Humectante, aparecí antes que la aurora. Un chirriante y danzante hombre con fe o algo así. Las siluetas negras maniobraron en un fango gris. Un grotesco azul se aliviaba con el poder de una pala y un sol de juguetería soplaba sobre un monte ya extinto. Decenas de tontos comenzaron a gluglutear las soluciones de lavanda y los intensos bulbos de las bocacalles chispearon y luego hicieron ¡crash!
Yo quería justipreciar algún río que estuviera a cincuenta kilómetros por lo menos. De un terreno baldío se escapaba un ronquido y un atisbo de juanetes.
Un muerto tal vez me seguía. Me senté en una acera y le vi pasar en secreto con un mapa entre las manos. No pude pulsar su emoción porque en un acto desapareció frente a mis ojos y sólo quedó una guía sangrienta.
Me puse a escuchar a ciertos pájaros de desconocido canto. Lo fúnebre se movía lentamente fuera de su propio son.
Creí oír historias en un rincón.
Todo parecía tan normal que hasta me convencí que el pecado se alineaba a mis pies y los embellecía con un lustre afortunado.
Pero, repito, creí escuchar historias y esta vez en mi entorno.
Pasaron varias muchachas y leí el deseo en sus pupilas. Percibí retazos de su conversación: “...los hombres viajan para maravillarnos y la altura de sus estupideces alcanza la cima de los árboles... Sus vastas mentiras circulan al vaivén de sus monedas caídas...”. La menor de ellas afirmó: “Y todavía faltan los pasos decisivos para capitular sin sorpresas...”.
(Un perro flaco se acercó, temblando, y alguien lo enfrentó con dos espejos circulares colgados del pecho. El can se puso más nervioso aun y ahí mismo expulsó los orines y se desvaneció).
A poca distancia del perro muerto husmeaban unos cuervos, ariscos, pero casi sin plumas. Era la fiebre que, avanzada, venía limpiando todo lo que fuese mendaz.
Yo me sentía desfallecer.
El sol comenzó a ascender con una lentitud que pasmaba. Un velo de nubes trataba de que no lo rasgasen. Varias músicas se juntaron sobre un agua de pureza y criaron redondeles para unos extraños que parecían drogados con yeso. (Las autoridades luego describirían la escena y aseverarían que aquellos individuos únicamente estaban coartando su flujo seminal).
Detrás de mí, un buldog encadenado pugnaba por matarse y no lo conseguía.
Los observadores reportaban un olor a cadaverina y sin embargo el aire se movía entre espasmos rosados.
En el este una roncha de fuego se estaba desplegando.
Al oeste de mi posición un agente patógeno estaba ganando el borde de la intromisión.
Desde el sur se aproximó una anciana de unos setenta y nueve años y medio y hacía resonar sus zapatones contra la calzada.
Como yo no tenía plan, me puse de pie y me olvidé del motivo que me había traído hasta este sitio. Así que olvidé que al menos no estaba cesante y que todavía me faltaba mucho por aprender.
Caminé un buen trecho y alcancé el lugar donde existía una pared pintada por niños de una escuela elemental. Los ladrillos quemaban con vapor de brutos. Algunos de los dibujos tenían que ver con lejanas guerras y con conflictos entre nativos que para nada concernían al hombre de ahora. Después de un rato atravesaron el espacio cientos de burbujas y yo me puse a escribir en lo alto de la pared. Deseaba que nadie leyera lo por mí escrito, mas dudaba que esto se cumpliera a cabalidad.
Busqué agua en un sanitario cercano y me lavé las manos, mientras proclamaba: “No quiero mentirme, no señor. No anhelo estar tan limpio”.
Después me pregunté a mí mismo: “¿Sacaste todo afuera?”. El silencio respondió por mí.
Creía conocer los sentimientos que albergaba. Me mantenía en guardia. Si alguien se cruzaba en mi camino pensaba en la paz y en las esculturas del cielo.
Todo se volvía un eco o un vislumbre.
Justo antes del mediodía me topé con un jardín donde merodeaban algunos ratones. Realmente no logré saber qué hacían allí. Busqué a un gato por los alrededores, pero ni a mil kilómetros a la redonda se localizaba ninguno.
