De poetas y seres alados
Ilustración: Pedro Holder
El poeta J. L. S. descansaba, a la orilla del mar, en su silla de tijera. Cierta bandada de pelícanos pasaba, a ras del agua, cada media hora. En una de las pasadas, el pelícano más viejo, al parecer, recogió las alas, se ladeó y cayó en medio de las olas. El poeta se quitó los anteojos ahumados y salió corriendo al rescate del ave. La atrapó en la orilla pedregosa, mientras ella daba vueltas y se golpeaba el cuerpo.
El pelícano sobrevivió, pero nunca más pudo volar. Seguía al poeta por toda la casa. Comía lo mismo que él, con su pico descansando sobre una pierna del poeta. Cuando el poeta salía, el pelícano lo acompañaba hasta la puerta del jardín y allí se quedaba hasta que él regresaba. Por las noches velaba su sueño como un fiel guardián.
Ya longevo y casi desplumado, el pelícano entregó su último aliento a un inolvidable ciclón que asestó trompadas a la isla. El poeta encontró al pelícano en un rincón de la casa, aplastado contra la pared, pero con una sonrisa de agradecimiento en su ancho pico.
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Las palomas de collar eran las preferidas del poeta J. M. M. Él había construido un palomar, protegido por malla de alambre, encima del retrete de ladrillos del patio. A cualquier hora que el poeta acudía al retrete, el conjunto de palomas lo recibía con su tutujúúúú y entonces vaciaba el vientre con mucho mayor placer. El poeta se desvivía por conseguir los mejores granos para sus palomas: estaba convencido que ello redundaba en más fuertes y melodiosos cantos.
El poeta recortaba con frecuencia las alas a las palomas. Temía que, de llegar a escaparse alguna, volaría y nunca la recuperaría. Además las palomas de collar eran las más caras del mercado.
Por las mañanas, el poeta se acuclillaba cerca del palomar y se ponía a componer sus versos naturales, pero sin ripios. En una ocasión, su favorito, el macho del palomar, logró salir, revoloteó con dificultad y finalmente se posó en tierra. El poeta intentó ponerle mano, mas la columbina se escabullía por entre los arbustos del patio. Ofuscado y colérico, el poeta comenzó a arrojarle pedruscos, sin intención de dar en el blanco, tratando de acorralarla. Un pedrusco dio de lleno en plena cabeza del palomo y éste se desplomó y comenzó a girar, mientras aleteaba ensangrentado, hasta que quedó inmóvil. El poeta se llevó las manos a la cabeza y no daba crédito a lo que había hecho. Levantó al palomo. Lo sopló repetidas veces en el pecho, mas su cabeza permaneció tumbada de lado. Al poeta se le salieron todas las lágrimas. Con un profundo dolor enterró al palomo bajo un rosal. Luego desmanteló el palomar y repartió las restantes palomas entre sus amigos envidiosos.
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Una tormenta eléctrica que desgarraba con sus rayos y centellas al cielo nocturno de todo el valle, hizo detener la apresurada marcha del jeep de finales de la Segunda Guerra Mundial que conducía el poeta J. R. C. Estacionado en un puente de una curva, el poeta, asimilando su borrachera, se puso a contemplar el sobrecogedor espectáculo que se escenificaba en el firmamento. De pronto, escuchó los graznidos de un grupo de pequeños patos migratorios que se desplazaba a baja altura y vio cuando uno de ellos chocaba contra los cables del tendido eléctrico. El pato se quebró la pata izquierda y el poeta lo rescató y metió dentro del jeep.
El poeta retornó a su casa lúcido y sobrio. Lo primero que hizo fue buscar un lugar donde colocar al pato. Ninguno de los sitios le pareció conveniente, por lo que decidió atar la pata sana del pato a la argolla de una pesa de cinco kilogramos que servía para mantener abierta la puerta de la cocina. Allí el pato comenzó su nueva vida de cautivo y allí se alimentaba con las sobras de las comidas que el poeta le ponía en un plato de peltre.
A veces, por las noches, atravesaban los linderos de la casa del poeta bandadas de patos. Sus graznidos parecían convocar a los congéneres ausentes. Al principio, el pato cautivo respondía con vigor al llamado, pero después, poco a poco, dejó de responder y sólo se limitaba a voltear la cabeza hacia la dirección de donde provenían los graznidos. El poeta descifraba todos los mensajes y escribía sobre cuadernos sucios con las hojas desprendidas.
