A la sombra de un kiosco

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Cayó en mis manos el collar de perlas negras y lo apreté con fuerza para mí desconocida. Cuatro imágenes distintas cruzaron, con extrema calma, frente a mis ojos:

  • una mujer rubia leyendo un libro de poesía erótica, acostada sobre una blanca hamaca que se balancea y permite ver sus perturbadores muslos que sudan copiosamente;
  • dos mujeres en baby-dolls, sentadas con calculada displicencia. Una con un espejo redondo en una mano, mientras se acicala el pelo con la otra. (Guirnaldas de flores yacen a sus pies, rodeándolos). La otra, sobre un bidet impoluto, deja caer agua de una jarra hasta sus senos que tiemblan y se sacuden;
  • una mujer alta y delgada, vestida de novia y con velo, reposa echada encima de un camastrón de hierro. Lee viejas cartas que empiezan todas por la expresión “Mi inolvidable ninfómana...”;
  • una muchacha flaquísima y sumamente descolorida, con sus nalgas apoyadas en una silla de montar, sirve té en una mesita cubierta con mantel morado. La muchacha lleva medias del mismo color que el mantel y sólo el lado izquierdo de su rostro puede ser observado.

Deshice el collar y sumergí las perlas en una mezcla de ácidos. Gritos de dolor se escucharon en el fondo del crisol. Desde entonces, cuando me baño en el mar evito el contacto con las conchas y con el nácar que se oculta en la orilla.

Junio de 2003