Entrevistas
Denisse Vega FarfánLa soledad
en la poesía de Denisse Vega
Escribir es mejor
que ir al médico,
una iglesia,
hablarse frente al espejo

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Cuando me puse a leer Generación del 2000? Muestra de poesía joven (excelente edición, de paso), que los amigos de Claroscuro me entregaron como préstamo el día 12 de agosto, al final del Taller de Poesía al Aire Libre, me quedé con la sensación de haber encontrado un libro significativo que contenía una poesía fresca por la edad de los seleccionados en su mayoría. Una antología, para mí, que marca un derrotero en la poesía peruana, como fue Los nuevos de Cevallos, Estos trece, de Oviedo o La última cena, en los ochenta, publicado por Asalto al Cielo Editores, respectivamente; pero que en los noventa, no creo haber leído una muestra generacional que signifique una muestra del amplio espectro de sus integrantes.

Cuando leo Generación del 2000? Muestra de poesía joven, me detengo en especial en la poesía de Denisse Vega Farfán (Trujillo, Perú, 1986). Estudiante de derecho en la Universidad César Vallejo de Chimbote. Premio “Poesía a Vallejo” por la UCVCH. Autora del poemario Euritmia (2005), que me atrapa y despierta en mí esa sensación de goce estético y fresco que hace tiempo no sentía, y que se trasladaba interiormente carcomiéndome, esos vacíos existenciales en que me debato para dialogar con la Poesía.

Por esos detalles me contacto con Denisse y solicito otros poemas, con la única salvedad de leer más sobre la soledad que hilvana su poética y que todos como tema recurrente guardamos, pero que a veces se nos escapa y late en el mundo, nada más huidizo e indefinible que bajo la máscara de su propia ceremonia y contemplación.

Yo creo que hablar de Denisse es tan sólo poner de manifiesto lo que ella dice de sí misma. Es tratar de buscar lo que ella expresa como es la vida, a través de esta entrevista y nos entrega algunos poemas que ella nos cede, con una madurez inusitada, “en nombre de los perdidos que se glorian...”1 de poeta.

  1. Dylan Thomas, Poemas completos.

 

—Denisse, tú eres la poeta más destacada y joven de la antología Generación del 2000?, Muestra de poesía joven, conjuntamente con Pamela Lozán Béjar. ¿Cómo te ubicas frente a tus compañeros de ruta?

Gracias, eres muy amable con tu comentario. No obstante, no dejo de valorar otras voces incluidas en la antología.

¿Cómo me ubico frente a ellos?, pues sencillamente como una joven que en la poesía ha descubierto un fondo trascendente, y no puede contener lo que virtuosa y famélicamente se le alborota en los dedos.

—¿Cómo nació exactamente tu interés por la escritura poética?

Antes de pasar al fondo de tu pregunta, me gustaría manifestarte que mi interés por escribir en sí (fuera de que si fue o no poesía lo que hice), lo motivó mi madre. Como te comentaba, nací y viví en Trujillo hasta los siete años, época por la que falleció mi abuela, que me criaba mientras mi madre trabajaba aquí en Chimbote. Su ausencia era lo que me hacía escribir sobre cualquier papel que encontraba, llegaba al punto de desarmar las cajas de los medicamentos de mi abuela para escribirle. Claro que lo que escribí no fueron versos, de eso estoy segura, digamos que volcaba emociones, pensamientos que me hacían estar cerca de alguien que estaba distante y a quien sólo veía los fines de semana. Eso para mí era algo mágico, algo que no se podía comparar con otra experiencia. Ella despertó eso, y en cierto modo se podría decir que aquello también fue poesía.

Ahora, ya entrando al fondo, considero que mi móvil principal en cuanto a la escritura poética fue la necesidad de construirme mundos mejores o felizmente habitables con palabras. “Al fin estás cansado de este mundo viejo”, diría Apollinaire; o lo que en palabras de Rimbaud sería: “no la búsqueda del cielo azul de los parnasianos, sino el abismo sin fondo de lo desconocido”. Esto último justamente era siempre lo que me halaba, quería saber lo que sentía, lo que había detrás de lo aparente, quería intensificar la profundidad de lo que vivía, darle saltos altos a mis angustias. Era una necesidad más allá del cuerpo y del alma, algo que bullía y pugnaba por ser expectorado. Esto comenzó en la secundaria. Recuerdo que en los salones del C.E. “Salazar Bondy” (que fue el colegio donde estudié) me emocionaba con los versos de Storni, Vallejo y Octavio Paz. Llegando a casa me ponía a escribir, un papel en blanco siempre fue mi mejor fiesta. Aún conservo en algún armario los cuadernos que llené con mis balbuceos, con mis exploraciones ingenuas que no reparaban en atarse al papel en forma de nudos abultados o piezas rústicas, como toda principiante. Poemas, eso sí, con una pronunciada veta amorosa, y conservando esa actitud de rebeldía hacia lo que, en palabras de Ojeda, es “el temor de un mundo ajeno a los sentidos”. Etapa incipiente, en la que ahora reparo, tal vez fue necesaria, para lo que posteriormente iba a crear con más seriedad y consistencia.

