Tres postales de Buenos Aires (2)
Hotel Madrid

Pensadores con paloma

Se dice que quien viaja solo viaja más rápido. Es obvio: no discute itinerarios con nadie, no hay que ponerse de acuerdo con el otro, no hay que soportar caprichos ajenos. No hay que esperar como un imbécil a que el otro se regodee con la visión de unos zapatos ni suplicar al otro unos minutos más para hojear otros doscientos libros. Uno va a todas partes con sus propios, consentidos y muy definidos caprichos. En realidad, cada quien viaja con sus propios ojos, quiero decir, su manera de ver el mundo, con sus obsesiones y sus búsquedas, digamos.

Esta vez invité a un amigo muy querido, de absoluta confianza, para disfrutar los descubrimientos y sortear en equipo los incidentes. Padecí su indecisión durante dos semanas, hasta el punto de alterar la reserva e incluso perderla, y al final no viajé por Bogotá sino por Caracas, y solo, como casi siempre. Ya estoy acostumbrado. Me llevo bien conmigo, tengo el secreto de Gabo para una buena vejez: un pacto honrado con la soledad. Puedo pasar días sin decir una sola palabra, y en Pamplona, una semana sin asomarme a la calle.

En el 2001 fui a Guadalajara invitado por elFondo de Cultura Económica. Pasé tres días en un hotel de cinco estrellas, a un tiro de piedra de la Feria Internacional del Libro. Pero la invitación se acabó y tuve que largarme con la música a otra parte, pues las tarifas de los hoteles en México son puro veneno. Como se trata de la mejor feria del libro de Latinoamérica no podía cometer la brutalidad de regresarme tan pronto al DF. Me eché el morral a la espalda y tomé un camión con destino al centro de Guadalajara. Me aventuré a buscar solo un hotel en una ciudad de cuatro millones de habitantes, y encontré uno cómodo, bonito y barato: Hotel Sevilla. Con la tarifa de una noche del otro pasé diez días en el recién descubierto. Los amigos se burlan porque frecuento hoteles de tres pulgas. Pero si uno está de viaje, de exploración continua, llega al hotel muerto de cansancio, y a los huesos poco les importa el esplendor o la modestia de la cama. Y la platica que me sobra la despilfarro en libros.

Araceli y SelúEn este viaje a Buenos Aires traía el dato que me pasó Laura Dippolito: Hotel Ritz, entre Avenida de Mayo y Cerrito. Hay una manera fácil de llegar desde el aeropuerto Ezeiza: pagarle al taxista unos treinta dólares por un recorrido de cuarenta kilómetros. Pero hay otra, la mía: el autobús. Tomé la ruta 86 y por medio dólar fui al centro de la ciudad. Nada mal por hora y media de viaje a través de territorios de niebla, erizados de esqueléticos árboles que añoran las hojas recién perdidas. Hablé con otro pasajero y recogí la mayor información posible antes de que llegara a su destino. Me encantan estas amistades fugaces. No intercambiamos señas particulares porque no era necesario: nunca más nos veremos. Le di un libro mío como gesto de agradecimiento. Con los datos de mi último amigo y el ojo atento, llegué al hotel. Pongo a funcionar la intuición al ciento por ciento. Diría que por instinto (la investigación es fundamental y ojalá antes de comenzar el viaje) me bajé casi en el punto preciso. Caminé por aquí y por allá durante unos diez o quince minutos, y el Ritz me abrió sus puertas. No es el famosísimo hotel que Hemingway frecuentaba en París, por supuesto, pero tiene sus dos respetables estrellas. Averigüé la tarifa y dejé el equipaje en recepción con el cuento de que debía retirar dinero del cajero. En realidad fui a preguntar por la tarifa de los hoteles vecinos, además de retirar unos pesos de la cueva de Alí Babá y sus cuarenta ladrones. Al otro lado de la calle encontré el hotel Castelar, donde Federico García Lorca se alojó entre octubre de 1933 y marzo de 1934, pero su elegancia y sus lujos de cuatro estrellas valen casi cuatrocientos pesos argentinos la noche. Cualquiera sabe que toda estrella tiene su precio, y un cielo bien estrellado cuesta. O, como reza la publicidad de Borguetti: “Donde hay una estrella siempre hay un deseo”. Si hubiese prologando su estadía en este hotel, el poeta se hubiera salvado del fusilamiento dos años después, y por mucho tiempo hubiera frecuentado los bellos cafés de esta ciudad con Alberti y tantos otros exiliados. En esos tiempos pasó por aquí Pablo Neruda, y García Lorca fue testigo de una de sus aventuras eróticas. Véase Confieso que he vivido. También por esa época pasó por aquí una chilena muy amada, María Luisa Bombal, con cuya hermana, la bella Loreto, Neruda le puso los cachos una vez más a la holandesa que se trajo de Oriente, María Antonieta Hagenaar, mal llamada La Elefanta y madre de Malva Marina, que murió de hidrocefalia a los ocho años y que no le mereció al poeta ni una miserable página. De hecho, el poeta preñó a La Elefanta a pocas cuadras de aquí, unos meses antes de que viajaran a España, donde la pobre gigante sería reemplazada en el departamento de asuntos conyugales por Delia del Carril, una argentina rica y muy bien relacionada, también llamada La Hormiga. Piruetas de poeta, al fin y al cabo: de La Elefanta a La Hormiga. Y que conste en el acta que se casó con ambas.

