La voz de Cucho parecía raspar el auricular con tonos metálicos, sonaba tan distinta a la última vez que Yago la había escuchado, cuatro años antes. Sí compadre, de todas maneras. ¿No tuviste problemas en el aeriopuerto no? Bacán. ¿Saliendo de Lima tampoco? ¿Me trajiste lo que me mandó mi mamá? Te pasaste Yaguito. ¿Donde estás? Ya, mira, tomas la línea cuatro dirección port de cliñancurt. No te preocupes, en el metro está todo bien indicadito. Te bajas en chatelé, ¿dacord? No, no, es una estación del metro. Con té al final, chatelé. Si, ya sé, la té pero así se pronuncia. Ya ahí vas a ver los letreros. Si, allí mismo esperas, a las seis, en el andén de la estación, no te vayas a mover. ¿Yo? No, mira yo no podré ir porque tengo negocios que atender. Pero irá una amiga, una franchuta, ¿dacord? Sí, sí habla español, no te preocupes. Yo ya le he dicho cómo eres. Casaca azul y jeans, ya, de hecho te va a reconocer. Con tu pelo largo y tus anteojos te encontrará fácil, no te preocupes. Ella tiene pelo enrulado, castaño claro, va a estar con, humm, déjame ver, saco de cuero negro, espera Frederique, no, ahora no, con pantalón gris y bufanda. Ya hermano, entonces nos estamos viendo en unas horas. Yaguito tú sabes que aquí puedes contar conmigo y con el Chicharrón, bienvenido a Francia, hermanito. No me agradezcas, qué ocurrencia. Entre amigos estamos para ayudarnos, ¿dacord? Clic.
Sonaba bien, dacord. Ya no era el chévere-pulenta de otros tiempos, parados en la esquina de la parroquia Cristo Salvador, sireando chicas, los ochenta en el barrio de Lince, la cancha de cemento donde los domingos jugaban fulbito en las mañanas y se iban a chupar al Bar Sotil en las tardes. Cucho era el mayor del grupo y goleador del equipo. Apenas corría pero tenía un olfato asesino para colocarse en el área justo donde la pelota iba a quedar muertita, en su pie, sin rivales que impidieran su puntillada letal y ¡gol! Jugaban la casa de a Sol por cabeza con un mínimo de ocho jugadores por equipo, contando suplentes. A veces había tres, cuatro equipos y si ganaban alcanzaba para la cerveza y hasta para pollo a la brasa. Otras iban al chifa y comían hasta hartarse, siempre lo mismo: frejolito chino con chancho, tallarín saltado con gallina, wantán frito, que les servían con una salsa espesa, rojita y agridulce, que rico. Oe Chicharrón, no te pases, ya comiste tus seis wantanes. El chino Alfonso traía porciones de arroz blanco. ¿Aló chaufa pala ti? ta lico ¿no? Era flaco y desgarbado y al sonreír mostraba los huecos de los dientes que le faltaban. Ha ganau seguro ¿no? jo-jo-jo. Se alegraba de sus triunfos, no tanto por interés futbolístico sino porque le llenaban dos mesas domingo por la noche, hora muerta. Ya pe chino, un descuento, si te estamos trayendo negocio. ¡Na! ¡na! ¡Pieldo! ¡Con ustedes pieldo! Ah ya pues, pa que no pieldas nos vamos a la pollería, quédate con tus wantanes y tu kiosko vacío. Ya pe, ta bien pe. Descuento, sienta, sienta. Se iba refunfuñando a la cocina acompañado por el clap-clap de sus chancletas. Pero al final le alegraban la vida. Cocinaba, servía y luego se sentaba a fumar y a escuchar a los muchachos que discutían a los gritos si había sido penal o si el baboso de Maradona la había manoteado fuera del área.
