impalpable que nadie hubiera osado compartir. Una mujer sentada en la terraza de un hotel no es nada anormal. Incluso la mesa, su persona, su manera de pedir el martini, eran más
o menos iguales que los objetos o los gestos del resto de los huéspedes o los vecinos que a veces montaban y tomaban un descanso en la terraza, pero era fácil sentir que esas cosas tenían un destino diferente en cuanto entraban en el limbo impalpable marcado por aquella obstinación. Mateo Medioevo miraba durante horas a los vecinos que pasaban frente al hotel, fascinados por esa libertad ajena que los tentaba desde lejos como un pedazo de materia blanda que no se deja rectificar. No le hizo falta salir de la barra para entender cuán difícil es atravesar una calle recién pavimentada y tener que ver una persona con su libertad intacta como si la calle fuese totalmente suya, no se puede mirar de esa manera, la calle es un lugar público. Hubiera sido mejor verla moverse de un lado a otro, entrar, salir, una libertad acorde con las imágenes que nos proponen los filmes o las frases violentas que nos excitan en los teatros, pero una libertad estática, con ese aspecto satisfecho, era casi una complicación en el apetito de acontecimientos que reinaba en el pueblo.
Algunos días llegaban con una lluvia molesta y fina, unos atardeceres faltos de luz que ningún hombre hubiera escogido para sorprender a una mujer que lo espera sentada en una terraza. Pero hubo semanas que enfilaban sus días llenos de sol como una hilera de lámparas encendidas para alumbrar el regreso de Pascal Talenti. El carácter de Samanda Calatrava no se dejó ganar nunca por esas variaciones mediocres del clima. Los clientes del hotel tenían la sensación de que el movimiento interior del hall giraba en torno a la mesa inexplicable, al martini obstinado, a la mujer omnipresente que parecía cubrir la terraza con su secreto de casi cinco meses. Cinco meses y dos días según Mateo Medioevo, la memoria más diáfana de todo el pueblo. Samanda se enteró que algunos habituales le pedían al barman créditos menores que sólo podrían pagar a fin de mes. Cumplido ese plazo, llegaban a la barra intentando confundirlo con sumas erróneas para comprobar el alcance de sus recuerdos. Mateo les dejaba los billetes en el cedro hasta que las cifras se adecuaran a los números que asomaban a su memoria. Cuando los clientes corregían definitivamente los montos, Mateo los registraba en la caja, les comentaba algunas frases dichas por ellos el último día, les preguntaba detalles ínfimos de sus vidas que los clientes atisbaban con sorpresa en sus cabezas dormidas. Samanda hubiera podido divertirse con los asombros producidos por esa fidelidad de los recuerdos con la que Mateo retenía el consumo de los clientes, no era necesario estar todo el tiempo en la terraza para esperar a Talenti, pero no lo hizo. Hubiera considerado cualquier corrección como el inicio de un ablandamiento; es muy difícil reconocer en el presente los primeros signos de una renuncia futura. Era feliz en el interior de ese calmo ejercicio de su pasión porq
ue sabía que no prolongaría su estancia más allá de un año. Escuchó hablar a muchos vecinos desde las barandas de la terraza. Hablaban con frases cortas. Para decir voy a comprar algunas flores se limitaban a decir voy a comprar algunas flores. Así contaban las cosas.
Pero una mujer esperando durante meses con la paciencia alojada en aquellos grandes, enormes ojos que miraban como una brasa larga los recodos de la calle bajo el carapacho de cobre donde los otros iban dejando el aliento, sólo cabe en una frase larga. Tal vez por eso les costaba entender lo que veían. Después de seis meses de espera, a Samanda Calatrava ya le era ajena la comprensión o la falta la comprensión que circulaba por el hotel. Los que regresaron en las vacaciones y la habían visto en el invierno, o no se acordaban de ella, o comenzaban a molestarse por las razones de su conducta tras el tercer o cuarto día. Varias personas familiarizadas con el hotel parecían exigir con la mirada el secreto de aquella decisión. Los que intentaban trivializar esa presencia quisieron creer que se trataba de una burla. Algunos, impresionados por el coraje que implicaba enfrentar los meses con esa entereza tranquila, pensaron en un reto que no lograban entender. Para poder soportar la inmediatez de esa reserva, llegaron a sospechar la pausa obligatoria de un prófugo antes del momento definitivo. La florista la vigilaba desde la esquina mientras intimidaba a sus clientes para venderles los ramos de catalinas y ayudó en esos menesteres de empujar rumores. Pero no faltó gente honrada que aportaron razones magníficas y se interrogaban con un brío que lograba enardecer algunas familias de las cercanías. Gordon Byan no supo decir cuál de esos comentarios le generaba un placer mejor. Una mujer que se había levantado apenas de la terraza durante siete meses completos le parecía el mejor argumento de sus viejas discordias con los especuladores que intentaban disuadirlo para que invirtiera su dinero en otra parte. Sólo uno de los vecinos se arriesgó a preguntarle si no lo inquietaba aquella extravagancia. Byan se resignó a responder que la persona en cuestión p
agaba mensualmente el precio del alojo y del consumo por ocupar un espacio infinitamente menor que el resto de los huéspedes.
