Después de tantos años, Londres se mantenía gris y melancólica, idéntica a la de mi recuerdo. Ahí estaba la gente cubierta de niebla, el frío y ahí estaba todo lo que cuatro años antes me había hecho sentir la protagonista de una novela romántica, avanzando entre calles circulares hacia un final irremediable y trágico. Europa había vuelto de pronto y yo estaba ansiosa por recibirla.
La primera noche libre, después de las dos semanas en las que había tenido que trabajar, preferí quedarme a terminar una novela que había comenzado algunos días antes. El albergue que había podido pagar para mi semana de vacaciones no era tan lujoso como el hotel al que me había enviado la empresa, pero estaba bien. Mis compañeras de cuarto eran tres francesas, adolescentes y algo tímidas. Cuando las vi por primera vez, estaban descalzas sobre la alfombra del cuarto y dibujaban paisajes con lápices de colores. Una de ellas, Sandrine, tenía los ojos más tristes del mundo. Me recordó a mí misma, algunos años antes, cuando sufría de pura adolescente y mamá me hacía compañía hasta la madrugada, hablando y tomando café en la cocina. Quizás por eso aquella primera noche soñé con ella, mamá aparecía después de mucho tiempo y se paseaba conmigo como si no hubiera pasado nada, cuatro años escondida hasta que al fin decidía volver para acompañarme al cine. Al despertar, volví a comprender que ella no regresaría nunca.
El resto de las noches salí poco, prefería las caminatas diurnas por los parques, y en la última conocí a unos italianos que me invitaron a cenar. Pasear por Londres era agradable a pesar del frío. Los italianos eran cinco y muy ruidosos, y después de tanto inglés yo había comenzado a extrañar la barbarie. Cenamos en un lugar que estaba bastante bien para su precio, el vino tampoco era caro y fueron cinco botellas entre seis. Fui amable con todos pero en especial con Saúl, era apenas más joven que yo y tenía una voz graciosamente grave para una cara tan tierna. Alternábamos entre el inglés y lo que nos salía de la mezcla entre el italiano y el español. Trabajos, libros y también hablamos de otros viajes, de cine y en voz baja como si los otros se hubieran ido. Cerca de su casa, en Trieste, había un lago: me lo dibujó en una servilleta y dibujó también un monstruo que intentaba representar a su perro. Le dije que desde que había comenzado a viajar por trabajo algunas cosas se me habían vuelto más difíciles. No puedo ver ninguna serie, dije con ironía, y le conté que tres veces me había visto obligada a abandonar mis clases de teatro y que también tres habían sido los intentos de enamorarme que, interrumpidos por mis largas ausencias, habían pasado del ardor inicial a enfriarse en la distancia. Pero en los viajes conocía gente y lugares nuevos, ya tendría tiempo para descansar. Saúl había salido tres meses antes y pensaba seguir de viaje durante al menos otros cuatro meses. Italia, dijo, y guardó silencio cuando le pregunté por qué había decidido viajar. La luz formaba figuras geométricas en sus ojos tranquilos, abiertos bajo la lámpara. Yo jugueteaba con el lago en la servilleta, lo doblaba en dos o en cuatro y después volvía a estirarlo, la palma lenta sobre el papel. Desearía extrañarla, dijo, y no supe si hablaba de Italia, de una mujer o de las dos, pero no me atreví a preguntar. Aquella voz no era grave, aquella voz venía desde el fondo de algo y retenía un dolor limpio y frágil, a punto de romperse sobre la mesa. El silencio podría haber sido incómodo, pero no lo fue. Entonces lo escuché repetir que desearía extrañarla, como si no me hablara a mí sino a sí mismo, y sentí que aquello era demasiado íntimo como para decir algo más. Por eso, me quedé en silencio hasta que al fin él habló de otras cosas, y a mí me pareció bien. La mesa, que segundos antes parecía haberse disuelto en el humo de los cigarrillos, volvía a sostener los restos de la cena. Los otros pagaron la cuenta y se despidieron, nosotros aún no queríamos irnos. Solos, terminamos el vino que nos quedaba y después, en la calle, o quizás antes de salir a la calle, decidimos caminar. Jugamos a no pisar las rayas de las baldosas y a armar palabras con las patentes de los autos. El cielo parecía a punto de arrojarnos una tormenta opaca y gris, por eso oculté el mentón bajo la bufanda, las manos en los bolsillos de mi campera, y por un instante pensé que él me abrazaría. Pronto comprendí que no. Había algo fascinante en sus ojos, o en cómo los entrecerraba al sonreír, o en su sonrisa. Caminamos por Charing Cross hasta Old Compton y nos sentamos en el único bar abierto a aquellas horas, una especie de kiosco pakistaní, sin baño y con saleros de metal sobre las escasas mesas de fórmica. Ahora eran sus dedos los que jugueteaban alrededor de la taza de té. Me preguntó si era la primera vez que visitaba Londres y me escuché decir que sí, que nunca antes había estado en Europa. Luego, acomodé con prolijidad las migas de alguna cena anterior sobre una pequeña rajadura en la mesa. Decirle la verdad hubiera significado hablar de pesadillas, de aquel primer viaje del que, de no haber sido por la repentina enfermedad de mamá, nunca hubiera vuelto. Él tampoco hablaba, pero al mirarlo a los ojos comprendí que, al igual que yo minutos antes, aquel silencio aceptaba que hay cosas de las que mejor no hablar. Sonreí agradecida, y si en ese momento me hubiera pedido que lo acompañase a Trieste o a cualquier otra parte, yo hubiera aceptado. No era el frío, era todo lo que deseaba llegar a conocer de él lo que me hacía temblar las rodillas bajo la mesa.
