Editorial
La Biblioteca Digital Mundial y la digitalización de la cultura

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En días pasados fue anunciado el proyecto de la Biblioteca Digital Mundial, que pretende poner a disposición de los usuarios de Internet buena parte de la cultura de la humanidad —o, al menos, la que pertenece al dominio público— en la forma no sólo de texto, sino además de mapas, grabaciones musicales, películas, fotografías y otros materiales. Se trata de un ambicioso registro cultural que, según promete su presentación, no estará limitado por asuntos tales como el idioma o la geografía.

El proyecto arranca con un convenio suscrito entre la Unesco y seis grandes bibliotecas del mundo: de Egipto, la Biblioteca Alexandrina y la Biblioteca y Archivo Nacional; de Estados Unidos, la Biblioteca del Congreso; de Brasil, la Biblioteca Nacional y, de Rusia, la Biblioteca Nacional y la Biblioteca Estatal. Al igual que ha ocurrido con ideas anteriores que van por los mismos rumbos, es notoria la ausencia de instituciones análogas de Latinoamérica, que podrían ofrecer al mundo directamente, sin filtros, la abigarrada riqueza cultural de nuestros pueblos. Pero es sabido que, por estos lares —que los discursos oficiales no dudan en alabar, definiéndonos como países que aún están construyéndose, cuando más bien pareciera que están destruyéndose en manos del animal político—, los recursos no salen con facilidad de los bolsillos de los burócratas.

Es significativo, de cualquier forma, que el proyecto se anuncia como una iniciativa que tiene entre sus objetivos promover el conocimiento y el entendimiento intercultural internacional, y expandir en Internet el volumen disponible de información en idiomas distintos al inglés y provenientes de culturas distintas a la occidental. Ello, y la posibilidad de que se adhieran al proyecto instituciones públicas o privadas que tengan acceso a colecciones de información que puedan ser ofrecidas gratuitamente a los usuarios de la biblioteca —tras demostrar, por otro lado, que disponen de las herramientas tecnológicas para propiciar tal integración—, hacen de esta una propuesta más que interesante.

Es cierto que se trata de la enésima idea que gira en torno a la digitalización de la cultura. La Biblioteca Digital Mundial es una propuesta de James Billington, bibliotecario del Congreso de Estados Unidos, presentada por primera vez a la Unesco en el año 2005, justo cuando se empezaba a gestar la por nosotros llamada “guerra de los libros” que daría paso al nacimiento de la Open Content Alliance (OCA) entre otras iniciativas similares que intentaban recuperar territorios ganados por la maquinaria digitalizadora de Google.

Sin embargo, consideramos que la sola existencia de proyectos como estos ya es un motivo para el optimismo. Por ahora estas iniciativas tienen una apariencia un tanto dispersa y lucen como esfuerzos parcelados o redundantes, pero creemos que es importante que esta fase sea desarrollada tanto como sea necesario para que maduren los procedimientos con los que traduciremos nuestra cultura al más maleable y productivo entorno digital. No es utópico suponer que a mediano plazo estas ideas, cual piezas que se complementen unas con otras, terminen armando el gran rompecabezas de la cultura universal. Un rompecabezas que más temprano que tarde estará en manos del público.