Letras
Dos relatos

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Pablito

Pablito iba a ser delgado, de ojos color canela, con la nariz delgadita como la de su madre, con los labios un tanto gruesos y con el cabello negro muy negro. Tiene aproximadamente siete años. Se ha sentado a mi lado y me ha echado una mirada, de ésas que los niños de estos tiempos ya no te dan, me ha mirado con inocencia y luego de eso me ha sonreído. Yo me he quedado asombrada y simplemente he optado por tocarle la cabecita.

Le había comprado un caballito y la obra de César Vallejo, Paco Yunque; comprando esta obra en la librería que queda en el centro de la ciudad, me he visto en la necesidad de defender mi posición de que un Pablito de siete años ya puede leer una obra.

La señora de luenga caballera blanca y de ojos un tanto dormilones ha creído necesario llamarme la atención cuando le pedí que me alcanzara ese libro que estaba en toda una esquina en el estante veinticinco, le dije que era un regalo para mi Pablito. Al momento preguntó quién era Pablito, y yo contenta le respondí que era un niño de siete años, que hoy mismo los cumplía y que mi regalo era justamente ese libro que estaba en toda una esquina en el estante veinticinco. La señora frunció el ceño, formando más arrugas de las que ya tenía, y me echó un sermón de esos que ya no se usan.

No logré entender su posición y es que después de utilizar repetidas veces “en mis tiempos” a la conclusión que llegó fue que no quería que le regalase ese libro por la simple razón de que no se le puede adelantar las etapas a un niño, un niño tiene que jugar y no andar leyendo libros del tal Vallejo.

Preferí no responderle, opté más bien por ponerle sobre su mesa el valor del libro que estaba pegado en su etiqueta color fosforescente y salí sin despedirme.

Caminando por el parque con mi libro bajo el brazo, observé que un niño jugaba muy contento con un caballito de madera, entonces decidí que ese sería el otro regalo perfecto para Pablito, ya tenía una obra de Vallejo y era propicio ahora regalarle algo con que divertirse.

Una tienda que en los estantes de vidrio mostraba diversos objetos, todos hechos de madera, fueron los que llamaron mi atención para que penetrara en aquel recinto. De fondo sonaba Stayin’ alive, de los Bee Gees, y un joven de corto cabello tarareaba con énfasis tal canción. Se acercó a mí, sin que lo notara siquiera, y me propuso llevar ese caballito que estaba puesto en una mesita de color negro. El caballito no tenía nada que lo hiciera especial. Era un caballito cualquiera: marroncito y pequeño, pero eso era más bien lo que lo hacía especial, el que no fuera necesariamente tan especial. Señalándomelo con los dedos, me acerqué hacia el objeto que tenía la forma de un caballito y sin pero alguno le pagué lo que me pidió. Lo cogí con delicadeza y salí de la tienda de objetos de madera.

Pablito ahora sí estaría contento. Qué más podía pedir un niño a sus siete años, yo sentía que era lo que alguien a su edad necesitaba: un buen libro y un caballito de madera donde podía montar sus ideas y hacerlas correr si él quisiera.

Cuando llegué a casa, lo recordé. Ya eran siete años de lo sucedido.

Zoe me miró con una mirada triste, se cogió los ojos con las manos sudorosas para que no viera cómo caían las lágrimas, sin embargo su intento falló al momento, porque pude notarlas.

—Estoy embarazada —me dijo asustada.

Mi hermana tendría un bebé a los dieciocho años, y creo yo estaba más asustada que ella en ese momento. Preferí darle seguridad, no mostrarme perturbada, y antes que le preguntara qué haríamos, ella con un tono seco me dijo.

—Voy a abortarlo.

No atiné a decirle nada, no dije nada, no pronuncié palabra alguna, no me moví, no la cogí, no la miré. No hice nada. Mi mirada se quedó en el infinito, ni siquiera le pedí que lo tuviera, no le pedí explicaciones, no le pregunté quién era el padre, no dije nada.

Pablito hubiera cumplido hoy siete años. Zoe nunca le puso nombre, yo se lo puse aunque nunca se lo dije, pero cada año como hoy, le compro algo que, creo yo, puede gustarle a un niño como creo él hubiera sido, y guardo en esta caja sus regalos, esperando que él pueda verlos, pueda ver que aunque nunca estuvo a mi lado, que aunque nunca conoció nada ni nadie, yo lo amé...

 

¡Taxi!

