Atado a una isla, el viaje es incansable. Una lengua enredada alisa el mar que mantiene detenido en medio del silencio. Son tiempos de islas, de revelaciones, de descréditos y ventanas entornadas. Más allá de la mirada una tierra se ofrece entre montañas. No todo ojo la descubre. Ciegos por el salitre, somos perfectos, como la isla que deteriora el casco de los barcos, el vaivén del miedo.
Entendí mis circunstancias y entendí a Ortega y Gasset (a quien jamás leí a profundidad pero cuya frase, absolutamente descontextualizada, siempre me ha perseguido), entendí sobre todo a Cortés, a Hernán Cortés, el conquistador de los aztecas, quien a sus treinta y cuatro años decidió jugárselo todo y quemó sus naves para que no hubiera opción de volver atrás, para que la tentación del regreso se topara con la imposibilidad real de una vuelta sin sentido, para que la cobardía —si llegaba— no hallara puente, sendero ni camino y tuviera que hacerse “valor y hacia adelante”, así como cuando el hombre descubre que nunca más puede ser niño.
Oliver Welden es un poeta chileno, amigo, que conocí a finales de los sesenta, principio de los setenta, para el caso es lo mismo: desapareció después de 1973 y sólo vine a saber de él hace un par de años cuando me llamó por teléfono a Panamá del Estado de Elvis Presley. Minutos antes me había puesto un correo, como se usa ahora en el siglo XXI.
Como los organizadores puntualizan, éste no es un festival de literatura ni una feria del libro, sino un congreso de escritores y traductores —al cual también estarán invitados investigadores y políticos— y durante el cual se hará hincapié en la literatura como aporte cultural y como fuerza política. Los temas fundamentales en torno a los cuales girará el congreso son: alfabetización, diálogo intercultural y digitalización. Tres temas de gran actualidad tanto a nivel global como local. El congreso se compromete a apoyar activamente los valores formulados en la convocatoria y a impulsar acciones para incrementar la lectura y la escritura, la libertad de expresión y la defensa de la propiedad intelectual.
María Luisa Villardefrancos Legrande nació el 12 de octubre de 1915 en Vedra, cerca de Santiago de Compostela, a los cinco años contrajo la poliomielitis y esta enfermedad marcó su vida para siempre. Afortunadamente la niña poseía una inteligencia muy despierta y un talento que se iría desarrollando en el transcurso de los años decantándose por el terreno literario. Marisa se convirtió en escritora y fueron sus “padrinos” Julio Camba y Wenceslao Fernández Flórez.
Se fue en silencio, como lo hizo casi todo en la vida; de hecho, en Chile hay mucha gente para quien el nombre de Hugo Correa no dice nada. Es más, probablemente un alto porcentaje de los lectores de nuestra Letralia no sepan quién fue este escritor chileno a quien admiro más que a muchos y que me provocó un verdadero dolor en el alma cuando mi amigo Roberto Pliscoff me contó de su muerte hace algunos días atrás.
A los gatos se les urge a no ser remolones y, en un parpadeo, blasfeman y se enfurecen. Se erizan, escupen y mean cuanto hay a su alrededor. En seguida muestran los colmillos y abandonan el hogar con los rabos levantados. Durante semanas no se les vuelve a ver y cuando regresan, traen todas las trazas de los proscritos o la adhesión a descabelladas delincuencias.
No sé por qué extraña razón mi mente había decidido que Winston sería un amable señor de alguna cierta edad; y resultó que no. Me encontré con un joven hombre que no llega a los cuarenta años, agradable, alegre y muy atractivo, de hecho unas cuantas féminas asistentes al evento lo comentaron. Un genuino representante del signo zodiacal regente el día de su nacimiento veinte de enero o sea, acuario: generoso, amigo, sensible, creativo, complicado, sencillo; uno y muchos al mismo tiempo. Al leer sus respuestas al cuestionario no me quedaron dudas, fueron respuestas breves, concisas, muchas llenas de romanticismo. “No tengo ratos libres, todos los días respiro y muevo los brazos”.
Las mujeres preñadas por el viento al voltear la esquina, muerden la almohada de la rabia mientras el monstruo crece. Se escarban sin lástima el sexo a la hora de la higiene, se buscan con ansia en los espejos, se ahogan en la baba del espanto. Se les ve pálidas al alba de una esquina rota. El viento las arrastra.