Sala de ensayo
Dos miradas venezolanas a la Nueva York del siglo XX

Puente de Brooklyn. Foto: Brett Weston (1943-45)

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El lenguaje tiene una multiplicidad de funciones. Según sea el medio a través del cual se exprese y el contexto en el que se produzca, las mismas tendrán mayor o menor efectividad. En relación con sus funciones civilizadoras o nacionalistas o sociológicas, por ejemplo, en la vida civil de Hispanoamérica ha habido una preeminencia moral o ascendencia del ensayo, una fe en los alfabetizados de discurso directo, en comparación con lo que ha ocurrido en la cultura europea, donde las fundaciones han provenido de la literatura de ficción, las novelas y los poemas épicos, de acuerdo con la opinión de Miguel Ángel Campos (2007). Una de las explicaciones para este hecho puede ser su énfasis en la racionalidad: las imágenes del ensayo buscan la racionalización, dice Oscar Rodríguez Ortiz (1998).

Sin embargo, la narrativa es tan potente como el ensayo —o más, si se quiere— para producir cambios en el lector. Al estimular la afectividad (aunque hay obras que implican discursos didácticos, moralizantes, ejemplarizantes, como muchas novelas y cuentos del siglo XIX), al no expresarse directamente, al utilizar ciertos recursos, etc., ella puede penetrar más profundamente en el subconsciente y, por tanto, estimular, crear, reforzar o modificar en el receptor la conciencia de nacionalidad o identidad o civilidad. Atiendo así a la función social de la literatura que atribuye a ésta no sólo el divertimento, lo lúdico (reconozco, por supuesto, que el ensayo es literatura), y me fundamento en las ideas de Francisco Javier Pérez atinentes al discurso de la ilusión. Su cita de La historia continúa de GeorgeDuby resulta clave porque apoya mi creencia: “Por eso es por lo que ahora le presto más atención a las narraciones, por muy fantasmagóricas que sean, que a las referencias objetivas, descarnadas, que se pueden encontrar en los archivos” (s.f.: 82).

Que el ensayo venezolano sea también superior a la escritura europea en esas funciones, como afirma también Campos (2007), me sorprende gratamente. Mi reacción está sin duda condicionada por una formación de pregrado que se nutrió sustancialmente de los hallazgos y de las teorías científicas foráneas, como si nuestras escuelas de psicología no fueran capaces (al menos varios años atrás) de producir conocimiento. Por ello me habitué a esperar el maná del cielo de los otros países y no de los surcos de mi propia tierra. Estrechamente relacionado con este hecho, me descubro partícipe de cierta actitud negativa de los venezolanos que no sólo no privilegia sino que hasta subestima lo nacional.

“Mayo 1940” (en Europa-América, 1947) y “Ciudad de nadie” (en La ciudad de nadie: El otoño en Europa; un turista en el Cercano Oriente, 1960), ensayos de Mariano Picón Salas y de Arturo Úslar Pietri, respectivamente, escritos en 1940 el primero y en 1950 el segundo,responden de cierta manera a las inquietudes que he confesado en las líneas precedentes. Por un lado, esos textos tienen mucho de narratividad, a mi manera de ver. Por otro lado, me resulta llamativo que dos ilustres escritores venezolanos (que además se tenían cierta antipatía, según afirma Rodríguez Ortiz) coincidieran en un interés por la “nuevayorkidad”. (Y no digo americanidad porque esta cualidad se le atribuye a los Estados Unidos como si el resto de nuestros países no fueran también americanos). ¿Responderá ello al espíritu de la época?

Mariano Picón Salas fue un consecuente viajero. Uno de sus destinos fue Santiago de Chile, donde se radicó luego de huir de la dictadura gomecista. En 1939 viajó a los Estados Unidos para asistir a la Feria Mundial de Nueva York. Como funcionario del gobierno, Arturo Úslar Pietri sufrió exilio luego de que Medina Angarita fuera expulsado del poder por un golpe de Estado. Entonces se dirigió a la ciudad de Nueva York donde vivió durante cinco años. Sobre sus vivencias en esa ciudad, a la distancia del país —elegida una, forzada la otra— fue que escribieron los ensayos que hemos seleccionado.