Y allí estábamos en la agencia, ella estaba lista para partir. El brillo de sus ojos se hacía más extenso y la luz del fluorescente no me dejaba verla con claridad. Nos sentamos en la última banca del recinto. La agencia era pequeña, tenía apenas unos cuantos sillones para esperar mientras la señorita llamara a abordar el bus, ni bien penetrabas en aquel lugar se notaba un ambiente cargado, quizás porque había sido testigo de tantas despedidas de familiares y de amores distantes que con una noche en el mismo Chiclayo se hacían innegables y perpetuos.

Yo cargaba su maletín, ella llevaba unos jeans de color azul, una casaca marrón, por dentro una chompa verde, a pesar de que estaba regularmente abrigada tiritaba mirándome de reojo cuando descansaba su cabeza en mi hombro.

Había llegado recién de mi viaje que aproximadamente duró tres meses. Como de costumbre ese día me levanté a las ocho de la mañana, no quise ir a clases, algo en mí me dijo que no era necesario asistir y efectivamente le seguí a mi instinto. No fui. Decidí quedarme en casa a escribir un poco, en mi intento fallido de vaciar mi alma en una hoja, ella me llamó.

Zoe y yo ya no hablábamos, quizás por eso me sorprendió su llamada, después de mi viaje a Argentina perdimos todo contacto. Contesté y me insinuó el vernos, yo no me negué, es más le pedí hacerlo.

Cuando la vi no estaba muy cambiada, tenía la misma mirada encantadora, no negaré que el tenerla frente a mis ojos nuevamente, formó en mí el deseo de querer abrazarla, sin embargo me contuve y con un beso en la mejilla traté en lo posible de no volcar el afecto que había estado reprimiendo hacía ya unos cuatro meses.

Decidí llevarla a mi departamento, aceptó encantada. Al principio fue difícil entablar una conversación, creo que el tic tac del reloj era ensordecedor ante nuestro silencio que después de un par de comentarios tontos y banales se había infiltrado en aquella pequeña habitación. No aguanté más.

—¿Por qué no regresas conmigo? ¿Hay alguien que te haya hecho más feliz que yo? —le pregunté.

No me miró siquiera, quise imaginar, pretender creer que era porque aún aguardaba para mí un sentimiento cálido, un sentimiento puro, un sentimiento inocente propio de su corazón que más parecía una coraza.

Después de veinte declaraciones de amor que le hice con un espacio de treinta minutos cada una, algunas después de unos segundos, ella respondió. Me dijo que no podía regresar conmigo por mil y un argumentos que me es imposible recordar ahora. Traté de abrazarla, atraerla a mi mundo con palabras hermosas, le recité a Benedetti y aun así fallido, debo asegurar que el mismo Benedetti se sentiría frustrado ante su constante negativa de mis declaraciones de amor.

Antes de subir al taxi para dejarla en la agencia le pedí nuevamente que sea mi enamorada. No dijo nada, atinó a reírse, profundo y craso error, me dejó con el corazón colgando del último tramo de una soga imaginaria. Subimos, me le acerqué un poco, quise hablarle al oído, sin embargo un bolero bien tocado hizo el trabajo por mí, se me arrimó cuidadosamente como con miedo, puso su cabeza en mi pecho y se acurrucó en mí. El tenerla tan cerca hizo que mi existencia se redujera a aquellos hermosos minutos que sólo ella podía brindarme, sentí su respiración como tantas veces, la luz de los postes apenas salpicaba en el auto, sentí gélida su nariz, observé sus labios, me miró y me besó. No me pude contener, un beso que en esencia fueron dos segundos no me complació del todo. Intenté buscarle la mirada pero ella estaba arropada en mi pecho, en mi cuerpo, atiné simplemente a con mis manos heladas tocarle su delicado rostro, le cogí el mentón, para mi maravillosa suerte me miró. La besé, nos besamos, sin duda fue el momento más mágico que no sentía en mucho tiempo, sentir sus labios en mi boca por unos cincuenta segundos fue lo preciso, lo necesario, lo exacto.

Verla desde lejos, adentrando en el bus, fue triste, la esperé por unos siete minutos afuera de la agencia para poder hacerle un gesto de adiós con mis manos, demoró mucho. No la vi. Sin embargo aunque no me dijo con el mismo ímpetu que me amaba como sí me lo dijo una vez hace muchos meses atrás, ese beso en aquel taxi en plena carretera, fue la reducción perfecta de la nada, el exquisito sentir, la chispa diminuta de un amor que puede en algún momento o espacio llegar a crecer.