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¡Ay Paquita, qué cornamenta tienes! (“plagiando” a Cervantes)

Y así, aligerada la mollera por tan parco pensamiento nocturno, levantóse don Quijote alborozado y contento. Abrevió la cena y tan cerca encontrábase Sancho, que tapose éste la nariz para no aspirar los aromas ventreriles de las fabas descompuestas. Después de limpiar y aderezar la lanza con afeto, hincose don Quijote a los pies del escudero diciéndole: “Oh, flor del vasallaje, esta noche, sin romperme los sesos, vínome a la cabeza el que todas mis riquezas fueren tuyas si abandonase un día esta tierra. Mis libros de caballerías, mi lanza, mi armadura, Rocinante y la fermosa Dulcinea engordarán, si quieres, tu ínsula de riqueza”.

“¡Válame Dios!, ¿qué diantre pasa por esa testa algosa y soberbia?”.

“¡Maldito seas, mentecato!”, dijo don Quijote, “no adules con lisonjas mis pacientes orejas”.

“Maldito seré si vos queréis señor­, pero ¿cómo podré embutir mis carnes en esa armadura fecha a los vuestros huesos?”.

Interrumpiole don Quijote con gran aspaviento, haciendo oídos sordos a sus razones.

“No, no me des las gracias fiel escudero, que es puro merecimiento. Aunque primero habré de desaparecer de la faz de la tierra, osando confesarte que la inmortalidad sería agradecida a los dioses, si éstos existieran”.

“Déjese de herencias y pamplinas”, aprestóse a decir Sancho al que dolía la testa sólo con pensar en libros, que para leelos habría de quitar mucha sal a la mollera. “Si queréis, señor, que os diga por qué tenemos que ir ahora mesmo a la plaza del pueblo, os lo diré sin rodeos”.

“Desenvaina Sancho tus razones, que en ascuas me tienes”.

“Si vuestra merced inmortalidad quisiere, vienme a la cabeza una idea, pero juradme que nunca diréis que fui yo artífice de tal ingenio”.

Contole Sancho la idea y pareciole bien al maltrecho caballero, así que pidiéronle a la ventera una saya y unas tocas, dejándole la cincha de Rocinante como prenda.

No anduvieron mucho cuando Sancho, ufano y altanero, díjole al amo en tono solenne: “Señor, descontado es que usted desea que me lleve a Dulcinea a la ínsula que me espera; lo haré con todo el gusto por ser ella la dueña de mi dueño. No tema vuestra merced, con Aldonza y con este caballero, estará como una reina. Que donde duermen dos duermen tres si la ínsula fuera pequeña”.

“¡Ven acá hereje! ¿no dijiste mil veces que el que tiene más mujer que una es un otomano indecente?”.

“¡Por las barbas de Bartola!, lo de la cama es un decir, señor mío; líbreme Dios si lo dije con intención libidinosa u obscena; que yo respeto a mi Aldonza, y ¡ay de mí!, si cuatro pies pequeños se cruzaran entre ellos en el mismo lecho. Que yo soy sancho y panzudo pero lo de tonto, eso ya es harina de costal ajeno”.

En la plaza aprestábanse los cómicos entre risas, encajes y tramoyas al montaje de la pieza; tan ensemesmados estaban que no repararon en ellos, hasta que, con voz tronante díjoles don Quijote:

“¡Buscamos al autor desta comedia!”.

“¿Qué buscan vuesas mercedes que pueda ofrecer este humilde poeta?”.

“Buscamos a un autor que cuente a la gente nuestras proezas”.

“¿Qué autor?”.

“Uno cualquiera”, dijo don Quijote; “que cuente las hazañas como fueron, como las que un día acontecieron al Cid o a Rolando con los sarracenos”.

“¿Y vos quién sois, caballero triste y famélico?”.

