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Despojos

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Despojos

El cráneo del mono me sale al paso. Me mira fijo desde las cuencas vacías. Trata de decirme algo y con toda evidencia no puede. ¿Cómo vino a dar a este terreno el cráneo del mico? Sospecho que el simio se ganaría la vida haciendo piruetas en la calle y luego con un sombrero daría la vuelta entre el público para que le arrojaran monedas. Su amo lo tendría atado por el cuello con una cuerda y al redoble de un tamboril, el mono saltaría hacia atrás, se echaría en el suelo, se haría el muerto y arrancaría aplausos y risas. Él pelaría sus dientes y parecería reír, pero yo sé que no reiría, no porque no supiera, sino porque no le salía reír. ¿Cuándo se ha visto que los esclavos se rían? Los esclavos hacen muecas, remedan la expresión de la risa, mas nunca ríen.

En un descuido de su amo el mono le sería arrebatado por un grupo de zagalones, quienes lo arrastrarían hasta un descampado, le cortarían el cuello con un cuchillo, lo desollarían y se lo comerían asado, entre grandes risas y tragos de aguardiente. Sólo el cráneo se salvaría de ir a dar al montón de basura y eso porque el jefe del grupo de zagalones se empeñaría en arrancarle hasta la última tirita de carne y absorberle las cuencas ya vacías. Después decidiría arrojar al cráneo al lado de la caminería para que el amo del mono lo encontrara y sufriera y llorara de pena, descorazonado y sin aliento. Pero no contó el jefe con que el cráneo se tropezaría conmigo adrede para que yo reconstruyera esta historia y no quedara el crimen sin castigo y se vieran en la obligación los zagalones de reemplazar al mono devorado por otro mono aun más inteligente que no se dejara robar tan fácilmente y que yo pondría en otra relación que tendré que redactar después con mucha premeditación y tal vez para que sirva como advertencia a los monos que sobreviven en los pueblos haciendo piruetas o cabriolas, acomodos de acróbatas, hambrientos y aburridos.

 

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Despojos

La pareja de peces nadaba con sorprendente delicadeza bajo las aguas del lago que atraía de una manera especial a los rayos del sol. Un viejo, sentado en una orilla, seguía con las pupilas alertas a los peces en su desplazamiento. El brillo de su mirada denotaba rapacidad y hambre insaciable al mismo tiempo. Por instantes las cabezas de los peces sobresalían de la superficie del lago y expulsaban hacia arriba un chorrito de agua. El viejo los observaba embobado, pero pronto el estómago incrementaba sus rugidos. Él no tenía a mano ninguna red ni aperos de pescar. Sólo poseía aquella especie de atormentadora bulimia que no le daba tregua.

El hambre extrema suele exacerbar los sentidos y la inteligencia. El viejo localizó una larga caña seca de carrizo y le sacó filo a una de sus puntas. Se acuclilló muy cerca del agua. Comenzó a escupir para tratar de atraerse a los peces. Más de media hora estuvo en ese duro trajín hasta que el mayor de los peces se sintió tentado por la viscosidad que flotaba y se le acercó sin cautela. Velozmente el viejo levantó la caña y ensartó al pez atravesándole los ojos. El pez apenas se debatió, boqueó un instante y se entregó. El viejo lo sacó del agua. Algunas gotas de sangre dejaron una mínima estela sobre las ondas del agua. El otro pez dio un tremendo salto, alocado por el olor de la sangre, y cayó sobre la paja de la ribera. Torció su cuerpo y se atiesó. El viejo le chupó de inmediato los ojos al pez ensartado y se los vació. Con los pulgares le abrió las branquias y sorbió los fluidos y le extrajo las vísceras. De pronto se percató que el pez menor se había quedado mirándole estáticamente desde la grama. Entonces le sacó los ojos con la punta de la caña y se los tragó sin chistar. Inexplicablemente su hambre se calmó. Los dos peces quedaron arrojados en el sitio. El viejo los despreció y se marchó limpiándose los dientes.

Los peces muertos permanecieron en aquel lugar varias semanas, bajo la resolana y el rocío de la madrugada. Quienes pasaron por allí por casualidad contaron que los peces lanzaban fogosos destellos desde las cuencas amparadas en la vacuidad y por eso ni los perros se atrevieron a devorarlos. Sólo una crecida del lago terminó por devolverlos a las aguas, donde aún nadan todavía, ciegos y disminuidos.

 

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Despojos

Entré al mercado y de inmediato lo vi. Ése era mi pollo. Inconfundible, con su expresión de displicencia, de acendrado desdén. Me continuaba observando con el rabillo del ojo. Casi que me preguntó: ¿y ahora piensas abandonarme aquí? ¿No se te ocurre prepararme asado y bañarme en salsa dulce de nueces y ponerme una flor aromática en el culito levantado? ¿O trocearme, aliñarme con hierbas italianas y lentamente cocerme en vino blanco dentro de una olla de barro con tapa? Me percaté de que detrás del pollo se encontraba un muslo recién cortado. La sangre, la piel y la grasa se habían unido para formar una sección que enrojeciera mi perspectiva y me obligara a replantearme el futuro disfrute de una receta admirablemente concebida. Mi pollo puso cara de disgusto. Aquel muslo no provenía de su cuerpo que todavía permanecía intacto, aunque desplumado. Empujé al muslo fuera de la bandeja y cayó al piso. El pollo tornó a su habitual expresión de indiferencia. Le di una palmada de complicidad en el vientre y me lo llevé a casa.

