Tres postales de Buenos Aires (y 3)
De cacería
Salí de casa con un solo libro, Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami, de quien ya conozco tres novelas. Nunca salgo de viaje sin un libro. En otros tiempos viajaba con un libro antiguo como amuleto, pero se maltrató más de la cuenta y tuve que dejarlo en la caja de los tesoros, donde guardo las primeras ediciones de La hojarasca y La mala hora, de Gabo, con otras primeras ediciones de Carranza y Cote Lamus, Rojas Herazo y León de Greiff, Cernuda y Juana de Ibarbourou, la primera de todos los cuentos de Hemingway en su idioma original, la segunda de La vorágine y Residencia en la Tierra, Los versos del capitán con autógrafo de Neruda y Conversación en la Catedral dedicada por el cándido Varguitas a una tal María Angélica “con dos besos, uno en cada mejilla”, en vez de uno en cada nalga, y cositas así.
El amuleto me lo dio la abuela en el jardín de su casa en Málaga. “Tome, mijo, para cuando aprenda a leer”, me dijo. He conservado con devoción esta reliquia, un libro de oraciones precisamente, de tapa dura y pequeño formato, una edición de finales del siglo XIX o principios del XX. En tinta azul, en la primera página se lee el nombre de una tía mía que nunca conocí, Clementina Arciniegas, y la frase Recuerdo de mi Primera Comunión.
¿Y qué es lo primero que hago al llegar a Caracas? Comprar libros. Tantos que debo buscar a mi amigo José Gregorio Cabello para pedirle que me guarde el paquete. ¿Y qué es lo primero que hago al llegar a Buenos Aires? Buscar libros como un perro hambriento. ¿Y en Montevideo, el mes que viene? Ídem. Desde niño aúllo por los libros, mi perdición. Ahorraba con vocación judía los diez centavos que de cuando en cuando me daba mi padre, hasta que amasaba el capital suficiente para comprar uno de esos tesoros en la librería de don Libardo, en Málaga: tres o cinco pesos. Uno de esos que ahora valen entre treinta mil o cincuenta mil pesos colombianos.
En Caracas se consiguen baratos debajo del puente de la avenida de las Fuerzas Armadas, en el cruce con la avenida Urdaneta, y en Buenos Aires, mucho más baratos, en una y otra parte, incluso en las librerías. Desde hace años sabía de las ofertas de la capital argentina. Una vez me dijo Laura Dippolito: “Ven a visitarnos, que estamos baratos”. Casi todo está así en Buenos Aires, empezando por los libros y la música, el vino y la comida. Revoleteo como mosca sobre la miel, y doy gracias a los dioses.
Así es, dejé en el apartamento de José Gregorio un paquete de veinte libros, la dulce cosecha del 22 de junio, y salí de Caracas antes de la medianoche con la edición de Monte Ávila de Los detectives salvajes. Roberto Bolaño, “el más influyente y admirado novelista en lengua española de su generación”, según Susan Sontag, ganó con este título el prestigioso “Rómulo Gallegos” en 1999, apenas cuatro años antes de su muerte, que no le impidió dejarnos las mil ciento veinticinco páginas de la monumental 2666. Alcancé a devorar la primera parte de Los detectives salvajes, reviviendo con nostalgia la geografía de Ciudad de México. Bolaño es bastante minucioso y preciso con el desplazamiento de los personajes. Tanto veo a García Madero de cantina en cantina que me da sed y a esta hora no estaría mal destapar una botella de tequila reposado o saborear una torta con abundante chile. Ay, México lindo y querido. Pero si cambiamos el tono etílico por el culto, siguiendo estas páginas también podemos dibujar el mapa de las librerías del DF, asaltadas sin misericordia por el mismo García Madero. Ay, dolor, ya me volviste a dar.
En todo caso, me regocijé con el taco de ojo de las primeras ciento veinticinco páginas de Bolaño, algo más de la quinta parte de la novela, a velocidad de crucero y a miles de metros de altura. Y luego dormí. Como a mi lado no venía ningún otro pasajero, aproveché las dos almohadas y las dos mantas y me acosté como si fuera en la berlina que me lleva de Pamplona a Bogotá.
La cacería de libros en Buenos Aires ha sido magnífica: diez títulos. Empecé temprano con una edición de lujo de Aldo Sessa en la plaza Lavalle, Argentina, una aventura fotográfica: doscientas cincuenta páginas, tapa dura y formato de 33,5 por 29,5, con las imágenes a todo color de los sitios que quiero recorrer, desde la capital hasta la Patagonia, desde el lindero con Chile hasta la orilla del mar. Ya estuve averiguando el precio del tiquete a Ushuaia, el final del mundo. La señora de la caseta en la plaza Lavalle, bastante mayor pero con unos ojos muy bellos, ataviada con el gorro, la bufanda, los guantes y el abrigo de rigor, me pidió ciento ochenta pesos por el delicioso atado de fotografías que recorro con los ojos y los dedos como si fuese un texto sagrado. Le ofrecí ciento veinte, asegurándole que le traería buena suerte. Al final, para bajar bandera, la dulcísima señora aceptó ciento cincuenta.
Continué la cacería en La Cueva, la librería contigua a mi hotel, en Avenida de Mayo, con las dos obras maestras de José Bianco en un solo volumen: Las ratas y Sombras suele vestir. Tengo en casa dos ediciones de distinta editorial, pero no cae mal una tercera. Con los Quijotes voy por la décima, creo.