“Soy don Quijote, adusto que no triste, y prudente comensal, como cualquier caballero que dello se precie, que famélico es aquél que no come porque no puede o no tiene. El que me acompaña es mi escudero. Allá por donde pasamos dícennos que estamos locos, por eso buscamos asiento en esta impresa”.

“¿Parez a vuestra merced un oficio de locos el nuestro?”.

“¿No es una locura esforzarse en engañar y hacer creer que es verdad lo que es sólo cuento?”.

“¿Y qué quiere demostrar con esto?”.

“Sólo que se nace a la vida de tantos modos y formas: jumento, pájaro, pollino, o quien nace a la vida personaje como yo y mi servidor escudero”.

“¿Y deseáis ser héroe de una novela?”.

“Quiero ser inmortal y dedicar mis proezas a mi dama Dulcinea”.

“¿Y esa dama es personaje como vuesas mercedes?, digo esto porque tal vez algún día pongan su nombre a un dulce sabroso en las ventas de Toledo”.

“¡Dios no lo quiera, mi Dulcinea en boca de los hombres golosos de Toledo!”.

“Ingenioso don Quijote; mañana cuando salga el sol, os acompañaré y seré vuestra sombra de buen agüero. Pero habéis de ser cómico esta noche, que el actor rompióse las dos piernas. A Paco ‘el agorero’ siempre le acontecen estas cosas, cuando no son desgracias ajenas”.

“Barrunto que todo esto se debe a un maleficio de la mujer cuando se vio la cornamenta”, aprestóse a decir Sancho, “que yo desto algo sentí ayer en la venta”.

“Bien me parece la escena; con mujer cornuda y esposa de un cenizo sin conciencia”, dijo don Quijote.

“Mi amo”, dijo Sancho, “no lo hagáis, que no quisiera yo oír otra vez el crujir del esqueleto”.

Francisca, la del agorero, representaba su papel de cornuda; mujer entrada en carnes y poco agraciada, soberbia como una otomana a punto de cortar cabeza de cristiano. Llegó la noche y entró en escena el caballero de la triste figura. Alumbrado por dos velones marcabánsele las facciones para solaz divertimento de los de Socuéllamos.

“¡Válame Dios, Paquita!”, dijo don Quijote, leyendo el papel que le dieron, “¡qué cara más fea y arrugada tienes hoy, mujer, ni que hubieres llorado sin tregua toda la noche!”.

“¿Ves mi faz arrugada y no ves los cuernos que me adornan la testa?”, gritó Francisca, poniendo tal énfasis que arrancó las risas del público y de Sancho.

Volvióse don Quijote, tremolándole las piernas bajo aquellas sayas frondosas, y asustose con el rostro desencajado de aquélla que gritaba con tanto ahínco que parecía que el juicio se le iba a salir por los cuernos.

“¡Tengo dos cuernos, como las torres de Almázar! Díjome Marcela, que pertenecen a la especie astifina, famélicos, limpios y de puntas afiladas. Mireme mil veces en el agua del río y nunca sospecha alguna vínome a la cabeza. Pero parece ser que soy cornalona desde tiempo, y yo desgraciada, durmiendo como una marmota, sin un solo dolor o dureza de mollera!”.

Mientras recitaba, miraba con tal odio a don Quijote que se alejó éste de su trayectoria todo lo que estuvo en su mano; que él era hombre de honor y no podría apalear ni ser apaleado por una dama. Así que para remendar la cosa no se le ocurrió otra que decirle que en su cabeza los cuernos no asomaban. Buena la hizo nuestro gentil caballero.

“¡Burriciega soy!”, dijo la agraviada esposa del agorero, “¡pues de lejos veo bien y mal de cerca, en dos palabras que no veo dos en un burro, y encima de cornuda, apaleada!”.

“No, Paquita, tus cuernos son finos, limpios y con tal clase que podrían rasgar el vidrio con una sola reverencia. Si los limas con esmero y cura todo volverá a ser como al principio”, volvió a remendar el educado caballero.

