UNA LARGA DEFORMACIÓN estrictamente creada para que la ciudad cargue y contenga un hervidero de luces y vehículos de ácido cítrico. Las corporaciones definen sus áreas y obligan a las putas a definir las partes que pueden gobernar. Los negocios se atribuyen los circuitos más lucrativos y los mendigos terminan por ganar todos los premios.
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DESCIENDE LA ANTIGUA prosapia y el padre ciudadano se guinda del pecho su experiencia para que la administración de la urbe esté en las manos de sus oficiales. Una fragancia pone a tono su genio y las moscas se sienten repelidas y patinan en un jabón de convencional manufactura. (Un moderno lenguaje rebasa la frecuencia de su radio de acción).
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EL PÚBLICO RECIBE las materias civilizatorias y la sal de las redes y el agente donde se vuelven solubles las ansias de progreso. Los arrestos no son garantías de un orden de libertad local. La apariencia de lo urbano es un comportamiento que aduce un instante con su propia cuota de argumentación: libro, periódico o libreta de apuntes.
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EL MIEMBRO DE LA ESPECIE más civilizada describe las razones que lo llevan a buscar compañía en plena noche. Su fortaleza le sirve para dominar o proteger a la ciudad. De pronto puede mencionar un despacho olvidado y ocurre una circunstancia que acalla su nombre.
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A MEDIANOCHE la urbe se transforma en circo y muestra a los animales que actúan para dar de comer a sus amos y a payasos improvisados que en las esquinas forman disturbios para hacer converger a los transeúntes circunspectos. El placer de los lenguajes se amolda a una especial cualidad de difusión.
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EL MOVIMIENTO CIRCULATORIO de la ciudad es a favor o en contra. La sangre urbana fluye en el pálpito de las noticias o en el intercambio de las monedas. Los propietarios claman por un método de clasificación que inmovilice a las redefiniciones clandestinas.
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LA METRÓPOLI POSEE una medida básica para unir y relacionar el temperamento de las personas. Luego les toma el pulso y las pone a bailar al ritmo de un metálico ruido. La meticulosidad convierte los orígenes en actividades de composición de deberes.
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LA URBE TRATA de mala manera su uso. El daño se convierte en práctica cotidiana. Le sirve a su propósito de enrarecer la discreción. El caso se objetiva y deviene en beneficio para las minorías. La felicidad es una doctrina que encuentra acomodo en los urinarios colectivos.
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SE REQUIERE INMEDIATA acción para aclarar la imagen de la ciudad. ¿El mito de las viejas honradas viudas no lo prescribe? El piano no llega a las cloacas y desde las persianas niños maquiavélicos orinan hasta descargar toda su rabia sobre las refinadas maneras.
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A LA CIUDAD le urge el impulso hacia el deseo autodestructivo. Se imagina insectos, pájaros y reptiles agitándose en su vientre. La usurpación de funciones atrae al utensilio de las usuras y las disputas en las avenidas se resuelven con tumefacciones en los reflejos.
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ENTERÍSIMA, LA METRÓPOLI se sabe mutable y las tiene tiesas cuando administra justicia. A pie firme marchan quienes tienen inflamados los intestinos. El énfasis se comunica hacia las tripas y la energía vibra con aplomo bajo el cielo de hormigón y superautopistas
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REHUYE EL COMPROMISO la ciudad emborronada. Se estropea su petulancia. De pronto se le echa encima la inminencia de su pudrición. Siente la ausencia de un alma real que le dé vida. Delata sus achaques y descubre el adulterio de sus leches fecales. Los cosméticos no le bastan para deportar el servilismo de sus intereses.
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CONGESTIONADA, LA URBE exterioriza su aflicción. Las esporas extreman su conicidad. Se le aglutinan los ritos modernos y como monos aulladores fragmentan las desgracias. La comezón se le guisa en las largas arterias y capciosamente roba la capa de las noches para producir el efecto de un futuro menos insidioso.
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MALTRATADA POR LA EDAD humana la metrópoli enarbola su insolencia. Se aturde con el oro de la excesiva prisa. Su atuendo atruena en el apresamiento de los itinerarios. Voluntariamente cimenta discordancias y extrapola las premisas para que las armas continúen las disputas. Se atreve con todo y de la ponderación hace un desfalco.
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PIERDE EL CULO la ciudad y no se violenta. Más bien se dirige a su apogeo y serpentea con el disfraz de los disertantes. Las disensiones las trata con el arte de la taxidermia. No rezonga, no se indigesta. Evita la repugnación. Disfruta las rentas y disimula. Está sobre el tapete su dogma y los tontos no lo advierten.
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QUE SI CRECIÓ, que si sobrevino. La ubre de la urbe no se diseca así no más. Parece una fantasía, pero la caracterización causa pesadumbre y mil patadas en el trasero. Las deyecciones se utilizan para remendar calcetines de jubilados. La epidemia se levanta y temprano se le pasa una esponja para que revierta lo espontáneo.
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LA FARSA REMOJA la cara de la metrópoli. Ella suda la bondad de los histriones y comoquiera que sea se reviste de adoquines y de caramelos contra los parásitos. Si se le produce un humo a través de la heráldica del poder se azurrona y se templa en los metales que dan estrellas de seis puntas.
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DEL MANUBRIO de la ciudad se cuelgan los frutos del desparpajo. Los mercaderes hacen sus ofrendas y fingen asombro, extrañeza, emoción, interés y alegría. De un golpe de luz momentáneo el reloj que pretende civilizar desaparece en medio de reliquias de plástico. El don fortuito de los acomodados suelta sus riendas y el sinsabor y el sinsentido vagan en pos de la singularidad de las tenazas. La trascendencia se deshabita con el recurso neumático que se desprende de las vitrinas.
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EN PERSPECTIVA, la ciudad que logra un esguince. Con esa maniobra conseguirá todo sin el uso de la fuerza. Ya el cambio nunca más será yerro. Conglomerado urbano capaz de quemar y en la execrada taciturnidad desnudar a las damas para el deleite de los menores de edad. Burla de la gelatina en el retroceso perfecto. Plectro obstinante en la exploración por los burdeles donde se repliegan los puños y los condones se ofertan al menudeo.