Saúl insistió con pagar. Otra vez en silencio, regresamos por Old Compton hasta Charing Cross. Yo partía a Buenos Aires unas horas más tarde, un taxi pasaría por mí a las tres de la mañana y el reloj de una farmacia antigua marcaba las dos. ¿Está bien esa hora?, le pregunté y él me enseñó sus muñecas vacías. Aquella noche —de Londres, de otoño, de desconocidos—, perdí la pulsera que mi madre me había regalado hacía mucho tiempo. Lo descubrí al mostrarle a Saúl que yo tampoco llevaba reloj, y que si me descuidaba podía perder el regreso a mi vida de siempre. Salvo por dos o tres gatos que nos cruzamos en el camino, la calle estaba vacía y limpia. En Buenos Aires, las hojas de los árboles se habrían apilado amarillas junto al cordón de la calle y el viento las hubiese levantado para dejarlas caer, desprolijas, sobre la vereda. Podrías viajar con nosotros, saldremos para Irlanda en una semana, dijo Saúl, pero yo no dije nada y él no insistió. En el ascensor del albergue me miré al espejo, miré mis manos frías y mi nariz roja y pensé en quedarme, volver al día siguiente al bar, a los dos bares en los que habíamos estado esa noche. Quizás alguno de los correctos mozos ingleses había encontrado mi pulsera y la conservaba para devolvérmela. En el tercer piso, al abrirse la puerta, Saúl sacó la mitad de su cuerpo y yo dejé la mitad del mío dentro del ascensor. La puerta insistía con cerrarse mientras nosotros anotábamos direcciones y teléfonos en libretas. Quiero conocer Argentina, planificó él, y yo dije que una amiga me había contado que Italia era el país más hermoso de Europa. Creo que fui yo la primera que, con lentitud, se movió hacia dentro del ascensor, pero todo fue tan rápido y tan breve que pareció que ambos nos retirábamos al mismo tiempo. Pensé en volver a tocar el botón del tercer piso y golpearle la puerta, pero no hubiera sabido qué decirle. Además, él ya estaría en su cuarto, desnudándose para dormir, intentando no hacer ruidos que despertaran a sus compañeros de viaje.
En mi habitación, me sorprendió encontrar a Sandrine despierta a aquellas horas: otra vez, dibujaba paisajes de colores. Es el atardecer, me dijo, así se ve desde mi casa. Me acerqué y crucé las piernas sobre el piso para sentarme junto a ella. Un sol rojo, en el cielo una mezcla de grises y abajo, a la derecha, la figura de una chica con un perro. ¿Sos vos?, pregunté. Sandrine respondió que no, que era una amiga que no veía desde hacía algunos años. Luego le pregunté si había encontrado mi pulsera en algún lugar de la habitación, es de plata, le dije, con eslabones rectangulares y piedritas verdes. Sandrine no la había visto, aunque tomó nota de mi dirección para enviármela por correo si la encontraba en los días siguientes. Le agradecí el gesto, y debajo del teléfono de Saúl escribí el suyo. Después, guardé la libreta en la mochila y terminé de empacar lo poco que me quedaba. El reloj en la pared marcó las dos y cincuenta. Luego de despedirme de Sandrine, me acerqué hasta la ventana y miré el paisaje. Lejos, apenas iluminado por la noche, el río.