El último día de febrero el sol vacilaba entre apartar la nubosidad que lo ocultaba o brillar, tenuemente, escondido. El reloj de una vitrina marcó las cuatro de la tarde y entonces emprendí una caminata a través de los callejones que desembocan detrás de la Torre de la Campana (también llamada Torre del Reloj). Una brisa helada obligaba a avanzar pegado a las paredes de las casas. Al pie de la Torre de la Campana los conductores de triciclos para turistas estaban apiñados y frotándose las manos. Algunos dormían sobre los asientos de los triciclos con las piernas cubiertas por cobijas.
Una vetusta puerta de una casa atrajo mi atención. Le tomé una fotografía y cuando iba a continuar la marcha descubrí que al lado habían abierto un modesto café. Abrí la puerta de madera recién cepillada y reforzada con cristal e ingresé a un patio donde se aburrían, solitarias, unas mesas, mientras los árboles desnudos tiritaban de frío. Entonces me dirigí hacia la puerta interior del local y una muchacha de baja estatura, bastante agraciada, me invitó a pasar al recinto. El ambiente estaba decorado con sencillez y sobriedad, con carteles, dibujos y fotografías traídos del extranjero. Pregunté si podía tomarme una taza de café recién molido y la propietaria del establecimiento, una mujer en la treintena y con lentes, respondió afirmativamente desde atrás de la máquina exprés. Un perro pekinés comenzó a ladrar y se deslizó por entre las piernas de la dueña. Remedé sus ladridos y le dije a la dueña que yo había sido un can obediente en la otra vida y que en recompensa ahora había reencarnado en hombre. Ella acotó que su perro (lo llamaba “Otoño”) en una existencia anterior había sido un hombre. Me reí, ella compartió la risa, “Otoño” volvió a ladrar y me olisqueó los zapatos. Le comuniqué que allí no iba a encontrar olores primaverales. Al lado, sentado en un sofá, estaba un muchacho escribiendo en un ordenador portátil y en todo momento se mantuvo impertérrito, con una serenidad inquebrantable.
El local del café propiamente dicho estaba compuesto por dos salas: donde preparaban la infusión y que poseía una mesita con sofás y dos sillas de madera y una segunda sala con mesitas y confortables sillas desde las cuales se podía atisbar hacia el callejón a través de amplias ventanas de cristal. Le dije a la moza de servicio que me sentaría en una de las mesas adosadas a la primera ventana y que tomaría una taza de café muy cargado. Para puyarla le aseguré que en realidad todos los seres humanos teníamos cara de perro y a veces actuábamos como tales. Mostró su enfado y respondió que eso no era así y se alejó molesta en busca de mi café. Me dio por reírme y sentí un dejo de vergüenza. Tomé asiento y me puse a mirar a la Torre de la Campana que se erigía delante de mí. El grato aroma de los granos de café al ser molidos me sumió en un arrobo inefable. Unos minutos después una rebosante taza de café muy negro estaba sobre mi mesa y la acompañaba un platito lleno de galletas redondas de ajonjolí. Pronuncié la fórmula mágica ¡Ábrete, sésamo! y metí dentro de mi boca a la galleta menos grande. “Otoño” se acercó, solícito, y montó sus patas delanteras sobre mi pierna. Le di una galleta y se la llevó aprisionada entre los dientes.
2
La Torre de la Campana parecía emerger debajo de la ventana frontal. Con sus casi seis siglos de existencia se mantenía atenta y expectante a los drásticos y brutales cambios que alteraban su otrora tranquilidad.
La Torre de la Campana y su vecina, la Torre del Tambor, fueron mandadas a construir por el emperador Yong Le de la dinastía Ming en el décimo octavo año de su gobierno (1420). El conjunto era una de las veinticuatro dependencias gubernamentales de Peking y se encargaba de dar la hora correcta dentro de la ciudad cada ciento veinte minutos. Según el recuerdo de los viejos pekineses, señalaba la hora por lo menos tres veces al día. El primer redoble del tambor se escuchaba al clarear el día; el segundo, al mediodía y el tercero, un poco antes de ser encendidos los faroles que iluminaban las calles.
Después del gobierno del emperador Qian Long (1736-1795), de la dinastía Qing, se continuó dando la hora de día y de noche y comenzó a cambiarse la disposición y se establecieron dos toques nocturnos: uno al caer la noche y el otro antes del amanecer.
Dos serenos, portando faroles brillantes con orificios, subían a las torres. Uno a la Torre del Tambor y el otro a la Torre de la Campana. Antes de ascender a las torres los serenos se hacían señales. Los pekineses llamaban a esas señales “confrontación de los faroles”. Después del careo, cada sereno subía a la torre asignada. De acuerdo al reglamento, primero redoblaba el tambor y luego sonaba la campana.