Los vecinos supieron que no podrían contar con él. A pesar del reflujo de los comentarios tuvieron que conformarse con seguir presenciando la terquedad de aquella mujer. La florista siguió mirándola desde la esquina sin poder encontrar una explicación para tranquilizar a los clientes desesperados por esa inmovilidad cotidiana. Muchos sintieron la necesidad de pasar varias veces frente al hotel para intentar aceptar esa vecindad prolongada durante siete meses, pero esos ejercicios sólo bastaban a renovar el odio. Aunque las interrogaciones no pasaban las fronteras del barrio, la intolerancia llegó a ser tan fuerte que los clientes del hotel no lograban disimularla. Pasaban delante de la terraza y saludaban a Samanda porque era imposible negarse a su presencia, pero incluso en plena calle vacía se notaba el resentimiento. En la violencia de su admiración silenciosa Byan pensó por un momento haber construido el hotel, con una terraza como aquélla, únicamente para el evento desconocido de ese huésped que lo obligaba a presenciar su secreto día tras día con un saludo distante y afectuoso. Ni uno solo de sus huéspedes o de los vecinos que andaban en torno al hotel soportaba la obligación de acatar cotidianamente esa presencia, de poder señalarla, ubicarla en el espacio, nombrarla con el nombre de Samanda y a veces con el apellido de Calatrava sin que ninguna de esas aproximaciones les permitiera tocarla o entenderla.
Byan no hubiera podido soñar una venganza mejor. En los últimos tiempos la situación fue casi insostenible. El silencio hinchado que rodeaba la mesa de Samanda Calatrava parecía poder estallar en cualquier momento. Mateo Medioevo descubrió desde la barra que era suficiente sentarse en una terraza durante once meses para hacerles gritar a los otros lo que normalmente nos exigen con sonrisas aledañas, maniobras de la educación, curiosidades efímeras o inexistentes. El único puente entre el rostro satisfecho de Samanda y el mundo circundante estaba construido con los martinis secos que le llevaba Mateo a la mesa. Ni siquiera cuando almorzaba parecía escuchar a los demás. Comía poco, como alguien que tiene todo el tiempo por delante, y había comenzado a escribir cartas casi a diario. Sin embargo, es muy difícil sostener una misma interrogación durante mucho tiempo; pronto comienzan los accidentes de la voluntad, aparecen las treguas y los intervalos, y si no vislumbramos alguna respuesta terminamos abandonando una búsqueda por otra. Como era de esperar, la gente pasó en el transcurso de un solo mes de la inquietud insoportable al abandono casi total. La cercanía de las Navidades les ofreció a los vecinos una hilera de obstáculos más cómodos que consistían en pensar regalos, decorar interiores o invitar familias de ciudades vecinas, ocupaciones todas que tenían la ventaja de dejarse vencer con las herramientas de la costumbre. Byan terminó por ver en aquella presencia una victoria que lo esperaba todos los días, y si no hubiera sido una ofensa a la independencia de aquella mujer, hubiera estado dispuesto a pagarle todos los martinis de su larga estancia por el placer de verla disfrutar el cobre matizado que bañaba las tardes en su hotel. Si hubiera podido transgredir ciertas reglas de civismo para llegar hasta l
os meandros de aquella conducta, lo hubiera hecho, pero los gestos sencillos y el carácter abierto de Samanda Calatrava eran infranqueables.
Cuando llegó el primero de los días festivos, sólo se arriesgó a invitarla a un trago por la vecindad de las fiestas. Samanda aceptó. Ese día hablaron de casi todo, sólo faltó lo esencial. Byan no quiso invitarla de nuevo y se conformó con llegar, subir la escalera y saludarla; tres escalones de un mismo momento que normalmente terminan fundidos a la realidad como un pegoste y que Samanda continuaba salvando a diario por el efecto de una alquimia imposible. Byan terminó por disfrutar de aquella negación simple frente a la pantalla de la vida con una alegría casi malsana. Pero diciembre llegó con sus fiestas trastocándolo todo. Las inversiones, el hotel, los clientes, las playas engalanadas con la alegría reservada para la ocasión. Samanda Calatrava brindó en silencio desde su mesa, devolvió los saludos que le llegaron de los presentes y subió a su cuarto más tarde que de costumbre sin que ninguno de esos gestos tuviera la menor apariencia de una capitulación, pero Pascal Talenti no llegó. Ese domingo descendió justo para decirle a Mateo que si le debía algo sería el momento de pagarlo. Cuando Byan regresó ya Samanda se había marchado. Por un momento pensó preguntar dónde se encontraba, pero no le hizo falta. Como si la partida misma hubiera significado una fractura en aquel monótono ejercicio de servir y cobrar tragos, el barman llegó más tarde de lo habitual a la mañana siguiente. Byan no estaba en el hotel, a esa hora la barra estaba desierta y el cliente que estaba en la terraza no parecía estar esperando sus disculpas por la tardanza. Mateo Medioevo salió afuera para preguntarle si quería ordenar algo en el bar y vio al hombre, vio sus ojos fijos y su mano alzada para pedir un martini con un gesto que terminó su trayectoria en los ter
renos vastos de su memoria. A Byan le hubiera bastado ese comentario del barman para comprenderlo todo, pero Mateo Medioevo prefirió callarse. Conocía perfectamente a la gente del pueblo y hubiera sido imposible hacerles creer ese tipo de historias, sobre todo para un hombre que va por el mundo construyendo hoteles con el nombre incongruente de Gordon Byan.