Se habían conocido en el colegio Almirante Guise en la secundaria y desde entonces habían sido inseparables. Cucho había sido el primero en todo, menos en los estudios. Era mayor que los demás por dos años pero lo habían aplazado dos veces consecutivas en primero de media. Conoció a Chicharrón, Yago y Maradona durante la formación en el patio, cantando el himno nacional, una gris y lluviosa mañana de lunes. Aquella tarde después de la salida se sentó con ellos en una banca del parque y les contó con un tonito de superioridad que había fumado mariguana. ¿En serio? los chicos no podían creer. Recién andaban por los trece años. Cucho tenía quince. ¿Me vas a creer o no? Si no para qué te cuento. Los ojos del Chicharrón se abrieron como platos semanas después cuando Cucho les comentó con detalles cómo se había iniciado en el sexo con Elsira, la empleada doméstica de su casa. ¿A la fuerza? Por diosito. ¡Chévere pulenta! Cucho besa la punta de sus dedos juntos, los extiende al aire, sus labios sueltan un chasquido. A la fuerza, pero al final le gustó. Me la chupó también, bien puta es. Oye, pero es fea, medio gorda ¿no? Tas huevón, de cara es fea pero tiene un culazo. Sí, sí, tiene un culazo, yo la he visto en calzón, esa vez que, añadió Maradona. Buenas patas también. Mmm. ¿Pero no apesta? No, es limpia. Es que es de la selva. Las de la sierra son las cochinas. Poco después Maradona y Chicharrón tuvieron su debut con Elsira, cortesía de Cucho, previo pago de cinco soles. Tres veces la di, te lo juro. Calla chancho mentiroso, a ti ni se te para. Oe Maradona, tú que estabas en el cuarto, ¿funcionó el Chicharrón? Nada. Ni cosquillas le hizo. Yo sí, la hice sentir mujer. Oe Cucho, ¿este domingo otra vez? Mis viejos me van a dar propina. Y tú Yago, ¿cuándo vas a debutar? ¿No serás rosquete?
A ninguno se le ocurrió que lo que hacían estaba mal. Era su derecho desfogarse, además, era la empleada ¿no? Y Cucho, cuyo papá no trabajaba, tenía que recursearse. En su casa no le daban propina; cualquier cosa era mejor que estar misio y trabajo no había. Encima estaba rica la Elsira. No era tan vieja, tendría veinte, veintiuno. Le gustaba su pichula además, no lo hacía solo por los dos soles que le daba Cucho. Es verdad, las de la selva son ardientes, ¿no? Claro, les encanta, en Iquitos desde los diez años ya buscan su trocito. Meses después la Elsira salió embarazada —nunca supieron de quién— y la mamá de Cucho la botó. Este imbécil pues, renegaba Cucho, asestando un cocacho de mentira en la cabeza del Chicharrón. Le dije que la saque antes de vaciarse, que la Elsira estaba en su día fértil, pero como es un arrecho se demoró. No, tas loco, la saqué al toque, se la di en los cachetes, te lo juro. Cállate mentiroso. Igual perdía plata, porque contigo no quería la Elsira y tenía que pagarle un sol más. Me debes. Y encima me cagaste el negocio porque la nueva empleada es fea, de lentes y se peina con raya al costado, creo que es senderista.
Terminaron la secundaria. Yago y Maradona ingresaron a la universidad, pero al Chicharrón lo habían shoteado tres veces en el examen de ingreso a la Villareal. Oye, ¿pero tu papá no era del partido aprista? Entre apristas se dan tarjetazos ¿no? Eso te puede ayudar. Si pues, dijo el gordo Chicharrón con un suspiro desalentado. Era aprista de la guardia vieja, pero ya nadie se acuerda de él. Esos conchasumares. Bueno, aceptalo gordo, por ahí no ingresas a la U. Mmmm, tienes que bajar de peso Chicharrón. Pensarán que tienen que darte doble ración en el comedor universitario, por eso no te dejan entrar. Chistoso eres. Pero no se rían mucho que me iré a Francia. Ja, ja, oye dice el Chicharrón que se va a ir a Francia. Sí, a la plaza Francia. No, lo van a exportar al gordo, para hacer paté. Sí, ja, ja, salud. Chicharrón aguantaba las bromas con paciencia. Ya van a ver, me voy a ir.