Ya en los años 40 (y hasta los 60) el ensayo venezolano había abandonado su énfasis en la tradición. En su texto Cosmopolitismo y tradición (s.f.) y en sus clases de Ensayo venezolano (2007), Campos nos ha permitido reconocer las marcas del ensayo tradicional. El reducido radio de su alcance, el acentuado provincianismo, el aislamiento del resto de Hispanoamérica, su tendencia positivista, el interés consagrado a lo doméstico, la temática endógena, la exclusiva valoración de la tierra y de la patria chica, serían algunas de sus señas particulares. En fin, la exaltación de lo que se ha dado en llamar el color local, y que a mí me gusta denominar el sabor local o el olor local o el gusto local, hasta la audición local, porque siento que se hace justicia a otras perspectivas de percepción.

El llamado cosmopolitismo, en el cual se insertan “Mayo 1940” y “Ciudad de nadie”, deviene contrario a la tradición. Si lo comparamos con el ensayo tradicional, podemos precisar algunos de sus rasgos: la amplitud de su alcance, el reducido provincianismo, la vinculación con el resto de Hispanoamérica, su tendencia modernista, el poco interés consagrado a lo doméstico, la temática exógena, la limitada valoración de la tierra y de la patria chica, entre otros. En otras palabras, el realce del color y el olor y el sabor y el gusto y la audición universales. ¿Significa esto desatender la reflexión sobre la venezolanidad? No necesariamente, significa redimensionarla y abordarla sobre la base de otros marcos de referencia. Resumo seguidamente el contenido de los ensayos de Picón Salas y de Úslar Pietri antes de dibujar lo que creo puede ser una apreciación de la venezolanidad, con base en las percepciones de una ciudad foránea.

Mariano Picón Salas“Mayo 1940” es un texto muy breve donde el autor, empleando un lenguaje lírico, pleno de metáforas y comparaciones, profusión de adjetivos y sugestivas imágenes, se refiere favorablemente a la ciudad de Nueva York y a los Estados Unidos, de una manera que puede resumirse en su frase: “Es el escenario de mayor dimensión, más pululante y audaz que haya conocido el mundo moderno” (Picón Salas, 1947:414). La civilización norteamericana —pacífica, madura, pródiga en bienes materiales, en espectáculos— representa una poética, un estilo de vida yanqui. La fastuosa arquitectura de la ciudad y su idioma ágil y flexible, fueron construidos a la medida de una naturaleza ancha y generosa. Es una ciudad hecha para dominar al mundo, hermosa, actualizada en todas las áreas del quehacer humano. Por ser receptor de múltiples etnias, ese país es como una enorme olla de la humanidad. Abraham Lincoln es el mejor arquitecto moral, distinto a los procónsules romanos que inspiraron a Maquiavelo y a Mussolini. La filosofía de Lincoln es la de la civilización yanqui: el servicio social y la libertad en todos los ámbitos. En cuanto a los ciudadanos o los antihéroes, actúan para la satisfacción de sus necesidades cotidianas y desean tener libertad de conciencia. La democracia es la mejor forma de gobierno a pesar de sus deficiencias y la dictadura es grandemente criticable.