Por un lado del jardín, a unos quince metros del suelo, se alargaba una autopista y de vez en cuando caían escupitajos sobre los arbustos. Los conductores que arrojaban esas especies con seguridad sufrían de incontinencia nasal.
Me percaté también de la existencia de un tipo voraz de insecto que taladraba los árboles y se llevaba su esencia hasta lugares alejados de la luz y el ruido. La obligación de las aves debía ser devorar a aquellos bichos, empero en vez de eso disfrutaban chupando del néctar de las flores marchitas. El comienzo y el fin de la ilusión terminaban en aquel jardín anónimo.
En una hora el hambre inició su desesperado llamado en mi estómago. Lo sentí gruñir y para que retornara la calma me zampé un pedazo de torta y bebí agua hasta casi reventar.
Delante de mí había un individuo tumbado de bruces y gimiendo. A un costado estaba una explicación escrita, sobre un cartón, acerca de la causa de su sufrimiento. Una puerta pesada de madera le había caído encima y el pobre hombre ahora no encontraba la salida y pedía dinero para volver a ver la luz. Yo le pregunté que cuándo había acontecido ese incidente y él me respondió que había perdido la memoria del suceso. Me puse en cuclillas y le susurré al oído: “No se te ocurra matarte. Espera con paciencia a que se abra otra puerta para ti”.
El día transcurría con sus cortes, sus sazonamientos y sus dragados. Yo avanzaba pegado a los puestos de comida rápida y devoraba huevos cocidos, pan y pescados fritos recalentados. Al la tarde iniciar su arrollamiento me detuve un momento y engullí un tazón de pasta con pimienta. Sentí una breve explosión en la lengua y me tomé a toda prisa una botella de soda sin mayores detalles.
Nunca antes había aprendido tantas cosas juntas y valiosas. Tuve la intuición de que iba a durar mucho tiempo y nada me podría rebatir. La duda no vendría a torturarme.
Cuando comencé a planificar qué haría al anochecer, la oscuridad se dejó caer de improviso y me despojó de la decisión tomada. Me puse fragante y dirigí mis pasos hacia una avenida amplia, muy iluminada y con abundante animación. Había lámparas o faroles guindados en las fachadas de los establecimientos comerciales. Los misterios de la verdad se balanceaban al compás de una acuciante brisa.
El cambio en la vestimenta de la gente se notaba de inmediato. Se podía hacer un esbozo general de aquel ambiente sin que quedara fuera ningún pormenor importante. En tal mundo los desastres no jugaban bromas pesadas. Las mujeres reían a placer o fingían gimotear y los hombres hablaban a gritos y fumaban remedando a chimeneas de fábricas en ruinas.
Entre un bar y otro habían rostros inyectados en sangre menoscabada y se vociferaban nombres que parecían sacados de películas de gánsteres. Que si Anselm, que si Thomas, que si Augustine, que si Ann...
En un corto tiempo cayeron unos destellos dorados y unas texturas plácidas se instalaron como sacos para dormir. En el espacio se marcaron unas criaturas que ovulaban y en las cocinas se freían unos pollos y las cebollas los hacían llorar.
Recordé que no traía reloj pulsera y miré hacia todas las esquinas en busca de un cronómetro. No localicé ninguno y entonces me puse a calcular la hora viéndoles los óvalos a las mujerucas que se paseaban aburridas por allí.
Averigüé muchísimo aquella noche y tropecé con objetos escondidos que habían sido lanzados en medio de la oscuridad. Rescaté brillos y estampas, galletas y guantes, ojos de vidrio y carteras. Mi suerte era única y sólo deseaba que se elongara lo más posible.
A medianoche quise comer de nuevo y entendí que mi apetito continuaba indemne. Pedí carne para alejarme de la corrupción y ensalada de lechuga para preservarme del delito. Acompañé todo con una ración de arroz y una botella grande de cerveza producida en las estribaciones del frío. El azar quiso que mi cuerpo se acelerara y que mi figura avanzara por encima de los aromas flotantes. Eructé, ahíto, y salí a experimentar el privilegio de caminar sin llevar dinero en los bolsillos.