“¡Mujer de mi casa, madre de mis retoños!”, dijo el cenizo verdadero, apareciendo sin venir a cuento, apoyado en las muletas. “¡Infundio es lo que dice este desgraciado, tú no tienes cuernos desos! A mí colgáronme el sambenito de agorero hace tiempo, y a ti el de cornuda de Socuéllamos. Un rumor sigiloso extendiose como un círculo en cuyo centro quedó nuestra honra, Francisca. A mí nadie me quiere en su mesa, ni en la iglesia por ser pájaro de mal agüero. Y a ti, en venganza por tu belleza, pusiéronte unos hermosos cuernos, pero júrote por mi mala suerte, que tal infundio será castigado como merece. Tú no tienes cornamenta, te lo dice tu Paco, el cenizo de Socuéllamos. Vamos mujer, que los tienes pero no los tienes”.

Empezó a llover en el pueblo y voto a Dios que llovió a sus anchas, aunque la gente no se movió del asiento, que la cosa, para regocijo de todos, estaba que ardía de caliente. Intentaba don Quijote justificarse con lenguaje grandilocuente pero, acompañado del mal talle y del rostro empapado, acrecentaba en el público la risa y en los esposos la furia de las reses. A Sancho tremolábale todo el cuerpo y apretaba contra sí una arqueta llena de ungüentos, barruntando que ya tenían dueño.

Fue rodando su amo por escena, que la mujer dábale alevosamente con un palo de sacudir colchones a la par que el marido le trababa los pies al desgraciado con la muleta; y tal embarazo causábale la saya a don Quijote que no podía levantarse del suelo, mientras aquella otomana de varas tomar proseguía en sus desatinos dando reveses a diestro y siniestro, con el agorero avivando más el fuego: “¡Dale, Francisca, dale, rómpele todos los huesos al mequetrefe este!”.

Levantose como pudo el manchego y agarróse a los pelos de la rolliza cornalona y tiró dellos como si del rabo del jumento se tratara. Arrastrola con tal sinrazón, que el agorero diole tan fuerte con la muleta que poco faltó para que los sesos del buen caballero salieran despedidos por la escena. El público dejó de aplaudir cuando la humedad les caló hasta la médula de los huesos y la sangre salpicó los asientos; y el poeta salió a desfacer el entuerto, separándolos como pudo, y tratando de explicarles que todo era comedia y fruto del ingenio.

Quedaron solos en escena el escritor, don Quijote y Sancho y éste sacó la arqueta de los ungüentos. Mientras el escudero curaba a su señor dijo el primero:

“Don Quijote, yo no escribiré vuestras proezas, que lo haga otro, que yo soy escritor cabal, y quiero seguir cuerdo y sano por mucho tiempo”.

Y así, al alba, fuéronse Sancho y su amo de Socuéllamos, éste último con los huesos sin soldar, el rostro deformado de los palos y repitiendo a modo de refrán:

“Que me aspen si entiendo a las hembras; si no les dices lo que quieren te insultan, te atacan y te ofenden, pero ¡ay de ti! si les dices lo que quieren escuchar. Te despellejan vivo como al cerdo”.

“Cagüenlostia, amo”, dijo Sancho Panza, “líbreme el diablo de la Aldonza si un día le sale la cornamenta; que mis huesos, aunque rebozados de grasa, también crujen y relinchan cuando los palos se topan con ellos. Deme vuesa merced la ínsula y quédese con Rocinante, la armadura y la lanza. De los libros, que no se crecieron en las llamas cual polifemos, haga usted lo que quiera, que ya sabe vuesa merced, que poseo generosa panza, pero poca sal en la mollera. Y a Dulcinea, esa bella dama que os guía cual brújula en el desierto, métala sin pena en un libro de Cervantes, o conviértala en un milhoja de Toledo, que a mí bástame con mis retoños y mi Aldonza para llenar la ínsula de riqueza”.