El autor menciona los contrastes entre las dramáticas noticias que llegan de Europa (la Segunda Guerra Mundial) y la discusión intelectual que sostienen los asistentes a la feria. Se pregunta si ello no será una suerte de distracción mientras llegan las fuerzas destructivas de la cultura y se establecen por la fuerza. Por otra parte, los sueños de perfectibilidad y de progreso indefinido del país contrastan con la realidad patética de las noticias sobre la guerra. Como corolario, el deseo de América: paz, comprensión entre los pensadores, diplomacia de los pueblos y no de los políticos, la búsqueda de la felicidad y de la libertad. Finalmente, el autor pasa del abordaje de lo sociológico al planteamiento de asuntos de índole psicológica. Ante tanto progreso, ante tanto dolor por los desafueros del mundo, emerge la angustia existencial por su propio destino personal, la preocupación por la disolución de lo individual en aras de lo colectivo y el deseo de trascendencia que es inherente al ser humano.

Arturo Úslar Pietri“Ciudad de nadie”, obra de más largo aliento que la anterior, comparte con ésta el valor estético, la factura preciosista, en un discurso vibrante, sensible, conmovedor. Al inicio, cuando asistimos a la fundación de la ciudad, nos dice:

El nacimiento de una ciudad universal que a nada se parece, que va a ser independiente de los seres que la pueblan y que va a crear formas de vida que no parecen corresponder a la dimensión ni al ritmo del hombre (Úslar Pietri, 1960:12).

Presenciamos también su crecimiento y los cambios suscitados por efecto de las guerras mundiales: la inmigración, el crecimiento de la población, la irrupción del modernismo, la explosión en el crecimiento de los espectáculos y de los medios de comunicación, el desarrollo de la arquitectura, en fin, la trepidación de la ciudad. En cuanto a los pobladores, se destacan la uniformidad y el parecido que tienen entre sí y la riqueza y el poder material en manos de unos pocos. Se trata de un tipo humano que se parece más al hombre que a la mujer. Son personas extrañas que impresionan por la soledad, pobre y estéril, en que viven y actúan: son enfermos de soledad. Los hombres son ensimismados: “Son los amos de un mundo cuyo botín se resuelve en cifras” (p. 33). No tienen ni el gusto ni el arte de la comida, se alimentan de una forma somera, desabrida y rápida porque el comer no forma parte armoniosa de su existencia. No conocen la sobremesa, apenas acaban de comer se levantan para hacer otras cosas o las hacen mientras comen. Serán gente incompleta, no aclimatada en su tierra, mientras no haya una cocina y un licor propios. En el arte de la publicidad se expresa su sensibilidad, en la que habla una cultura que nace de la confluencia de razas y de pensamiento humano. Vendidos al tiempo, se les genera un ansia de vivir sin sosiego. Ríen fácilmente y con espontaneidad pero no lloran la muerte, es una ciudad sin duelos. Todos están de paso en Nueva York, vienen a buscar y a dejar algo. Todos se van y esperan irse, nadie quiere pertenecer a la ciudad. Es una ciudad de nadie, sin raíz humana ni intimidad.

Para sintetizar, los rasgos de “Mayo 1940” y “Ciudad de nadie” son propios de la etapa del cosmopolitismo en el ensayo, esto es, responden al espíritu de una época que ha agotado lo tradicional. El primero es una suerte de apología sobre Nueva York: cualquier ciudad con la que se le quiera comparar queda muy mal parada. El segundo constituye un tratado de la psicología social de esa ciudad, ultramoderna y deshumanizada, en el que se hace alusión tanto a lo favorable como a lo desfavorable. Excepto dos breves menciones en “Ciudad de nadie” (a la comida y la bebida), no apreciamos nada relativo a lo hispanoamericano y mucho menos a lo venezolano en ninguna de las dos obras. Sin embargo, una como melancolía, una como ironía y cierta crítica feroz, deambulan por los caminos trazados por las palabras —las que se dicen y las que no se dicen— y nos permiten, por contraste, mirar y saborear y oler y escuchar a nuestro país, al menos al país de la década que transcurre entre 1940 y 1950.

