Cuaderno de Lhasa (extractos)

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XII

La impresión de las dos manos del quinto dalai lama detuvo nuestro tránsito en la puerta-corredor del Palacio Blanco. Tal reliquia recuerda a los gestos de los policías de tráfico. El sexto dalai lama que era tan díscolo, mujeriego y bebedor, ¿pretendería alguna vez con similares señales detener el avance de los otros? Me hubiera gustado celebrar con este anciano de gustos profanos y yo le hubiese obsequiado un ovejo cebado y capón, unas jarras de hidromiel, un rebaño de caballos enanos que comiesen una vez a la semana, unas aves que trinaran en sánscrito, una concubina de prietas carnes y dos eunucos gemelos que tocasen el gong con cordeles de seda.

He llegado un poco tarde al Palacio Potala y ya el sexto dalai lama no creo que necesite mis regalos en la stupa donde se aloja ahora. Sin embargo, coloco un trozo de mantequilla y un billete venezolano frente a su morada definitiva y le deseo pronta reencarnación para que el mundo vuelva a desenvolverse como él lo tenía acostumbrado.