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Itinerario por mi biblioteca en tres tiempos

Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales

Primero

Itinerario por mi biblioteca en tres tiempos

La accesibilidad a mi biblioteca para los extraños se ve coartada por un samurai de tela que cuelga de la puerta. No conviene molestarlo y tratar de entrar para curiosear o sustraer algún libro de edición especial. Traspuesto el umbral un pequeño armario sirve de preámbulo hacia los tomos de arte, de historia y de filosofía.

Una vez dentro del recinto la poesía y la ficción franquean su espacio y podemos comenzar a dialogar con Saint-John Perse, Neruda, William Blake, Sylvia Plath, Gonzalo Rojas o Francisco de Quevedo como huésped de Li Po, Du Fu o Wang Wei.

Desde su rincón nos llamará la atención Malcolm de Chazal con sus sentidos transfigurados y de inmediato empezará a disertar acerca del dodo, la Isla Mauricio y su sustrato oculto. Dejaremos allí a ese gigantesco pollo-canario-pavo tragando las duras semillas del árbol tambalacoque y el asombro de haber sido exterminado tan rápidamente por los holandeses, por pura diversión civilizatoria. (El dodo vuelve a aparecer unos tomos más allá apuntando con un dedo a Alicia en la tierra portentosa y como “Edwards Dodo” en las pinturas de Roelandt Savery).

La evidencia de la ficción se hará reminiscencia y lucidez en las obras de Truman Capote, Marguerite Yourcenar o Silvina Ocampo. Tomar el desayuno en este espacio, mientras se ojean los lomos de otros libros y se hojea a autores como Stevenson, Poe o Bradbury, proporciona una fruición asaz satisfactoria. El frescor de la mañana nos conduce a una lectura infinita, nunca perturbada por ninguna preocupación.

Si llueve podemos tomar un volumen de la Historia de los Faraones de Egipto y recorrer con lentitud el esplendor y la magnificencia de las pirámides y templos y escuchar a la orilla del Nilo las voces de los poetas anónimos que le cantaban a los dioses.

La maravilla de los libros dispersos y colocados en desorden siempre depara insólitas sorpresas al toparnos con ejemplares olvidados, títulos que no creíamos poseer. Así vuelven a nuestras manos antologías de las poesías inglesa, francesa y rusa y la actividad azarienta de leer por segunda o tercera vez a poetas capturados por un numen de alas que estallan a perpetuidad.

Los libros se abren y consolidan la magia que otorgan. En cuestión de segundos estamos viajando por el Mississippi con Mark Twain, subiendo con Hemingway al Kilimanjaro o caminando con Yasunari Kawabata por las calles de Kioto.

 

Segundo

Itinerario por mi biblioteca en tres tiempos

La tarde arriba con sus ecos de nostalgias y la necesidad de viajar hacia otros paisajes remotos, nos lleva a merodear por los libros que nos guían a través de sus mapas hasta desembocar en territorios largo tiempo presentidos. Conmigo van los ojos de la imaginación y la posibilidad de encontrarse con el Nautilus y el capitán Nemo bebiendo cerveza en el gran despliegue de las realidades asociadas: las pistas, la geografía proyectada en la memoria y las perspectivas.

Las fiestas de la topografía, ya en Venecia o en Nuevo México, ya en Líbano o en Praga, Luxemburgo, el Tíbet o Goa, se inician con el sol brillando sobre papeles celestes. Libros que se extienden con sus miles de millas y que abarcan las aventuras, la amistad, la traición, la llaneza y la credulidad. Todo deviene en un archipiélago fiel a los colores y a los tránsitos de quienes trashuman y testifican.

Al mismo tiempo emergen los arcaicos caminos con sus huellas de exploración, descubrimiento, confrontación y encuentro de mercancías y hombres. La “Ruta de la seda” y las caravanas fantasmas que se entrevén en medio de tormentas de arena. Simbolismo de la compulsión por alcanzar lo desconocido. Claudio Ptolomeo dando instrucciones de cómo llegar más allá, allende las fuentes del viento, y Muhammad al-Sharif al-Idrisi con su larguísimo mapa para caminar sobre él con los pies desnudos. Nuevas influencias, nuevas tierras, nuevos seres, nuevas costumbres. Confluencia de lenguas y escrituras. Marco Polo, Ibn Batuta, Zheng He, Enrique el Navegante, Xuan Zang y Luis de Camoes.

