Papá se fue de casa. La otra noche discutió a gritos con mamá hasta tarde, cuando por fin me dormí, arrinconado y con la cabeza tapada. El caballero de las cantinas, el hombre adorado por sus amigos de parranda, don Aldemar, qué gran persona, en casa se volvía un demonio. Le brotaban cachos y cola, candela de sus ojos y obscenidades de su boca, mientras partía un pocillo contra la mesa o estrellaba un cuadro en el piso. Nunca entendí por qué las virtudes de mamá se quedaban en la cantina. “Mi mujer es una santa”, decía mientras pedía una cerveza para el hombre que acababa de entrar, fuese quien fuese, pero en casa quería trapear con ella. Una vez don Aldemar le restregó la foto de un antiguo pretendiente hasta reventarle la boca.
Desperté diciendo “lágrimas de sangre, lágrimas de sangre”. Siempre que papá se emborrachaba le entraba el desespero y amenazaba con largarse, mamá suplicaba que por Dios no nos desamparara y él soltaba su frase de cabecera: “Ni porque me lloren lágrimas de sangre”. Papá sólo hacía dos cosas en la vida: o trabajaba como un burro o se emborrachaba como una bestia. Sobrio, no decía nada, nos ignoraba, y borracho, se volvía sentimental. Los borrachos me aburren.
Cuando pregunté por él, en la cocina, mamá dijo que desayunara porque ya faltaba un cuarto. Probé el café, revolví los huevos, manoseé el pan y salí corriendo. La mañana fue una sola carrera. Todo me daba vueltas. Olvidé una tarea, perdí una evaluación y, para colmo de males, extravié el dinero del almuerzo. Me dediqué a patear piedras y latas de cerveza en la calle. La jornada de la tarde tuvo sus propias desdichas.
Cuando volví a casa, mamá no estaba. Había dejado la llave con la vecina. Mi hermana llegó al rato. Me sorprendió fumando pero no armó ningún escándalo. Dijo como si nada:
—¿Quieres saber una cosita, Fernando? Papá se fue con Mariela Cruz. Ya se llevó la ropita.
Le pregunté cómo lo sabía, por qué.
—Los hombres se vuelven locos por un culo parado.
Mamá llegó tardísimo, con los ojos hinchados pero sin rastros de sangre. Nos abrazó y se fue a la cama. Salí a caminar durante horas, fumando un cigarrillo tras otro. Abandoné la ciudad y en un potrero sorprendí a dos hombres que compartían los favores de una muchacha.
—Soy una pinche luciérnaga —dije, bebiendo una vaso de agua tras otro, para desintoxicarme.
Doña Cecilia Arenas se volvió otra. Mi hermana y yo nos encargamos de la casa porque mamá no hacía presencia. Llegaba a medianoche, a veces borracha, y se levantaba tarde, cuando ya nos habíamos ido al colegio. Al volver, no la encontrábamos. Ya no me preocupé por esconder los cigarrillos en un pino de la orilla de la carretera porque doña Cecilia no volvió a revisar mi cuarto, y mi hermana, para colmo de bendiciones, se aficionó a los placeres del humo. Ya no tenía que inventar escondites para las revistas de mujeres desnudas. Bastaba con camuflarlas en el fondo de una caja de cartón. Tuve una gripe y mamá ni se enteró.
Vi a don Aldemar de cuando en cuando. La primera vez por casualidad, en el Parque Pepe Romero, con Mariela Cruz. Era linda, delgada, una muñequita, pero no era mi mamá. Más bien parecía mi hermana mayor. Papá nos presentó y nos invitó a un jugo en El Palacio de las Frutas. Hablamos del colegio, por supuesto, y solté algunas mentiras. La muchacha parecía apenada y se reía todo el tiempo. Papá dijo que pasara a visitarlo. Alguna vez fui a la casa que tenía con Mariela Cruz en Valparaíso. Una casa pequeña que necesitaba muchos arreglos y que me desvaneció el rencor del abandono. En ese moridero de pobres que era Valparaíso, un barrio de casas tristes y calles destapadas que la policía nunca visitaba porque le daba miedo. Papá tenía problemas de dinero.
Mamá no. Empezó a comprar cosas para la casa, más cosas que nosotros debíamos limpiar, comenzó a comprar vestidos lujosos y llamativos, perfumes caros y una que otra joya, como si tuviese una varita mágica. Ni mi hermana ni yo nos atrevimos a preguntarle de dónde venía el chorro. A veces la traía un hombre, a veces la esperaba en la esquina un auto lujoso. Mi hermana y yo no nos decíamos nada. Nada. Dejábamos que pasaran los días con la vaga esperanza de que alguna vez el tiempo volviera a poner las cosas en su sitio. Hasta que un desgraciado soltó la terrible frase: “Su mamá se puteó”. Le reventé la nariz a la putrefacta rata de alcantarilla y me dejó un ojo morado y a medio cerrar. Le dije a don Aldemar en uno de esos encuentros casuales:
—Mamá anda en malos pasos.
—Es tu mamá.
Quiso decir que no debía juzgarla, que debía hacerme el de la vista gorda y quererla de todas maneras.
—No tienes que hacerte matar —dijo papá.
No le hablé de mi hermana, que aprovechaba el desorden para verse hasta tarde con Humberto, un mecánico de motos. Creo que una noche se quedó con él. Luego la encontré derramando sus propias lágrimas de sangre. “Se aprovechó de mí”, dijo. No se volvieron a ver. Mi hermanita del alma levantó el reemplazo en un abrir y cerrar de piernas. Andaba como loca. Dormía desnuda. Un terremoto, y todo el mundo le conocería el culo. Yo todavía no tenía bigote, pero ella se rasuraba las axilas y la cosa. La otra vez la vi, por accidente, en esa tarea. La casa era tan chiquita que nos tropezábamos a cada rato.
