El cazador emerge repentinamente de la noche emboscada. Trae la cuerda para probar su consistencia. ¿El animal pone al descubierto su miedo? No lo hace notar y se queda con sus latidos del pecho como un fulgor invisible. Es un animal que ha despertado a la memoria cinegética. Su cabeza traspone el umbral donde la geometría desaparece y nace al presagio de la captura.
El cazador conoce su poder. Lanza con precisión la cuerda. La vemos rasgando el aire, casi silbando. La cuerda acata la orden y rodea el cuello del animal. Éste no se debate ni trata de oponer ninguna resistencia. El cazador apenas abre un poco más las pupilas y aprieta los labios para que la sonrisa sardónica no delate su propia naturaleza.
El cazador hala al animal hasta su refugio. Lo ata a un tronco y conjura a los espíritus de la crisis. En la morada de la oscuridad un cuchillo se desplaza vertiginoso y del cuerpo del animal perforado brota una sangre que hace extraviar los sentidos. El cazador se arrodilla y cede ante la perversa tentación: se embadurna el rostro con el líquido que rápido se torna en sanguaza y aúlla para sumir el entorno en terror.
El pez
El pez nada en su agua de dedicación estética. Él no confunde su destino. Se desplaza, brioso, con sus incrustaciones de monedas y jades aplanados. Si un rayo cae en la ribera se recompone con toda la luz que logre balancear entre sus bigotes.
Posee el pez una costumbre que a veces lo acorrala: masculla misterios sin cesar durante horas. Pero luego convoca a la cera del desasimiento y así se perpetúa hasta la futura caída en el limo suave de la fe. Por sus branquias el sol se cuela y, lo mismo que la esmeralda, calienta su vigilia.
El pez remonta las corrientes en busca de naufragios presentidos. Peyorativo, reconoce con diligencia lo que falsamente barruntó. Entonces se traslada hasta los acantilados y allí se contempla en el espejo que lo alivia de sus ilusorios males.
Se desliza el pez tras azulados ictiófagos y los sorprende profanando sus ruinas. Monta en cólera y reparte barbilleras a diestra y siniestra. Al final, se tumba sobre su orilla preferida a degustar el combate entre las gaviotas y la profecía del crepúsculo.
La coqueta y el camello
La coqueta camina sola y descalza por el desierto que la atrae con sus sahumerios. Ella va descalza y sin parasol. Emperifollada, espera encontrar a su Lawrence de Arabia. Su vestido de gasa se le apretuja a la desnudez. Se mueve risueña entre dunas que resuenan como pequeñas catedrales. Ella se adelanta a los atajos del mediodía, grita y no obtiene respuesta. Su falso lunar se agranda por momentos y le da a su semblante una ventisca de mayor deseo. Comienza a resignarse a su frustrada tentativa, mas de manera intempestiva aparece un camello. Con el cuello erguido, el camélido rumia unos dátiles desgarrados en su garganta. La coqueta se le queda mirando, esperanzada y el animal la observa de reojo. Ella se atreve a preguntarle: “¿Puede ser que conduzcas tú al héroe que busco yo? ¿Es posible que esa cerilla apagada que noto allí haya encendido su postrero cigarro?”. El camello expulsó un pedo y puso en movimiento la carreta que no había sido movida en días. La coqueta suspiró largamente y se tendió sobre la arena caliente a esperar la llamarada que la convirtiera en su rehén voluntaria.
La muñeca
Se diría que la muñeca está a punto de llorar. Tan desolada se le ve. ¿Acaso su honor aún no ha sido levantado del lugar donde cayó? Un golpe de suerte repentino la haría fundar su propia metamorfosis que sería la puerta hacia su encumbramiento. Pero la muñeca fuma a escondidas y el olor del tabaco en nada la anima a proseguir en la lucha por crecer. Mariposa que pasa frente a sus ojos, mariposa que es triturada entre sus torpes dedos.
La muñeca parece condenada a perpetuidad a permanecer recostada de una pared. Por momentos ni siquiera respira y ninguna evidencia de vida se manifiesta sobre su humanidad. Cuando vuelve a absorber el aire innumerables partículas de carbón ingresan hasta sus pulmones esponjosos y falibles.
Debajo de su boca apenas esbozada musitan unas palabras extrañas. ¿Mantras tal vez? En todo caso, ella se arrebata de ausencias y su juicio se rompe como el fragor de una colada y desde el alarido silencioso de sus entrañas de yemas de oro devaluado, un irremediable laberinto la desincorpora del presente y la arrumba en el sitial de los sudarios.