El mundo antiguo queda fielmente registrado con el invento de la fotografía que hace realidad las imágenes proyectadas en el espejo en ruinas. La Acrópolis de Atenas y el Imperio Otomano. Monumentos y piedras del Mediterráneo. África del Norte y Europa. Shelley maravillado ante la monumental cabeza egipcia observada en Londres compone “Ozymandias”: “Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes: / ¡considera mis obras, tú Poderoso, y desespera!”. Shelley escribe su soneto dos décadas antes de la invención de la fotografía y perfectamente transmite uno de los más constantes impulsos subyacentes de los fotógrafos de los monumentos y sitios antiguos: el temor a la magnitud de los imponentes restos combinado con un agridulce reconocimiento de la mortalidad.

De un salto tras el ocaso llego hasta Pausanias y me embeleso con su Descripción de Grecia. Ingreso a Mesenia y me dejo cautivar por su historia y su mitología. Los cíclopes me salen al paso y me obligan a refugiarme en la Puerta del León. Allí leo, de Pausanias, su reseña: “Habiendo ascendido al Taigeto y resumido el camino a Argos, tenemos a la izquierda las ruinas de Mesenia”.

 

Tercero

Itinerario por mi biblioteca en tres tiempos

Acontece la noche y con ella el hambre y el deseo. Todas mis vísceras sienten los picoteos. En el ángulo final de la biblioteca me esperan escogidas lecturas para los deleites. Los placeres de la gula y la lujuria puestos frente a mi vista gracias a las letras impresas y a las sugerentes imágenes que las acompañan en el colmo de los goces. El estímulo excita al tacto y al paladar. El poder de los libros vuelve a manifestarse y me recubre con su fascinación.

Brillat-Savarin me conduce a través de su obra, La fisiología del gusto, al territorio exquisito de las meditaciones de la gastronomía trascendente y a la defensa del sabor, la salud y el placer. Una botella de añejo chateau me pone de inmediato en posesión de la jerarquía y el rango que vincula la buena comida con la exultación de su lectura.

Indago en el sympósion de los antiguos griegos y los convoco para que me inviten a disfrutar de los vinos, las mujeres y la música. El banquete de Platón queda relegado hasta que algún poeta ebrio y hedonista irrumpa e imponga otro orden y una locura creadora en el diálogo.

(Confucio, al igual que Aristóteles, comía mal y sólo quería saciar el hambre. Debieron ser hombres castos que odiaban la gula y, por ende, los placeres carnales. Cometieron por ello graves ofensas a la naturaleza humana).

Tomo el Recetario del Jardín de la Complacencia, de Yuan Mei, y me deleito con sus prescripciones para el buen comensal, sus sugerencias de prestar más atención a la calidad que a la cantidad y los métodos de preparar suculentos platos.

El círculo de la noche se cierra y pongo mis manos sobre Historia de Dom B***, portero de cartuja, de Gervaise de Latouche. El autor se acerca a mí y me ofrece de su obra los grabados más lascivos: una mujer regordeta, desnuda, acostada encima de una cama; sus piernas de alabastro permanecen abiertas y otra mujer frota su vulva contra la de ella. Dos mujeres fornidas realizan el soixante-neuf en una alcoba bien iluminada. Un sacerdote sentado, con la sotana arremangada, fornica con una mujer que está de pie y que posee patas de cabra; ella, a su vez, practica la felación a una estatua de un sátiro, mientras que el sacerdote hace acotaciones sobre un grueso libro apoyado encima de la espalda de la mujer y detrás de él un ángel parece aconsejarlo... Brindo por todos ellos y me llevo a la boca un chocolate relleno de cognac. Con los dedos impregnados de dulce embriagador repaso las Memorias del Duque de Richelieu y me abandono a los enteros placeres allí descritos en las tormentosas orgías del rey Luis XV.

Los combates amorosos continúan sucediendose de libro a libro y las páginas se agitan y otras posturas diferentes vienen a aumentar el furor. Las gargantas se abren, los pechos se elevan, los coños claman y tremolan. Todos los personajes se mantienen desnudos y preservan la voluptuosidad en cada punto corporal y la creencia en la fortaleza de la pasión y el deseo no desfallecen.

Al final, Jean-Baptiste de Boyer d’Argens me presenta a su Teresa filósofa, y yo la tumbo en un sueño profundo y la halo hasta el pie de la cama. La monto desde atrás y la froto extraordinariamente. Ella musita una reflexión y me pide redoblar mi embate. Está dormida, pero se zarandea con increíble fuerza. El conocimiento de su placer me transporta y en un logrado exceso ambos aducimos que el triunfo de la literatura se le debe al erotismo. Mirabeau y Denis Diderot asienten y dejan sus respectivos libros abiertos para que los deseos no se consuman y se desvanezca el falso pudor y la hipocresía de conventos.