“Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño y le dieran una flor,
Como prueba de que había estado allí,
Y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿Entonces qué?”.
Alfredo Bryce Echenique
Reo de nocturnidad
“De la humillación sólo se puede huir ascendiendo”.
Kundera
A Mel y Maité Torres.
Poco tiempo después de nuestra llegada al Café, cuando aún no habíamos roto el hielo, Cupido se acercó a la mesa. Tú no le prestaste atención ni le reconociste. Y no te culpo. Venía de incógnito, sin embargo, yo sabía que era él. Este Cupido tenía un aire más natural y había prescindido del arco y la flecha, quizás pretendiendo parecer un poco más civilizado y moderno. Además de ello, fue muy sensato al no presentarse con su acostumbrada facha pueril como salida de un spot de pañales, porque creo que esa es la razón por la cual muchas personas tienden a pensar que el amor es una inmadurez. Nada de rizos ridículos a lo David Bisbal ni tirabuzones shirlietemplinescos. No señor. Su look estaba remozado y se mostraba en su total esplendor y desnudez, sin caer en lo pornográfico. Apenas estábamos apertrechándonos cuando le vi revoloteando las alas bajo un resquicio de sol, regodeándose en su vuelo, ascendiendo, bajando, dando vueltas entre la luz y la sombra, materializado en la etérea y tornasolada presencia de una mariposa technicolor. Pensé que realizaba ese ejercicio de calentamiento para acercarse a la pareja de la mesa vecina. Probablemente había cumplido su tarea con ellos y sólo estaba poniéndose a punto para su próximo trabajo de amor, me dije. Mi mayor sorpresa fue verlo venir hacia nosotros. En ese instante tus ojos estaban sumidos en el regalo que acababa de entregarte y tus manos ya habían comenzado a quitarle el envoltorio, cual Psique develando a Eros (¿o fue al contrario?). Bueno, lo cierto es que este último ya estaba posado en tu rodilla. De pronto, se me vino a la mente la vez aquella que Chacho, el profesor de lenguaje y comunicación, relató en clase ese infausto capítulo de la mitología griega del cual, a duras penas, sólo recuerdo el desenlace. No tardó en invadirme el temor por protagonizar junto a ti una de esas tragedias como sólo los griegos, inventores del género, sabían hacerlo.
De manera que mientras descubrías el obsequio, me di cuenta de cómo (al tiempo que rasgabas el papel con relativa parsimonia) te ibas envolviendo en un estado de emoción similar al de un niño cuando desnuda su golosina y está presto para hincarle el diente. Al ver a Cupido mariposeando de un lado a otro pensé si la naturaleza le brinda la redención a un insecto que hasta hace poco se arrastraba debido a su condición biológica (del mismo modo como yo me había arrastrado ante alguien, menesteroso de amor) y logra convertirlo en una flor voladora deseada y admirada por muchos, bien podría aspirar por mi propia metamorfosis. No me habría importado la escasa longevidad de estos animales de belleza recién nacida, pero cuyas vidas están al borde de la muerte. Sólo quería dejar de ser Gregorio Samsa II. Pero cómo saber si todos los gusanos optarían a esa oportunidad, seguí pensando. Y si ya había sido seleccionado, en cuál de las fases me encontraba. Quieto, más bien inmóvil, con mi cuerpo fijo en la silla, permanecí durante un rato contemplándote en silencio, como una crisálida aferrada a una hoja, viendo de reojo sin mirar el reflejo del vaivén de la gente, ciego e indolente a lo que ocurría lejos de mi campo visual ocupado enteramente por ti, escuchando las voces externas sin oír, mientras tú terminabas de romper el envoltorio. Mis temores recientes habían quedado entonces tan deshechos como el papel del regalo.