Posteriormente el contacto con una mejor biblioteca me hizo conocer nuevos autores, que incrementaron mis ganas de seguir escribiendo, ser más pulida y exigente con mis escritos; y darme cuenta de que la poesía me acompañaría para siempre.

—Yo creo que toda poesía es más o menos autobiográfica o testimonial, ¿cómo se fue constituyendo tu primer libro Euritmia (2005)? ¿te acuerdas de cómo surgen tus primeros poemas para este libro?

Efectivamente, Euritmia (2005) es cien por ciento testimonial. La constitución de este libro fue vertiginosa, lo empecé a escribir en ese mismo año por el mes de febrero, en tres meses tenía el libro listo, y se extendió a dos meses más por las correcciones. Estos poemas los escribí en las calles de Chimbote, en el Malecón Grau, en la playa, en el colectivo, en plena plaza, en un café, a veces esperando cola en el banco o a mitad de mis clases de derecho en la universidad. Yo quería eso justamente, que los versos de ese poemario se escribieran en lugares espontáneos, sabía que lo que tenía que escribir no fluiría entre cuatro paredes. Fue una experiencia maravillosa, el contacto con lo de afuera me ayudó mucho; también como el apoyo del poeta Ricardo Ayllón, un querido amigo que le hizo algunas observaciones a mis textos y del que aún estoy muy agradecida.

Los móviles de Euritmia fueron mi hogar de Trujillo en La Mar, en donde viví los mejores años de mi infancia, el deseo, la pasión, el desencanto, la soledad; pero sobre todo el tránsito amatorio con un “alma gemela”. Hay también uno que otro atisbo erótico.

—La creación poética, ¿es un oficio como cualquier otro, o es distinto?

No, claro que no es un oficio como cualquier otro. Tal vez podamos encontrar ejes, puntos similares como la disciplina, la continuidad, la perseverancia. La poesía requiere de una sensibilidad que no cualquiera tiene la aptitud de desarrollar, es decir, ciñéndonos al aspecto de la escrituralidad. Ya que también soy de la idea de que hay gente que no escribe y sin embargo con sus actos hace poesía; porque poesía no es solamente lo que leemos en los libros.

Recuerdo que en alguna ocasión oí al poeta Marco Martos decir, en alguna conferencia, que el poeta es un hombre poseído por el espíritu de la lengua; pensamiento con el cual estoy completamente de acuerdo. La creación poética traspasa el filtro de lo mundano y desemboca en lo abisal, toca el limen de lo verdadero.

Existen unos versos del poeta Roberto Juarroz, que recuerdo haber leído en múltiples ocasiones antes de escribir un poema: “no se trata de hablar / ni tampoco de callar: / se trata de abrir algo / entre la palabra y el silencio”; hermoso ¿no?; y esa no es una tarea como cualquier otra.

—¿Cómo ves las relaciones entre el poeta y el mundo?

El poeta necesita del mundo, motor de su inspiración, oxígeno de sus escritos; pero considero que ahora más que nunca el mundo necesita del poeta, y no sólo de él, de todo lo que tenga que ver con el arte, frente a nuestra patente involución humana. Poeta como ejemplo de humanidad, de sensibilidad, de despierta conexión con el universo.

“Todavía el hombre es más mono que ningún mono”, fíjate, esto lo dijo Nietzsche hace más de un siglo en Así habló Zaratustra, y dime tú ahora si esto ya en pleno 2006 ha variado.

Por otro lado, creo que no nos caería mal otro Allen Ginsberg en estos tiempos de precariedad pacífica.

—Yo estoy de acuerdo con lo último, se necesita varios aullidos. ¿Crees en el poeta como ser elegido que tiene capacidad de predicción?

Creo que ese presupuesto ya perdió legitimidad hace mucho, es decir, en cuanto a lo de “ser elegido” equiparándolo a la “divinidad”, para ser más clara. Yo no sé si la poesía elige, pero creo que tampoco uno la busca, de pronto la sientes. Son cosas a las que difícilmente le encuentras explicación, y justamente su hermosura radica en ello, porque no se explican, sólo fluyen. En mi caso fue así. Ahora, pienso que no necesariamente un poeta, para considerársele como tal, tenga que predecir, basta con que nos sacuda con su mundo, que nos muestre una realidad, que nos remueva el piso. Pero si predice, ¡wow! en buena hora. Aunque predecir algo a estas alturas en un mundo que se ha vuelto tan predecible, hum... sería anómalo.

Pero lo que sí pienso es que el poeta siempre tiene que revelarnos algo.

—Cuando escribes tus poemas, ¿los trabajas mucho o, por el contrario, los dejas así, tal como salen en su primera versión?

