Luis Alberto Crespo

“Bueno, como un niño que realmente le cuesta mucho envejecer. ¿Por qué?, porque si hay algo que me considere poeta a mí es el hecho de estar siempre en asombro constante y yo puedo definirme como un niño que está siempre naciendo, que está comenzando a inventar el mundo, y que está descubriendo al mundo a cada instante. Por lo tanto yo soy un niño viejo”. Con estas palabras se describe Luis Alberto Crespo, uno de los grandes poetas venezolanos; yo le agregaría a esta descripción que es una persona real, auténtica. Sin superficialidades, engreimientos ni mucho menos necedades. Es uno de los consagrados poetas venezolanos y no actúa el papel de “grande”, simplemente lo es y lo vive con sencillez y humildad. Un hombre inmensamente rico en espiritualidad, en sentimientos, en corazón. Un amigo amoroso, gentil. “La filosofía de vida es el amor. Amar siempre y tener sobre todo muy claro que un ser humano no se parecerá en nada a una alimaña en la medida en que es sincero consigo mismo, en que es generoso y que tiene un espíritu social fundamental para entender que yo no estoy solo en el mundo, sino que muchas personas tienen que ver conmigo y eso significa un país, y un mundo en la medida en que yo no sea yo sino muchos, en ese sentido yo me sentiría realizado y en ese sentido estoy yo dirigido a buscar ese objetivo”. Un ser que se brinda al afecto con sinceridad. Un hombre para quien el amor es absolutamente vital y al que describe así: “Bueno, el amor mueve al mundo. Sin el amor no es posible estar ni un ratico en este mundo, en la Tierra. Es el único de los sentimientos que permite destruir el odio, la envidia, la violencia, todo aquello que nos envilece frente al amor no puede mantenerse. El amor tiene que triunfar siempre por encima de todo porque el amor es un encuentro. Es verdad que hay la guerra del amor, es la guerra bellísima, una guerra sin armas, con emociones y con ansiedad por ver a alguien, pero bueno de tenerla y de eternizarse en el momento de realizarse de alguna forma el amor entre mujer y hombre. Pero el amor en el sentido más amplio de la palabra es lo único que tiene el hombre por dentro para destruir aquello que lo envilece. El amor para mí es exactamente el único camino posible para trascender sobre mi propia miseria. El amor es para mí además una regla de oro que no tiene moral, el amor no tiene moral, el amor es inocente siempre, uno no es culpable en el amor. Uno puede amar a muchas personas en una sola y a una sola persona en muchas. Para mí el amor es una entrega inocente donde lo moral no existe, donde no existe la culpa y sobre todo una veneración. Cada partícula del cuerpo de un ser amoroso para mí es sagrada y cada partícula de ese cuerpo amoroso lo llevo yo por dentro para el resto de mi vida por todas las personas que yo he amado que son una sola que se llama el amor”.
Este poeta proviene de una familia de periodistas y por lo mismo él también se hizo periodista. Y periodista cultural como su padre, lo que causó que descubriera su verdadera vocación o pasión: la poesía. En la actualidad es presidente de la Casa de las Letras Andrés Bello, cargo a través del cual cumple con un deber moral, político, el de contribuir a esta Venezuela socialista pero en el sentido más bello y humanista del término; que no lo confundan los políticos con esas tergiversaciones imbéciles, un país humanista, de armonía, de valores. Un país donde los pobres tengan menos indignidad y que puedan llegar a tener un destino mucho más digno, por esto lucha desde su trinchera de las letras y la poesía promoviendo la lectura y escritura en todo el país. Al indagar su opinión en cuanto a ese decir de muchos que la poesía está en crisis y además es coto de una élite, nos dijo: “Nunca. Es que la poesía es una crisis. Es una crisis con relación a la realidad, a lo imposible, al esplendor que queremos lograr entre los seres humanos y la Tierra. Entonces no está en crisis en la medida en que la poesía está en conflicto consigo misma. Está en crisis porque un ser humano está en crisis, siempre con esas dos posiciones que siempre se mueven en él, que es la realidad y lo irreal, el presente y el destino. Entonces es condición humana; si hay algo que se parece al ser humano en su devenir es la poesía. Entonces la poesía va con el hombre, con el tiempo. Pasarán los años y los siglos y la poesía será siempre antigua, antigua porque el hombre es un ser antiguo. La poesía nació para los hombres, para la humanidad, la poesía es lo más social que existe. Es lo más parecido al universo humano, no hay poesía individual, no hay poesía de élite, eso es una gran mentira. Eso es un sofisma que hay que destruir porque toda poesía nació para ser entendida por el hombre. Cuándo, cómo y dónde, esa es otra cosa”.