Cada uno de nosotros tenía una sonrisa dibujada en el rostro. La tuya era la más fácil de reconocer; la del retrato de Björk que tenías en tus manos era indefinida, de hecho, muy pronto percibiste la ambigüedad de esa línea horizontal ligeramente oblicua, comparable a la de la Mona Lisa. Por mi parte, reía porque tu risa me había contagiado y porque era como un acto reflejo motivado además por las cosquillas que me producía Cupido por debajo de la mesa, justamente en la mano zurda, autora material del dibujo y agente provocador de ese momento extático, apoteósico. Agité la mano sin que lo advirtieras y en seguida las piruetas de nuestro travieso compañero de mesa te sacaron del arrobamiento, hicieron que te fijaras en su acto de acrobacia ejecutado en nuestro honor y sin petición de ninguno de los dos. Bueno, al menos no directamente. Me abstuve de hacer comentario alguno sobre lo sucedido, evitando que la magia de la estela dejada por Cupido se evaporase rápidamente. A cambio me quedé con el beneficio de la duda, si es que hay algún beneficio en ignorar si tú compartías mi percepción o si, por el contrario, una vez más el cartesianismo (incapaz hasta ahora de hacerte percibir un instante de realismo mágico) se alzaría sobre tu imaginación, exhortándome a que apoyase tu posible punto de vista “ahí estás tú pintado: es sólo una mariposa, coño, ¿no lo ves?”. Quizás sí, quizás no. ¿Cómo saberlo? Con un par de semanas de estar saliendo juntos todavía no podemos sacar conclusiones el uno del otro.
Siempre había pedido recibir una señal para reconocer a la persona a quien deba consagrar mis sentimientos. En una oportunidad leí que el significado de ángel es mensajero y por eso le encomendé a ellos esa misión. Y han cumplido, a su manera, pero lo han hecho. El inconveniente ha sido que los ángeles no traducen sus mensajes, ellos los envían en una especie de lenguaje cifrado, un argot para iniciados y yo todavía soy un tanto analfabeta en ese tema. Hasta la fecha ha habido una constante: en vista de que los querubines han sido representados como seres alados y se ha fijado esa idea en el imaginario colectivo, he optado por asociarlos con cualquier objeto volador identificable. Pero mi vocación poética que algunos han tildado de anacrónica (como si los sentimientos estuvieran sujetos a modas) se ha vuelto exigente. Por eso dejé pasar por alto la vez aquella, la primera de todas, cuando una mosca zumbaba insistentemente en mi oído y luego hacía lo propio en el de mi acompañante. Después de tanto esfuerzo por zafarnos de ella y de su fastidiosa melodía, decidimos dejar nuestra plática para otra ocasión, y por supuesto, en otro lugar lejos de esa plaza infectada de bichos y mendigos. No hubo esa próxima vez, al menos no con esa misma persona. Era mi debut fallido en un encuentro a solas con alguien y pensé que si acababa de conocer a la persona, escucharía campanas al viento, vería palomas al vuelo y demás chorradas típicas de una mente sobrealimentada de romanticismo como la mía. Pero, hazme un favor, se presenta una mosca con ínfulas de violinista y no dudé un instante en mandarla con su música a otra parte. Lo dicho, estos animales donde se paran la cagan y si de paso uno les echa una ayuda y riega la mierda propia se sentirán en ambiente y no habrá manera de deshacerse de ellas.