Antes emulaba a Mozart, quien no corregía ninguna partitura; claro, eso era antes, cuando la poesía no tocaba mis puertas interiores tan fuerte e insistentemente como las toca ahora. En ese entonces corregir un par de palabras para mí ya era demasiado. Creo que eso nos ha sucedido a muchos cuando empezamos a escribir.

Cuando escribo trato de perfilar lo mejor que puedo lo que en esos instantes siento, algo así como si les intentara tomar una fotografía a mis emociones. Me preocupa mucho que el poema exprese la fuerza loca o sutil que quiera darle. Siempre me preocupa la cadencia, los acompasados golpes de los versos. Es por ello que luego de escribir un poema lo leo varias veces en voz alta para detectar una palabra coja o una mala disposición. Si hay que corregir hay que hacerlo, pero si no, entonces dejo que el poema empiece a respirar, a caminar, a vivir tranquilo. Normalmente esto último me sucede con los poemas cortísimos.

Tampoco soy tan maniática de estar enmendando un poema, pues pienso que así corro el riesgo de desnaturalizarlo, de desgastar la materia con que fue concebido.

—Yo soy de los que creen que la poesía postula siempre a un estado utópico donde los hombres podamos ser hombres. ¿Cuál es tu utopía?

Es una utopía muy bella la tuya. Yo le agregaría a ello, el aprender a vivir verdaderamente, rescatar el contacto con los sentimientos reales y no quedarnos como estatuas ante la contemplación vertiginosa, angustiante y también bella del mundo.

—En la poesía siempre están presentes los grandes temas universales, como el amor, la muerte, que no son necesariamente una experiencia. ¿Por qué en tus poemas hablas de la soledad?, ¿por qué este tema en especial?

Me agrada la escisión que haces al decir que estos temas no son necesariamente una experiencia. La soledad es un tema que desde siempre me ha halado, me ha circundado, la soledad desde casi todas sus aristas, como luz y como sombra. La soledad como luz, o lo que Krishna Murti quería dar a entender cuando decía que “hay una soledad que no es este sentimiento de soledad”, y converge en una bendición. Y la otra, la soledad como sombra, aquella que a veces va tras de mí o de los personajes de mis poemas con una hacha roja. La soledad es un bosque inmensurable donde puedes toparte con lobos y gacelas. Hay que aprender a andar por él, y eso no nos enseña nadie más que el vivir, y no lo sabe nadie mejor que la poesía en mi caso.Lo que sucede es que ahora he prolongado mi temática poética en este último tipo de soledad, quizá, entre otros motivos, lo que leo también me influye. Nietzsche decía algo así como que hay que llevar dentro de sí un caos para poder engendrar una estrella rodante. Además en la creación poética tenemos etapas en las cuales nos aferramos a un tema en especial, por diversos motivos. Por ahora me siento súper cómoda hablando de ello, lo cual no significa que ese sea mi único tema.

Ahora, lo que sí es innegable es que hoy más que nunca el hombre es un ser solitario que transita entre una multitud de soledades, es lo que sintió Baudelaire por ejemplo cuando afirmó “Multitud, soledad, términos semejantes”. El uso social nos vende la imagen de independencia, cuando ello es afirmar que no se necesita del otro, porque “independencia” es divergente de “libertad”. La “independencia” genera una mentalidad de autonomía total, casi divina, el hombre es su propio Dios. Anulado el otro entonces, el hombre se convierte cada vez más en un individuo alejado, narcisista, lo que acarrea el detrimento de valores como la misericordia y la solidaridad, la fractura de la verdadera comunicación. Pasamos de ser un emisor con un receptor, a un par de monólogos, cada cual apuntando por su lado. Es innegable que necesitamos de “el otro” por innumerables razones, pero cada vez nos empeñamos en evadirlo más. En este siglo la tecnología ha redoblado fuerzas creando un sin fin de aparatos para comunicarnos más, y sin embargo no sabemos hacerlo, qué tal paradoja. Qué feo, ¿no?, yo no quiero ser parte de ello, yo intento escapar de ello, o encararlo sanamente aunque sea con el arte. Por otro lado, amo la soledad, vivo enamorada de ella, la soledad me ha permitido hacer un montón de cosas, escribir poesía por ejemplo, pintar, viajar o estudiar bastante. Mi soledad en ese aspecto es sagrada.

—Volviendo a la soledad. Es un tema recurrente que aparece en tu poesía, que acecha, que ronda, que amenaza, que siempre está presente y te persigue como en estos versos: “Los libros me enseñaron a romper la razón / en casos de emergencia / la emergencia es esta soledad / corriendo tras de mí con una hacha roja”. ¿Qué libros en especial te enseñaron a romper la razón en casos de emergencia? ¿La soledad es para ti una obsesión?