Para este dibujador de mundos, sueños e imágenes a partir de una palabra el horizonte intelectual no tiene fin. Opina que cuando una persona ama lo sensible, cuando una persona es sensual, resulta imposible que exista un tiempo corto o largo, un instante puede ser una eternidad, un momento es para siempre. “Hay personas que la vida es un miedo a envejecer. Hay personas que están siempre pendientes de cómo se marca el tiempo en sus rostros y no piensan que la juventud, que la plenitud más que la juventud es interior y que a nadie le interesa, cuando tú tienes plenitud interior, cómo es tu cara y cómo son tus rasgos porque lo importante es conmover. Ser un ser conmovible, un ser conmovedor porque ahí es donde está la fuerza del espíritu. Capacidad de conmover. Pero para conmover hay que ser absolutamente auténtico, la autenticidad es la regla de oro para que el tiempo no sea ese instante de que hablo sino esa perpetuidad a cada momento”. Le preguntamos a Luis Alberto su opinión sobre si la musa inspiradora viene o se fabrica y él nos ha dado la respuesta más particular hasta ahora: “Mira, se ha hecho mucha referencia a eso, de dónde viene la inspiración, qué es esto, qué es el hombre tocado por la creación. No, yo creo que eso es un ejercicio del espíritu. Hay personas que tienen aptitudes y actitudes para determinado oficio. Yo creo que un artesano es un poeta, un filósofo, un ordeñador también lo es. Un hombre que camina solo por el mundo tiene toda una posibilidad de describir lo que muchos filósofos no han podido lograr, entonces yo creo que el hecho de ser un ser humano y de tener una relación con el mundo y de que haya ternura; esa capacidad de captar la belleza infinita que existe en una hoja que cae o en una flor que nace, o un niño que nace o en alguien que muere. En la medida en que vida y muerte se conviertan en la invención de la eternidad, en ese sentido un ser humano está en capacidad de ser universal”. Pero, ¿qué podría lograr que este hombre todo sensibilidad y poesía se desmotive?, he aquí su respuesta: “A mí me desmotiva fundamentalmente algo que puede ser superficial. Pero si hay algo que me impide a mí entrar en armonía conmigo mismo son varias cosas: una es la alarma de los carros, la marchantica Efe que son enemigos de Mozart (esta es una melodía que acompaña a unos camioncitos vendedores de helados de la marca Efe, que era muy frecuente verlos por las calles años atrás, ya han disminuido pero de alguna manera resultan emblemáticos de una época y una generación, especialmente en la ciudad de Caracas), y sobre todo la traición, cuando alguien me traiciona me priva de cualquier relación con el mundo”. Es obvio que Luis Alberto es un hombre de sentires fuertes y profundos, frontales y reales. Sin medias tintas o titubeos. Un hombre amoroso y sencillo, pero categórico en todo su ser, hacer y sentir.
El lugar de los sueños de este gran imaginador es un lugar realmente onírico: “El lugar de mis sueños no existe. Porque es una conjunción de ciudades, de países. El lugar de mis sueños es una casa de ladrillos, tejas, corredores sobre un paisaje igualito al otro lado del río de Carora o sea de arcilla, de tunas, de cardones, pero eso sí, al otro lado está el mar. El lugar de mis sueños es París en Carora. Florencia en una calle que hay en Carora que se llama la calle San Juan... Después un lugar donde esté yo con caballos, con cabras, haya mar, desierto, un río, y donde yo esté absolutamente rodeado de los seres que yo amo, que son muchos”. Si hay una pasión que lo caracteriza es la que siente por los caballos. Los ama de manera total y absoluta, de hecho si tuviera la oportunidad de ser otra cosa, viviría montado a caballo hasta el punto de desear ser la prolongación de un caballo.
Su infancia la describe de una manera muy singular: “Mi infancia fue... bueno, yo quise siempre ser un animal. Cuando era niño yo quería ser una cabra, yo quería ser un tigre, yo quería ser un pájaro. Me la pasaba en los árboles cantando. Yo tuve una infancia de casas coloniales, de un olor de azahar muy intenso, de un tiempo lento de corredores. Tuve mucho miedo de los cuartos oscuros, creo que todavía los muertos existen en las casas antiguas, que realmente ellos viven en casas antiguas, casas viejas, que los fantasmas no viven en apartamentos. Y yo viví entre el temor y la dicha. Vengo de una ciudad vieja como Carora pero siempre relacionado con los grandes espacios. Me tocó a mí vivir en esos grandes espacios pues, unos espacios de aridez, de desierto, donde yo construí una fantasía y una relación con los estados de ánimo míos que son ahora la consecuencia de mi escritura”. En cuanto a su familia, la describe con ese inmenso amor que lo caracteriza: “Una familia muy hermosa, una mujer con unos ojos grandes. Una mujer... cómo decir... polémica, crítica, que me despierta mucho cuando yo estoy demasiado dormido en el sentido moral de la palabra y que sabe que yo necesito ver la realidad tal cual es. Y la admiro enormemente porque escribe como yo quisiera escribir, ella es una excelente periodista, es un ser humano muy auténtico. Y luego tengo dos hijos que son dos personas que siempre me asombran porque a pesar de niños tienen una madurez asombrosa. Porque realmente me besan siempre, me dicen que yo soy el mejor padre del mundo y eso por supuesto lo hace vivir a uno con muchas ilusiones. Yo soy un héroe para ellos y tengo un compromiso serio con ellos por eso”.