Durante el trayecto lo escuché cloquear. Creo que se sentía alegre y emocionado. Abrí la bolsa de plástico donde iba y le dije: “Mira. Decidí hervirte entero durante unas dos horas. Te meteré dentro de una olla con agua y pondré una bolsita de tela repleta de especias olorosas. Cuando tu carne ya esté a punto de desprenderse te sacaré y te acomodaré encima de una fuente cubierta por hojas de lechuga. Luego te impregnaré con miel oscura y esparciré sobre ti pétalos de rosas púrpuras. Llamaré a mi amiga Blanca, quien tiene unos muslos tan esplendorosos como los tuyos y mientras se los acaricio bajo la mesa, te partiremos en dos para que te deshagas lentamente en nuestras bocas”. El pollo cantó en respuesta a mi anuncio y cuando llegó a la cocina el sudor chorreaba copioso por todo su cuerpo y temblaba con una inaudita agitación.

 

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Despojos

El gorrión volaba incesantemente de la verja de hierro del canal hasta la calle asfaltada. Daba saltitos, piaba y localizaba uno que otro gusano, boronas de pan y aun restos de maníes triturados. Cuando veía que se acercaba algún vehículo automotor emprendía raudo vuelo y se posaba de nuevo sobre el poste de la verja. Allí terminaba de tragar el alimento fácilmente encontrado y trinaba de contento varias veces.

Más de una hora estuvo el gorrión de arriba abajo. Esquivó motocicletas, camiones y automóviles. Subía y bajaba el gorrión con precisión y audacia. Yo le observaba con mucha atención desde hacía largo rato. El gorrión decidió permanecer más tiempo en el piso, a pesar de que el tráfico automotor se había incrementado al abandonar mucha gente sus puestos de trabajo. Las ruedas casi rozaban al gorrión y éste apenas daba un respingo y continuaba picoteando.

De pronto en la calle cesó el fluido de vehículos. El gorrión se sintió a sus anchas y se aventuró en su picoteo hasta más allá del centro de la calle. Apareció un niño en bicicleta. El gorrión lo vio y sintió que no había por qué temerle, que con toda seguridad pasaría veloz por un costado y no lo atropellaría. El niño aceleró su máquina de guerra y apretó los dientes (tal vez imitaba a algún héroe de la televisión). El gorrión se había desentendido de todo y de todos y proseguía picoteando entre los pedruscos que sobresalían del asfalto. Al tragar el último pedacito de pan se le atascó en la garganta. Agitó la cabeza para inhalar un poco de aire y se encontró con la rueda delantera de la bicicleta que le aplastó el pecho. La segunda rueda hizo mayor presión y salieron expulsados las tripas, el alma y las esperanzas del gorrión. El niño giró la cabeza mientras siguió pedaleando. Se le escuchó decir: “¡Mi primer gorrión despachurrado del día!”. Ignoraba que acababa de crear un insólito collage urbano.

 

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Despojos

Ahora el pato estaba ahí. Colgaba de un gancho que lo sostenía de un agujero practicado en el pescuezo. Trataba de ocultar la cabeza detrás del voluminoso y brillante cuerpo, pero el espejo la ponía en evidencia y también a su mirada triste, sumisa y aquiescente. El espejo reflejaba ad infinitum al pato sacrificado y lo promocionaba como producto de alta calidad para ser asado. El pato por poco lloraba de tristeza ante la ironía de su destino. Aunque pudiera, tampoco sería capaz de huir, pues las patas le habían sido cortadas temprano en previsión de cualquier intento de fuga.

El pato se recordaba más o menos feliz en la granja. Dentro de su jaula apenas se podía mover, pero cada cuarenta y cinco minutos venía un operario, le introducía una manguera por la boca hasta alcanzar la tráquea y empezaba a bombearle una masa semisólida, dulzona y compuesta por una mezcla de harinas de cereales.

En ocho semanas el pato había engordado una barbaridad. Él creyó que lo preparaban para participar en un concurso de belleza internacional de aves palmípedas. Por eso se sorprendió cuando una tarde lo aferraron por el pescuezo y se lo perforaron con un cuchillo. En un santiamén lo desplumaron, le trocearon las patas y lo eventraron.

Recuperó levemente la conciencia durante el balanceo del gancho del cual colgaba. Solo frente al espejo, no daba crédito a la repetición interminable de su imagen que era una aliteración de su sufrimiento.

Me compadecí del pato. Lo mandé a pesar y ordené que lo asaran a la manera tradicional. Reservé una mesa y pedí una ración grande de tortillas de trigo, cebollín picado y pasta de habas fermentada. A los cincuenta minutos, aproximadamente, se apareció un mozo con el pato ya asado y frente a mí lo convirtió en un montoncito de lonjas diestramente cortadas. Dispuso las lonjas en un plato y partió la cabeza del pato en dos mitades. Los huesos los retiró para hervirlos y hacer una espesa sopa.

Desde sus ojos separados el pato me imploraba que diera rápida cuenta de él. Agarré una a una las mitades de la cabeza y les chupé los sesos con un deleite ultraísta. Puedo asegurar que escuché el agradecimiento del pato al oír caer unas lágrimas de grasa sobre el plato.