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VIII
Sobre el tejado del templo todo era dorado: el venado, la rueda de la vida y
el tiempo y las campanas.
Abajo, en el patio, una muchacha descansaba. Se había sentado y la sombra
del gran pilar oscurecía todavía más su piel. Su mirada parecía atravesar
los paredones para, luego, detenerse en la Colina Roja a detallar los aspectos
del Palacio (donde había vivido su admirado rey) que más la conmovían y la
hacían enmudecer.
Dos ancianas (¿tal vez su madre y su abuela?) rezaban por la muchacha y
hacían girar los sutras. Frente al Buda adecuado elevaban sus preces y el
ambiente emulaba al fuego. Por momentos, el hedor rancio de la mantequilla
disminuía un tanto. Las diferentes deidades salían de su mutismo e intentaban
transmitir un mensaje que nunca terminaba de llegar a los ansiosos rostros.