Cupido, al estilo de su homólogo Proteo, ha encarnado sucesivamente de diversas maneras, ha mudado numerosas pieles, alternando entre la insignificancia de un mosquito o el metálico y ruidoso tránsito de un avión. (Ahora caigo en cuenta que mientras pasábamos por el Museo Aeronáutico, íbamos hablando de cómo suponíamos que debía ser nuestra pareja ideal y la conversación giró durante un largo rato sobre el mismo punto, con escarceos que se desviaron hacia mi decepción amorosa recién estrenada, pensando el método a utilizar para deshacerme de ella y enviarla a su lugar de origen, aceptando tu consejo de resetear el disco duro. Así estuvimos suspendidos un buen rato hasta caer en el abismo del silencio, rescatados seguidamente por una de tus palabras dichas en el momento preciso y con la entonación debida). Una tarde remota en mi mente, que de no ser por este inventario de anécdotas ilustrativas al caso no valdría la pena sacar del olvido, caminaba con otra persona, no muy lejos de allí, del Museo Aeronáutico. Estábamos sentados exactamente en uno de los escalones laterales de la Alcaldía de esta ciudad, mirando hacia el cielo, divagando cada uno por su cuenta, hablando para no sentirnos completamente solos, más solos que cuando no se tiene compañía. Una bandada de pájaros (que inmediatamente mi memoria asociativa relacionó con la película de Hitchcock) volaba alrededor del edificio en construcción ubicado en frente de donde nos encontrábamos esa persona y yo. Era una cantidad considerable de ellos. Le pedí que nos retirásemos de ese sitio en seguida. (“But then this bird just flew away”... canté para mi capote al quedarme a solas). Tenía como referencia los gritos y el colapso nervioso de Tippi Hedren producido por las aves canoras que le amenazaban en el filme y no me parecía agradable pasar por una situación similar. Según una teoría de Mr. Hitchcock, uno desea sentir la emoción del miedo precisamente cuando se siente seguro. En contrapartida, el temor se había adueñado de mí involuntariamente y lo único que faltaba era ver al saboteador de mi felicidad en una de esas rituales apariciones. Esos cameos en los momentos más inoportunos debió haberlos aprendido del mismísimo maestro del suspenso, que de sus cincuenta y tres películas se dedicó un fotograma en treinta y cuatro de ellas. El catecúmeno de Hitchcock casi se acerca a la cifra. Ya he perdido la cuenta, pero está tan manido el recurso que no surte el mismo efecto. Si antes me desequilibraba, ahora me causa gracia.
Sin duda, el destino sí que es un excelente bromista y aunque su humor resulte un tanto patoso, es preferible seguirle la corriente y festejarle los chistes. Sabes a qué me refiero. La tarde del sábado de nuestra segunda cita, no sé si recuerdas haber decidido sentarnos en las mesas al aire libre de aquella panadería, muy cerca de donde hacía casi dos meses atrás, Gaby me daba unos bocados de realidad para que los sumergiera en un café amargo. Mi mente no se está quieta ni siquiera cuando duermo, te lo he dicho y me lo has reprochado pese a que siempre te respondo que pensar es parte de mi trabajo, por eso no me resultó extraño mezclar a Balzac con el mismo líquido que le paliaba el hambre y le estimulaba la creatividad al autor de la Comedia humana. De Balzac pasé a la educación sentimental del maestro Flaubert y la lección que recibiría minutos después de aquel encuentro sería difícil de asimilar (mais a gente aprende, a vida e uma escola, dice una canción brasilera). Representaba para mis adentros una absurda versión de Madame Bovary teniendo a Gaby como único auditorio. Puesto que aún me quedaba suficiente café en la taza (casi ni lo había probado de tan amargo que se le figuraba a mi desazonado paladar), simulaba la escena de la inmolación de la heroína. “En este mundo no hay lugar para la religión ni para el amor, en todo caso, para la simulación”, palabras de Faulkner que se cruzaban por mi mente. A falta de arsénico, alcancé la papeleta sobrante de azúcar, la revolví lentamente, pero, en cambio, opté por sorber hasta la última gota de un golpe, como si fuese un trago de licor. Esa era la máxima exposición de dramatismo que estaba dispuesto a ofrecer ante un amor no correspondido, pero evidentemente no surtió ningún efecto estimulante ni venenoso. De ser posible, le habría aguado el guarapo a Werther, Romeo, Melibea y a los enfants terribles de Cocteau sacrificados por una causa común pero extraña en estos días. Yo seguía allí, frente a Gaby, esperando una respuesta; tratando de entretenerme con ese patético juego premonitorio, y apaciguar de este modo el estrepitoso aterrizaje al valle de la depresión en donde acampé desde ese veinte de marzo hasta el día de nuestro reencuentro, el tuyo y mío. A medida que él me expresaba su decisión yo divagaba más y más, llegando a evocar a Proust, pensando cómo el simple gesto de remojar una magdalena en una taza de té o, por qué no, también pudo ser un café como el que tenía frente a mis ojos, el caso es que esa acción le inspiró a lanzarse a la odisea de buscar el tiempo perdido. Habría querido creer en la posibilidad de recobrar el tiempo pasado entre Gaby y yo, pero sólo un tonto o un desesperado (y yo era ambas cosas en ese momento) hubiese imaginado conseguir su cometido al hacer girar las agujas del reloj al revés. Pedí un mensaje providencial, pero sólo recibí la respuesta de una voz interna que repetía el disco rayado del cuervo de Poe: Nevermore, Nevermore. Todo era cuestión de esperar a que la decepción se sentase junto a mí en una de las dos sillas vacantes, tal y como, en efecto, sucedió. Llegó antes de la cuenta, cancelada raudamente por Gaby, quien no disimuló la prisa por despacharme en la parada para posteriormente ir a encontrarse con el punto a del torcido triángulo dibujado a mano alzada y con pésimo pulso que acababa de ser borrado.
