La poesía se erige en argos y es constante y permanente su vigilia. Abarca con su presencia todos los
tiempos que se puedan imaginar, crear, transgredir. En la poesía viaja la mirada donde ha penetrado la
interioridad/exterioridad del acontecer de los días y de los hombres. Vierte aguas y fuegos sobre el
horizonte en expansión de lo citadino y lo rural, lo pronto y lo lento.
Con sus ojos parleros, la poesía se ubica en las encrucijadas llevada por su condición de centinela, a
contrarronda. ¿A quién ojea? ¿A quién vigila? ¿A quién alerta? Al alma ya sus consecuencias. Da los
nombres y corre en las palabras. Emprende un periplo de la memoria, ausente de fugacidades. La simultaneidad,
entretanto, se asoma a través de los resquicios. Unos momentos donde mañana se siente acá, aun costado.
Hasta las pupilas/oídos/poros.
¿Cómo la poesía especifica esta parte del año, asociada a su inversión de sentidos, con sus polisemias
no reveladas? Aguijoneando a la intemperie, sin rendirse, sin cansancio; trajinando al verbo sustantivo;
mutando, porsiacaso, el salvoconducto hacia el misterio que se intuye con remembranza de arcano. ¿Se
propondrá la poesía constituirse en viático? De sorpresa en sorpresa acude a la víspera de su oficio, ala
escritura que ocurre y encarnece.
El poeta se sabe viajante y su andanza emula una travesía de múltiples bagajes. ¿Es vicario el poeta en
su trastrocamiento de léxico y destino? Cuando de poesía, gira el apremio de la celebración. Siendo
consistencia de ojo transpone el ojo al ser. Sale por medio de los ojos de la poesía y da en la órbita del
tiempo que ya estaba aquí y en invención persiste para la inefable unión de eslabones al curso.
Vueltos hacía sí o levantados, los ojos de la poesía turnan su avizoramiento, lo abren y depositan un
todo completo, una complejidad de pronunciar en sencillez. ¿Y si la poesía avanza con ojos absorbentes?
Debemos quedarnos a la espera, protegidos por la cobertura de la expectativa. Alertas, vigiando, en guardia.
A la poesía no le faltan intervalos en medio de las continencias. Ella invierte el transcurrir en
desaparecer los casos, los serían, los por menores que relacionan. Pospone, eviterna, la amalgama de los
jamases y, a poco, sobrevendrán vórtices. Espirales que arrastran los sacudimientos.¿Para qué sirve la
poesía, inutilidad resumen de inutilidades? ¿Posee valor de uso o de cambio? ¿Da prestigio? Ensancha el
globo ocular en son de tijeras; localiza un espacio bajo las llaves y repara los parpadeos; desplaza a las
pestañas opuestas al arco del insomnio; cava un hueco por donde huyen las impresiones falsas; nos transforma
en pájaros de ojos zarcos o duros o zahoríes u ondulantes; nos hace callar para plantarnos en mitad dela
calle.
El poeta rumia y mastica entre cedazos el alimento de las palabras que enganchan las metamorfosis. La
poesía otorga sin reniego. Sigue, prosigue, rumbo ala esplendidez, ala asamblea de los desvanes, de las
costuras generadas en el ínterin. Juegos de los exordios. Culmen.
La poesía entrevé los prolegómenos que imperceptiblemente se deslizan en el maremágnum de la vida con
la muerte o de la muerte con la vida. Interroga y se interroga por lo incomprensible y se sumerge en la
corriente insondable del tráfago humano. Sucesos, estados, seres, acciones son escudriñados para aproximarse
a un posible paradigma. Allí el verbo resulta expuesto en su desnudez y las aristas de lo imperfecto se
acallan.
Vera efigies, la poesía causa conjunción y parte; produce correspondencia y adquiere un antefuturo;
desencadena un potencial y enarbola las síntesis al interior de las nomenclaturas; proporciona el hipotético
sueño basado en la mezcla de juegos; realiza el acierto de estabilizar los fenómenos parasintéticos.