El pato engordaba cada vez más y la pata amarrada comenzó a hinchársele. El poeta pensó en sacrificar al pato y hacer con él un puchero. Se le acercaba para intentar retorcerle el cuello, mas, al final, no se atrevía. El pato enfermó de bulimia y al poeta lo ganó la desesperación.
Una mañana la pesa de cinco kilogramos apareció sólo con el cordel atado a su argolla. Del pato no había ni rastros. El poeta trató de indagar por su paradero. Únicamente obtuvo un somero indicio de fuga patrocinada por su cocinera.
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Los colibríes eran una delicia, más si se consumían fritos. Esto afirmaba con rotundidad el poeta A. B. C. En su espacioso jardín había numerosas plantas de isora que permanecían florecidas el año entero. Las profusas flores rojas atraían a los colibríes y al poeta le agradaba acostarse debajo de ellas para observar con más detenimiento a las velocísimas aves cuando, casi detenidas en el espacio, extraían sus largas lenguas y chupaban el néctar. Luego el poeta se escabullía con mucho sigilo, tomaba su rifle de aire comprimido e iniciaba una cacería de indudable precisión, parapetado detrás de los libros de su biblioteca. Al completar la docena de colibríes cazados, el poeta los ensartaba, a través de los huecos por donde respiraban, con un alambre. Rápidamente los desplumaba, les abría los vientres y se impregnaba los dedos pulgar e índice con la sangre ya casi coagulada. El poeta creía con firmeza que la velocidad de los colibríes pasaba a los dedos que usaba para escribir y por ello recurría con frecuencia a esta práctica. Los colibríes, ensartados, se movían por breves minutos dentro de un caldero con aceite hirviente. El poeta los extraía, los pasaba por una salsa picante de nueces y luego los comía, uno a uno, mientras sentía en el paladar un impetuoso aleteo y el crujido de los dulces huesecillos.
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Al poeta H. O. le regalaron una impresionante lechuza en su último cumpleaños. No preguntó porqué eligieron a semejante ave como obsequio. Si había sido para burlarse de él, no lo consiguieron. Adoptó al ave desde el primer momento y determinó convertirla en su inseparable compañera: ni sabiduría, ni perspicacia le faltaban a la lechuza.
Tullido de una pierna, el poeta debía usar muletas. Al aglomerarse las sombras, se desplazaba hasta el salón de billar y allí permanecía, apostando, toda la noche. Cuando se apareció, por primera vez, con la lechuza posada en un hombro, los asiduos al salón de billar no creyeron lo que vieron. Conociendo el mal carácter del poeta, no osaron reírse de él abiertamente. El poeta colocó a la lechuza sobre un borde de la mesa, tomó un taco y abrió juego. Miró a la lechuza a los ojos y luego arrojó sobre el paño verde un puñado de billetes de alta denominación. Alguien aceptó el desafío y pronto se arrepintió. Antes de taquear la bola, el poeta consultaba a la lechuza y ésta le indicaba hacia dónde debía dirigir el golpe. Así el poeta desplumó a más de un retador con ínfulas de gavilán. En sucesivas noches el poeta repitió la hazaña. Al final nadie quería apostar con él mientras no se deshiciera de la lechuza. El poeta insultó y maldijo a los perseverantes clientes del salón de billar. Les dio la espalda y se alejó satisfecho, orgulloso u orondo. No le lanzaron un botellazo contra la espalda debido a que la lechuza, con la cabeza vuelta hacia atrás, les infundió miedo.
Al poeta se le dejó de ver en las calles. Apenas salía un momento, compraba el periódico, un poco de jamón y queso, una botella de ron y algunos panes y se encerraba de nuevo en el cuartucho ubicado sobre la única sala de cine del pueblo. Desde afuera se escuchaba el frenético tecleo de la máquina de escribir y los diálogos filosóficos del poeta con su lechuza. Los escasísimos amigos del poeta terminaron por execrarlo.
Una madrugada la lechuza emergió por la ventana del cuartucho, dio varios giros, chilló lastimeramente y voló hasta perderse dentro del agujero del oscuro cielo. Avanzado el día, el cartero propagó la noticia del fallecimiento del poeta: había encontrado su cadáver sedente y cubierto de plumas y en una de sus manos aferraba un poema manuscrito dedicado a la sutil comprensión de las lechuzas.
