Se exalta la figura humana a través del miedo. Su rostro arácnido endiosado por el auxilio del mármol. No es necesario hablar de los deseos: son tan pobres que provocan un vómito en los comensales. La edad verificada del hombre ya es asunto del pasado. Por una mirada carente de sensibilidad se anuncian las pesadillas de la geografía. La comedia mundana atada por los flancos, mientras se le talla una cicatriz con hacha. ¿La ausencia de una decisión brilla con furia? Como la sopa para un fanático así encaja la ceremonia nupcial. Los amorosos se hartan de ponches, escupen a los faros, resuellan por las puntas, se cagan en las poleas, se anudan los genitales... Cualquier intervención apresurará las visiones espectrales, pero ante todo, las partes posteriores del culo, donde se detienen a tomar agua las brisas y las estrellas chiflan con hierros radiantes.
¿Qué se dirá de los nefastos errores de las encrucijadas? ¡Sandeces! ¡Pedorreras! La ciudad tiene que deslizarse hacia una vida subterránea. ¡Es la única manera de que se salve! A través de las resinas, las alcantarillas y los pólipos se apercibe un baluarte de bodas, donde el plástico reina cual un jazz para destripados. El hambre ocurre, con sus sabotajes plenos, en la boca del cielo. (¿O en el cielo de la boca?). Quien invita a un diputado a disfrazarse de pantera, quedará impregnado del pavimento de chorizos, suculencias porcinas.
Los padres desembarcan —bien lo sabemos todos— sin visas y a la hora cuando las líneas telefónicas exudan un olor a jabón. ¡Las pobres croquetas sublimes que deben tragar los poetas! Los señores le hacen mimos a los huraños amontonados sobre las ramas de los sarmientos. Tal vez se maquillan allí. En todo caso, adoran a la vida por dura y escuchan lo que la tanatología tiene que decir acerca de los salvajes que se despiden. (Un hombre se agacha y recoge su sombra y la dona a los oficiales vestidos con ropa de kaki). Los domingos las jornadas apestan a amantes en cuatro patas. Los adioses flotan sobre los caldos aumentados por la grasa. Los automóviles niegan cualquier ligazón con los suspiros. Las patrullas policiales vagan cual piraguas y aun se atreven a regresar. Se ratifica que la ciudad se tornó color de alambique. Los fugitivos encuentran pronto su paredón. En imprevisto momento los petulantes amortiguan la voluptuosidad de sus genes. Así se lo exige el sacramento de la falsía. ¡Todo acaba en un coito! ¡Que suelten a los canes fornicarios para que monten a la Venus citadina, nunca ciudadana! ¡Que los pordioseros se conviertan en perros y destrocen a dentelladas a las vulvas imaginarias!
La audacia de los niños modernos es sintomática: no vacilan ante la lubricidad y descuellan en los bulevares de las lombrices. Los taxistas se ven en la obligación de mudar el número de sus matrículas. Los buenos sacerdotes garantizan los retornos eventuales desde la muerte. En olvidados tiempos, los borrachos se comunicaban por señas y eso les bastaba para lograr un equilibrio en las esferas. Ahora no. En la actualidad hay que gritar o berrear durante días y días. ¡Oh, las flatulencias que deposita el público en los púlpitos! Las obras en latín descansan aciduladas y se sienten libres de la grandeza que producen. Las mujeres deberían reencarnar primero y apartar a los idiotas que cuelgan de los subjuntivos y darles una clase magistral que comience por los volátiles del romanesco y los aserrines de a kilo.
En los bares prohibidos a los lampiños, los camaradas bullen cual cocuyos. Trizan sus mejores armas. Le ceden la oportunidad a la inopia. Creen sin permiso. Se agitan entre la vulgaridad y el dogma. Se colman de cerveza los bigotes y sacan las lenguas hasta que les llegue a los vientres para poner en orden sus ideas o sus argumentos.
Se evaden los chambones y van en busca del gesto municipal. Por piezas arman el feo espectáculo de las ruletas alterando el mundo. Los otros, los que no se conduelen con puntos a su favor, saborean la verdad en la suerte que les niega el azar.
Si llega la orden de fiarse de los tesoros es lícito y de sabios acatarla. Las telas finas se reparten entre dos. Cualquier exageración en las tendencias apaga el motor que gradúa las almas piadosas. Cada mañana se prende el bombillo y se reprende al infractor.
Los ángulos de las manos y el de algunos pies anuncian las fantasmagorías que debutarán en los sepelios. El sufrimiento de las millas terrestres se acerca a lo blanco de la existencia. La verosimilitud del alcohol mina la cirrosis que se vislumbra en el arte de los negros. Después se detallarán los palacios y la fe que otorga facultades médicas para convertirse en otro, en una versión mejorada de sí mismo.
A todas luces, el ayer remolcaba un refrigerador y el destrozo de sus llaves puso de manifiesto la burocracia agazapada en las letrinas de las bocacalles.
La poesía se escribe con supresión de certezas, con la exaltación de ecuaciones cuyas fórmulas no se precisan nunca. Al margen de la obra, luego yacen corpúsculos abiertos o ligeramente modificados por los climas, donde los canarios experimentan con sus uretras y las pasiones literarias.
Nadie rememora qué ha sido del antipasto, si todavía conserva su acústica o, acaso, se trastornaron sus soros en el ir y venir. La dehesa elegida y sofocada se arqueaba, grácil, con las luces de bengala y los gatos le arañaban la armazón. El vecino piensa que es menos violento porque orina sin ruido. De ser así, ¿por qué no posa para una fotografía destinada a un orfanatorio? Los hijos de la astucia poseen lenguas de piedra, preciosas, discursivas. Las aves depredadoras, por el contrario, tienen buches que levitan con el mal talante que las caracteriza. ¿Qué propondrán los supuestos ciudadanos ahora? ¿Las dádivas a costa de la emulsión de los escolares? Entonces que se produzca: la intromisión de los sentidos; el desollamiento perpetuo; la confusión de la benevolencia; la clitorimanía elemental; el enmohecimiento de la belleza; el culto apátrida...
El repudio de las formas unánimes se esbozará en las aceras, precedido de un escándalo de marca mayor y registrada. Los mercenarios se creerán citados y se apiñarán en los cuarteles y en las iglesias. A la tolerancia se le enchumbará la matriz y las ratas hilarán al pie de un árbol el vestido para el monseñor. Que nadie diga que no se le avisó del advenimiento de la aurora. Que ninguno ose afirmar que los gonococos carecen de galantería. Todo está bien pensado; todo será indefectiblemente llevado a feliz término.
Los sindicatos ya aprestan sus camiones para que repartan los diamantes y las municiones, los mendrugos y las proclamas. El futuro surgirá en los casinos, en los burdeles, en las bolsas... La catarsis vendrá descrita por una manada de imágenes. Los aparecidos celebrarán su aniversario con brebajes de aceleradas revoluciones y sus risas devendrán en roscas torcidas. La razón infinita circunnavegará las noches y los cerebros olerán a tabaco y el perfil de las metrópolis se unirá a su cáncer y amortiguará los nombres de los sabihondos gobernantes que beberán su orina.
Mérida, noviembre de 2008 / Peking, febrero de 2009.