El redoble del tambor tenía un preciso ritmo. Los viejos pekineses preservaron una expresión: “Dieciocho ritmos rápidos, dieciocho lentos; dieciocho ritmos ni rápidos ni lentos”. Después de cada redoble del tambor y hasta el último, se debía hacer un alto para que el sereno apostado en la Torre de la Campana se preparara e hiciera sonar la campana con fuerza y claridad para que se oyera por toda la capital. A la campana de bronce se la hacía sonar golpeándola por la parte externa con un madero suspendido, horizontalmente, por cuerdas.
Me puse las manos entrecruzadas sobre la nuca y dejé divagar los recuerdos. Me vi de nuevo despidiendo a mi novia de entonces (hija de un coronel activo de la aviación) en la entrada del callejón que conducía hasta la Torre de la Campana. Yo como extranjero no podía ingresar más allá porque era zona de residencias militares y había un guardia en una garita. El invierno del año 1978 había entrado en su etapa más cruel, con bajas temperaturas de hasta menos doce grados centígrados y fuertes vientos. Mi novia me iba a visitar a la Universidad de Peking los domingos y ya tarde en la noche, la acompañaba de regreso a su casa, pedaleando los dos en las bicicletas que frenaba —y derribaba—, en cada bocacalle, la brutal ventolera que arrastraba polvo, hojas muertas y papeles. Una hora —a veces más tiempo— tardábamos en arribar a la Torre de la Campana y luego yo retornaba a toda velocidad por las calles y callejuelas oscuras y solitarias con el helado enemigo acosándome y mordiéndome las orejas y aullando como lobo recién herido. Cerca de la medianoche alcanzaba la puerta de la universidad. Ingresaba a mi habitación y de inmediato me despojaba de los gruesos guantes y guateados zapatos y metía mis manos y pies ateridos en una jofaina con agua caliente.
Cada vez que paso por los laterales de la Torre de la Campana indago por la casa del coronel de la aviación y nadie sabe (o pretende no saber) dónde estuvo ubicada. La curiosidad insatisfecha me seguirá incitando hasta dar con ella y conocer la morada prohibida que nunca pude visitar.
3
Degusto, en medio de un adagio hibernal, la infusión expresamente amarga de café. Sorbo un trago y a continuación mordisqueo una galleta. “Otoño” vuelve por otra golosina y sus patas llenas de grasa ensucian mi pantalón. Lo aparto con una inconsciente brusquedad y llamo a la dueña para que lo retire. Además le digo que su perro está muy mal educado e irrespeta a los clientes. Ella trae una cadena, se la coloca y se aleja despellejando una protesta. No le presto atención y en seguida la veo salir a la calle, con el perro a rastras. Recito dentro de mí: “¡A otro perro con ese hueso!”. Cuando yo era un cánido doméstico me tenían prohibido permanecer dentro de la casa. ¡Y eso que yo fui un perro faldero!
Tomo un largo sorbo de café. Inclino la cabeza hacia mi derecha y descubro sobre el alféizar de la ventana una reproducción enmarcada del cartel de la versión en italiano de Ciudadano Kane: “Quarto Potere (Citizen Kane)”. (Se comienza a escuchar una pieza de jazz interpretada por Ernie Watts, saxo tenor, y Mulgrew Miller, al piano. Bien serviría como ingeniosa soundtrack de una versión muda y reducida a los más elocuentes y convincentes fotogramas de Citizen Kane).
Orson Welles/Charles Foster Kane, de pie, dominante, me señala con su mano derecha abierta y extendida que su poder se basa en el control casi monopólico de la prensa y en el uso eficaz del sensacionalismo y el amarillismo. (Su alter ego William Randoph Hearst lo ratificó fuera del filme y trató de boicotear la producción de la película y su proyección).
Welles/Kane se mueve pausadamente frente a mis ojos y yo recorro sus acciones con la memoria en vilo. El “No trespassing” del principio y del final de la película forma la metáfora circular donde la vanidad, la ambición y la futilidad del poder actuaron para llegar a la nada, a la conclusión a través de la pronunciación de una simple palabra: “Rosebud”, olvidada marca de trineo consumida en las llamas de la muerte.
Rememoro la visión de “Xanadú” (copia bastarda de la Shang Tu, la “Capital Superior”, de Kubilai Khan, el nieto de Gengis Khan) y su exorbitante y demencial atiborramiento de estatuas, cuadros, objetos y fabulosa parafernalia de la ambición de un hombre que se creyó un dios inmortal.