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Guiado por su novia, el poeta O. G. A. aprendió a comer perdices asadas en un famoso restaurant chino. Las perdices eran servidas enteras en una bandeja de plata. El cliente las desmembraba con las manos protegidas por transparentes guantes de plástico y luego impregnaba cada trozo en una mezcla aromática de sal, clavo de olor, pimienta y canela.
Después el poeta solía venir al restaurant chino con amigas adolescentes y ordenaba raciones dobles de perdices bien asadas y lustrosas. Al contemplarlas en la bandeja, con sus paticas encogidas hacia arriba, mostrando los culitos dorados y sus cabecitas de monjas budistas, el poeta les insinuaba con los ojos a sus amigas que así quería verlas sobre la mesa de su comedor y ellas le incitaban a devorar lentamente a las perdices, con la boca abierta en provocación y salivando y que no les quitara a ellas la vista de encima para poder disfrutar mejor de todos los sabores que brotaran de repente y más allá.
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Coleccionaba gallos el poeta A.P. Gallos de todos los colores y procedencias: gallos enanos y gallos del Japón, de largas colas; gallos de pelea y gallos domésticos; gallos mensajeros y gallos circenses. (Aunque admiraba la arrogancia y la valentía del urogallo, no lo incluía en su colección, porque no lo consideraba un verdadero gallo. Sin embargo, había algunos ejemplares muy bien mimetizados entre la hojarasca del jardín).
Apenas se insinuaba por el este la melena rubia del sol, todos los gallos comenzaban a cantar al unísono, con diferentes modulaciones, pero sólo el poeta los escuchaba y despertaba lleno de vigor. Tomaba un pedazo de tiza y rápidamente bosquejaba sobre una pared la figura de un imponente gallo. Luego invocaba a San Luis Rey de la Luz y le ofrendaba cada parte del ave, mientras la señalaba con una línea recta: “La cresta para que el día ascienda en su ola...El pico para que anuncie sucesos faustos...Las barbillas para que el tiempo oscile sin necias intermitencias... Las plumas del cuello para hacer deslizar la vida por gratos derroteros...La pechuga para enfrentar los combates que impone el crecimiento en las calles...El plumón para ganar bríos y continuar en el trajín...Los muslos para danzar al compás de las volteretas del azar...Los espolones para penetrar en las verdades más abstrusas...Las remeras para desplazarse tras los consejos sabios del viento de las tardes...Las lancetas para drenar los obstáculos del acontecer...La cola para proteger con eficacia lo andado por las orillas de la existencia...Las alas para remontarse hasta donde están las panojas secándose bajo los cometas...Las mejillas para enorgullecerse y pintarlas de grana durante el solsticio de verano...” De improviso, el poeta agitaba los brazos y salía al solar. Con el cuello alargado imitaba al canto del gallo y todos los colores del alba se desparramaban sobre sus árboles y el poeta comprendía que también la certeza llegaba emplumada.
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El enorme espejo de cuerpo entero del poeta H. A. atraía todas las noches a bandadas de murciélagos. Sentado en la penumbra, el poeta aguardaba, con risa sardónica, el inconfundible aleteo de los “ratones calvos” al penetrar a la casona que se deterioraba por propio impulso. Los murciélagos sobrevolaban por cortos intervalos muy cerca del techo y luego, de súbito, descendían todos juntos, mostrando los afilados colmillos, y chocaban contra el espejo. Uno a uno iban resbalando por la fría superficie y dejando a su paso una extensa mancha de sangre y pelos. Caían al piso, boca arriba, pataleando. El poeta se carcajeaba a más no poder y se agarraba el abultado vientre. En seguida, sin dejar de reír, tomaba una escoba y aplastaba a golpes a los murciélagos. “Ahora sí voy a ser capaz de escribir un poema superior a “El cuervo” de Poe”, afirmaba en cada ocasión el poeta y el poema no terminaba de aparecer, pero sí continuaban apareciendo los murciélagos y con ellos, una nueva esperanza de lograr la gran creación y la fama y el reconocimiento de sus coterráneos.
Pasaron los años y los murciélagos se extinguieron. “El murciélago”, el que iba a ser el más eximio poema, quedó como simple esbozo. El poeta H. A. continuó sentándose en la penumbra y, a veces, cuando lo ganaba la congoja, se colocaba una máscara de murciélago y se miraba al espejo hasta que lo vencía el sueño.