A la poesía le sobran ojos para mirar sin ver; escuchar en lontananza; oler lo imperceptible; silenciar el
barullo de las horas; subvertir las ensoñaciones anteriores. Al andar hacia su sustancia implosiona su propia
raíz. Viene y se queda y anochece con premeditación y aviso.
El magnetismo de la poesía —su ojo máximo— le acompaña a través de los cuerpos de sangre bullente.
Puede provocar eyaculaciones que se sumergen en la contemplación de las expresiones delirantes. En los
imberbes e inocentes la pureza es desarmada a la manera de una pérdida virginal.
La poesía tiene que morir cada vez un poco. Para vivir aún mejor. La procedente explicación asegura su
no olvido hacia la combustión del final. Ella nos refiere a los fundamentos sublimes en donde la práctica
semeja un sacramento de lo profano.
Así, el acto poético insiste en la persistencia de la memoria, capaz de romper con la complacencia
hipócrita de los vocablos que gimen de cansados. Así, una verdad aclara muchas revelaciones. Tras una serie
de andanzas, la poesía permea y devora los sábados y las armonías a sus órdenes.
El estatismo pertenece a los antípodas de la poesía. Lo santo, lo apostólico, lo monárquico no es de su
incumbencia. Su sabor pende de la lengua que exige lo libérrimo, lo lúbrico, lo que descalabra, lo
golpeante, muchas veces lo procaz. Ecuménica, aligera el licor de su aura.
Al ver unos labios leyendo el desenmascaramiento de la poesía, no puede uno sino sentir el poder de un
como animal volátil y precedente, echado sobre la cabeza que disecciona y maravilla por sus argumentos en
distintos planos. Constancia de la fluctuación hacia lo proteico.
¿Y la gula y el sibaritismo y los placeres de la mesa y de la carne serán trozos de ausencia en la casa
con ojos de la poesía? ¡Gloria que no y aleluya de delicateces! En descenso al pozo de la gastronomía un
viraje a propósito nos coloca al verbo que se aromatiza y embriaga y seduce a la hembra con su portento de
salacidad y emoción, gusto a perpetuidad.
Transforma la poesía los espíritus al transfundirles las imágenes reveladas en solitario, arte de la
intuición y del razonado acento. Búsqueda de lo atávico en los paradigmas que brotan constantemente de los
almanaques actuales. Traspasamiento del plexo solar a su apetito voraz.
Del cúmulo de estaciones, la estación de la poesía es la más temida por inmanipulable. Sólo quienes
logren la eventración de sus leyes íntimas podrán saborear la luz de su piel descalza, su cesión de tracto
para la levantisca del corazón. Hay en su ámbito una continuidad de escrituras y signos eslabonada por la
secularización de los antiguos númenes.
Deificada para el disfrute personal, encabrito a la poesía y le chupo los ojos, sus iris, sus morlacos de
inteligencia, su sapiente lagrimeo, su retina que piensa y se humedece y proclamo ante sus ventanas visuales y
sonoras que miraré de lechuza por sus noches, de perro ciego por sus mediodías, de faro de taxi en sus
correrías, de vela encendida en el cuarto del ratón, de linterna en sus asaltos, de media luz en los
burdeles, de pleno sol en las plazas, de lamparita en los recuerdos...
Y en la coda va un texto a modo de poética propia.
“Poesía de agua y viento en el olfato de los animales urbanos y rurales;
vientos de pope y el señorito zar recogiéndose los calzones;
aguas emperradas y a merced de su nivel imposible;
vientos hurtados y dejados atrás para mejor artesanía;
aguas de las arañas y un desconcierto para tránsito de altura;
vientos mostrencos y en escapatoria y mudabilidad;
aguas de palo herrado y a la intemperie;
vientos con rumbo y divisados desde las garitas;
aguas para remedio de cerraduras y doncellas preñadas;
vientos alineados y en la flor del encuentro cerrado;
aguas de las salamandras que preservan su hoguera.
Poesía de agua y viento en los almacenes emplumados y en comunión permanente con los solares y en buena pro y púbica”.