Hasta que se fue. Lo despidieron en el Sotil. Oye Chicharrón, nunca nos dijiste lo de tu hermana en París. Lo tenías bien guardado, gordo maricón. Sí, ella ya tiene años allá, en verdad no es mi hermana completa, sólo por parte de padre. No, no la conozco, por foto nomás. Sacó su billetera y mostró una foto pequeña, fuera de foco. Oye está buena, ¿no quieres ser mi cuñao? Yo también Chicharrón, tú y yo siempre nos hemos llevado bien. Tas loco, ella tiene treinta años. Aaaah, bueno, un poco mayorcita. Sí, también tiene su compromiso con un francés. Mi papá nunca nos dijo sino recién antes de morir, que teníamos otros hermanos. Gran cachero don Fulgencio. ¡Ssht! ¡Déjalo hablar! Pero ella sabía de nosotros y bien buena, me ha ayudado con el pasaje. Puta, qué lechero Chicharrón, vas a cachar francesas, qué ricas son, las mejores hembras del mundo. No huevón, las dinamarquesas son mejores. Tú que sabes ‘on, ni Chincha conoces. Se sabe pues. Ya cállate. Oye Chicharroncito, tienes que llevarme cuando ya estés parado, con chamba, con tus papeles. Claro, claro. A ver mozo, dos más, bien heladitas. Oigan, Cucho está con el billetón. Y por ser la despedida del Chicharrón voy a reventar la casa, dijo Cucho, mostrando unos paquetitos. Pastel para todos, va por mi cuenta. ¿De verdad, es pasta? No cojudo, queso parmesano es. ¡Cuántos quetes! ¿En eso estás chambeando ahora? Sí pues, tengo que recursearme, pero sólo temporalmente, hasta que encuentre algo mejor.
Remataron la noche fumando pasta básica hasta las seis de la mañana. El Chicharrón acabó en su cama temblando de miedo. Uuuy la paranoica, qué feo, y mis amigos, hasta cuándo no los veré. No los vio por muchos años. En realidad, solo vería a Cucho cuatro años después. Chau gordo, cuídate mucho, escribe. Yago y Maradona se iban, tenían que estudiar para exámenes parciales. El Chicharrón se llenó de lágrimas. Puta, mi amigo, cuídate. Toma, toma tu tabacazo, aspira. Lsssst. Aaah, qué rico. Me tienes que jalar a Francia eh, acuérdate de tu amigo. Sí oye, a mí también. Ya, sí, claro, venga ese abrazo. Adiós Yago, chau Chicharrón, te quiero, gordo. Venga Maradona, te extrañaré compadre. Cucho se alejó con el Chicharrón a seguirla por ahí, más pasta, hasta que no quedara un centavo ni un quete en el bolsillo. Oe Chicharrón, tienes que ser agradecido, mira, hasta el capital nos lo hemos fumado. Voy a tener que pedirle a la señora Pancha que me entregue quetes a cuenta para vender y reponerle. Ta bien Cucho, gracias, sí me voy a acordar de ti. La luz solar empezó a dibujar la silueta de los árboles y las casas de Lince. Lo último que oyó el Chicharrón antes de dormirse fue el rumor de las cuculíes en el parque.