La primera es una muy buena pregunta. Me la haces e ipso facto se me viene a la memoria Rayuela de Julio Cortázar; se me vienen otros, Demian de Hesse, La muerte en Venecia de Mann, En los extramuros del mundo de Verástegui, las Obras completas de Pessoa, Libertad bajo palabra de Paz, los Cuentos de Ribeyro, Los días pasan como caballos salvajes sobre las colinas de Bukowski, Donde todo termina abre las alas de Varela, Retrato de una dama y otros poemas de Eliot, etc. Pero sobre todo Cortázar, que he leído sus obras desde mi adolescencia y su lúcida locura me ha rescatado de incontables naufragios.

Y la soledad como una obsesión, no tanto así, creo que todos tenemos etapas donde nos sentimos más solos; y quizá lo mejor que pueda hacer en esas etapas sea escribirlas o pintarlas.

—¿Qué relación secreta hay entre tu poesía y la de Alejandra Pizarnik, donde ella pide que su soledad “debería tener alas” y tú pides que escupa tu nombre? Como en estos versos: “Ahora sólo te pido soledad / que raudamente escupas mi nombre / mientras salgo como una polilla / por una de tus mangas”.

Pues ahora dejará de ser un secreto... Nooo, mentira, no hay secreto. Leí todas sus obras, las sigo releyendo, y no me dejo de maravillar, es una de mis poetas preferidas, tiene esa agresividad y elegancia, precisión y limpieza, oscuridad resplandeciente, esa meditación de la palabra sobre sí misma en sus escritos, que me mantienen fiel a ella. La admiro mucho y le tengo un profundo respeto. E independientemente de que yo escriba poesía, pues creo que cualquier persona que se siente sola y lee algo de Pizarnik se va a sentir muy identificada, como me he sentido y me siento a veces. Justamente “La carencia”, que es el título del epígrafe que tomé para “1ª traición a la soledad”, fue un poema que me remeció mucho cuando lo leí por primera vez, es sumamente doloroso y mágico, como un sol negro. Digamos que a ambas nos hilvanó esa emergencia de empacarle sus maletas a la soledad, y embarcarla en el navío del naufragio sin pasaje de retorno.

—“El tiempo no se depila / la soledad se pela mejor con las manos y no somos más que un par de abismos musicalizando / los pétreos huesos de la nada”. Final de poema que me estremece. Quizás la soledad sea para ti un tema de auxilio, con respecto a qué ¿acaso el vacío existencial?

Es válida la soledad como auxilio a contraluz de la soledad como tormento. Hay temporadas en las que siento que todo me ahoga, ¿y qué es lo que hago?, después de poetizarlo, me refugio en mi soledad como luz, y toda excusa puede llegar a ser válida con tal de arribar a esto.

—¿Tú crees que pueda existir una poesía completamente aislada de la realidad concreta? Naciste en Trujillo, y ahora vives en Chimbote, ¿en qué influyen esas realidades en tu poesía?

Es difícil encontrar algo completamente aislado del contexto en donde uno se encuentra viviendo. De Trujillo conservaré siempre un gran estigma, está alternativamente en mis textos aunque de una forma muy disimulada y muy pocos lo noten. La relación con Trujillo siempre estará activa, viajo para allá, camino largas horas por sus calles, visito sus playas cada vez que puedo. Cada ciudad tiene una magia, y Trujillo tiene una incomparable a otra, demasiado especial. Quizá lo sienta tan así porque nací ahí, pero creo que aunque hubiera nacido en otra ciudad, Trujillo igual me atraería enormemente. Acá en Chimbote, el mar es algo que me hala mucho, el mar es como una gran hoja azul llena de poesía, cuando no puedo ir a la playa en mi bici, me doy una escapadita al Malecón Grau para contemplar y escuchar la cadencia de las olas. A pesar de mi apego a estos lugares, es rarísimo encontrar en mis poemas alguna referencia sobre ellos, y eso es porque al momento de escribir es el poema el que termina decidiendo, se nos termina escapando de las manos, toma el timón y escoge la dirección que se le antoje. Me refiero a mis últimos poemas, claro, los que he empezado a escribir después de Euritmia, porque como anteriormente te señalé, ese libro tuvo mucha influencia de afuera, lo que no quiere decir tampoco que haya citado nombres de calles, nada de eso, pero en la mayoría de los poemas se siente la ciudad, el mar.

Si te das cuenta hasta ahora sólo me he ceñido a un aspecto geográfico. Bien, pasando ahora a la realidad social, de todas maneras trastoca, sin pretenderlo se refleja en el poema, la poesía te abre infinitos espacios, te abre los ojos de los ojos, cuando te das cuenta de que el noventa por ciento de lo que te rodea, de lo que transcurre en tu ciudad se resume a la nada, el saber que cada vez existe menos espacio para los sueños, para la valoración de los sentimientos reales y la estirpe del cuervo de Poe nos invade, sumado a ello el cuarto de tragedia que nos toca a cada uno, es terrible. Creo que no sólo acá sucede esto, sucede en todas partes, en algunas es más tangible que en otras naturalmente. La poesía es un exilio, pero también me encara en carne viva con la realidad. Ahora, cuando escribo, es como ponerle orden a ese caos, surge la belleza entre toda esa maraña verbal, y es esa belleza que se logra, lo que al final me salva. Escribir es mejor que ir al médico, una iglesia, hablarse frente al espejo, etc.