La prensa sigue estando monopolizada (o controlada) por grandes consorcios o por los Estados y los “Ciudadanos Kane” actúan en las sombras y se unen a otros poderes para proseguir con las maniobras con las que le chupan el tuétano al esqueleto del mundo.
Detrás de Orson Welles las mesas se acompañan en su soledumbre, mientras el viento agita los faroles rojos y un postrero brillo en el cielo indica la inminente reclusión de la tarde. Según Jorge Luis Borges, Ciudadano Kane, el filme, “...no es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta palabra”. Prometo retornar de prisa a casa y en mi particular nocturnancia volveré a ver Citizen Kane y me dejaré llevar por la cámara a través de los pasillos profundos de un sueño que se evapora pronto, pero que infatigablemente persiste opuesto a la amnesia.
4
Cuando apenas queda un resto de café ya casi frío, una fugaz sombra rasguña el vidrio de la ventana ubicada un tanto detrás de mi hombro. Sobre el marco saco a la luz una añeja fotografía, tal vez obra de Eugéne Atget, tomada a principios del siglo XX en un bistrot de París. Ya las sillas han sido subidas a las mesas y el encargado de la limpieza aguarda la despedida de dos ¿clientas?
El juego visual auspicia una estética de la paciencia y claramente se distinguen los resquicios por donde se ingresa al pasado y nos convertimos en coetáneos de las figuras que esperan un novedoso destello para ponerse en movimiento.
La historia que cuenta la fotografía adquiere una inimaginable dimensión, cuando nos la vuelven a contar al filo del ocaso de un día y de un mes en un poco concurrido café que ensaya una originalidad que no elude los aspectos de la fantasía.
5
Al café, de pronto, lo absorbe un sosiego. Cesa la música. Se detiene el ruido de la cafetera exprés. Respiro más hondo para que no se paralice también mi percepción. En eso, entran al local dos jóvenes que sin duda alguna son estudiantes universitarias. Ambas no deben rebasar los dieciocho años. Se les nota mucha timidez. La propietaria del café les muestra una lista con diferentes nombres de té. Las estudiantes seleccionan un tipo y piden una jarra. Escogen la mesa situada al lado de la mía. Yo les doy la bienvenida en chino y siento que se azaran. No me contestan y toman asiento. Extraen unos libros de sus bolsos y los colocan sobre la mesa. Son libros de literatura inglesa. Les pregunto si hablan inglés y mueven las cabezas de una manera confusa. Opto por no dirigirles más la palabra. Sólo las observo de vez en vez (iba a decir “de tarde en tarde”, pero me pareció inapropiado e incorrecto). La más baja de las dos sale a comprar algo a la calle. La otra, la más alta, la-de-rostro-de-estudiosa, abre su grueso volumen de literatura inglesa y se dedica a leer sin afectación. Al menos eso percibo. Me afano en imaginarme qué periodo de la literatura inglesa está leyendo ahora. No sé porqué intuyo que está detenida en la época victoriana, en las parodias de Lewis Carroll, los sarcasmos de Dickens o los poemas de Tennyson. ¿O acaso estará enfrascada con Stevenson y sus canciones de viajes o con El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde o con los Poemas y baladas de Swinburne? Ella parece avanzar con cautela, pero descubro que se atasca en los meandros, en las curvas y en los desniveles. ¡Pobre muchacha! ¿Qué podrá hacer con su lógica, su coherencia y su realismo? Será mejor que la lama “Otoño” y la saque de sus cavilaciones antes de que regrese su compañera y la encuentre en una palpable incertidumbre.
En el ínterin, las fotografías que cuelgan de la pared lateral se han introducido en el espejo y desde allí, algunos de esos personajes hacen lo que yo quiero, pero no puedo hacer: traducen por encima del hombro de la estudiante con gruesos anteojos y la siguen, dificultosamente, en la imposible lectura.
6
Después de una hora de estar con las nalgas apoyadas sobre la silla comienzo a sentir agujetas en la espalda. Se me aguan los ojos y resuelvo ponerme de pie. Giro la cabeza y encuentro enmarcado al jovenzuelo que continúa sentado frente al ordenador y que ahora parece escuchar música, ya que es obvio que se colocó unos auriculares y su cabeza oscila de izquierda a derecha y los ojos se le bizquean. (Encima de una repisa, Popeye le apunta que para ganar cualquier batalla contra los brutos y los césares hay que atragantarse de espinaca cultivada en el rancho de Rico McPato). Un perro en miniatura lo protege de molestosos curiosos y le recuerda que no debe irse sin antes pagar la taza de chocolate que se tomó hace un par de horas largas.
