Cayó en mis manos el collar de perlas negras y lo apreté con fuerza para
mí desconocida. Cuatro imágenes distintas cruzaron, con extrema calma, frente
a mis ojos:
una mujer rubia leyendo un libro de poesía erótica, acostada sobre una
blanca hamaca que se balancea y permite ver sus perturbadores muslos que
sudan copiosamente;
dos mujeres en baby-dolls, sentadas con calculada displicencia. Una con un
espejo redondo en una mano, mientras se acicala el pelo con la otra.
(Guirnaldas de flores yacen a sus pies, rodeándolos). La otra, sobre un
bidet impoluto, deja caer agua de una jarra hasta sus senos que tiemblan y
se sacuden;
una mujer alta y delgada, vestida de novia y con velo, reposa echada
encima de un camastrón de hierro. Lee viejas cartas que empiezan todas por
la expresión “Mi inolvidable ninfómana...”;
una muchacha flaquísima y sumamente descolorida, con sus nalgas apoyadas
en una silla de montar, sirve té en una mesita cubierta con mantel morado.
La muchacha lleva medias del mismo color que el mantel y sólo el lado
izquierdo de su rostro puede ser observado.
Deshice el collar y sumergí las perlas en una mezcla de ácidos. Gritos de
dolor se escucharon en el fondo del crisol. Desde entonces, cuando me baño en
el mar evito el contacto con las conchas y con el nácar que se oculta en la
orilla.