Letras
Piso en venta

Estábamos a punto de irnos. Hacía media hora que habíamos quedado para ver el piso y los dueños no aparecían. Pero algo me decía que teníamos que esperar, y no me equivoqué. Aquel día mi vida iba a dar un giro definitivo.

Cuarenta minutos después de la hora prevista, llegó nuestra cita. Una señora jubilada, desaliñada y sin sonrisa se presentó como la propietaria del inmueble que esperábamos ver.

La verdad es que el sitio donde estaba nos decepcionó un poco. Creíamos que era un buen barrio, y realmente lo era, pero el edificio se encontraba casi en el límite con el barrio contiguo, ni tan bueno ni nuevo como su vecino. La casa había cumplido ya los 50 años, y las pintadas en la fachada le daban un aspecto entre macarra y tenebroso que producía cierto desasosiego.

La señora empujó la puerta varias veces tras girar la llave y nos hizo pasar al portal sin portero. Olía a humedad y a cacerola vieja mientras subíamos. Las escaleras, estrechas y faltas de pintura, nos dejaron sin aliento en el cuarto piso de aquel edificio del siglo pasado. “Ya hemos llegado”, comentó la mujer como pudo, disimulando su cansancio y su poca simpatía por nosotros.

Al entrar en la casa un escalofrío me recorrió las piernas y la espalda hasta la nuca, y de repente empecé a sentir un malestar en el estómago, un sudor frío en la cara y un recuerdo grisáceo, que poco a poco, mientras la señora iba enseñándonos las habitaciones, se me iba poniendo delante descaradamente, sin dejarme pensar en nada más.

Creo que fue al mirar al suelo cuando me vino a la mente. Esos mosaicos de colores se parecían mucho a los de otra casa de mi vida, un lugar que ya sólo existía en la memoria de mi familia, pues fue derruida hacía tiempo para construir un lujoso hotel de negocios.

Allí, en aquella casa suplantada, había una habitación oscura y silenciosa, con un gran teléfono verde manzana y una máquina de coser. Un lugar antiguo, con telarañas inalcanzables y pesados muebles que chirriaban al tocarlos. Un sitio donde vivían muñecas, cuentos que salían de cintas de casete y monstruos humanos que dormían fuera del armario.

Recordé que el teléfono tenía una gran rueda de números para marcar y que hacía un gran estruendo cada vez que intentabas llamar a alguien. Metías el dedito en cada círculo, lo movías a la derecha y lo soltabas. Lentamente, la esfera se colocaba en su posición inicial con un movimiento rítmico y escandaloso. Eran otros tiempos, cuando las horas parecían pasar despacio, sin prisas ni agobios, no como ahora, en que todo lo que no sucede ya mismo no merece la pena. Había tanto que descubrir, tanto por delante.

 

Mientras, la dueña del piso en venta nos contaba los detalles de cada rincón de su vivienda, intentando convencernos de lo felices que íbamos a ser pagando 40 años de hipoteca. Mi mente recorría las estancias más ocultas de mi pasado, sin ventilación ni luz natural, repletas de palabras nunca dichas en voz alta.

El teléfono estaba sucio, plagado de grasa y aliento a tabaco negro y barato, apoyado sobre una gran mesa de madera fuerte y tremenda, con mucha historia a las espaldas, sin que nadie se fijara mucho en ella ni se preocupase por reparar su aspecto destartalado.

Una bombilla desnuda colgaba del techo, lleno de grietas y recovecos por limpiar. Su luz, amarilla, fea y triste, resultaba deprimente. Él prefería apagarla y cerrar las persianas. Mucho mejor a oscuras, para evitar miradas indiscretas.

“Tiene doble ventana, así que no escucharéis nada de ruido del exterior”, decía la propietaria, que continuaba hablando sin parar y a la que había dejado de escuchar hacía más de diez minutos. Sólo tenía oídos para mi pasado, voces que nunca dejé que me hablaran y que ahora me estaban gritando, pidiéndome salir de su anonimato.

“Siéntate aquí, encima de mí, y hacemos el caballito”, al paso, al paso, al trote, al trote, a galope... La puerta no cerraba bien debido a los años y los cambios de temperatura, por eso siempre entraba un poco de claridad y de posibilidades de que alguien me salvara. La intimidad, mal que le pesara, nunca era total.

“Preciosa, ¿dónde estás? Ven a merendar”. Solía decir ella desde la cocina, situada en el otro extremo de la casa. En ese momento yo miraba desesperada el teléfono, que estaba justo delante de mi nariz, deseando salir de allí cuanto antes a por mi bocadillo de nocilla. Pero sus gruesos dedos, enganchados bajo mi falda talla 6, no me dejaban moverme ni gritar.

Cuando llegábamos al final de la visita, noté cómo empezaban a caerme lágrimas por la camisa. Se me aparecían otras escenas similares, repetidas muchas veces, casi siempre junto al teléfono verde, pero otras en el coche, también verde y ruidoso, aparcado en sitios perdidos y alejados de cualquier abuela dispuesta a hacerte la merienda.

De pronto me subió un tremendo calor hacia la cara, necesitaba tomar el aire, me estaba ahogando. Respiré hondo, cerré durante medio segundo los ojos y después me volví hacia él y los clavé en los suyos y, sin que me temblara ningún músculo de mi pequeño cuerpo, le dije: “Déjame en paz, no tengo por qué quererte, tú no me quieres a mí, me haces daño, no quiero que seas más mi abuelo”.

Inmediatamente me bajé de sus rodillas y salí sin mirarle de la habitación y del miedo. Dejé la casa y eché a correr sin descanso hasta que no pude más y me tiré al suelo, desfallecida. Tras unos minutos en blanco en los que recuperé la respiración habitual, empecé a notar una sensación de alivio. De repente el cuerpo me pesaba mucho menos, la piel estaba limpia, mis ojos sonreían. Acababa de lograrlo. Había conseguido hacer lo que llevaba 20 años intentando sin éxito: echarle, por fin, de mi vida.

Miré hacia el cielo. Hacía un día espléndido, primaveral, azul, brillante. Ya no olía a malos recuerdos ni a sentimientos de culpa retenidos. El aire era transparente, sin secretos. Las palabras ocultas estaban dichas. El odio había salido de su escondite.

Entonces caí en la cuenta de que me había largado del piso que estábamos visitando sin mediar palabra. Y tú te habías quedado allí, con la mujer sin sonrisa. Por un instante el vértigo volvió a traspasarme. Tal vez querrías marcharte para siempre. Quizá ya lo habías hecho. Incapaz de soportar tanto pasado.

Pero parece ser que no, que saliste en mi busca, y que estabas a mi lado en ese instante, escuchando por primera vez esta historia infantil no recomendada ni para adultos.

Lo escuchaste todo y te quedaste, me acariciaste el pelo, las manos, las lágrimas. Permaneciste en mi futuro. Fue un momento perfecto, vivido en un día imperfecto, en un día cualquiera.

“¿Te gusta la casa?”, te pregunto.

“La verdad es que tiene mucha luz y es bastante grande, pero no sé... sigo sin estar muy seguro de querer comprar”, me contestas.

“Sí, sé a qué te refieres”, digo.

Me miras, sonríes y nos vamos calle abajo, de la mano, en busca de un rato de felicidad cotidiana.