Pero existen también veces en los que al momento de escribir no pienso que vivo en algún lado, ni en Trujillo ni acá en Chimbote, ni en ningún otro lugar. Habito el instante de lo que siento, el papel es mi ciudad y en él pueden suceder cosas más asombrosas de las que se ven más allá de las paredes de mi biblioteca.

—¿Por qué y para qué escribes?

Escribo porque me hace experimentar una libertad más allá de la libertad misma, me encuentro, me esfumo, reconcilio lo claroscuro, todo lo puedo, todo lo destruyo o reconstruyo con las palabras, puedo pisar las nubes y la tierra a la misma vez. Escribo porque existen zonas que sólo se descubren escribiendo, porque así lucho contra la marginalidad humana.

Y escribo para vivir, sin poesía no vivo, “vivo” en el verdadero sentido de la palabra, sería un ser doblemente vacío, sin rumbo. La poesía es como si fuera mi sangre, mi templo eterno.

—¿Cuáles son tus preocupaciones políticas e ideológicas?

La exangüe inversión educativa, esa ha sido desde siempre mi preocupación. La educación es fundamental para el desarrollo de un pueblo, tanto intelectual como espiritualmente. La educación, es decir, “la buena educación”, es un arma de defensa a la cual, considero, todos sin distinción debemos acceder. No es extravagante encontrar a gente que no entiende lo que lee. La educación es base, en cuanto menos ignorante es un pueblo, menos podrá ser manipulado por los intereses económicos del Estado. Esta es una realidad muy lamentable, somos un país que está en el último lugar en este aspecto, pasan los años y todo sigue inmutable. En cuanto a la cultura, siento que nos falta identificarnos más con lo nuestro para saber hacia dónde nos dirigimos como país. Y respecto a la literatura, el Estado debería participar con un auténtico compromiso, aunque pensándolo bien, por otro lado es mejor que no se meta con ella, porque si lo hace, la morderá.

—¿Cómo situarías tu poesía con respecto a la poesía actual y con respecto a la anterior?

Eso tendrían que decirlo los críticos, la gente que me lee, que sigue mi poesía. Autodenominarse en ese aspecto corre el riesgo de la parquedad o la exageración. Además creo que tendría que pasar esta década para evaluarlo mucho mejor.

Ahora, lógicamente todo cambio generacional implica un contraste, ahora con la globalización mucho más, el mismo poeta Pablo Guevara en el prólogo de la antología indica que los poetas de hoy venimos con las armas de los globalizados. Lo importante, Leoncio, creo yo, es que la pluma no se adormece, la imaginación y la sensibilidad, el compromiso serio y responsable para con la poesía se siguen aceitando; y ahora más que nunca en los noveles poetas.

—¿Qué te gustaría a ti que se destacara de tu poesía?

No lo sé. Pero si alguien al leer mis poemas encuentra algo rescatable, magnífico; y si les sirve, si contribuye a innovar actitudes, despertar sensibilidad, mucho mejor. Creo que esto último sobre todo es lo ideal para un poeta que publica sus trabajos, cierra el círculo.

—Me dices que vienes preparando un nuevo poemario, ¿me podrías dar un adelanto de qué trata?

Bueno, no es exactamente un poemario, es decir, no sé si lo vaya a ser, parece que sí porque estoy encontrando un nexo fuerte en mis poemas inéditos desde hace un buen tiempo. Como dijo alguna vez Billy Collins, llegado el momento los poemas se buscan solos. Pues bien, parece que estos ya se están empezando a buscar.

Las temáticas que circunvalan mis últimos escritos, como ya te has percatado, son la soledad (como luz-sombra), el vacío, la muerte, el vertiginoso túnel de luminiscencia; pero todo esto alternado con la flora y la fauna; las cuales me han remecido sobremanera en mis últimos viajes a la sierra y la selva. También como otros paisajes naturales que me atraen del extranjero, como el Río Sava en los Alpes Julianos, o el gran lago Victoria en África; y los desiertos. En fin, me fascina la magia de todo elemento creado sin artificios. Hay una sección de poemas cortísimos, y otra con nombres de puentes, justo de esta nómina al que más poemas le voy escribiendo es al Puente Villena, quizá por el magnetismo suicida que tuvo con varios artistas, siempre me tiene extrañada. Abarco también las soledades de otros poetas, artistas y músicos. Sobre todo de éstos últimos, a los cuales les debo la motivación para haber elaborado algunos poemas que aprecio mucho. Y justamente, ya que hablábamos hace unos instantes de Pizarnik, he escrito también poemas en alusión a su soledad que serán incluidos en el libro. Estoy condensando todo esto aquí. Y lo que te comento es sólo una aproximación a lo que estoy elaborando, no sería conveniente por el momento charlar acerca de todos los detalles.