Enmarcado así, lo encuadro y hago el montaje fotográfico para no renunciar al testimonio de las dos sillas que quedaron vacías y vana fue la espera y si el tiempo continúa arrinconando al mozalbete, me temo que al poco rato de yo marcharme lo gane la parálisis o la afasia lo convierta en su adepto.
7
Escruto mi horario. El sol se dejó caer en el patio de la casa más alejada. Sin embargo, prosigue emitiendo luz, aunque débil y desfalleciente. El afuera me llega por medio del cristal de la ventana lateral. Los faroles rojos aún no han sido encendidos y por lo tanto ese fulgor es inexistente. Un bombillo se prende y se apaga como si le faltase vitalidad.
La mirada rebasa los extremos de las ramas desnudas. La primera bandada de palomas completa su giro. Pocos segundos después, la segunda bandada surca el espacio en dirección contraria. Una tercera bandada, más numerosa, cruza transversalmente el horizonte inmediato. Son las columbinas de los palomares cercanos, instalados sobre los techos o en las ventanas o en las paredes de algunas casas de los callejones. Antes de los Juegos Olímpicos hubo la orden de eliminar a todas las palomas de Peking, porque ensuciaban y cagaban sobre la ciudad. La orden no se cumplió o se cumplió a medias y las aves columbiformes siguen en sus vuelos rápidos, audaces y potentes y demuestran que son las reinas del espacio capitalino. La gente que vive en los callejones y alguna de la que mora en viejos apartamentos, las cría para aprovechar sus huevos y consumir los pichones, pero también para el disfrute de verlas desplazarse libres en el aire. No obstante, ellas ya forman parte de la tradición de Peking, al igual que los cuervos y los pájaros enjaulados. Yo he visto a los criadores de palomas abrir en las tardes sus jaulas de grandes dimensiones para que ellas se ejerciten en el vuelo y transcurridas dos o tres horas después, las llaman de regreso con silbatos o agitando banderas.
Durante la dinastía Ming se imprimió un profuso libro titulado Clásico de las palomas, donde se describen las características de cada especie y sus respectivas denominaciones. La subsiguiente dinastía, la Qing, tomó como base a ese clásico y ordenó estampar un Manual de las palomas del Palacio Imperial para el goce del emperador y su familia. El manual está bellamente ilustrado con casales, en color, de todas las clases de palomas conocidas en China, sus poéticos nombres (por ejemplo, “blanco loto”, “negra ojo de nieve” o “ceniza de plata”) y sus rasgos peculiares.
Lao She (1899-1966), uno de los escritores más representativos de la literatura china del siglo XX, señala en una de sus novelas que un personaje llamado Duo Fu soltaba palomas en el patio de su casa. Luego él levantaba la cabeza y las seguía, con la mirada fija, en su vuelo. Aunque sentía el cuello un poco adolorido expresaba alegría. Las palomas volaban cada vez más alto y el límpido cielo parecía encumbrarse al unísono. Sobre las alas de las palomas unas chispas semejaban flotar. En el cielo puro y distante las palomas blancas se diferenciaban de las negras. Duo Fu no podía abrir la boca ni siquiera un poco y de sus labios colgaba una sonrisa. Él, las palomas y el cielo estaban en mutua comunicación, a gusto, contentos y exultados.
La estela del vuelo de las palomas hala mis recuerdos hasta el palomar que tenía mi abuela paterna en la vieja casona que había sido cuartel. Desde pequeño me acostumbré al zureo de los palomos cuando requerían a las hembras. Yo los observaba con una dicha imborrable durante sus cortejos amorosos: era el tiempo en que los machos proyectaban el pecho y al rato montaban a las hembras.
Mi abuela me ordenaba que sacase a los pichones de los nidos construidos sobre los pilares de la galería techada con láminas de zinc alemán. Yo se los entregaba y creía que ella los iba a criar personalmente. Mas pronto descubría que los asfixiaba presionándoles el pico y pronto caían en una olla y se convertían en un caldo que ella mucho apetecía. Siempre me negué a probar la carne de los pichones. Hasta hoy en día puedo afirmar que nunca he degustado ese tipo de ambrosía. Tal vez se deba a un sentimiento de culpabilidad o motivado a la evocación de los pichones muertos y desplumados, colocados encima de la mesa de la cocina cubierta con periódicos amarillentos y al desagradable olor de los cañones chamuscados...
Las palomas cruzan por última vez por encima de la mole de la Torre de la Campana. Ya el alijo de la luz solar va entre sus plumas. A la vuelta, en los circunstanciales palomares los arrullos harán felices a los colombófilos y los vincularán, a perpetuidad, con una costumbre heredada que se constata al no más elevar la mirada cualquier tarde, sea el mes que sea.