De camino a la playa pasé por el bulevar, que eran diez minutos, comprometido en ningún pensamiento concreto, desprendiendo generosamente mis huellas entre las casas de apuestas y los drugstore, bajo los neones y los gritos de la gente encallada en aquella travesía.
Acostumbraba recorrer la playa de un extremo a otro, pacífica y solitaria. Más allá de la escalera tres no solía haber nadie, a lo sumo alguien que sacaba al perro y desaparecía sin dejar gran prueba de su paso. Era sencillo imaginar que una catástrofe me había dejado solo en el mundo, como en uno de esos sueños de la infancia, cuando eres el único superviviente y tienes todas las licencias para husmear por cualquier lugar de la ciudad recién destruida, y terminar de romper los pocos cristales que queden a salvo, sin miedo a los policías ni a los padres, ni a los maestros ni a los malditos perros sin bozal. Caminé sobre la arena, inspirando profundamente para llenarme de la frescura del océano nocturno.
Me pregunté qué estaría haciendo Silvia; Carla y Jon ya habrían llegado. Imaginé a los tres en la cocina, bebiendo whisky con agua mientras Silvia vigilaba el aspecto del asado o aliñaba la ensalada. Le gustaba hacer esas cosas delante de los invitados, supongo que lo entendía como un gesto sutil de transparencia y de confianza. Quizás para compensar que la mayoría de las veces yo no estuviera, y equilibrar el peso de las excusas a que obligaban mis ausencias. Sabía que era un detalle feo, la comprometía, obligándola a mentir, pero me veía incapaz de aguantar aquellas reuniones.
No buscaba el campo de batalla cuando le decía que no contara conmigo para cenar con quien fuera a quien estuviésemos esperando, sencillamente no quería estar, era así de simple y de incomprensible. Mis espantadas se convirtieron, lógicamente, en un motivo de conflicto bastante habitual, exasperante para Silvia, vergonzante para mí. En ocasiones, el solo presagio de la disputa me hacía sacar la cara de perro y aguantar estoicamente la velada; otras veces, me ponía el chubasquero y me marchaba con un infame lo siento, cerrando la puerta con cuidado. No me gustaba dejar a Silvia tras un portazo, sabía que era algo que a ella le dolía. Sólo un par de veces me marché de esa manera, y en ambas ocasiones me arrepentí al instante, cuando ya nada se podía hacer para resolver el daño excepto abrir de nuevo la puerta y quedarse a cenar; pero no lo hice.
Cuando discutíamos, desaparecía y me jugaba en la ruleta (donde nunca he ganado) el poco dinero que llevase, después iba a la playa a ver subir la marea (si se daba la suerte). Sin embargo, con el tiempo, mis huidas terminaron por ser mutuamente consensuadas. A Silvia dejó de importarle, o aceptó mi debilidad como un mal menor, y yo comencé a desearla más si cabe por eso. Me sentía indigno. Su colaboración hizo que mi soledad perdiera parte de su atractivo, pero también de su desgarro, y siempre que me iba lo hacía con un extraño nerviosismo por volver y reencontrar el cuerpo de mi mujer. Para amar a alguien hay que admirarlo, por eso a los genios les cuesta tanto, quizás, y a los estúpidos que se creen con talento cuando lo único que tienen es suerte, si acaso. Como tantas veces, Silvia se las averiguó para sacarle ventaja a los problemas y abrir el futuro.
Caminé casi hasta el final de la arena, me senté sobre unos riscos y encendí un cigarrillo. La oscuridad del paisaje absorbía a cualquiera. Como otras noches, estuve pensando en gente y lugares que habían pasado como un silbido del viento entre el tren y los árboles; en ideas de otra época. Aquella noche, sobre los riscos, recuerdo que pensé también en los sitios donde hacíamos el amor al principio de conocernos, los barrios donde nos emborrachábamos los fines de semana. Éramos jóvenes. Apagué el cigarro contra las rocas húmedas, porosas. Y estuve un rato más pensando en nada en particular, jugando con el filtro entre los dedos, pasando fotos de un álbum ya experimentado, sin demasiada emoción.
Y entonces el agua alcanzó mis botas (un parpadeo oceánico, pensé luego). Tiré la colilla y miré a mi alrededor, como recién despertado. Estaba en un aprieto. La playa se encontraba cubierta casi en su totalidad, y yo aislado en los riscos. Me pregunté estupefacto cómo podía no haberme percatado. Eché un vistazo al muro que tenía a mi espalda, cuatro metros de pared húmeda sin el más mínimo resquicio al que engancharse, pegué las manos a la vertical, implorando un itinerario por el que salir de allí, pero era imposible trepar hasta el paseo, donde, por otra parte, no se escuchaba un alma a quien pedir auxilio. En unos minutos el oleaje me sacaría quisiera o no quisiera de las rocas.
No acababa de creer lo que me ocurría, el agua me alcanzaba los tobillos, en una cadencia que presionaba los nervios, como un despertador de madrugada. Las escaleras más próximas se encontraban a unos cincuenta metros. Junto a los riscos no debía haber más de un metro de profundidad, calculé. Pávido, fui sumergiéndome en el agua helada, buscando con los pies el comienzo de la arena, pero las rocas continuaban cuando ya el agua me tapaba la boca. Así que me lancé para intentar alcanzar a nado mi objetivo, porque no parecía existir otra solución, porque no había tiempo para encontrarla, porque nadie había que pudiera reprochármelo ni aconsejarme nada mejor.