Indudablemente deseo que este libro sea superior al primero, publicar algo inferior no tendría mucho sentido.

—Algo que quisieras decir, al final.

Sí, gracias a ti por la entrevista, y a la gente que le dio o le sigue dando a mis poemas un tiempo en su vida, en su memoria y en su corazón.

 

“Generación del 2000? Muestra de poesía joven”, antologíaPoemas de Denisse Vega Farfán en
Generación del 2000?
Muestra de poesía joven

1ª traición a la soledad

“Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas”.
Alejandra Pizarnik

La verdad me abraza con sus huesos de felpa
yo lanzo mi caña de pescar al negro río del tiempo
y extraigo un pez grandísimo:
es la soledad que emerge de sus aguas turbias
con una despedazada mujer apretada entre sus dientes
una mujer que lleva puesta la sangre como un vestido de encaje
ondeando sus blondas de fuego.

Las voces caminan de largo en las ruinas de lo oscuro
donde habito como una serpiente
pero una de ellas (la más demacrada) se detiene y me susurra:
“Denisse
nadie lavó tus huesos con su sangre
ni desató tus sogas de hielo
se olvidaron de tocar tu campana 12 veces cada noche
para que amanecieras fuera de tu cárcel
de esa hospedería de pasillos y cuartos infinitos
donde Baudelaire y Rimbaud escriben versos
con los aguijones de los alacranes
y el corazón como una casa roja
de solitario cuervo o gorrión
se hunde tras el tsunami”.

Ah soledad
percudido gabán que todos se han puesto
quédate tú!
oliendo el moho de tus calles
intentando cruzar los puentes del desquicio
quédate con los neologismos que le inventaste
al brillo de mis ojos cada día
deja que lleve el amor como una insignia en el pecho
o una hermosa lágrima entre las manos
deja que reconstruya las facciones del ángel
que ya no soy.

Te digo pálida voz
pez que se traga otros peces
que ya no dormiré entre tus barrotes
en esa cárcel donde antes de beberte como cicuta
echaba sus raíces el crepúsculo
porque lo mismo sería hacerlo sobre un suelo húmedo
a la intemperie
con el ruido de los cláxones
y tu filuda voz gravitando en mi cabeza
como una sonaja.

Muchos hijos tuyos he sepultado
y dime: ¿acaso se elevaron al cielo?

Ahora sólo te pido soledad
que raudamente escupas mi nombre
mientras salgo como una polilla
por una de tus mangas.

 

Fusión

Las ideas ejecutan coreografías de ballet
en el magro salón de mi cabeza
mi bolígrafo como una flecha azul se estrella
contra un muro frágil y pálido.
Abro puertas invisibles
merodeo pasadizos sin suelo
y estás aquí
debajo de todo lo que escribo
olfateando con desquicio el olor a tabaco
que despide cada letra
sosteniendo un paraguas donde se resbala el horizonte
tanteando algún utensilio con el cual rascar
la olla de carbón donde quedaron adheridos
los restos de mi alma.

La ternura es un hilo perfectamente bordado
en cada árida región de tu rostro
el volumen de tu risa se balancea en el silencio
y pienso
que bien podría terminar siendo sobre tu piel (si me lo propongo)
una sombra desmesuradamente rosa
o algo parecido a una pieza de Chopin.


saliendo del papel
de este fango blanco con raíces negras
con un quinqué en la boca y un pozo rojo en el pecho
esperando la irradiación   el avepez
el último fruto de mi árbol.

Afuera
el sol aún duerme tapado con periódicos
mientras que tú y yo bailamos atados
por una sola camisa de fuerza
en el ancho renglón de este manicomio
bailando como dos siameses que comparten
el mismo mentón
la misma frente.
Lo que en este momento creemos que es el amor
—tal vez un pájaro de agua atravesando famélicamente
el cielo bermellón de nuestra sangre—
también baila al ritmo de un paisaje de Tilsa
que en mi vientre detona sus colores.

El tiempo no se depila
la soledad se pela mejor con las manos
y no somos más que un par de abismos musicalizando
los pétreos huesos de la nada.

 

Sueño material

Y de repente mis instintos de rodillas
Dibujándome sin armaduras
En medio de un círculo rojo
El útero de la noche arrojó una estrella
Cerca de mi barra
Era un ángel de saco y corbata mirando la sequía
De su quinto vaso de brandy
O un nevado árbol agachado a la altura de mis senos
Con una mirada exiliada
De alguna remota patria celeste
Casi como la mía
Pero yo
Proveniente de una patria muy negra.