No encontré el hotel donde, según Jaime Fernández, que pasó por aquí hace dos meses, ni siquiera cagó Huidobro, pero en media hora ya tenía el listado. La oferta es infinita y mi ansiedad por las tarjetas resulta insaciable. Me decidí por el hotel Madrid, vecino casi contiguo del Ritz: ciento veinte pesos argentinos la noche, más o menos cuarenta dólares, con agua caliente. Así tiene que ser, porque con este clima, uno no se baña con agua fría ni cagado, como dijo otro amigo mal hablado. Agua caliente y tina, para colmo de dichas, lámparas y teléfono, alfombra y cuadros, televisión y caja de seguridad, mesa y silla. Con desayuno y ascensor de cremallera, lo olvidaba. Una maravilla. Nada tiene que ver el ascensor con el desayuno, pero qué maravilla. Estaba pensando que traía los pelos muy alborotados por tantas millas recorridas, cuando la camarera tocó a la puerta de la 204 con un peine, un sobre de champú y otro de acondicionador, extra brillo, uso frecuente, para todo tipo de cabello, 15 ml. ¿Qué más se puede pedir? El jabón lo traigo en el morral porque detesto esas diminutas pastillas de los hoteles. Lo compré en Venezuela en mi último viaje de contrabandista, precisamente el que casi me lleva al más allá el pasado martes en La Garita, donde, ya de regreso de Pamplona, estiró la pata el poeta Eduardo Cote Lamus un amanecer de hace 44 años.

Vivimos con nuestros muertitos, como dicen en México, qué se le va a hacer.

Para espantar los pensamientos fúnebres me decidí por una ducha, y en efecto, en el espejo del baño me vi los pelos parados y la cara de idiota. Tengo la sonrisa de oreja a oreja. Yo, maniaco depresivo, estoy como marrano estrenando lazo. Y qué agua tan deliciosa. No más por el agua vale la pena volver a esta ciudad, y al hotel Madrid: Avenida de Mayo 1135. Su nombre puede resultar premonitorio. Para allá voy, Madre Patria. Toco madera. Y después se la dejo a otro, como la canción de Shakira. Ahí te dejo Madrid. Ahí te dejo París. Ahí te dejo Venecia. Ahí te dejo todo el Mediterráneo. Carajo, soñar no cuesta nada.

Una mujer me enseñó que el champú es una de las expresiones de la dicha.

Y tiene razón.

Veinte años después, todavía tiene razón.

San Telmo