Puta, qué alucinante. Yago se baja del metro en la estación de Saint Michael. Mira asombrado al arcángel de bronce humillando al diablo cachudo de la fuente. No lo puede creer. Estoy en París. Grupos de turistas pasan a su lado, disparando fotos. Debo haber salido en más de veinte. Cartelito verde y blanco: Saint German-des-Pres. Qué loco, ese nombre lo he visto en televisión. Se esperaba una ciudad más moderna, con rascacielos. Si se parecen a los edificios de La Colmena, Lima está en algo, después de todo. Aún está asustadísimo, no son ni tres horas desde que bajó del avión en Charles de Gaulle. El tipo de aduanas lo detuvo y le preguntó un montón de cosas en francés. Ye ne parrle fransuá, si-bu-plé. Sus palabras salieron en un borbotón, las había practicado innumerables veces. El de aduanas le respondió en español, que dominaba a la perfección. Su voz era monótona, profesional y amenazadora. Para qué has venido a la Francia. Este, de visita, tengo unos amigos que me han invitado. En qué trabajas en Perú. Soy estudiante de administración. Cuánto dinero traes. Dos mil dólares. A ver. Aquí están. ¿Tarjeta de crédito? No. Esto qué es. Mi boleta del banco, cuenta de ahorros. Espérate aquí. El tipo se fue con su pasaporte y su boleta a consultar algo. Podía verlo a través de un mamposte de vidrio, gesticulando al teléfono y escudriñando sus papeles. Las rodillas de Yago empezaron a temblar. Puta, por qué se demora tanto este huevón. Me van a deportar. Al volver el aduanero tenía una expresión más suave. Está bien, ándate nomás. Gracias Señor, mersí, mersí.
Ni siquiera le revisaron las maletas. Chessssu, suspiró Yago aliviado. Caminó el largo trecho del terminal en dirección a la parada del tren rápido. Hacia la salida vio un letrero: Bar. Uy, buena voz. Se acercó a la barra y le mostró un billete de cincuenta soles al barista. El algeriano sacudió la cabeza con fastidio. No monsieur, euro solement. Mierda, ya entiendo un poco de francés. ¿Dólar oquei? Oui monsieur, dolar Ok. Yago dejó su carga en el suelo. Jainequen, si bu plé, dijo en su mejor francés. Se tomó una cerveza, una cadena de glo-glo-glós sin interrupción. Se dio su tiempo para terminar la segunda. Minutos después viajaba en el tren rápido en dirección a Paris. A mitad de camino ya podía ver en la distancia la torre Eiffel.
Próxima estación, Châtelet. Yago ya se ha parado desde la estación anterior, nervioso de no poder bajarse a tiempo. No es mosca y no se ha dado cuenta de la palanquita. Se desespera y un negro alto con gorrito rojo y cilíndrico se acerca, empuja la palanquita y la puerta se abre. Mersí, mersí. Sale con hombres de traje y corbata, muchachos negros que hablan a gritos, la señora musulmana que carga una canasta y parece abrumada por las preocupaciones. Le parece estar en Marte. Los sonidos, los olores, todo es tan extraño, tan nuevo. No me imaginaba que había tanto negro. ¿Cómo todos son blancos en las películas francesas? Estuvo un buen rato parado en el andén, viendo entrar y salir pasajeros, los vagones que iban de subida y bajada. Entonces sintió que unos ojos lo examinaban.