En la radiola empezaba a sonar
Una música serenamente torva
Como algo fuera de este siglo
O una jauría de interrogantes (que es idéntico)
Al ritmo de la soledad de sus labios inconfesos
Y de mi secreta manera de desearlo
Así pude ver los rieles del tren
En donde mi alma solía tenderse a escuchar
Cómo agonizaban los sueños aun después
De haber sido enterrados bajo tierra
O recordar
Cómo nunca pudo habitar en otros cuerpos
Cuando mi muerte la escupía.

Faros de ciudades jamás habitadas
Como palabras nunca antes dichas por el corazón
En una pesadilla confusa
Se encendieron bajo mi pecho
“¿Extrañas a tu patria celeste?”
Le pregunté
“Al igual que ustedes somos pájaros
O ratas que comen pájaros”
Me respondió
Mientras le servía el sexto vaso de brandy
Dentro de mi boca.


Emergencias

Sentada
sobre un peldaño de locura
escucho el claxon de un tren
corriendo dentro de mí
a mil por infinito
los libros me enseñaron a romper la razón
en casos de emergencia
la emergencia es esta soledad
corriendo tras de mí con una hacha roja
mi corazón viendo todo detrás
de unas gafas oscuras
el vahído de la tierra atropellando a los viandantes
los viandantes atropellando los dones de la tierra
la mano del tiempo llevando un filudo garrote
flagelándome
como un ciego caballo que me derrumba
el vetusto catre del cielo
donde nada de mí ha de acostarse
la melodía del vacío tan sonora
tan turbia
encarándome
encarando esta voz tan pequeña
como los labios donde derramé
mis primeros cantos
ya no más la infancia rosada
el mundo descalzo que cabía en mis gavetas
el amor navegando como un juguete de goma
no encontraré jamás el archivo
donde guardé mi sonrisa
tan sólo estas vísceras de un aire
que ya no respiro
esta sorda verdad
donde se monta mi corriente
este verbo despeinado
contra las huestes del extravío
vida
vuelve a entrar por mis pies
sin el galope de tu música muerta
vida descósete y vuélvete a hilar
con otros hilos menos profanos
más resistentes
mientras tanto
nostalgia erguida
primitiva incolora mujer
corazón humeante
entre los fresnos de tus pulmones
mientras tanto
pluviales versos escribiéndose
aunque el horizonte y estas horas de concreto
se despeñen.

 

En 19 poetas peruanos. Generación del 2000

Cierta tarde echada sobre el césped

Echada boca arriba sobre el césped veo
Cómo indolentes los días se escriben en la corteza del roble
Y luego se los comen los escarabajos

Abro un libro
Las letras son gusanos que vuelan de las páginas
En forma de negras mariposas
            (Ellas dibujan túneles
            Vidas de ángulos estrechos en el aire)
Ligeramente me inclino para encontrar entre los abetos
El brazo de alguien conocido o ignorado
O el dulce fulgor de una rama nueva
De improviso las manos del sol me maquillan por última vez el dorso
Y la tarde se deshilacha en veloces alfileres de agua
Sobre mis costillas

Del otro lado la ciudad
Es un hormiguero inundado por la lluvia
            Imagino millones de hormigas tomando autobuses
            Encadenando sus cuerpos devastados
            Habitando el abismo de sus pensamientos para guarecerse
Mientras las hojas que abandonan a los tilos
Trovan sobre mi frente sus pálidas canciones
Y les confieso
Que yo también soy otra hoja
Pero caída de un árbol inexistente

Ah
Si por un instante los lirios olvidaran sus raíces
Y caminaran hasta mí
Para derramarse en mis oídos como una música materna
Hasta acá donde sólo mi silencio y los aullidos de lo verde moran
Llegan los olores de la muerte
Como un poderoso excremento del pasado

“Nunca más   no retornes   nunca más”
Maúlla el fantasma de un gato con los ojos de Poe
Que se pierde entre los helechos

Echada sobre el césped escucho claramente
Cómo lloran los pulmones enfermos de la tierra
Mientras dos gorriones picotean las últimas plegarias
Que marzo olvidó recoger de mis bolsillos
Abril viene con un bouquet de sueños imposibles
Temblando entre sus dedos
Y nadie viene a comer los frutos transparentes
Que ruedan por mis pómulos
Nadie viene a arrancar la maleza que oculta al deseo

La vida sigue tosiendo crónicamente dentro de mi boca
Como las plagas carcomiendo al mustio platanal

 

Schumann

Golpeando mansamente el viejo tambor de mi soledad
Le tarareo una pieza de Schumann a una triste muchacha
Que llora apoyada en el roble con los brazos de la muerte
Apretando sus caderas.
Ella no sabe quién fue Robert Schumann
Ni que abandonó la toga
Por criar a la música como un niño endeble
Pero apaciblemente cierra sus pequeños ojos
Descruza sus brazos agujereados
Por las intensas notas del hambre y el invierno
Resbala su cuerpo trasnochado sobre la grama húmeda
Como una gacela herida.

