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Origami para principiantes

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Sobre el escritorio al lado de la computadora colocó la figura de un pájaro en origami. En los dobleces del papel no se podía percibir los papeles que antecedieron, como intentos absurdos y equivocados, tratando de cobrar vida en las manos del principiante del origami. Quizás en lo arrugado del pico, en lo manoseado de las alas se podía intuir un cierto desgaste del papel, si se miraba muy de cerca con la ayuda de una lupa o gafas con bastante aumento. Pero una persona distraída y con poco interés no se daría cuenta de que aquel pajarito de papel era el último, o mejor dicho el primer y único sobreviviente de una larga cadena de papeles mal doblados, que llegaron a ser meras bolas arrugadas en el fondo del bote de basura. Las noches no fueron pocas, los desvelos y la preocupación fueron más, pero finalmente cada doblez quedó en su sitio y dieron un pájaro geométrico, lleno de ángulos, producto de un diagrama, pero pájaro al fin. No se sabía qué clase, familia o país de origen, pero la forma triangular del pico y lo casi rectangular y puntiagudo de las alas, apuntaban a que aquello era pájaro, sin duda alguna, y no pez, reptil, mamífero, insecto o flor. La mano no bien dejó la pequeña figura cuando el temblor de los dedos dejó el disimulo y la frente del hombre babeó puntos de sudor. Volteó la cabeza en todas direcciones y el conserje no lo vio. Al fin, después de todo, la impresionaría, llamaría su atención y probablemente a la hora del cigarrillo de las dos y media de la tarde, ella le permitiría invitarla a un café.

Salió de la oficina revisando en su mente cada uno de los pasos del plan que había preparado para dejarle el detalle de papel. Primero, esperar que todos salieran de la oficina; segundo, disimular que estaba trabajando en algo atrasado e importante; tercero, velar que el empleado de limpieza estuviera lejos del cubículo de ella; cuarto (a), sacar el pajarito de papel sin que se rompiera o lastimara alguno de los lados; cuarto (b), escribir con cuidado su nombre en alguna de las alas, tal vez en la derecha o en ambas dividiendo el código de área en una y el resto de los dígitos en otra; quinto, acercarse al escritorio de ella cuando el empleado estuviera sacando la basura; sexto, colocar el origami al lado del teclado de la computadora, con el triángulo del pico en dirección de la taza de café vacía; séptimo (a), regresar a su escritorio; séptimo (b) quejarse del trabajo; séptimo (c) procurar que el empleado de la limpieza escuche la queja; octavo (a), bostezar; octavo (b) intercambiar algunas palabras con el ya mencionado empleado; noveno (a), en la conversación dar señales de cansancio; noveno (b) comenzar a recoger para salir; décimo, salir de la oficina y repasar los pasos anteriores del plan incluyendo el décimo.

Esa noche, llegó a su apartamento para prepararse su comida congelada en el microondas. Comió sin gran entusiasmo sentado en la sala con el televisor apagado. Luego del baño abrió una botella de carménère cosecha 2003, se sirvió en una copa manchada por sus propios dedos y comenzó a beber. No es que él sea un conocedor de vinos, pero la ganó junto con una canasta que incluía quesos y frutas, en un sorteo que hicieron en la oficina en la fiesta anual de Navidad. Se bajó poco más de media botella sin saber de degustación, aromas o cepas, solamente tuvo deseos de beber y bebió hasta que el cansancio y el sabor del vino le abrumaron los ojos y entendió que tenía que acostarse. En la cama cuando restaban algunos segundos antes de cerrar por completo los párpados y entregarse al sueño a todas sus anchas, llegó a su mente la imagen del instante en que colocó el pajarito de papel sobre el escritorio. ¡Mierda! Fue lo próximo que dijo. Volvió a recrear en su mente la serie de sus movimientos al menos cuatro veces más y cada vez se hacía más claro, más evidente el error cometido. ¿Cómo pude fallar después de tanto tiempo planificando los pasos, de practicar los gestos? Perdería, tal vez, la oportunidad de su vida. Entonces como si su mente tratara de rebelarse en contra de él, apareció en sus oídos la conversación que casualmente oyó en el cuarto de las fotocopias, cuando ella le comentaba a una amiga lo maravillada que quedó por la pequeña exhibición de origami del periodo del Shogunato Tokugawa en el museo del centro. Hablaron sobre las manos de aquellos magos y artistas del papel, sobre la paciencia y la dedicación que se requería para los dobleces. También comentaron algo del tiempo libre que debieron haber tenido para hacer todas las figuritas. Pensó y tuvo la idea de comprar un libro sobre origami para principiantes, hacer alguna de las figuras y regalársela a ella para conseguir un poco de su atención, y ¿por qué no?... una cita aunque fuera un café.