Una mujer joven caminaba hacia él con una sonrisa. Era como la había descrito Cucho, pero no se la imaginaba tan piernona y sabrosa. Un poco chata y bien despachadada además. ¿Yago? Hola, yo soy Frederique. Hola, mucho gusto. ¿Me parece o me está coqueteando? Le dio la mano primero, pero ella se la empujó suavemente a un costado y mas bien acercó su cara para el beso, dos, en la Francia se dan dos. Ah, mejor, y donde aprendiste español. En Cusco. ¿Has estado en Perú? Claro, tres veces. No, a Cucho lo conocí aquí en París. Salen a una calle llena de gente, junto a una iglesia enorme. Yago mira fascinado las estructuras del templo. Saint Eustaque se llama, bonita ¿no? Otro día con más tiempo te llevo a conocer París. Mira, tenemos que encontrarnos con Cucho a las nueve y recién son las seis. ¿Quieres tomar algo? Sí, también tengo hambre. Entonces vamos, vamos al café. ¿Te gusta café espresso? Siendo peruano me imagino que lo tomas negro. Sí, claro, en Perú tomamos buen café. Qué mentiroso, café expreso, nunca he probado. Café Kirma, de sobre nomás, con tres de azúcar. No te gustó ¿no? Bueno, la verdad, es muy fuerte, pero sí, está rico. Déjalo, pide otra cosa. ¿No quieres vino? Claro, vino, cerveza, lo que sea con alcohol. Ja, ja, ya sabía. Frederique chupa como hombre y al rato ya está ordenando la segunda botella. No te preocupes, todavía tenemos una hora por lo menos. Al poco rato las manos de ella juegan con las de él, sobre la mesa. Es que eres igualito a un chico que quise mucho en Cusco. Mira, aquí tengo su foto. Yago dice ah, sí, sí se parece, sin mucho entusiasmo. Nada que ver, piensa. Ese es un inca. Lo quería muchísimo, todavía pienso en él. La francesa clava sus ojos caramelo en los de Yago. Te le pareces tanto. Sonríe. Voulez vous... ja ja. ¿Sabes? ¿Y cómo decías que no sabes nada de francés? Ah pues, es que eso lo sabe todo el mundo. ¿No es de la canción también? Después de un rato ya están sentados juntitos uno al otro. Hacia el final de la segunda botella ya se están besando. Salen del café a la calle Sebastopol, abrazados. Tarareando Voulez-Vous, la de ABBA, se encaminan hacia un hotel.
Qué maricón. Qué hijo de puta ese Cucho. Pero es que no me había dicho ni mierda. ¿Y si me metían en cana? Me hubiera podrido en la cárcel, cinco, diez años. Y no me iba a dar nada. Eso de hecho. El agua corre sobre la cara, el cuerpo de Yago. Está tan caliente que siente que le quema la piel. No te quedes muy tarde aquí, le había dicho Frederique, antes de irse. Que pena que ya no te veré. Lo siento, porque me gustas muchísimo. Cuídate. Mejor será te vayas de París unos días, por si acaso. Marseille también es bonito, o Montpellier. Sonrisa y beso. Adiós, mi cusqueño. Guiño. La puerta se cerró. Había pasado los tres días más increíbles de su vida. Desde que se metió al hotel con Frederique y ella se calateó, apenas entraron al cuarto. Qué rica su espalda flaquita, sin grasa, partida en el centro, a lo largo de la columna vertebral. Qué rico cuando se soltó los rulos castaños, que cayeron rebotando sobre sus hombros y sobre sus senos, blancos y gordos, coronados por fresas diminutas. Su sonrisa de dientes perfectos brillaba como la luna. Un hembrón.
Mordió sus nalgas con tanto fervor que ella lo tuvo que calmar, porque ya no era placentero sino doloroso. ¡Oye tú me vas a dejar marcas! Eres tan apasionado como mi chico de Cusco. No te faltan chicas en tu cama seguramente ¿no? Él no respondió, sólo la apretó contra su cuerpo. Le daba vergüenza confesar que era su primera vez. Que el único sexo que había tenido hasta entonces habían sido los pajazos que se había metido durante años pensando en la Elsira clavando con Chicharrón y Maradona. Es que cuando le pidió a Cucho que le dejara tirarse a Elsira él le dijo que no. No jodas Yago, aquí pagas o no cachas. Pero no tengo pues Cucho, por favor, nunca he estado con una chica. Pídele plata a otro, yo no soy tu papá. Además pa qué, si eres maricón. Y así había llegado a los veinticuatro sin haber probado mujer. Pero Frederique no tenía por qué saberlo. Sí —mintió—, tengo una que otra. Ya me imagino, si eres puro fuego.