No había terminado de contarte lo sucedido ese día cuando una abeja se dispuso a callarme de plano, obligándome a interrumpir el ritmo y el final de la historia. Al principio nos reímos de su pesada existencia, tan pesada como la lata de Coca Cola que asía entre mis manos, pero no tardó en lograr que nos fuésemos de allí recorriendo el mismo camino de aquel día en cuestión. Como de costumbre, no pude descifrar oportunamente el mensaje de Cupido, es cierto. Pero a cambio de ello, imaginaba. Ya no sentía que partía rumbo al patíbulo siguiendo las huellas de Selma (el personaje interpretado por Björk en Bailando en la oscuridad), ni me acompañaba un verdugo. El vendaje del amor había sido reemplazado por el dolor de una verdad reticente e ineluctable. Y no se trataba de una verdad dura del todo; yo era demasiado débil para aceptarla. Para apaciguar la muerte de un sentimiento, para no convertirla en un acto luctuoso, Gaby intentó enarbolar la bandera de la esperanza al decir que “quizás en el futuro o en otro lugar podríamos unirnos, ser felices juntos”. Será que en ese instante pensaba inventar el amor a partir de la nada con la paciencia de un alquimista o germinarlo en papel periódico remojado cual si se tratase de un puñado de semillas de frijoles. Esa fecha podría darse, por qué no, me decía a mí mismo, a la fracción más estúpida de mi cerebro; pero la otra fracción, la restante, la que se cree muy lista, se despertó del letargo para recordarme sardónicamente sí, tal vez me amaría ese día por la tarde, ad calendas graecas, Nevermore. Pero ya no me dolía ese sábado cuando partía junto a ti a través del camino de ladrillos amarillos rumbo a la tierra de Oz, dejando atrás un pasado yermo. Yo era Dorothy, el hombre de hojalata, el león cobarde o el espantapájaros; era todos ellos al mismo tiempo y sentía que mi felicidad poco a poco también se e x p l a y a b a, se multiplicaba a la máxima potencia.
Anoche nomás tuve un sueño inédito, ambientado en ciertos lugares comunes. Me explico: estoy seguro de que otros antes de mí lo soñaron. Más aun, no deja de ser irónico el hecho de que el Gabo (fíjate en la coincidencia, no sólo en lo referente a mis tantos años de soledad; sino además por sentirme como un bicho raro, pariente del Gregorio Samsa kafkiano, aquel que le permitió descubrir su vena literaria al estilista neogranadino, el tocayo de tu-sabes-quién), haya puesto una miríada de mariposas amarillas batiendo las alas a mi alrededor desde el arranque del sueño, en plena fase de R.E.M. Eran demasiadas y se empeñaban en moverse muy cerca de mí; podía sentir el efluvio desprendido por ellas al posarse sobre mi nariz y por todo mi cuerpo, a tal extremo de producirme una sensación de ahogo y desesperación. Hablaban al unísono, cada una recitaba su inaudita sinfonía discordante, impidiendo que pudiese seguir el hilo del discurso colectivo. De nada valía que las espantase porque se multiplicaban y, si las mandaba a callar, las voces se tornaban menos perceptibles, se perdían en el aire del mismo modo como ocurre en cualquier algarabía. Las oía sin escuchar y esta vez no era por falta de concentración. En vista de que soy zurdo (creo haberlo dicho antes), instintivamente extendí primeramente mi mano izquierda y una mariposa se instaló en ella. Con el dedo índice y el pulgar de la otra mano, le agarré las alas y me la metí a la boca sin saber muy bien por qué lo hacía. Contrario a la lógica propia de la realidad, esa que los sueños son capaces de desafiar, el cuerpo de la mariposa se disolvía lentamente sobre mi lengua como una hostia. Pero a diferencia de ese trozo redondo de pan ázimo ofrecido en la comunión, incoloro e insípido, mis papilas gustativas se habían activado para experimentar un sabor inefable y efervescente. Lejos de saciarme, entre más mariposas engullía más ganas tenía de seguir en la faena. Cuando me quedaba una sola de reserva la dejé hablar. Me dijo:
—Si realmente quieres conservar el regusto unos segundos después de despertar y esperar la sobremesa real y metafísica, más te vale combatir la gula.
