La veo acercarse con lentitud al chorro de agua fresca que cae sobre el
empedrado. Se apoya en un bastón. Su blanca y larga cabellera requiere ser
mojada para atenuar el calor. Extiende su mano derecha y la ahueca. El líquido
se desborda y salpica sus zapatos sucios. Ella encorva aún más su espalda y
las arrugas de su rostro se le profundizan. No tarda el agua en correr por esos
surcos. Musita unas plegarias y permanece allí durante largo rato, en
silencioso diálogo con la humedad y las ranuras que separan a las piedras.
En el extremo opuesto un monje de avanzada edad está sentado en el piso, con
las piernas cruzadas. Una columna de oscuro lustre le sirve de fundamento. Me
contempla con los ojos entrecerrados y una leve sonrisa. Parece que nada lo
perturba, ni siquiera el chiquillo que, detrás de él, en cuclillas, se
desternilla de la risa y oculta su rostro entre su regazo.
(El padre del niño reidor ha ofrendado su sombrero a una imagen de Buda y lo
ha colgado de un poste y se ha marchado. El niño continuó riendo y ahora su
orfandad deberá ser capaz de conmover al viejo monje).