Siempre me llamaron la atención las profundas contradicciones de Jack London. Presumía de socialista, idea que oyó entre los vagabundos que frecuentó en una etapa y luego a través de la lectura de El Capital y el Manifiesto Comunista. El joven London era rebelde e inconformista y lo suyo era un marxismo romántico, hasta ingenuo, de lo que dan cuenta sus libros escritos entre 1903 y 1910. Incluso, esto es digno de mencionar, en el contexto de las agitaciones sociales en Estados Unidos y de la fracasada revolución en Rusia en 1905, hay páginas suyas que intuyen los próximos regímenes fascistas, con veinte años de anticipación.
Pero el socialismo de London era ambiguo, contradictorio; al mismo tiempo que cerraba sus cartas con un Tuyo para la Revolución, manifestaba un elitismo sorprendente y hasta un más que dejo de racismo. Uno de sus estudiosos, Kevin Starr, afirma: El socialismo de London siempre llevó dentro una vena de elitismo y mucho de pose. Le gustaba representar el papel de intelectual de la clase trabajadora, cuando convenía a sus propios intereses. Para London la lucha revolucionaria era una aventura donde había un héroe. Un héroe compite, debe llegar al triunfo. En una sociedad sin clases no hay héroes —ya sin razones para existir— y por lo tanto el mismo London quedaría sin sustentación. Algo más grave es su convencido anglosajonismo y su creencia en la superioridad del blanco (Ante todo soy un hombre blanco y únicamente en segundo lugar soy socialista). Según London, entonces, el socialismo sería exclusivamente para un grupo social, el resto (incluidos los latinos muchas veces) estaría fuera de toda oportunidad. Aquí, London no escapa de la tendencia de los grupos dominantes hacia el darwinismo social, entonces en hegemonía, bajo una máscara revolucionaria se escondía un desprecio por lo que, supuestamente, decía defender.
Como muchos otros escritores e intelectuales de su tiempo, London era un ser escindido, extraviado en un laberinto de contradicciones y sin salida a la vista. Persona con profunda fisura, su breve vida está atravesada por enfermedades tropicales, alcoholismo, el fracaso en su empresa con su embarcación, el Snark, una constante y degradante necesidad de dinero que, finalmente, lo hundió en la desesperación y la miseria física. Era lo suficientemente lúcido como para verificar en sí mismo la mala conciencia; la seguridad propia del que se creía líder acabó minada; duda, en un esfuerzo titánico, de la validez de sus acciones y celebridad, y el ciclo de su existencia —con la mirada puesta en una Colt 44 colgada en la pared de su estudio— se cierra entre la morfina y la heroína. Confesó a su hermana que se estaba volviendo loco. En una madrugada, a los cuarenta de edad, mezcló sulfato de morfina y sulfato de atropina, drogas que usaba para combatir sus afecciones renales y la falta de sueño, pero en cantidades excesivas. Murió luego de doce horas de padecimientos, calculó mal la acción de esos narcóticos y en vez de un fin indoloro y veloz tuvo una larga y penosa agonía. Años antes había sostenido: Preferiría ser un soberbio meteoro antes que un planeta dormido y permanente.