La mano se alejó de las alas de papel, pero los ojos, posiblemente por los nervios, por el empleado, no se percataron de que las manos habían colocado el pájaro sin haberle escrito el número telefónico, sólo su nombre. Ya era demasiado tarde para regresar a la oficina, cualquier excusa que diera al guardia de la entrada sería motivo de sospecha. No podía creer que hubiera cometido tal estupidez. Los deseos de dormir desaparecieron, el origami aparecía en su mente riéndose, aleteando sobre su cabeza diciéndole lo inútil que fue, lo idiota. Necesitaba descansar; ya mañana solucionaría el problema. Quizás ella se daría cuenta y entendería todo el mensaje, pero... ¿y si no? No era posible continuar de este modo. Fue al baño y en el botiquín buscó unas pastillas para dormir y colocando la boca en el grifo del lavamanos se tragó tres. Regresó a su cama y después de quince minutos los párpados comenzaron una vez más a juntarse para llamar a gritos las uñas sucias y roídas de Morfeo. No sabe cuándo en la noche sintió un aire frío que le tocaba la cara y despertó, aún con el sueño entre los dientes, y notó que su ombligo estaba expulsando aire. Se pasó los dedos y sintió el aire rozarle suavemente la piel. Tuvo la sensación de que se hacía más liviano. —Creo que me estoy vaciando —pensó por un instante, pero lo dio por un sueño, cerró los ojos, se acomodó debajo de la sábana y continuó durmiendo.

Estaba soñando con algo de su infancia, cuando su cuerpo entendió que pronto tenía que despertar para ir a la oficina. Trató de abrir los ojos y no pudo. Los brazos, aunque los sentía por completo livianos, no los podía mover. El sueño desapareció; despierto con los ojos cerrados y sin poder mover su cuerpo, no sabía qué hacer. Pensó en el historial médico de su familia: una tía con epilepsia, una abuela y el padrino con diabetes y asma, un primo lejano con osteoporosis, un hermano con gonorrea y un sobrinito con piojos. Pero nada de parálisis o cosa que se pareciera. Entonces trató de concentrar todas sus fuerzas para abrir los ojos y nada resultó. Decidió después de mil intentos y pensamientos no hacer nada y esperar que así como apareció aquel ataque de parálisis así mismo desapareciera.

Sin percatarse cómo, comenzó a ver por el ojo derecho, aunque lo único que podía ver era la punta de un bolígrafo azul. Creyó por un instante que era algún tipo de visión, sueño o síntoma propio de la parálisis. Pero de repente dejó de ver el bolígrafo y apareció en el ojo izquierdo. Con los párpados arriba intentó de ver más allá pero todo se veía demasiado borroso. Entre tanta claridad todavía podía percibir la silueta oscura de la punta del bolígrafo como la sombra que se queda cuando se mira directo al sol. La vista no se acostumbraba a ver después de tantas horas. Ahora el problema (como si la parálisis no fuera suficiente) era que no podía parpadear. Por más que empujaba los párpados no se cerraban, forzaba todos los músculos de la cara sin lograr ningún resultado. En uno de esos intentos la vista se acostumbró a la cantidad de luz y pudo observar las manos de ella sosteniendo entre los dedos el bolígrafo azul. Con la otra mano se llevaba la taza de café humeante a la boca. Y con los ojos perdidos en todas las direcciones vio el teclado de la computadora, el resto de los cubículos, la puerta del cuarto de fotocopias, su escritorio vacío y una vez más el rostro de ella.

Una amiga se acercó a ella y comenzaron a hablar. Él, mirándole la boca, creyó entender algo parecido a su nombre, pero su habilidad para leer labios era muy limitada por no decir inexistente. Ella lo tomó entre las manos, riéndose a todo dar cuando pasó delante del monitor, él con el ojo izquierdo, se dio cuenta que tenía pico y alas de papel. Con frustración y mirando rápidamente su ala confirmó que había olvidado escribir su número telefónico. Entonces ella lo tomó entre ambas manos y comenzó a convertir el pájaro en una bolita de papel arrugado. Después de varios movimientos circulares con las palmas de la mano las líneas y la geometría se contorsionaron en estrujadas insinuaciones esféricas y lo arrojó al bote de basura. Las alas dejaron de ser alas para mezclarse con el pico y el resto de la anatomía; uno de los ojos quedó casi al descubierto detrás de un doblez defectuoso. Así logró ver cómo la amiga se despidió para hacer sus cosas, ella regresó a trabajar con la computadora y él no pudo cerrar el ojo.