Las escaleras me parecieron entonces tan lejanas que lloré de angustia. Nadé lo más rápido que supe, que no era mucho, pero la resaca me alejaba cada vez más. No dejaba de tragar agua, el oleaje parecía que hubiese multiplicado su potencia. En mi garganta silbaba el esfuerzo, vano contra el agua salada, áspera, apestosa del océano llenando mi estómago y mis pulmones. El corazón rindiendo al máximo, la boca abierta. Me quedaba sin fuerzas. Habían pasado unos pocos minutos, quién sabe cuántos, pero estaba tan lejos de tierra que sólo oía el ruido del mar. Era desesperante ver las escaleras a un abismo, pero seguí braceando ya sin objetivo al que dirigirme. Apenas podía con el peso de la ropa, me quité las botas y el chubasquero. La distancia era incalculable. En mi vida había hecho un esfuerzo mayor, y por vez primera mi resistencia cedió, abandonando la superficie de las aguas.
Una colosal ola sacó mi cuerpo a la superficie, regresé con un alarido impotente, como el de un hombre soñando. Era el anuncio de la tortura. Supe que estaría muerto en unos minutos y maldije llorando mi mala suerte; me aterraba no tanto el hecho de morir como la forma en que iba a hacerlo. Volví a reprocharme que la marea me hubiese encerrado sin enterarme y sentí pena y vergüenza de mí mismo. La mañana me devolvería a la playa con vago desinterés, pensé, Silvia reconocería mi cuerpo ante los peritos o los notarios o la policía o los forenses o quien quiera que fuese que tuviera que escribir que mi cuerpo era un cuerpo sin vida. Y después me concentré solamente en el recuerdo de su rostro, intentando que el miedo no me robara la última idea de mi vida.
Como esperaba, el oleaje volvió a sumergirme. Cuando regresé de nuevo a la superficie cogí todo el aire que pude, aunque, en cuanto llegaran un par de olas más seguidas de lo habitual, todo estaría perdido, era cuestión de tiempo. En un póstumo arranque de fe braceé con nuevas fuerzas, respirando a bocanadas. Apenas veía, por el esfuerzo y por la negrura del ambiente. Algunos puntos luminosos se duplicaban en la lejanía. Debía esforzarme, me repetía obstinadamente. Y continué batiendo los brazos insensibles contra el agua, sin saber a ciencia cierta si avanzaba o retrocedía. Luchando, frenético, sin mirar al frente, como una bestia rompiendo todas sus defensas ante la derrota. Por un momento cedí a la ilusión de acercarme a la orilla. Nadé como si trepara por una pared ardiendo. Después la ilusión cedió, realmente me acercaba.
Apenas era capaz de respirar cuando alcancé la escalinata cubierta de espuma. Gateé hasta quedar al otro lado de la barandilla, exhausto. No podía creerlo. Miré al mar, invadido por un cansancio que apenas traslucía la soberbia de vencedor tan improbable. El cuerpo me pedía no moverse en mucho tiempo, respiraba con dificultad, tosía y mis ojos eran una presa descontrolada.
Me levanté a duras penas, descalzo y sin abrigo me puse de regreso a casa. No calculé qué hora sería, era muy probable que Carla y Jon estuvieran aún allí, pero qué importaba. Cuando apareciese empapado y eufórico la escena sería de recordar, besaría a Silvia sin mediar explicaciones, ya habría tiempo para palabras, ya me disculparía sin ninguna vergüenza, no mentiría, nada ocultaría, con la vida entera por delante, recién salvada, solo me importaba ver cuanto antes a mi mujer y también a mis amigos.
Regresé corriendo, saltando sobre los charcos, convertido en alguien de quien no me avergonzaba. Recorrí el bulevar con algas pegadas en la cara y los calcetines manchados de sangre. Como un jugador de ruleta con la salvación en mente, maravillado con fuentes de agua cristalina en un oculto rincón del suburbio.
Las calles se iluminaban según avanzaba, las casas se distanciaban unas de otras y los jardines brillaban, las ventanas contaban que había vida del otro lado; pero todo esto lo pienso ahora, entonces sólo pensaba en llegar a casa cuanto antes, y quizás que la felicidad no se encontraba tan peligrosamente oculta.
Vi la puerta principal, que Silvia había pintado de verde, y me llevé la mano al bolsillo en busca de las llaves, como un perro de Paulov, era sorprendente que no las hubiese perdido. Sin embargo, salté la verja para entrar por la puerta de atrás, porque sabía que si aún estaban cenando, podría verlos desde la calle, por el ventanal de la cocina y del salón. Y me apetecía disfrutar de aquella imagen, la de mi mujer y mis amigos divirtiéndose sencillamente.
No llegué a abrir la puerta. Pude verlos. Allí estaban, Silvia en la cocina, junto a la nevera. Me quedé mirándola, terriblemente bella, con la falda gris que le obligaba a juntar mucho las rodillas, la camisa negra de media manga dejando su hombro derecho al descubierto, el pelo del color de la cebada recogido en una coleta alta; sus manos sujetando el rostro de Jon, acariciando su pelo; los labios besando con besos que yo conocía los labios de Jon, los ojos mirando de cerca. Y al fin, el deseo y la tristeza de su cuerpo cuando él volvió al salón; luego, la lentitud de sus gestos sacando una tarta al whisky del frigorífico, y apagando la luz de la cocina.