El regreso del caracol
“La hija del vampiro”, de Triunfo ArciniegasLa hija del vampiro

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Novela
Ediciones SM
Madrid, 2005
ISBN: 84-675-0764-0
120 páginas

Escribir literatura para niños y jóvenes no es fácil, y sería justo que quienes sientan el impulso de introducirse en tales lides dejaran en la puerta preconcepciones y certezas asumidas. Es, literalmente, un riesgo al que hay que enfrentarse no con temor, pero sí con el respeto debido. Por ello son siempre bienvenidos los títulos del escritor colombiano Triunfo Arciniegas, plenos de esa textura particular que la mayoría de nosotros olvida al traspasar los límites de la adolescencia.

Es haciendo uso de esa sensibilidad especial como Arciniegas logra narrar en La hija del vampiro, usando una convincente primera persona, la historia de Alejandro, un chico mexicano amante del fútbol y de la lectura, el más pequeño integrante de una familia de padres divorciados, quien cree descubrir que su nuevo vecino, un hombre solitario al que le crecen las orejas cuando es cubierto por las sombras, es un vampiro.

Por supuesto, nadie le creerá cuando hable de sus temores. María Fernanda, su hermana, una adolescente cuyo novio anda en moto y casualmente es aficionado al vampirismo, se burla de él haciéndole ver que su teoría del vecino vampiro es un absurdo. Las cosas se le complicarán al chico cuando Elisa, su madre, conozca a Nicolás, el presunto vampiro, y empiece a salir con él. Sus temores —que en cada página crecen ante el descubrimiento de nuevos indicios de la terrorífica condición de su vecino— encontrarán alivio sólo tras la entrada en escena de la hermosa Vanessa, la hija del vampiro.

Arciniegas esgrime en esta novela, sin entrar en la odiosa fábula moralizante, un alegato en favor de la lectura, al inscribir al pequeño Alejandro en una familia de lectores consumados en la que hasta las discusiones cotidianas incluyen referencias literarias —algo que gracias a la habilidad del autor no lucirá afectado. El mismo Alejandro se juzga de acuerdo a sus lecturas, títulos paradigmáticos de la novela de aventuras como La isla del tesoro, El Conde de Montecristo o Los tres mosqueteros, y compara acongojado su aparente cobardía con las muestras de valor de Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan. Cuando el oculista determina que el chico debe usar anteojos, él exhala desesperanzado: “Ahora sólo me falta volverme loco”.

Como buen lector de carácter quijotesco, Alejandro tiene una personalidad inquisitiva —obsesiva, quizás— que lo lleva a magnificar sus desventuras y a analizar hasta el último rincón analizable de los episodios que vive. En un guiño para el lector adulto, el temor al vampiro lleva a Alejandro a recuperar el contacto con su padre —un exitoso escultor—, quien, en una conversación sobre los libros que leemos más de una vez, le dice: “Leí por primera vez El túnel, de Sábato, como a los quince años, y me horroricé con el crimen de Castel. No entendía, no admitía que hubiera matado a esa mujer. Volví a leer el libro después de los treinta y la historia me pareció tan natural, tan lógica”.

Además de ser un texto divertido, La hija del vampiro tiene la virtud de que afronta los temas que afectan a los niños y jóvenes contemporáneos. Alejandro supera en el decurso de la historia el rencor que guardaba contra el padre a raíz del divorcio, habla con su hermana de los escándalos sexuales de Michael Jackson y se indigna cuando en el vecindario se ventilan comentarios sobre el naciente romance entre el vampiro y su madre.

El lenguaje llano, directo, con el que Arciniegas relata mil pequeñas aventuras cotidianas, es salpicado de cuando en cuando con livianas llamaradas de poesía: “Había llovido casi toda la noche en Zihuatanejo y el aire era un perfume. La niebla se retiraba como una muchacha que se equivoca de cuarto”. Cuando Alejandro y su padre moldean una sirena de arena en la playa, el chico siente deseos de quedarse a cuidarla toda la noche: “Luego supe que la marea subiría y que la sirena regresaría al mar en millones de granos y que otro día de playa volvería a nacer de nuestras manos”.

La hija del vampiro es el número 181 de la colección “El Barco de Vapor”, de cuya serie Naranja forma parte (las otras series son Blanca, Azul y Roja). La cuidada edición tiene como uno de sus atractivos el excelente trabajo de ilustración de Sergio Mora, cuyos trazos vivaces hacen olvidar que las imágenes carecen de color.

Nacido en Málaga (Colombia), Arciniegas es magíster en literatura por la Pontificia Universidad Javeriana. Entre sus más de treinta títulos se encuentran La silla que perdió una pata y otras historias, El león que escribía cartas de amor, Los casibandidos que casi roban el sol y El Superburro y otros héroes, así como las obras de teatro El pirata de la pata de palo, La vaca de Octavio, La araña sube al monte, Lucy es pecosa, Después de la lluvia y Mambrú se fue a la guerra, entre otras. Ha ganado premios como el Enka de Literatura Infantil, el Comfamiliar del Atlántico, el Nacional de Literatura de Colcultura y el Premio Nacional de Dramaturgia. Y, aunque también ha escrito para público adulto, su contacto permanente con los niños, a quienes suele dirigir en obras de teatro y otras empresas alucinantes, le ha convertido en un autor indispensable en la literatura infantil y juvenil.

El regreso del caracol
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