Para Luis Alberto la vida, los seres humanos y los sentimientos son lo que completan lo que significa la presencia de lo real y la presencia de lo invisible. O sea, todos completan esa concepción que se tiene, y que sin lugar a dudas se tiene y se presiente, de lo verdaderamente vivo, lo real y además lo insólito, lo impalpable. También cree que el sentimiento es lo que mueve al hombre en todos los sentidos, para él el sentimiento es el fuego de la poesía, más exactamente sentimiento y emoción aunque también concuerda con Apolinaire en decir que la poesía es un sentimiento: “Yo creo que el sentimiento es lo que nos hace ser solidarios con los otros y con nosotros mismos. Sin sentimientos nosotros no podemos justificar el pálpito del corazón, la sangre que circula por nosotros, por lo tanto es lo que mi padre me decía una vez, cuando yo le pregunté si después de morirnos seguiríamos en algún espacio. Si uno se muere verdaderamente y se pudre, no solamente en el plano físico sino también en lo que sentíamos. Y dice: no, porque cuando uno se muere, ¿qué se hace el sentimiento? Esa pregunta que es terrible para responder es lo que me hace a mí sentir la más terrible de las dudas frente a la eternidad, frente al después de la muerte y sobre todo está vinculado a la idea de Dios, pues. Ahí es donde está mi gran duda, pero no hay vuelta que darle, es evidente que esa duda se resuelve en definitiva en convicción, porque toda duda genera una convicción, o la convicción y la duda son hermanas”. Así llegamos al tema de Dios, la espiritualidad, lo místico y lo religioso, y nos encontramos con un hombre tremendamente contradictorio en este punto. Al tiempo que cree y necesita creer en un Dios, está lleno de miles de dudas y suspicacias que de alguna manera lo mantienen en zozobra en este sentido: “Dios a mí me da mucho miedo. Porque hago todos los días un esfuerzo enorme por creer en Dios. Es que si yo no tuviera todos los días la presencia de Dios yo caería en el vacío. Necesito tierra, piso para estar conmigo mismo, y eso se llama Dios. Idea, rostro, no sé... rostro no creo que tenga; idea, sentimiento, luz... cómo decirte... un impulso, no sé, pero yo necesito a alguien o algo. Pero yo sí creo que soy una persona que duda todos los días sobre mi religión o sobre mi educación religiosa, sobre el concepto de Dios, de cristianismo. Dudo todo el tiempo. Pero yo creo en el fondo, yo me he estado averiguando mucho, y veo que en mí existe una espiritualidad evidente, tal vez es una mística no resuelta, una concepción de la vida donde lo espiritual es importantísimo. Yo creo en el espíritu. Creo que el ser humano no se muere con la carne. De que fatalmente, necesariamente estoy casi convencido y podría demostrarlo que existe el espíritu, el espíritu está ahí, no lo ves pero lo sientes. Entonces tal vez es una relación un poco amorfa, sin definición de un concepto místico, un concepto espiritual de la vida”.
Este es Luis Alberto Crespo, a quien en bebidas le gusta el cocuy 56 (bebida espirituosa típica de Venezuela) destilado en Pecaya o en Siquisique del estado Lara, y en comida las caraotas (frijoles) fritas, queso y paticas de grillo (carne mechada y frita hasta estar bien tostada), lo que indica cuán sencillo es en sus gustos. Que también es un apasionado del baile, de hecho piensa que si no bailara estaría confinado a ser una cosa: “Para mí bailar es poner en movimiento todo lo que yo por dentro expreso como escritura, como ser social, como ser en todo sentido no solamente social, como ser solitario. Es decir, para mí el baile expresa todos esos momentos de mi ser y por lo tanto yo me doy por entero en el baile”. Una personalidad diáfana, real, auténtica y por sobre todo con una espiritualidad o llama rica en amor y sentimientos hermosos. Una verdadera gloria de nuestras letras pero sobre todo un excelente ser humano y mejor amigo.