¿Y qué más? Una guía literaria de Buenos Aires que cae como anillo al dedo, en Las Luces, también en Avenida de Mayo. ¿Qué más? Infierno grande, doce cuentos de Guillermo Martínez, y Palabras, de Jacques Prevert, editado por Lumen, para obsequiarle a René, pues también lo tengo en casa. De Martínez, natural de Bahía Blanca y doctorado en Ciencias Matemáticas, leí el año pasado La mujer del maestro, que me encantó y que contiene (me reservo la página) uno de los párrafos más perversos que he saboreado en mi vida. Se hizo famoso con Crímenes imperceptibles, Premio Planeta de Argentina, llevada al cine bajo el nombre de Los crímenes de Oxford, si no estoy mal, y traducida a 27 idiomas.
Diría que las presas buscan al cazador.
Demasiadas presas y pocos cazadores tal vez.
He ahí la razón de las ofertas.
Corrección: los cazadores son numerosos pero, por suerte, los cotos de caza resultan generosos e inagotables. ¿Por qué no vine antes?
Siguen en la lista dos títulos sobre mi siempre amado Pablo Neruda, motivo original del soñado viaje a Chile, donde disfruté como un enano de sus tres famosas casas: un título muy citado que buscaba con ansia, Genio y figura de Pablo Neruda, de Margarita Aguirre, y otro sobre los amores del poeta, tan legendarios como los de Picasso, firmado por Inés María Cardone y publicado por Plaza y Janés. Sólo me faltó, para redondear el día, otra biografía de Picasso. Es curioso: voy a todas partes buscando libros sobre Neruda y Picasso. Y algo más: cada vez que leo un nuevo libro sobre el poeta o el pintor descubro otra de sus aventuras amorosas. Qué cabrones, me pregunto a qué horas trabajaban.
Pero sigamos con la lista. Bebí agua fresca en un arroyo, fui por aquí, fui por allá, apartando sigiloso las hojas y atento a los ruidos de los animales del bosque, y encontré el octavo título, Últimas historias de hombres casados, que cierra la trilogía del argentino Birmajer, unas colecciones de cuentos que comencé a disfrutar hace un par de años. Y el noveno, otra edición de lujo y gran formato, que me esperaba dormidito en Edipo, una librería de Lavalle, La pintura norteamericana, donde me vuelvo a encontrar con mi amado Hopper y ese loco genial llamado Pollack.
Y para rematar, Cumbres borrascosas, que quiero regalarle a Alejandra, una edición diminuta de seis por cuatro centímetros, y dos y medio de gordo. En sus primeras líneas se encuentra el epígrafe perfecto para la crónica del viaje a la Patagonia que haré alguna vez en mi vida: “Es ésta en verdad una hermosa región, no creo que me hubiera podido fijar en toda Inglaterra en un paraje tan del todo apartado del mundanal ruido; es un perfecto paraíso para misántropos, y el señor Heathcliff y yo una pareja ideal para compartir esta desolación entre los dos”. Edición íntegra, por supuesto, con letras de pulga. Si todos los libros fuesen así no armaría estas maletas bárbaras y uno iría a todas partes con la lupa en el bolsillo. En Berlinas del Fonce, cada vez que salgo de Bogotá con destino a Pamplona, los conductores siempre me preguntan si llevo piedras, y yo les echo el mismo cuento para que no me cobren el exceso de equipaje, que soy estudiante y acabo de terminar la carrera. “Pero este man lleva más de veinte años terminando carreras”, dirán los que me oyen repetir el cuento.
En el presente caso tendré que recurrir al correo para hacer llegar la caja (o las cajas) de libros a Pamplona, pues a este ritmo rebosaré el cupo de los 32 kilos en unos tres días. Así he hecho en mis últimos viajes a México, aunque me las he ingeniado para volar con ochenta kilos, más los ochenta y pico que pesaba hasta finales del año pasado. La Feria del Libro de Guadalajara tiene este servicio que no se le ha ocurrido a la Feria del Libro de Bogotá: una oficina postal. A uno le van guardando los libros de cada día en una caja de cartón, hasta que la llena y la despacha a su casa, sin preocuparse por maletear ni por el exceso de equipaje. Las aerolíneas tienden a reducir el cupo cada vez más y el exceso lo cobran como un ojo de la cara. Este último noviembre brincaba en una pata el día que Lilian Fernández me enseñó su descubrimiento en las tierras del mariachi y el jarabe tapatío. Simple, por supuesto, pero sólo lo he visto en la Feria del Libro de Guadalajara, que hasta por esto es la mejor. En plan de filósofo, diría que las ideas así de simples constituyen la genialidad de la vida. De muchacho pensaba que para alcanzar al menos una vida digna tenía que ahorrar más hasta que se me ocurrió la idea simple y obvia de que no tenía que ahorrar más sino ganar más. Y entonces la pregunta lógica era cómo, y he aquí la respuesta: si escojo caminos honrados, trabajando en algo que sepa y domine para hacerlo cada vez mejor y con absoluta dedicación. En Colombia nuestro más grande filósofo es un viejo boxeador que cuando se le aflojan los tornillos recorre el país como alma en pena. “Es mejor ser rico que pobre”, dijo este sabio, que hizo una pequeña fortuna a puñetazos y que, como la mayoría de los boxeadores, luego no supo defender.
En fin, he mencionado a vuelo de pájaro los títulos de un día de caza, porque podría dedicar al menos tres páginas a cada uno, y apenas empiezo, apenas me estoy calentando porque al principio soy tímido con las compras. Me restan, por ahora, catorce días en Nuestra Señora de los Buenos Aires.