Artículos y reportajes
“El sueño de Dakhla (poemas de Umar Abass)”, de Manuel MoyaY el río va

Comparte este contenido con tus amigos

Algaida ha editado el libro El sueño de Dakhla, atribuido al poeta saharaui Umar Abass, con poemas que hablan del exilio y de la tierra perdida desde una evidente actitud moral, sin renunciar por ello a una atmósfera intimista, a un ámbito propio. Umar Abass nace en Ad Dakhla (Sahara Occidental) en 1942. A los dieciocho años se traslada a París, donde permanece hasta rozar la treintena. Posteriormente se incorpora al Frente Polisario y es detenido en su ciudad natal. Tras un corto periodo carcelario es expulsado del país y se instala en Damasco, ciudad que abandona para incorporarse como combatiente a la lucha que libra su pueblo. No sólo participa en la proclamación de Bir Lehlú, sino que en ese período sufre heridas en combate. Desde 1987 vive entre Madrid, Tindouf y Kirsehir ligado a organizaciones humanitarias pro-saharauis e impartiendo cursos universitarios. Ha publicado el libro de viajes Por el camino de Luhr (Ed. Izmir, 1996), fruto de su viaje a pie por el norte de Irán y traducido por poetas sufíes como Rumi, Sadi y Feridu-d-Din al castellano. Su poesía escrita entre 1977 y 1998 es recogida por la prestigiosa editorial L’Harmattan (París, 1999) bajo el título de Tregua / Trêve. La obra El sueño de Dakhla abarca sus versos desde esa fecha hasta 2005.

Sus poemas son como más de una vez hemos soñado que tendría que ser la Poesía: pura esencia. El titulado Abu Nuwas dice: “Hay tardes en que siento, aquí, en mi corazón, el río, / lo siento como siento que soy viejo. / Pero ajeno a mí, el río pasa y pasa, / mientras la tarde deja en las orillas una luz tibia, / olor a lodo, a flores muertas. / Sí, es este el río, / el que llega en las sombras, / el que muele las sombras, / el que arrastra las sombras”.

En otro advierte: “Si así lo quieres, / cubre el cielo de tinieblas / y azota las cumbres y enfurece a los ríos, / pero apiádate de esta casa / que he alzado por tres veces / de la furia y la sevicia de los hombres. / Nada conozco más frágil que estos muros / donde un mísero fuego cada noche / me calienta y me da luz, / así que hazme el favor, / pasa de largo / y de castigar castiga las murallas del alcázar, / que se alzaron para desafiar al mundo, / y no a mí, que a nadie desafío”.

En un tercero: “En mi casa espero la vuelta del sol, el viento / que hinche las sábanas, / las bruscas nubes de la primavera. / Me entrega la casa su seco mendrugo y la inquietud / de quien en ella ha visto anochecer / en una cadencia que no es nueva. / Ajena a la memoria, me tiende sus paredes (¿porque en ella / está lo que yo busco, lo que en vano busqué / en remotas aduanas? No lo sé) / Yo la oigo, como se oye al niño que llora en la memoria, / como se oye un río bajo la densa arena. / Y digo ‘mi casa’ pero debiera decir que soy suyo, / la parte de mi casa que baja a por tabaco, a por naranjas / la parte que mañana, mañana mismo, / se sube a un avión y ya no vuelve. / Yo hice esta casa. Ella me ha hecho. No estamos en paz”.

Parecen beber estos versos de uno solo que leí hace años: “Si el río quisiera obedecerme”, escrito por el poeta Manuel Moya, quien, por cierto, acaba de obtener con este libro el Premio Vicente Presa de Poesía.