Después de la pasión se sentaron en la cama a fumar. ¿Y cuál es el encargo de Cucho, esa maleta con rueditas? Esa de allí. La bolsa deportiva es mía. Frederique se levantó, sacó toda la ropa y regalos de la maleta, la volvió a cerrar y la levantó en peso. Pero oye, ¡qué bruto! ¿Cuánto estás trayendo? ¡Aquí por lo menos hay tres kilos! Esta vez no fue necesario mentirle a la francesa. El rostro alelado de Yago fue suficiente para que ella se diese cuenta que él no sabía nada. ¿Qué? ¿No me crees? Ven, pasa tus dedos por acá, debajo del forro, ¿te das cuenta? Con razón me parecía tan pesada. Es que eres muy inocente. Cambiaron de hotel aquella misma noche. Y a la siguiente. Se fueron a uno mucho más caro y elegante. Frederique ordenó comida y champagne que trajeron a la habitación y se pasó casi tres horas haciendo llamadas por teléfono. Bueno cariño, ahora solamente tenemos que esperar. A la mañana siguiente Frederique se despertó con Yago dentro de ella. Mmm. Yago. Mi pequeño inca. Se pasaron horas besándose, acariciándose, haciéndose orgasmear el uno al otro. Hicieron una interrupción para bañarse y volvieron a envolverse en las sábanas. Estaban desnudos sobre la cama, comiendo fruta y roquefort cuando el teléfono sonó. Al terminar de hablar, Frederique tenía un aire de victoria. Se tiró sobre Yago. Mi cariño, ya lo tenemos todo arreglado. ¿La cuarta parte te parece bien? La verdad a mí tu compatriota Cucho nunca me gustó. Miró el reloj sobre la mesa de noche y le dio un besito en la nariz. Yago, todavía tenemos un tiempito antes de recoger el dinero. Lo miró, con una sonrisa pícara. ¿Vienes a la tina?
Nunca olvidaría esos tres días. Y no olvidaría a Frederique. ¿A dónde se iría? Estaba seguro que no le había dado ni la sexta parte, pero igual, ¿qué hubiera hecho él con tres kilos de cocaína en París? Lo hubieran matado o metido preso. Y ni cagando se los daba a ese hijo de perra de Cucho. Salió de la ducha y no se preocupó en secarse. Empapó el piso del baño. El espejo estaba todo empañado. Lo limpió con una toalla de cara y comenzó a afeitarse. Se miró en el espejo y disfrutó de su nuevo corte de pelo, todo para adelante. Se miró de medio lado y no pudo evitar sonreír de satisfacción. Parezco un francés, pensó.
Hacía frío y empezaba a llover. Día gris, clima de mierda. Pero no estaba mal ¿no? Estaba en París, después de todo. Ya una semana. Abrió el paraguas y siguió caminando por las callejas empedradas del centro. Vio un mostrador bien iluminado, lleno de mariscos y carnes rojas en la puerta de un restaurán y se metió. Para calentarse pidió una boullabaisse. Igualito a una parihuela, qué rico. De plato principal le señaló al mozo lo que comía un señor en la mesa de a lado. Confit de Canard, Monsieur? le preguntó el mozo. Ui, ui, atropelló Yago: canar. Y también vin. Miró al mozo y levantó las cejas. Vin. ¿Comprende? Alzó con la mano un vaso imaginario que vació en su boca de un huaracazo. ¿Comprende? Mais oui monsieur, vin. Bordeaux? Yago lo miró, perplejo. ¿Bogdú? Qué será eso. Algo bueno tiene que ser. Ui, ui, bogdú. El mozo puso su índice sobre una línea de la carta de vinos. St. Emilion. Grand Cru. 1997. Ochenta y dos euros. Puta, que careros. Ui, ui, emilión. Calculó que esa comida le iba a salir como doscientos euros. Pero qué importa. Todavía le quedan treinta mil. Y hay tanto para hacer y probar en París. Pero eso sí, ni se asoma por Châtelet. No vaya a ser que se encuentre con Cucho.