Tampoco mencioné ante papá mis extravíos. Me emborraché un par de veces y fue horrible. Alguien me ofreció marihuana y fue peor. Sentí que me buscaban para matarme. Más de una vez desperté empapado de sudor. Martina Prado se ofreció a enseñarme los senos si le pagaba, pero no conseguí el dinero. Mamá no se descuidaba. Calculé que necesitaba sacrificar los almuerzos de por lo menos dos semanas y las tripas me chillaron.
—Hasta me los dejo tocar —precisó Martina.
No soñé con las teticas de Martina Prado sino con los melones de Abelarda Cienfuegos, la novia del gordo Barroso. Lamí como un perro muerto de hambre la foto de Pamela Anderson. El mundo ya no era lo que era y se me salía de las manos. Quise sentarme en un rincón a esperar que todo pasara.
—Papá.
—Qué.
—Vuelve a casa.
Papá me miró con lástima. Pasó sus dedos por mi cabeza y dijo:
—Siempre te he querido.
No nos vimos en unos cuantos meses. No coincidimos. Si lo buscaba en la oficina, había salido a cumplir algún trámite, y si lo buscaba en su casa, estaba por llegar, Mariela me pedía que esperara y me cansaba de mirar las paredes. Niños con el ombligo al aire jugaban con barcos de papel en los charcos amarillentos. Tampoco lo busqué muchas veces.
—Marica —me dijo Martina Prado cuando nos cruzamos en las escaleras.
Martina era todo un verde prado en mis sueños, un jardín, un estadio de girasoles, y yo, el caballo que la devoraba sin descanso. Nunca me atreví a decirle que era el animal que pastaba en su apellido.
Le pregunté al negro Alcides cómo hacía para mantenerse con billete y me señaló con disimulo a la profe de geografía. No pregunté detalles, pero me asombró que al negro le gustaran tan viejas y tan gordas.
—Es una vaca.
—¿Quieres hacerla mugir? —dijo Alcides, riéndose—. También persigue a los desteñidos.
Decidí darle el sablazo a don Aldemar. Nos encontramos de casualidad a la salida del Andrómeda, donde exhibían por el precio de una La amante del teniente francés y Frenesí en París. Él estaba solo y yo también. Había abandonado la bebida.
—Pero veo botellas hasta en la cara de los santos.
Me acompañó a tomar el autobús.
—Vas a tener un hermanito —me dijo a manera de despedida.
Con el par de billetes que dejó en mi mano sudorosa, ahora doblados en el fondo del bolsillo, le recordé a Martina Prado el ofrecimiento y me cacheteó delante de medio mundo en el patio de recreo. ¿Quién entiende a las mujeres?
—Dame esos billetes y te digo cuál hembra te muestra las tetas —dijo el negro Alcides.
—¿Y qué saco con saberlo?
—Te la pongo en bandeja.
Le di los billetes al negro y dos días después me pasó el dato: Abelarda Cienfuegos.
—¿Creíste que no sabía por quién se te escurre la baba?
—¿Y Barroso?
—No te preocupes por ese gordo marica.
Fui a la casa de Abelarda y pulsé el timbre con mano temblorosa y dolor de barriga. ¿Sería verdad o el negro me había estafado? O me daban otra cachetada o descubría el universo. Ya era tarde para echarme atrás. Abelarda abrió la puerta y me recibió con un beso. Me llevó de la mano hasta su cuarto, que olía a incienso, y me hizo sentar a la orilla de la cama. Se desabotonó la blusa.
—¿Quieres ver más, bebé?
Me arrojó la blusa a la cara.
—¿Más?
Se arrancó el brasier y sacudió sus inmensas tetas de un lado a otro. Luego se acercó hasta mi boca. Pasé la lengua, hundí la cara, chupé los pezones.
—La vía láctea —dijo Abelarda, adivinando mis pensamientos—. ¿Quieres más, bebé? Quítate la ropita.
Lo hice y me quedé tendido en la cama, como un cervatillo asustado en las fauces de una leona hambrienta, mientras Abelarda me recorría, primero con los senos y luego con la lengua. Había metido la cabeza en el enchufe y la electricidad me recorría de pies a cabeza.
—Ay, Fernando, siempre te tuve ganas, pero pensé que no te gustaban las mujeres. ¿Quieres más?
Desnuda, se acaballó sobre mí y entré en cuerpo y alma al paraíso. Abelarda Cienfuegos comenzó a gritar como una loca. Temí que de un momento a otro los bomberos derribaran la puerta y entraran corriendo al cuarto.
Tres meses después papá volvió a casa. Lo encontré en la sala, flaco y con los zapatos desgastados, cuando llegué de la biblioteca, donde estaba a punto de terminar Madame Bovary. Mi hermana no iba a clases desde que su barriga se hizo evidente. Ahora lloraba en los brazos del hombre de la casa.
—Saluda a tu papá —dijo mamá—. Nos perdonamos todo.
Papá torció la boca y movió la cabeza hacia delante un par de veces. En una pausa del noticiero, esa misma noche le pregunté por Mariela Cruz.
—Se fue —dijo, retorciéndose el bigote.
—¿Y mi hermano?
—No era tu hermano.
Como para consolarme, añadió:
—Ahora vas a tener un sobrino.
—Y tú vas a ser abuelo.
—Cierto —dijo papá, y me pareció feliz—. Ya me encontré las primeras canas y necesito unos anteojos.
—Tengo novia.
—Ya era hora.
Mamá había preparado una cena suculenta, como de Navidad, y se reía por cualquier cosa.