Robert
Veo tus manos aflojándole el corazón
Fuera de sus costillas
Colocarlo en las copas del silencio
Como lo hacías con el tuyo
Te veo inventándole un nuevo nombre
A su vientre agotado
Una gama de infinito
A las facciones de su alma
Y besando
Musicalizando su dolor
Como a las calles de Leipzig.

Yo
—ya de rodillas—
Le toco los labios
Componiéndole con mis dedos una música extraña
            (Inocente jugueteo del misterio con las hebras del amor)
Hasta que ella
Abrazada fuertemente de su centro
Como si de un hijo perdido o
De una carta antigua se tratara
Se queda dormida.

Entonces me alejo satisfecha
Sin voltear
Sin dejar de tararear Estrella
Con cada parte de su sueño dibujado
En las paredes sucias de mis días.

Ya a lo lejos nuevamente escucho
El lamento de la muchacha
Pero ahora como el rumor del ficus
Descubierto por los cuculíes
O los latidos de un hombre ahogado desde hace siglos
Devuelto con vida a la tierra.

Esa tarde
Nadie había entendido jamás su dolor
—Nuestro dolor—
Como Robert Schumann.

 

Abelius

A un personaje de ficción
que alguna vez
destruyó su propia ficción.

Un tropel de días camina desangrándose
Desnuda cabalgo sobre los fragores
De este corazón enfermo
Los personajes de mi libro
Escaparon de su jaula:
Abelius

Yo pensaba que la verdadera música
Sólo brotaba de tus poros
Cuando lo único que brotaba
Era este amor tan indigente
Veo con atención todas las esquinas azules
Por donde doblaron mis sueños
El tablero ensangrentado
Donde la humanidad sigue jugando al sacrificio
Con sus peones de huracán
La felicidad se detiene
Como un pájaro amarillo sobre una antena
Y un hombre
Como tantos personajes de ficción
Que aborrecen lo bello en tus historias
Le dispara una flecha y la mata

Pero yo sigo desbordándome con mis raíces
Desgarrando esta revolución
Que aprendí a crucificar en tu cabeza
Con tan sólo este par de manos
De dragones perdidos
Y esta soledad que sigo colgando a la intemperie
Para que la picoteen los cuervos
Sigo dándole a la gente los buenos días
Las buenas tardes
Y las malas noches
—No me olvido de tus buenos modales—

La mentira no tiene un esqueleto
Que la sostenga
Eres el virus que seguirá causando
Todas mis enfermedades
Aunque hayas muerto
Como murieron en un foso
Mis viejas plegarias a la luna
A los dioses sin cabeza

—Mi más terrible ficción—
Vivirás ahora en esta casa
Que he construido en mi memoria

 

Inédito

Brújula dormida

Se derrumbaron los castillos de seda
Donde el dragón era sólo un cuadro oblicuo
Cubierto con abandono en el fondo de la sala
Ahora el dragón agita su áspera cola
            Su brasa se vuelve oxígeno de mi cuerpo
                                   Y mi cuerpo oxígeno del dolor

Huelo la tarde descompuesta
Que brama en el jardín
Converso con los labios robustos que se abren en el limo
Vocalizando una tóxica dulzura
Y pequeños cipreses derruidos como niños calcinados
Que la inercia descascara de sus rancios vagidos de victoria
Jamás leída    jamás lograda
Contra la oblonga llamarada del dragón

                                           Los prefiero
                                               Su silencio es menos obsceno que la verdad
                                                   Menos tullido que la duda
Yo les hablo
Con agonía de delfín en el río
De mujer ante los pies morados de su hijo muerto
De Nietzsche ante los ojos vaciados del mundo
Mientras el dragón —pródigo de arrecifes—
De soslayo me vigila

Yo converso amistosamente
Con el espasmo que explota y vuelve a nacer en mi corazón
Hasta con el último hongo de la náusea
Mientras él engulle sin mesura
Mares      ciudades
Soleadas plazuelas del tiempo
Puentes hacia la fantasmal sabiduría
Ficciones de un lenguaje mejor hablado
Desde los labios de la emancipación
Dudando si soy
Tan sólo un fantasma
O el trino del amor que aún no se fermenta

Así
Cuando el flamígero colmillo del dragón asoma
Y su abdomen saciado de terror se ahueca aún insatisfecho
Y tan entusiasmado tropieza con mi hedor
Que cree que le brotará fuego helado por las fauces
O las trasquiladas cabezas de todos los veranos
Cuando la luz me sonríe mostrándome
Su dentadura rota
Como si detrás del halo de un amor
Se ocultara un foso
Así
Cuando todo
Todo
Hasta la tersura de mamá en el rubor del escaramujo
Se subvierte
Yo converso con lo que no tiene color
Aroma
Destino
Ni un nombre por el cual llamarlo