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Y ahora que se fue el carnaval

Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales

Y ahora que se fue el carnaval

Y ahora que se fue el carnaval podemos quitarnos las máscaras, las caretas, los antifaces y quedarnos con nuestros pobres rostros de la cotidianidad y la ilusión. Es un hecho sin obcecación, sin obsecuencia. Comenzaremos por mandar a pintar nuestros típicos retratos post-festejos, donde se aprecien las manos esquematizadas para poder tocar proporcionalmente a los sujetos más pequeños. Ciertamente nosotros conocemos el vigor y el tamaño de nuestras garras, las cuales muchas veces van a rasguñar a odiados semblantes. ¿Y si inconscientemente quisiéramos tener manos extranjeras, del tamaño de la necesidad de nuestros atavismos? ¿La experiencia de nuestras zarpas pasaría por el alargamiento de las huellas sobre pieles faciales? ¿Los infelices que tengan esperanzas en nosotros quedarán con sus palmas defraudadas?

Alguien —como siempre— sentirá que unas manos descienden sobre su frente, mientras duerme, y le arranca el pellejo con el cual trata de ocultar su miedo. Más que locuaz, encontrará el momento quisquilloso para empezar a responder lo que no se le ha preguntado. Las manos, antes de marcharse, ofrecerán un pañuelo como exvoto.

Algún otro mojigato dirá que su madre le adorna el rostro con sus manos y que su padre se toma un whisky entre amplias sonrisas y un firme carraspeo.

Tontos sobrarán para que afirmen lo relativo a una historia que versa acerca de unos dedos convertidos en escarapelas destinadas a las faces que se salvaron de ser pintarrajeadas.

Yo no puedo vivir sin mis manos, aunque lo he intentado. Además ellas me sirven para ver reflejado mi rostro sobre ellas y así tener la capacidad de medir la distancia que queda de un ojo al otro o de una ceja a la barbilla.

Las fiestas carnestolendas han concluido, pero ellos, mis vecinos, insisten en no regresar a sus labores habituales y con un falso sentido de la seguridad lanzan agua por el balcón. Yo quiero abofetearlos con mis guantes mojados, mas mi manicurista me prohibió hacer uso de la fuerza. Creo que mejor optaré por cortar el suministro del líquido —otrora vital— y aguardar hasta que a los mojadores les salgan mohos debajo de las uñas.

El tiempo pasó y unas muchachas pálidas vinieron a visitarme y les regalé colorantes para sus mejillas y descubrí que las habían mordido en los cuellos y no me atreví a preguntarles en qué fiesta de disfraces se habían metido. (Si yo hubiera estado en ese jolgorio ataviado de arlequín o pierrot les hubiera ensuciado los calzones, en la parte trasera, con manteca de ladrón.)

Me llevo las manos al rostro y río durante dos horas, por lo menos, de mi broma no realizada y reconozco que primero debí colorearme el cabello y después salir a conquistar a una mujer con el desparpajo boceteado entre los labios llenos de carmín.

Acaso todo no sea verdad y tengan que caer las capuchas. Quizá la máscara más serena haya sido la que gozó al máximo de la libertad y aprendió a quemar orejas, mordisquear nalgas, ablandar senos, nicotinizar ombligos, tatuar muslos, frotar pelvis, arropar hombros...

Tan cargadas que quedan las manos y los ojos de las innumerables historias de carnaval y las marcas de los excesos luego van a exhibirse a los hogares y a esperar sugerencias para el próximo año.

Yo no quiero olvidar nada. Me rehúso a que la memoria vaya hacia abajo. De repente estallan unos petardos y observo el almanaque: miércoles 2 de marzo. El carnaval ha debido extinguirse. Mis manos brincan como enloquecidas y persiguen la herencia y quitan la carne de los cuerpos femeninos que la tengan en exceso y lanzan las serpentinas para que aparezcan los dominós y se desplieguen las comparsas en las avenidas que se extienden para celebrar y acelerar la llegada de los jueves de los compadres.

Mas la versión írrita de ese carnaval no es capaz de crear la versión que logre ser creíble. En Venecia un borracho escribió sobre una pared: “¡Dadme los instrumentos para convertirme en diablillo!”, y un sofisticado personaje con antifaz le embutió la boca con papelillos y le gritó: “¡Payaso inhábil!”. Y en Río de Janeiro las técnicas del contoneo alcanzaron el límite de las excepciones, en abierta rebeldía contra la naturaleza humana y la fauna carnavalesca pugnaba por blasfemar cada vez más hasta el sacudimiento de los músculos en contracción.

Después de todo, el carnaval tiene que haber partido. La cuenta de mis falanges no puede estar equivocada. ¿Por qué razón he de continuar con el pensamiento festivo que me domina? Los griegos y los romanos me han lanzado la llave desde sus grotescas festividades para que entienda la inmutable ley de la metamorfosis humana tras las máscaras y el placer carnal desorbitado.

Las bellezas dormidas de ebriedad flotan ante mis ojos. Sus anatomías van de preferencia de la mano del misterio. Sus lenguas juguetean en el fondo de sus bocas abiertas. Sus antifaces cuelgan de sus cuellos y la actividad de sus pieles resulta una danza para el disfrute de lo extraño. Las beldades no conocen el descanso y yo me dejo conducir ora por la del disfraz de oca, ora por la ataviada como serpiente, ora por la graciosa mamarracho...

En realidad el conjunto de las estaciones tiene que convertirse en la Gran Carnavalada para que las pasiones y su decurso fluyan y guíen los gestos de la vida espiritual reprimida. Así el humor se deslizará con sus libérrimas y eróticas imágenes hasta alcanzar una humedad en su composición. (Probablemente Casanova nos observará desde su celebridad y nos estimulará en secreto a que nos convirtamos en sus compañeros.)

Ahora se escucha una música barroca que parece contraponerse al espíritu del carnaval temporalmente ausente. Empero, una vez más, los genios enmascarados brotan por todos los rincones de Venecia y se allegan a mi ámbito para dedicarse a la burla y a las chanzas. Hay manos como flautas y dedos parecidos a cuerdas y falanges cual arcos, mientras las partituras se enredan igual que hombre y mujer disfrazados de Baco y bacante.

La respuesta inmediata a la historia es una falta de referencia a la lógica del discurso estético y a la buena educación que hay que poner de manifiesto una vez que el carnaval se trueque en carminativa cuaresma. (No estoy autorizado para hablar de las fiestas carnestolendas de New Orleans, mas las luces nocturnas y el sentido del relajo acuden a mi televisor y permanecen, a gusto, alborotando.)

Unos huéspedes vendrán dentro de poco y los recibiré con vivaces expresiones y no les comentaré que por mi casa no ha circulado ningún rostro enmascarado, ni esperpento sin tarjeta de invitación, ni ser fantástico con cara de momia egipcia. Pregonaré que la humanidad se ha retirado lejos a hacer sus necesidades en bacinicas de latón, pues la parranda y el jaleo de por estos días pasados apenas fue un simple dislate en la apretada agenda de las contorsiones faciales.

Me maravillo de poseer máscaras parlantes que dan la “cara” por mí y me hacen retornar a las épocas cuando se vertían buenos rones dentro de los gaznates más que sedientos, mientras unos simios u orangutanes de mentiras fornicaban de lo lindo encaramados encima de unos sofás manchados de semen, rojetes y chocolate, entretanto el tocadiscos alcahueteaba.

Miércoles 2 de marzo de 2011

Y ahora que se fue el carnaval