Nos conocemos desde la época en que él y Yuli (su pareja entonces) vendían incienso en los escalones de la entrada del antiguo Banco de Maracaibo en la 7ª Avenida, hoy un pequeño centro comercial en pleno centro de San Cristóbal. Todas las tardes se reunía allí un grupo: Raquel Martín, Alberto Chacón, Felipe Restrepo, David Dávila, etc. Una pandilla de soñadores, de amorosos practicantes de la poesía.
Al calor de esas reuniones fueron surgiendo Nadie Nos Edita Editores y Sujeto Almado, la primera una editorial alternativa creada, como su nombre lo indica, para editar a toda esa juventud vanguardista que no conseguía ser tomada en cuenta; el segundo una revista literaria mensual donde también podía leerse a los nuevos oficiantes de la palabra, y de ambas Chucho el motor constante.
En esa época Chucho no sólo vendía incienso y hacía sus pininos como poeta y editor, ya formaba parte del grupo de rock Los Residuos siendo su vocalista y líder. Son muchas las cosas que han ocurrido en la vida de este amigo.
Hablar con él a veces resulta sumamente arduo, pues nunca se sabe cuándo está hablando en serio o cuando sencillamente te está vacilando. Con una eterna sonrisa en su rostro y apurado siempre, pues está inmiscuido en cien proyectos al mismo tiempo, dice que el humor es el refugio más sagrado: “El humor y la música son la manera más seria de ser”, será por esto que es fanático confeso de Les Luthiers.
Tiene en su haber, y en el corto tiempo de seis años en la palestra literaria, seis libros publicados. Con cuatro reconocimientos literarios, el Premio Internacional de Poesía Juan Beroes 2005, el Premio Nacional del Libro, otorgado por el Cenal a la primera obra de un autor-editor venezolano, Táchira con Los Dragones de Papel 2005 y el Premio Certamen Mayor de las Artes y las Letras 2004. A su labor literaria se suma su trabajo como titiritero con el grupo Títeres Kinimarí, que dirige Carlos Tovar, y junto al cual ganó el Premio Nacional de Teatro de Muñecos 2005. Lo seduce el mundo de la representación, el teatro de la vida, no como una estética sino como una ética. Actualmente está por salir a la calle el libro Suma del árbol, una selección de poemas suyos editado por El Árbol Editores.
Chucho, con Andrea Cote y Adhely Rivero.
Tal vez la palabra con la que mejor se le podría describir es insólito. Le encanta la cocina y su especialidad es la elaboración de una pasta de tomate que dice es afrodisíaca y milagrosamente nutritiva. Un perenne enamorado, son muchas las chicas que han caído subyugadas con sus encantos, con ese hablar suyo cual amorosa epístola antigua. Asegura que cada vez que se enamora siente que se enamora por primera vez. Y, contrariamente a lo que muchos pudieran pensar, es un hombre monógamo y de relaciones largas y profundas. En cuanto al sexo, lo siente como una religión pues es el único instante en que comulgan vida y muerte. En los actuales momentos, y desde hace rato, asume y presume estar enamorado de la bella poeta colombiana Andrea Cote. Las visitas a San Cristóbal y Bogotá se han vuelto una constante y hasta planes de boda se han dejado oír por allí. Lo cierto es que la pareja que forman es hermosa a la vista y para quienes le queremos una alegría, pues la felicidad se les desborda de una manera casi descarada e impune.
Al verlo con su cabello largo, sus poemas y su pinta de hippie, nadie lo imaginaría como un ser profundamente esotérico, que cree en los signos zodiacales, lee el I Ching y asiste a los oráculos como el prefiere llamarlos, ya que le atraen las artes adivinatorias y por ello le han leído todo lo posible de leer. Dice que le atrae el misterio de las cosas, no las cosas. Declara tener tatuado en uno de sus hombros al indio Guaicaipuro, héroe y emblema de la resistencia de los indios ante la dominación española en la época de la colonia, para que lo cuide, y ya más en serio afirma tener una contra que le hicieron en Sorte y que lo protege de lo malo.
Si su nombre de pila es Freddy Ñáñez, ¿por qué le dicen Chucho?, es la pregunta que se hace todo el que descubre que su nombre no es Jesús como suponen. A lo que Chucho responde con una gran sonrisa: “dice Roque Dalton: ‘a los locos no le quedan bien los nombres’. Pero la verdad es que cuando yo tenía algo así como tres años mi papá tenía un Volkswagen blanco al que yo llamaba ‘tuto’, de ahí me empezaron a llamar Chucho y me quedé Chucho”.
Muy consciente de la vida y la muerte, dice de ellas: “Considero la muerte sumamente injusta. Por eso trato de dormir poco, porque total vamos a estar mucho tiempo muertos. En cuanto a la vejez me parece la etapa más hermosa de la vida, porque vida es tiempo. La niñez es perseguida, te regañan, te prohíben cosas. En la adultez tienes que trabajar y ya en la vejez es cuando puedes disfrutar de todo lo hecho y lo vivido”.
En estos momentos ocupa la vida con su labor como coordinador de Producción de la cooperativa Buena TV, un proyecto de televisión cultural, pero quizás lo que más lo apasiona sea su postura política que además de irreverente es controversial, cosa comprobada al leer los editoriales de Sujeto Almado, los cuales firma bajo el seudónimo de Diógenes. “Se dice de los criollos que somos una mezcla apenas, yo digo que no. En mi corazón hay un colono, un indio, un africano en plena gresca. Y siento que va ganando el indio, ¡le voy al indio!”.
Ese es Chucho: un vanguardista, un luchador de la palabra. Un hombre que va por la vida con una enorme sonrisa levantando mucho polvo y sentimientos encontrados.