Picón Salas parece echar de menos un gobierno democrático, muy distinto a una experiencia venezolana que se traducía en gobiernos militares, individuales y reunidos en juntas (por ejemplo, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita y la Junta Militar de Gobierno), y en golpes de Estado (a Isaías Medina Angarita y a Rómulo Gallegos) que ocurrieron en el país alrededor del contexto de producción de ambos textos. Aun cuando se intentaba edificar una democracia sólida, la inestabilidad política conspiraba contra ello y contra las condiciones propicias para el desarrollo económico y social del país. La deseada libertad sólo parecía un ideal difícil de alcanzar. De manera que la civilización pacífica, madura, pródiga en bienes materiales —que observa Picón Salas en Nueva York y en los Estados Unidos— dista mucho de ser lo que era nuestro país de entonces. Aunque nuestra arquitectura no era fastuosa como la estadounidense, alrededor de los 40 comienzan a aparecer muestras arquitectónicas modernas de alta calidad, como por ejemplo la Ciudad Universitaria de Caracas. En el plano literario y cultural había un desarrollo importante. Sin embargo, no parecíamos una ciudad hecha para dominar al mundo (Nueva York lo era y en ese sentido resultó ser una profecía). En suma, con mucha razón el autor sentía desesperanza, no sólo por él mismo, sino por el destino de Venezuela.

Al igual que en los Estados Unidos, la población venezolana (producto de un fuerte mestizaje entre la población indígena, la afrodescendiente y la española) recibe —a finales de los 40— una importante inmigración de origen español, italiano y portugués, sólo que la misma sí se integra al país, habla su idioma y comparte con él su savia cultural. Pero el venezolano, a diferencia de los habitantes de la potencia del norte, según los presenta Úslar Pietri, no es un ser enfermo de soledad. Muy por el contrario, es un ser gregario y comunicativo, que concede gran valor a la alimentación (tenemos una reconocida gastronomía), que sí disfruta de la sobremesa, que acostumbra cumplir ciertos compromisos sociales en el contexto de un almuerzo de negocios, una cena de navidad, una merienda de cumpleaños. De buen carácter, con gran sentido del humor, ríe fácilmente y con espontaneidad, pero también llora a sus muertos. Caracas, la capital, y las demás ciudades del país, son ciudades de la gente y para la gente, con raíz humana e intimidad, con sentido de pertenencia.

En fin, me he atrevido a esbozar un perfil de la venezolanidad con base en lo que de una ciudad extranjera percibieron Mariano Picón Salas y Arturo Úslar Pietri. La Caracas de esa época y el resto de las ciudades venezolanas están muy lejos de ser la Nueva York de mediados del siglo XX que se presenta ante nuestros sentidos. Nos parecemos en varias de las facetas positivas y carecemos de algunos de sus aspectos negativos, por fortuna, pero no poseemos muchos de sus rasgos positivos, lamentablemente. Finalmente, una pregunta resulta obligatoria: ¿podría decirse lo mismo de la Venezuela actual? ¿O mi apreciación sólo es aplicable a la Venezuela de aquella época? Estas interrogantes merecen una consideración ulterior.

 

Referencias

  1. Campos, Miguel Ángel (s.f.). Cosmopolitismo y tradición. Trabajo no publicado.
    (2007). Ensayo venezolano. Asignatura dictada en la Maestría en Literatura Venezolana. Caracas: Universidad Central de Venezuela.
  2. Pérez, Francisco Javier (s.f.). Lingüística y nación: lo nacional imaginario en las escrituras no políticas del siglo XIX. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello.
  3. Picón Salas, Mariano (1947). “Mayo 1940”. En Europa-América. México D.F.: Ed. Cultura. 413-419.
  4. Rodríguez Ortiz, Oscar (1998). Paisaje del ensayo venezolano. Maracaibo: Ediciones de la Universidad Cecilio Acosta, colección “El nombre secreto”.
  5. Úslar Pietri, Arturo (1960). La ciudad de nadie: El otoño en Europa; un turista en el Cercano Oriente. Buenos Aires: Ed. Losada. 9-68.