—¿Cómo sabré la hora del postre y quién será el anfitrión? —le pregunté seguidamente.
—Yo estaré allí para activar la campana de Pavlov. Pero te advierto: si después de tanto ensayo y error aún no sabes reconocer tus instintos condicionados, estarás perdido. Tan perdido como siempre lo has estado, confundiendo que, sólo hasta hoy, si por fin logras verme, había estado preparando mis maniobras de vuelo. Llevo años espantando sapos que jamás serían príncipes aunque se desgastasen tus labios de tanto besarlos. En su defecto, pudieron salirte ampollas por acercarte más de lo convenido a la lechosa anatomía de esos indeseables con los cuales pensabas involucrarte. Como sé que te adelantarás a defender a alguno de ellos, debo decir que efectivamente hubo excepciones, pero no los advertiste a tiempo; llegaste antes pero te distrajiste en la fiesta y sacaron a bailar al verdadero príncipe mientras te quedabas plantado como una flor de papel tapiz descolorido. Sí, casi siempre te rezagabas. Cuando creías que era tu turno, la fiesta había terminado, te quedabas solo, desierto como el salón donde horas antes hubo música, gente y diversión. En su lugar, las mesas y las sillas borrachas por el alcohol absorbido durante toda la velada, se mostraban burlonas ante ti, o al menos eso creías. Como bien sabes, agua pasada no mueve molino, así que mira hacia adelante, no te pase lo que a Orfeo. Más de una vez te previne en voz baja que bien vale la pena esperar lo justo —ni antes ni después— primero a que ambos despegáramos del suelo, amigo mío, que si bien recuerdo naciste el año de la serpiente según el horóscopo chino. Desde ese día de septiembre del ‘77 cuando me mandaron la titánica y azarosa tarea de velar por ti, empezamos a volvernos indivisibles. Y hace poco, para variar, creyéndote la reencarnación de Quetzalcóatl, te apresuraste cuando ya me faltaban unas pocas lecciones de vuelo. Tánatos te lanzó una añagaza haciéndose pasar por mí y caíste cual inocente pajarito acudiendo a aquella cita. Bien merecidos tienes los golpes que recibiste en la cabezota, uno más entre tantos, mi Million Dollar Baby. Cuando volviste en ti estabas más confundido todavía, sobándote la herida; prometiéndote, prometiéndome tener más cuidado la próxima vez. No querías dar crédito a la maldad de una persona que fingió ser tu amigo, cuando en realidad sólo pretendía abusar de ti y arrebatarte el honor y la dignidad, los pocos tesoros que te quedan. De vainita escapamos de esa, mi errático amigo. Tranquilo, ya pasó, y sé que ambos aprendimos la enésima lección como buenos alumnos que somos. You learn, you learn, Alanis Morissette dixit. Afortunadamente la persona que elegí para ti, la que considero digna de merecerte, posee las cuatro virtudes cardinales de las cuales tú careces y, gracias a ello, ha sabido ser paciente. Hablé demasiado sin decírtelo todo. Sólo necesito unas cuantas horas más de práctica para demostrarte el espectáculo que estoy preparando en secreto desde que me salieron las alas. Ya lo verás. Mientras tanto, mientras siempre, sigue soñando.